Actualizado: 16/10/2017 9:39
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Mi travestismo, mis clientes, mi vida

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Ya pasó la gripe. Estoy como albahaca floreada irradiando el aroma por todos los rincones. Doy envidia por las noches en mis paseos por Tlalpan. Las sexoservidoras heterosexuales se ponen nerviosas cuando paso por sus esquinas: dicen que alboroto a sus clientes. Yo no tengo la culpa de ser así y que me busquen: los coches paran, los tipos miran por la ventanilla: preguntan por la veracruzana: Esa soy yo, Karla, para servirle, ¿qué se les ofrece jóvenes? Miro la estampa de los ocupantes y si no me convencen me hago la desentendida. A veces me escondo o digo que estoy esperando a alguien y les recomiendo a algunas de las muchachas del cuartel. No me gusta irme así con cualquiera. Se ha puesto fea la cosa. La rubia imitación Madonna, la de los pelos en los sobacos, la de Monterrey, se fue hace tres días en un coche violeta con cristales polarizados y no ha vuelto. Nadie sabe nada de ella. Ojalá y todo esté bien. A lo mejor se regresó a su tierra. Pero una nunca sabe. Tlalpan no es fácil: hay que saber sobrellevar este trasiego de azares en los bordes de una navaja de doble filo: los clientes mañosos, y los policías que cada vez piden más, di que pa la protección de nosotras.

Sigo impresionada con la operación de La Supina, con la vaginoplastia que planea en complicidad con el padre de su novio Vitico: la familia quiere que su retoño amanerado se case de “manera normal”. ¡Ay! Supinita, ¿hasta dónde has llegado? ¿De manera normal?: Me retumban esas palabras bien adentro. ¿Eso quiere decir que tus amigas somos anormales o qué? Soy travesti convencida. Mantengo mi miembro, ahí anda conmigo, pero disfruto el disfraz, mi conversión irreverente a hembra. Las pestañas falsas. El carmín en mis mejillas. El rímel, las crayolas sobre los labios. Mis pechitos creciendo por las hormonas que tomo. Mis vestidos rojos y azules. Mis zapatillas de Zara. Mis mallas de cenefas japonesas ajustadas. Me excita saber que el interesado que se va conmigo lo sabe todo. Lo malo de eso es que muchos son homosexuales faroleros y entonces, a la hora de la hora, tengo que hacer lo que ellos no pueden: se voltean, me dan la espalda, y me piden, casi llorando, que arremeta por sus flancos.

Tengo cada cliente, si ustedes supieran por lo que una tiene que pasar. Sin embargo, les he tomado cariño a algunos. El poeta de Chiapas llora desconsolado cada vez que hacemos cita: la semana pasada nos besamos con delirio extremado: al final tomó papel y lápiz, me escribió de repente un poema que tengo en la mesita de noche junto a la foto de mi madre: “Tu tiempo me descubre / en la brisa de la noche / entro a tus dominios / como un adolescente / huérfano / paseo por tu cuerpo / para encontrar alivio. / Afuera nada es como tu ternura: / afuera un lobo quiere repasar mis lagrimas”. Me gusta eso del lobo. Le hice un descuento: el muchacho se lo merecía.

Hay un panameño que me excita, pero intento ocultarlo: en esta profesión una tiene que ser fría y calculadora, no valen los sentimientos. El panameño es alto, recio, elegante y limpio. Huele a niño. Besa acariciando las estaciones: él sí hace lo que tiene que hacer, pero es tan tierno y voraz que mis orgasmos se renuevan cada minuto bajo la tolvanera de sus jadeos. Hay varios empresarios que manejan Mercedes-Benz, BMW y Lexus: me buscan para exhibirme con sus amigos millonarios, pero nada: sólo pagan bien por una noche de ostentación en mezquinos banquetes de caviar, whiskey y sidra. Están los políticos de carromatos oficiales con escoltas vulgares, iletrados, nacos vestidos con trajes oscuros y corbatas rojas sin ajuste en el último botón de la camisa. Están los jubilados, que todavía no salen del clóset, y un atardecer después del cobro de la pensión, les dicen a sus esposas que van con el compadre a una tanda de dominó y terminan en un hotel de Álvaro Obregón confesándome sus penas y los perturbes de sus hijos botarates.

Ayer recibí una llamada de mi madre desde el Puerto de Veracruz. Que me cuide mucho. Que ella está ya resignada. Que si ésta es la vida que yo quiero que Dios me bendiga. “Tu sabe lo mucho que te extraño. Eres mi niño bonito”. Y le colgué el teléfono. Me molesta que me siga diciendo niño: no se da cuenta que soy travesti. Una hembra que desde niña le robaba sus carmines y me ponía sus pantaletas rosadas para irme a la escuela. No soporto a mi madre. ¿Cuándo va a entender que renazco en cada uno de los disfraces que me pongo?


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