Actualizado: 18/10/2019 17:37
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Lezama, Literatura, Literatura cubana

Medio siglo de “Paradiso”

Cinco décadas de la edición de una novela monumental y barroca

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El poeta cubano José Lezama Lima publicó en 1966 Paradiso; Ediciones UNION (Colección Contemporáneos) de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) hizo un tiro de 4.000 ejemplares que era imposible conseguir en librerías. Yo me robé en 1969 un ejemplar, en complicidad con Tomás Fernández Robayna, quien trabajaba en el departamento CD (libros de circulación detenida) de la Biblioteca Nacional José Martí. Todavía conservo ese volumen, hoy leo mis subrayados, después de 47 años, y me sonrojo bajo taimado gesto.

Entendí poco en aquella primera lectura juvenil. El novelista Reinaldo Arenas me hizo algunas observaciones que no me sirvieron de mucho: demasiado cultismo y referencias librescas para mis 18 años con grandes lagunas culturales. Flujo narrativo en “la blancura transparente del oleaje”, en el centro de una espiral de frondas en la que el lenguaje protagoniza una recreación de humedades impregnadas en la secreción del caracol. “La mañana suda una palabra” que el poeta de Trocadero 162 convierte en racha: vuelta a los esplendores de la representación. “La imagen es la realidad del mundo invisible”, escribió el ensayista habanero.

El mundo es una sospecha: lo desconocido mancha la orilla. Lezama Lima estructuró un sistema poético de clarividencias esenciales: ruptura con el positivismo: transmutación expresiva de azares que descansan en la pulpa primigenia de la dicción del ardor gongorino. La escritura: erótica recóndita, esencial y oscura. Paradiso: elucidarios, arcanos, alusiones, metáforas y figurados en más de 600 folios (catorce capítulos) cardinales en la cartografía literaria de la lengua española.

El autor de ese monumento barroco fue animador cultural, fundador de revistas literarias: Verbum, Nadie parecía, Espuela de plata,Orígenes. Incitador de un diálogo espiritual sin precedentes en la Isla que convocó a grandes figuras de la cultura nacional: Gastón Baquero, Cintio Vitier, Eliseo Diego, Virgilio Piñera, Octavio Smith, Fina García Marruz, Julián Orbón, Cleva Solís, Justo Rodríguez, Lorenzo García Vega, René Portocarrero, Mariano Rodríguez...

Varios libros clave de ensayos y poemas: Muerte de Narciso (1937), Enemigo Rumor (1941), Aventuras sigilosas (1945), La fijeza (1949), La expresión americana (1957), Tratados en LaHabana (1958), Dador (1960)... hasta llegar a las coordenadas de Paradiso (1966). El cosmos: cantidad hechizada. Orfismo en la encrucijada de “la palabra golosa, henchida de barruntos sobre las más extraordinarias imaginerías” (Rafael Fauquié). Culteranismo en los almanaques del idealismo platónico.

Cinco décadas de la edición de una novela en “los cantares metafísicos de Purcell”: el barroco como una alegría proclamando “el secreto confortable / la reluciente cantina, diamante al mediodía”. Una prosa narrativa en borbotón de agua en los espejos. Leamos Paradiso: encontremos la extrañeza estimulante de lo sensual en un deleite lingüístico henchido y cabal.

