Actualizado: 26/11/2021 14:39
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A Gladys (nombre de guerra)

No lograba dormir. La noche prometía ser otra más de tantas, largas y sin sentido, en las que el sueño desaparecía, para volver impuntual y caprichoso cuando menos lo necesitaba, justo con la claridad del día. A veces pensaba que se debía al calor tedioso, que no cejaba ni luego de bien entrada la noche, y otras a la lenta digestión de la comida, por la conveniente mala costumbre de esperar a la cena para matar todo el hambre del día. Lo cierto era que desde hacía ya algún tiempo, incluso años, despertaba a aquel insomnio sobre las tres de las madrugada, que de tanto odiarlo había terminado por convertirse en una cruel y desagradable costumbre.

A su lado dormía plácidamente su marido. Roncaba suavemente mientras ella lo imaginaba en paz y satisfecho tras el amor mal terminado y aprisa de la noche anterior. Evitaba moverse en la cama para no despertarlo de su sueño perfecto, pero no dejaba de reconocer que sentía cierta envidia por su habilidad de dormir a pierna suelta, desde el momento en que cerraba los ojos hasta que sonaba el reloj despertador a las seis de la mañanas. Él era un hombre bueno, que había traído paz y estabilidad a su vida y le había regalado además un par de hijos maravillosos. Sin embargo, le apreciaba pero no le quería, porque aquella paz estable que nunca llegó a convertir en amor, había terminado en aburrida monotonía que rondaba a sus anchas por la casa, contaminándolo todo como un entrometido fantasma. La había visto disfrazarse de cansancio justo después de terminada la cena, desojar de ganas al beso de las despedidas antes de marcharse cada uno al trabajo y un poco más tarde, acecharlos en la cama para hacer del sexo flamante y asiduo de dos desconocidos, la gimnasia fría y a prisa de los diez minutos que les tomaba soportándose el uno encaramado sobre el otro, como clavados en una cruz.

Estaba con sus ojos abiertos a la oscuridad, inundados por la ceguera de la madrugada, que los hacía completamente inservibles. La única luz de sus pesadillas eran los destellos de las luces de algún carro, que entraban por la ventana cuando doblaban por la esquina, especialmente de uno con una luz fría y potente, que, además, lo hacía regularmente cada aproximadamente dos horas. Aparecía como una sombra, lenta y tímidamente por detrás del escaparate y se iba corriendo a través de la pared, hasta volverse un monstruo de luz que lo iluminaba todo, para desaparecer con el mismo sigilo por el otro extremo de la cama, como si nunca hubiera sucedido. Por su exactitud calculaba la hora en medio de la noche, o al menos la mayoría de las veces, porque la frecuencia de aquella misteriosa luz dependía de como anduvieran los problemas del país. Se hacía más asidua cuando el ambiente estaba caldeado y la gente andaba que si los pinchaban no soltaban ni sangre, pero a medida que se calmaba la cosa y la gente se olvidaba de una más, su frecuencia disminuía, para volver después de algún tiempo a sus rondas nocturnas habituales.

Otro tanto sucedía con el silencio, que era casi perfecto, interrumpido solo a veces, por el andar callejero de algún que otro trasnochado al pasar frente a la casa, pero que se desvanecía pocos segundos después, tras los mismos pasos indiferentes con los que había comenzado. Lo único que acompañaba al silencio toda la noche, era el vaivén de la respiración de su esposo y de sus dos hijos y que después de tantos de aquellos desvelos, ella había terminado por encontrar cierta belleza a aquella serenata descompasada de filarmónica sorda, tocada además a tres narices. Por su ritmo podía descubrir cuando alguno de ellos tenía algún problema, estaba ansioso, enfermo o enamorado. La más entonada de todos era su hija, que mantenía el mismo ritmo toda la noche sin alterar una nota, no importaba el calor que estuviera haciendo. Su hijo sin embargo, a medida que había ido creciendo, había ido perdiendo el ritmo, al punto que llegaba a confundir a los demás. Y su marido, por otra parte, afinaba bien la mayoría de las veces con el resto del trío, pero en cuanto la vecinita de la puerta de al lado regresaba de la beca con su saya demasiado corta y su chancleteo arrebatador en el pasillo, el hombre se perdía, se adelantaba, se atrasaba y se venía, haciendo del concierto un bochorno de ansiedad.

