Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Literatura, Literatura cubana, Guillermo Cabrera Infante

Mi Cabrera Infante

Un recuerdo de lecturas y correspondencia con el famoso escritor cubano

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Crecí en un apartamento en El Vedado donde recuerdo escuchar los nombres de Guillermo Cabrera Infante y Miriam Gómez desde pequeño —mi tía Gladys Anreus había sido compañera de teatro de Miriam, y mi otra tía actriz, Idalia Anreus, había interpretado el cuento de Cabrera Infante “Josefina, atiende a los señores” en un monologo teatral. Su marido, el director de cine Manuel Octavio Gómez, había conocido a Cabrera Infante desde la época de la sociedad Nuestro tiempo.

No se me olvidan las copias de ediciones de Así en la paz como en la guerra y Un oficio del siglo veinte en el único estante de libros que había en la sala. La mitad de la familia nos íbamos del país, es decir éramos “gusanos”, así que había simpatía dentro de la tribu, primero por la posición independiente dentro del país que mantuvo Cabrera Infante hasta su partida, y después por su exilio. Y claro, oía a mi abuela —que era una lectora voraz, pero tradicional— decir que “ese libro (Tres Tristes Tigres) era ilegible”.

En el verano de 1970 por fin nos dieron la salida a los que nos íbamos del clan Rodríguez Anreus. Mi abuela, mi madre, mis tías Nereyda y Dinorah y yo partimos al exilio un 19 de agosto. Vivimos en Miami brevemente y eventualmente terminamos localizados en New Jersey, donde había trabajo en fábricas para mi madre y tías.

En mi adolescencia descubrí la lectura por cuenta propia, primero en inglés (Dickens, Hemingway, Salinger), y después en español debido a la insistencia de mi abuela (Martí, los españoles del 98 y del 27). A los 16 años entré a militar en el grupo anti-castrista estudiantil y social-demócrata Abdala, donde forjé amistades para toda una vida y me “vacuné” para una eternidad en contra de posiciones políticas conservadoras y reaccionarias.

Varios amigos expandieron mi circulo de lectura: Miguel Socarrás (literatura latinoamericana), José Sabater (historia y ciencia política), Lázaro Álvarez (Unamuno, Hesse, Potock, Teilhard de Chardin) y Enrique Encinosa (poesía norteamericana e inglesa). Simultáneamente, mi tía Idalia y su marido Manuel Octavio me enviaban libros de Cuba por correo (era posible entonces, aunque se demoraban una eternidad). Estos eran casi siempre aquellos paperbacks bellamente diseñados de Casa de las Américas o de Letras Cubanas. Así leí antologías de cuentos cubanos (y descubrí a Novás Calvo y Labrador Ruiz —sí, los publicaban— y en la nota introductoria decía el editor que habían abandonado la patria o la revolución, la misma cosa para el compilador).

De poesía comencé mi lectura devota por todo lo escrito por Eliseo Diego, y leí también a escritores a los que no he vuelto después de aquella primera lectura, no por razones políticas pero sí por razones estéticas: Lezama, Vitier, Retamar, Otero, Barnet, Dora Alonso, Pablo Armando Fernández, la primera novelita de Arenas, y otros más.

En todas estas lecturas, como un fantasma, estaba la figura de Cabrera Infante –se le mencionaba directa o indirectamente, su ausencia era presencia.

Un día mi tía Nereyda me mostró una entrevista a Cabrera Infante en la revista Vanidades. Iba acompañada por una foto a colores del escritor, su mujer (flaca pero muy sexy) y un gato siamés llamado Offenbach. Me leí la entrevista de un tirón y se me quedaron en mente un par de cosas del escrito: el tono político del autor al referirse a su exilio y su respuesta a la pregunta que si extrañaba estar lejos de sus raíces: algo así como no soy árbol.

Traté inmediatamente de buscar sus libros para leerlos. En la pequeña ciudad donde vivía había una sola librería en español, en la calle primera, pegada al puerto. Solo tenían dos copias de Tres Tristes Tigres. Leí las primeras 6 o 10 páginas. Me confundió. No me gustó. Aparte, el libro era caro.

Volví a casa con las manos vacías. Días más tarde, le hablé a mi amigo Miguel Socarras de la entrevista en Vanidades, de mi visita frustrante a la librería. Rápidamente Miguel me prestó su copia de Así en la paz como en la guerra y aquella primera lectura fue un verdadero banquete. Los cuentos y las viñetas estaban escritos con una prosa clara y fuerte y las historias me abrían las puertas de un mundo nuevo que explorar. Creí entonces que había leído tres obras maestras: “Josefina, atiende a los señores,” “Un rato de tenmeallá” y “En el gran ecbó.” Lo sigo creyendo.

