Actualizado: 23/10/2017 19:18
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Periodismo

Miguel y su circunstancia

Un día, no recuerdo dónde, quizá en Madrid, Miguel y yo nos conocimos y comenzamos la amistad que nos unió hasta su muerte

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Entre las calamidades que los totalitarismos modernos han ocasionado a las sociedades que han tenido la desgracia de padecerlos, una de las de peores consecuencias, tanto en el orden espiritual como en el material, es la fuga de intelectuales. El castrismo es un ejemplo de ello.

Desde que hace más de medio siglo Fidel Castro se hizo con todos los resortes del poder en Cuba, concretamente desde que en fecha tan temprana como 1961 expropió las empresas periodísticas independientes y dictó su bando mussoliniano contra la libertad de expresión (“Dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución, nada”), arrogándose la prerrogativa de decidir cuándo las ideas ajenas estaban dentro o fuera de lo permitido por él, el éxodo de profesionales cubanos de todas las disciplinas no ha cesado. Es comprensible que para cualquier intelectual, especialmente para los más respetuosos de sí y de su trabajo, resulte frustrante además de peligroso trabajar sobre el filo de semejante navaja.

Hace pocos días, aquejado de un tumor cerebral que lo fue demoliendo a lo largo de cuatro años, Miguel Rivero murió en un hospital de Lisboa. Había nacido en la lejana Cuba en 1939, era un ciudadano portugués y llevaba más de dos décadas afincado en tierra lusitana.

Miguel formaba parte de la legión de intelectuales cubanos en el exilio. Era de los que habían creído en la revolución, inclinados a ello por sus ideales humanistas y seducidos por las melopeas de Castro. Era de los que quemaron los mejores años de su vida esforzándose generosamente en “construir el socialismo” y apurar así la llegada del “futuro luminoso” prometido en los discursos. Pero era también de los que en algún momento, en algún recodo del interminable camino que lleva al Paraíso, tropezaron con la realidad y despertaron vagando por el mundo con sus decepciones a cuestas, lejos de su familia, sus amigos y sus paisajes, en busca de un punto en el horizonte terrenal donde tender el petate. De una carta que Miguel me envió en diciembre de 1998 son estas elocuentes líneas, en las que alude a mi carta abierta a José Saramago, cuya publicación en el Diário de Notícias, de Lisboa, gestionaron él y su esposa Ana Gloria Lucas: “Creo que es un pequeñito grano de arena en esta lucha para desmitificar la situación cubana y aclarar a los ingenuos, o a aquellos que se aferran a los espejismos de nuestro pasado heroico y romántico, que sin duda alguna existió y nos envolvió a todos, pero de lo que no quedan ni las cenizas”.

Náufragos éramos y en la mar flotábamos, y un día, no recuerdo dónde —quizás en Madrid, en la redacción de la revistaEncuentro de la Cultura Cubana—, Miguel y yo nos conocimos y comenzamos la amistad que nos unió hasta su muerte. O sea, que a partir de entonces fuimos amigos además de compatriotas y vagabundos del fracaso.

Cuando el campo socialista europeo se desmoronó, Miguel, que fue testigo ocular del desplome, rompió sus vínculos con el Gobierno cubano y se quedó en Checoslovaquia. Praga fue su primer refugio. Dejaba atrás una carrera periodística sobrada de experiencias profesionales y políticas que iban desde las de directivo de la agencia noticiosa nacional Prensa Latina y subdirector del periódico Juventud Rebelde hasta las de corresponsal en Asia y África y reportero de guerra en Vietnam. Desde el feudo de Ho Chi Ming narró la victoria del Vietcong y la retirada de las tropas estadounidenses.

Su alta calificación como periodista será lo que al fin le permita en el exilio abrirse paso dentro de un sector tan competitivo y acotado como el de la información. Otra de sus cartas, una que me remitió en febrero de 1997, revela cuánto batalló para encontrar un medio de vida honrado y lo difícil que le resultó, a pesar de su currículo, alcanzar la estabilidad económica. En esa carta me dice: “Te acompaño dos copias de mi curriculum, por aquello de que hablamos para si algún día las ofertas que caigan en tus manos de traducciones sobrepasen tu capacidad de respuesta y tengas que desviar alguna. Será bien recibida y creo que no te haré quedar mal. (…) Lamentablemente, lo que obtengo por el periodismo no llega para los gastos pues debo ayudar en Cuba a mi madre, que quedó sola (no tengo ningún otro hermano ni hermana) y ella tiene 82 años.”

Miguel y Ana Gloria me visitaron dos veces en Las Palmas de Gran Canaria. La segunda fue en el 2006 para acompañarme en el homenaje que la Universidad de Las Palmas me dio por mis setenta años. Hace apenas tres meses pasé unos días con ellos en Lisboa. Encontré a Miguel casi inmóvil, a ratos ausente, pero no había perdido ni su sonrisa ni su buen humor. Tampoco su interés por lo que pasa en el mundo. En la Casa Fernando Pessoa presidió un homenaje a la poesía cubana, al que fui invitado. Él, Ana Gloria y yo subimos al Bairro Alto, tomamos café en el Chiado entre un Camões de mármol y un Pessoa de bronce, bebimos cerveza en una terraza de Sintra, paseamos entre las estatuas y los árboles del Parque de los Poetas… Y conversamos. Conversamos de todo largamente. Miguel y yo por última vez.


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