Había nacido en aquella misma ciudad, hacía más o menos unos cuarenta años. Nunca tuvo grandes sueños ni pretendió ir a ningún lado que no fuera a su trabajo, ni tuvo más aspiraciones que las de ser amada y hacer una familia que le diera sentido a su vida. Algún Dios había, sin dudas, escuchado sus plegarias, pero como casi siempre ocurre en esos casos, las había tomado demasiado al pie de la letra y aunque tenía todo lo que había pedido, ni era feliz ni era aquello exactamente lo que ella había soñado. Dormían en la barbacoa de pino, que su hermano y su marido construyeron en la sala de puntal alto de sus suegros, mientras esperaban a su primer hijo. La sala, una cocina, un baño y un cuarto, donde dormían los viejos, era todo el apartamento, originalmente diseñado para un soltero, situado en el bullanguero barrio de Centro Habana, a pocas cuadras de donde ella misma había vivido toda la vida.

Se licenció en economía siendo aún muy joven y desde entonces trabajaba en el departamento de Contabilidad de una empresa importante, detrás de una mesa repleta de papeles, informes, regulaciones y facturas mal pagadas y por pagar. Mientras aparecía el dinero, pasaba la mayor parte del tiempo redactando reportes diarios, semanales, mensuales, trimestrales, semestrales, anuales y quinquenales, a solicitud de alguno de allá arriba que al parecer necesitaba más detalles para por fin encontrar el por qué aquella economía era un desastre, como casi todo en el país. Cuando llegaba a aquel punto en sus desvelos, ya sabía que el sueño no iba a regresar tan fácilmente, pero se consolaba en pensar que de alguna manera ella no era la única casada con el hombre equivocado, sino que por un mal entendido histórico que después de cincuenta años aún no se había solucionado, la fuerza de la costumbre había mantenido a todos, hombres y mujeres, casados con el mismo marido, anarquista, malquerido y dominante, que disponía de los ciudadanos como si se tratase de su propia familia y aún peor, estar casada con él, significaba además estar casada con el hermano. No lo criticaba, porque su vida había terminado por parecerse mucho a la misma bobería medieval con la que desde hacía mucho tiempo se pretendía gobernar el país y se maravillaba de cuánto se parecía una historia a la otra y se preguntaba hasta dónde habría influido la vida nacional en la vida íntima de aquella barbacoa.

Pensó en levantarse de la cama y sentarse en algún lugar de la casa hasta que el sueño volviera por su propio peso sin que presintiera cuánto le necesitaba, sin embargo no había lugar en aquel apartamento a donde ir sin molestar a los demás a aquellas horas. Así que con mucho cuidado se volvió hacia la pared, como un prisionero que comparte el colchón con su compañero de celda. Cada noche había calculado que no dormía más de tres o cuatro horas. Entre preparar comida para todos, limpiar los platos y ocuparse de ella y de los niños, subía finalmente a la barbacoa, chorreando agua del pelo, alrededor de las once de la noche, muchas veces para descubrir que su marido ya se había quedado dormido sin haberle dado las buenas noches. Por las mañanas, sin embargo, era él quien la empujaba de la cama para que le preparara el café antes de salir para el trabajo, justo cuando ella estaba finalmente empezando a acurrucarse en los tiernos, recién llegados, brazos de Morfeo. Luego de eso, alistaba a los niños para que el abuelo los llevara hasta la escuela, se enderezaba el vestido y salía corriendo a lidiar con la veintisiete, para que no le pasaran la raya roja en el trabajo.