Ese mismo año, en mi cumpleaños Miguel Socarrás y José Sabater me regalaron la linda primera edición de Seix Barral de Vista del amanecer en el trópico. Me había peleado con una novia que tenía entonces y estaba entre melancólico y encabronado. Me fui al parque con el libro. Abrí la portada y me puse a leer. No pude parar. Seguí hasta la última página, la cual me conmovió hasta las lágrimas. La prosa clara, el minimalismo de la narración y la visión desgarrada de la historia de esa isla me afectaron profundamente. Por vía del escultor Roberto Estopiñán, antiguo amigo de Cabrera Infante, conseguí su dirección en Londres. Y nada, esa cosa de muchachos, le escribí una nota torpe.

Semanas más tarde llegó un sobre por correo con el remitente de Gloucester Road. Era una carta breve pero cálida. Me decía que debía leer sus otros libros. Que leyera a Borges, a Joyce. Enviaba saludos a mis tías en Cuba y terminaba diciéndome que volviera a escribirle.

Por los próximos años intercambié cartas con Cabrera Infante. Siempre fueron cálidas sus misivas y me orientaron en materia de lecturas (“No leas a Graham Greene, es the poor man’s Joseph Conrad,” “Sí, Borges es un gran cuentista, un buen ensayista y un poeta mediocre”), de música (el jazz) y de cine (¡Robert Bresson!). Cuando estábamos en desacuerdo, por ejemplo en pintura cubana él prefería Amelia Peláez, y yo a Fidelio Ponce o Carlos Enríquez, me aseguraba que yo tenía derecho a mi opinión. A él no le interesaban autores como Camus o Böll, de Vicente Leñero solo le había gustado Estudio Q, y yo no respondía a la lectura de Lydia Cabrera o de Juan Goytisolo. Yo seguía admirando a Cortázar como escritor, aunque no compartía su política. Para Cabrera Infante, el argentino era un enemigo que lo había boicoteado constantemente en nombre de la revolución cubana. Aunque Cabrera Infante no parecía ser un gran lector de poesía, ambos admirábamos sin reserva al Paz poeta y ensayista. En nuestras cartas compartimos frases lapidarias sobre Carlos Fuentes y el autor de “cien años de aburrimiento,” y dudas sobre el Vargas Llosa pos La guerra del fin del mundo.

Eventualmente me leí todo lo publicado en vida por el gran Guillermo. Hoy creo que Tres Tristes Tigres es uno de los libros claves de nuestra lengua, pero entre sus libros, mis favoritos siguen siendo sus cuentos, Vista del amanecer en el trópico, su crítica de cine, los dolorosos ensayos de la primera edición de Mea Cuba y esa joya última que es Mapa dibujado por un espía.

Por fin conocí a Cabrera Infante cuando vino por primera vez a dar una charla en New York University —creo que esto fue a finales de los 1970. Lo mismo él que Miriam fueron cariñosos. Fui con Miguel Socarrás a escucharlo cuando dio una espléndida conferencia sobre Lezama y Piñera en Americas Society (Néstor Almendros y Reynaldo Arenas estaban en el público). La última vez que lo vi fue en la apertura de una exposición de Camilo Franqui (pésimo pintor por cierto) en una galería del Soho en Manhattan. Estopiñán, Carlos Franqui, varios exmiembros de Abdala estaban presentes. La pasamos bien. El “reparté” humorístico entre Cabrera Infante y Roberto Estopiñán fue inolvidable.

En todas estas ocasiones, siempre me reconocía, era cariñoso, nunca era pedante. Cuando pude viajar a Londres con mi mujer e hija, me fue imposible verlo –estaba delicado de salud y padecía una fuerte depresión. Me enteré de su inesperada muerte creo que por la radio. Inmediatamente conversé por teléfono con amigos comunes como Estopiñán y el fraile Miguel Loredo. Sentimos su muerte. Se nos había ido uno de los buenos y en nuestra opinión el único cubano vivo que se merecía el premio Nobel.

Cabrera Infante, junto con Quevedo, Borges, Paz y Vicente Leñero, es uno de mis escritores imprescindibles en español. Lo leo y releo. Su prosa, su humor, su eticidad me nutren. Sus libros me acompañan.


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