Actualizado: 01/12/2021 17:25
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Memoria, Literatura

Memoria e invención

La memoria es la parte de nuestra inteligencia que nos comunica con el pasado y, por tanto, constituye una referencia directa con lo que somos y hemos vivido

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Terminé el año con La invención de una vida, de Josyane Savigneau sobre Marguerite Yourcenar y la lectura me sirve de pretexto para abordar un tema que me interesa desde hace tiempo: la biografía y el testimonio, géneros que a veces se combinan en la reconstrucción del pasado.

Es un hecho que la biografía de un escritor se disfruta más cuando se ha leído al menos una parte de su obra. Como cualquier producto creativo, este género es portador de la visión particular del autor y aun cuando se apoye en una investigación seria, como es el caso, sin dudas se remite a lo que es su razón de ser: dejar memoria para la posteridad y, en consecuencia, implica un proceso que, integra antipatías y contrasentidos en torno a la vida del protagonista, cuya imagen se completa solo con la lectura de lo que ha escrito. Funciona como en las dos mitades de cualquier proyecto: de un lado, lo que el biografiado ha revelado sobre sí mismo a lo largo de su ejercicio, la información que fluye de manera consciente o, lo que es aún mejor, inconsciente. Del otro, la percepción de esa persona ajena que lo conoce, primero como lector y en muchos casos, como ocurre con Josyane, a través de entrevistas en un contacto personal más cercano. Éstas, sin dudas son las biografías más confiables.

En el caso de mi lectura de hoy, los escritos de Marguerite arman la columna vertebral de un texto que con anexos y notas alcanza las 574 páginas. Grueso volumen que remite a la memoria de toda la obra de Yourcenar, incluida su correspondencia, cuyo contrapunteo vincula los dichos de la biógrafa con los de la escritora. En casos como éste, sobre la base del respeto se alcanza la coherencia.

Siempre he creído que los géneros literarios más difíciles de cultivar son aquellos que involucran a la memoria —personal, colectiva—, porque quien escribe tiene la vocación —tentación— de calcar la realidad, lo cual es en la práctica, imposible. Si un hecho que ocurrió la semana pasada, se aborda de maneras diferentes por los conductores de noticieros, imaginen lo que puede suceder con la reconstrucción de las acciones de alguien que falleció hace muchos años, o aun con ese entrevistado de hoy a quien interrogamos sobre lo que vivió hace cinco o seis décadas. Ni él mismo sabe.

La memoria es la parte de nuestra inteligencia que nos comunica con el pasado y, por tanto, constituye una referencia directa, yo afirmaría que trascendente, con lo que somos y hemos vivido. En tal sentido, sigo pensando igual que hace veinte años, cuando en la nota de presentación a mi “Cuba, revolución en la memoria”, se me ocurrió decir, un tanto categórica es cierto, que “la memoria es un oasis en medio del olvido”. En función del trabajo de recuperación de la historia para aquel proyecto testimonial, yo había leído algunos textos de filosofía y sicología sobre el tema y me volví más observadora de cómo interactuaban mis entrevistados con su memoria de los hechos ocurridos treinta años antes. De ese ejercicio extraje la convicción que cito, como resumen de la aplicación de mis lecturas.

Hoy, sin abandonar esa tesis, la matizaría un tanto, pues pienso que a veces en el esfuerzo por recordar encontramos referencias ocultas que abren una puerta y luego otras capaces de completar una historia. Son las coyunturas en las que la memoria entra en batalla frontal con el olvido y sale triunfante, aunque en ningún caso hay que esperar exactitudes, sino aproximaciones. Tan relativos son los productos del pensamiento. Por ello es tan acertado el título de la biografía escrita por Savigneau, justamente porque la vida se vive y luego, a la hora de recordarla, se inventa. Esto fue lo que hizo Marguerite Yourcenar cuando utilizó las viejas fotos familiares para dar cuerpo a su parentela más remota, en especial a una madre que no conoció, en Recordatorios.

Es por ello que veo la memoria como un oasis en ese desierto infinito que nos rodea cual una galaxia: el olvido. Cuantitativamente es simple: Hay más olvido que memoria.

De ahí que la tarea de informar, no solo por parte de los comunicadores, sino y sobre todo por parte de quienes ejercen el poder, reclame tantas dosis de ética, de honestidad intelectual, justamente porque en ese gran océano que es el olvido anidan las tergiversaciones, las mentiras más ominosas, los distractores. No es lo mismo inventar sobre la vida para un destino literario que mentir u ocultar la realidad para un fin informativo. Lo primero cultiva la imaginación, lo segundo degrada a quien lo recibe.

La memoria que se expresó primero en la vocación oral de narrar, y luego en la letra escrita, hizo que llegaran a nosotros historias en las cuales navegan juntos, tal vez con la misma cuota de participación, memoria y olvido. Para que la realidad cotidiana se convierta en historia y nuestra propia capacidad de olvidar haga sitio a la maravilla de la fantasía.


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