Si difícil era levantarse, mucho más difícil era sobrevivir las tardes en el trabajo luego del almuerzo, sin librarse de la ropa y tirarse sobre el buró, a dormir sin complejos hasta que pasara la bobería de la siesta. Fue en esas horas de agonía, que comenzó a experimentar con la técnica de dormir con los ojos abiertos. Cogía un papel y lo ponía delante como si lo estuviera leyendo y aunque mantenía los ojos abiertos, su vista se iba perdiendo rápidamente en el cansancio pero sin cerrar los ojos. Si había sobrevivido a sus insomnios, era simplemente por aquella habilidad de delfín, desarrollada durante meses y meses de necesidad, perfeccionada de tal modo que incluso su boca dibujaba una amable sonrisa cuando alguien hablaba en la oficina, como si estuviera escuchando la conversación. Una verdadera farsa para complacer al sueño, que la asaltaba inoportuno en medio del trabajo y la traicionaba en las noches, haciendo de sus planes diarios un añico de supervivencia. Si ese sueño fogoso de las tardes no me abandonara por las noches, sería la persona más feliz del mundo, repetía molesta en la oscuridad. Tal parece que me he contagiado con un sueño chino, con el horario completamente extraviado al otro lado del planeta, y se rió pero incómoda por la tontería de tanto tiempo perdido. Tomar sorbos de agua le ayudaba a conciliar el sueño, pero aquella noche había olvidado traerla a la cama y la cocina quedaba a muchos ruidos de distancia, pues la barbacoa crujía cuando alguien caminaba sobre ella y justo debajo de ellos, dormían sus hijos en unos catres improvisados, en el mismo lugar que por el día ocupaba la mesa del comedor.

Fue en una de aquellas noches, que cayó en la cuenta de que si alguna vez quisiera terminar su relación y largarse de aquella casa con sus dos hijos, simplemente no tendría a donde ir, pues ya no contaba con la casa de sus padres, desde que su hermano no regresó de lo que debió haber sido una misión internacionalista, y el Gobierno confiscó el apartamento, como castigo no para los que se fueron, sino para los que se quedaron, o mejor, para los que no se podían ir. Si perder la casa fue indignante, la ausencia de su hermano era aún mucho peor, pues le creó un hueco emocional que no había logrado llenar desde entonces. Él era todo lo que le quedaba de familia y le echaba mucho de menos, sabiendo que no podría regresar ni de visita, al menos por un buen rato. Sin embargo, se alegraba en parte porque en poco tiempo había logrado encontrar un trabajito, comprarse un apartamento y mandarles algún dinero, que ella le agradecía infinitamente, porque era como único podían sobrevivir las carencias que sufría el país, en la moneda del país.

Serían como las cuatro, calculó ella al ver aparecer las luces del dichoso carro doblando otra vez por la esquina. Era solo un instante, un relámpago de luz moviéndose veloz como la sombra de un ave de rapiña, pero era todo lo que necesitaba para sentir, luego que desaparecía y volvía a reinar la oscuridad, que le habían robado algo. Trató de cubrir su cuerpo con la sábana, pero él dormía sobre ella y le sería imposible sacarla de allí. Había engordado muchísimo a medida que se acercaba a sus cincuenta y el colchón se hundía con su peso, formando un hueco gravitacional en la cama, del que ella tenía que vivir escapando, como si fuera un cometa. Él se había dejado crecer el bigote reglamentario, tan de moda entre los que se identificaban con el gobierno y mantenía su pelo corto como un militar, que junto a su carácter falso y confundido, lo hacían parecer un verdadero agente del servicio de seguridad, de esos que la gente llamaban en la calle un chivatiente. En el barrio la gente se cuidaba de decir lo que pensaba delante de él para evitarse algún problema, y tenían razón. Él era de aquellos que defendían los ideales del experimento, pero preferían ignorar los resultados. No se perdía una Mesa Redonda, como si fueran insulina para la diabetes de su ceguera, se creía todo lo que le decían en el noticiero y en su trabajo era el secretario del sindicato, del núcleo del partido y el presidente del CDR en la cuadra, todo al mismo tiempo. Incluso su hija querida, más joven pero también más avispada, se había ganado un castigo por venir un día de la escuela, contando que ella pertenecía al grupo de moda de los que tenían parientes en el extranjero. “Aquellos que no tienen familia en la yuma son considerados de segunda clase porque no tienen fulas”, había comentado delante de su padre, que obviamente no quiso entender el chiste.