Reviso el ejemplar extraído de la Biblioteca Nacional, todavía se ve el sello del departamento CD (libros de circulación detenida) en los primeros folios (C863. LEZ. Nov. Ej: 4. CD. Donativo: El autor. 23309). Repaso la hermosa publicación de ediciones Era de México (1968) con dibujos de René Portocarrero, bajo el cuidado de Carlos Monsiváis y Julio Cortázar. Veo en los estantes de literatura cubana de mi biblioteca la impresión crítica de la Unesco en su Colección Archivos (1996) —estudio de Cintio Vitier— y también la de Cátedra (1984, edición de Eloísa Lezama Lima) que use alguna vez en mis clases de Literatura cubana en Casa Lamm de la Ciudad de México. Se asoma una carta de Reinaldo Arenas (Nueva York, 22 de abril de 1984): “No dejes de seguir leyendo a Paradiso, mucho más ahora que estás en México (busca la publicación que hizo una editorial de allá con dibujos de Portocarrero y cuidado editorial de Cortázar, se enmendaron todas las erratas de la impresión cubana), estoy seguro que ahora la vas a disfrutar mucho más. Acuérdate lo que te dije la primera vez cuando empezaste a leerla allá en La Habana en 1969: no busque en ella anécdotas, sumérgete en su maremoto de imágenes y palabras sonámbulas. El exilio nos hace entender mejor lo que amamos”. Celebro íntimamente las cinco décadas de una fábula lingüística que me sigue cautivando.

Leo estos subrayados que he hecho a través de más de 40 años de diálogo con el autor de “Ah, que tú escapes”: “El hombre que ve claro en lo oscuro, jamás podrá ser dañado, pero el que ve obscuro en lo claro, jamás tendrá misterio sexual, haga lo que haga, al cobrar conciencia de ese acto, tendrá una culpabilidad morosa, que es la única cosa que logra erotizarlo. Siente la culpabilidad, la presunta culpabilidad que sólo está en él, del acto de la madre al engendrarlo” / “Si el rayo solar le llega al hueso, usted favorece de nuevo sus irradiaciones, pues el halo de cada personalidad depende de la sencillez con que conduce su piel la energía solar hasta su pozo o hasta su hueso”.

La pausa florece y regreso a mis 20 años en La habana. Me abrigan estas citas: “El placer, que es para mí un momento en la claridad, presupone el diálogo. La alegría de la luz nos hace danzar en su rayo” / “la alegría de quien se sabe vigilado por Dios” / “el brutal aguarrás del tiempo” / “Necesito incorporar un misterio para devolver un secreto, o sea una claridad que pueda compartir” / “Existe el Eros de lo que se nos quieres escapar, tan fuerte como el conocimiento sexual de la ausencia” / “El hombre es tanto más bestia cuanto más quiere ser ángel” / “la obra de arte nace de una voluntad arbitraria, llega a afirmar que el artista es el consejero de su dios”.

He puesto un disco de danzones mientras hojeo. “Almendra” se regodea en la soledad de mi nostalgia: “el hombre sufre porque no puede ser dios, porque no es inmutable. El cumplimiento de todo destino es sufrimiento” / “Tú y yo somos amigos porque estamos relacionados, nos acompañamos, nuestro dialogo está asegurado por la claridad y la oscuridad de los dos” / “un poema era algo tan misterioso como uno es misterio para sí mismo” / “El rostro de Fronesis se fijo para el resto de su vida en las aguas interiores de Cemí” / “despacho, habitación y morada, es decir, donde se trabaja, donde se duerme y donde transcurrimos” / “había habido lluvias sin descanso acompañadas de un relámpago que dejaba muchas hendiduras en un cielo de sangre de toro” / “El rostro de la mujer cubana, blanca o mestiza, al llegar a sus sesenta años, cobra como un blanco enigma de bondad”.

Paradiso: hervores de ceremonias ocultas: realidades secretas. “En sus instantes más altos Paradiso es una ceremonia, algo que preexiste a toda lectura con fines y modos literarios; tiene esa acuciosa presencia típica de lo que fue la visión primordial de los eleatas, amalgama de lo que más tarde se llamó poema y filosofía, desnuda confrontación del hombre con un cielo de zarpas de estrellas” (Julio Cortázar). Sabemos que todo inicia cuando “La mano de Baldovina separó los tules de la entrada del mosquitero” y José Cemí se presenta ante el mundo “lleno de ronchas, de surcos de violenta coloración”: advertencia de su destino poético en las tajaduras de una consumación erótica, mágica e imaginaria.


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