Convencido no era la palabra, más bien el hombre estaba confundido, haciendo carrera y fama con la necesidad de los demás. A ella realmente no le importaba porque así habían muchos y al final las discusiones sobre aquel tema, terminaban siempre en definiciones filosóficas, sentados todavía a la mesa, alimentadas literalmente con el dinero que les mandaba su hermano. Él también era motivo de su crítica y después de haber sido tan amigos, lo catalogaba como un traidor oportunista, que se agarró de la primera para colgar su título e irse a vivir con el enemigo, cautivado por los cantos de sirena. Para ella, sin embargo, las sirenas no eran ni tan siquiera necesarias, porque lo otro era resignarse a pasar la vida oyéndole el cuento de por qué te aprieto, a quien te mantiene apretado en su puño como a un esclavo; sin embargo, oírlo hablar así de su hermano le dolía y se había convertido en otro salvavidas más a tirar al agua, para tratar de mantener a flote aquella relación de náufragos.

Una leve sombra azul violeta comenzaba a pintar el cielo, que le hizo comprender que la noche estaba por terminar. La empezaba a invadir el cansancio de las cinco y media, pero decidió que ya no tenía sentido tratar de conquistar el sueño y mejor que asumiera su día tal y como había comenzado. Dedicó un par de minutos a pensar en qué se pondría para ir al trabajo y seleccionó mentalmente un vestido rojo que suponía colgado en el escaparate. Vivía, como muchos otros, la incertidumbre de los despidos que estaban por ser anunciados. Del capitalismo solo estamos heredando lo malo, pensó. Por este camino pronto estaremos pagándole impuestos al mismo que nos paga los salarios. Yo solo espero que no nos manden a la agricultura, como hicieron con el chantaje del 93, se le escapó en un fastidio, a lo que el marido respondió con una soñolienta caricia en su pierna, como si hubiera escuchado lo que ella acababa de susurrar.

Se elevó por encima de su espalda y alcanzó a ver que el reloj despertador, que ya estaba por sonar. Se incorporó como pudo, apartando su mano con delicadeza pero ya sin miedo a despertarlo. Se levantó de la cama y rastreó con los pies sus chancletas y caminó hacia la escalera casi en puntillas para que la madera no crujiera demasiado con su peso, adivinando en cada pisada las partes más firmes del tablado, como quien trata de escapar ileso de entre un campo de minas. Bajó las escaleras casi en cámara lenta y atravesó la sala por entre las camas de sus hijos, hasta que finalmente entró en el baño, con la urgencia de quien tiene una gran necesidad. Cerró tras de sí la puerta y se paró frente al espejo, que solo alcanzaba a reflejar a aquella hora su silueta oscura sobre la pared del fondo. Tenía aún la mano sobre el chucho pero no se atrevía a encender la luz para no despertar a los viejos. Con la yema de uno de sus dedos buscaba las grietas en su piel, que como ríos habían nacido del borde de sus ojos, aún inservibles. Se acarició el rostro, suavemente al principio pero luego bruscamente, ajándolo, estrujándolo, como si quisiera arrancárselo y botarlo a la basura, pero no pudo, era parte de ella aunque no pudiera verlo. Bajó la cabeza y abrió la llave sin recordar que en las mañana casi nunca había agua. Una lágrima apareció rodando por su mejilla, para saltar luego como un suicida al vacío y rodar hasta perderse por el hueco del lavamanos. No sabía por qué lloraba pero se sentía como una flor hermosa, abandonada a la intemperie del tiempo. Estaba frente al espejo, sin rostro, sin detalles, era solo una silueta, una variable de persona sin identificación ni señas. Retrocedió lentamente hasta el inodoro y se sentó sobre su tapa, en medio de la oscuridad y el silencio de su soledad, paciente a esperar a que por fin sonara la alarma, para continuar con el teatro de su vida.


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