Actualizado: 25/09/2018 8:54
cubaencuentro.com cuba encuentro
| Cultura

Literatura, Literatura cubana, Poesía, Ensayo

Mitad creador y mitad crítico

Tras varios años sin comparecer ante los lectores, Reinaldo García Ramos compensa la demora con un poemario y una recopilación de textos críticos y ensayísticos

Enviar Imprimir

Más de un lustro había transcurrido desde que Reinaldo García Ramos dio a conocer la novela testimonial Cuerpos al borde de una isla. Mi salida de Cuba (2010), que este cronista reseñó en este mismo diario. Para compensar de esa demora en comparecer ante los lectores, el año pasado entregó a la imprenta dos libros: Espacio circular (Ediciones La Mirada, Las Cruces, Nuevo México, 95 páginas) y Una medida inexacta (Ensayos y comentarios) (Editorial Verbum, Madrid, 148 páginas), que a continuación paso a reseñar.

Espacio circular está estructurado en dos partes claramente diferenciadas y cuyos títulos me eximen de más explicaciones: Quince nuevos poemas y Veintidós respuestas a Gerardo Fernández Fe. La primera permite conocer la producción más reciente de García Ramos. La correspondiente a las etapas anteriores está recogida en El buen peligro (1987), Caverna fiel (1993), En la llanura (2001), El ánimo animal (2008) y Rondas y presagios (2012), este último un volumen antológico que reúne la obra poética escrita por él hasta entonces.

A propósito de esa bibliografía, en la introducción a la entrevista incluida en Espacio circular Fernández Fe comenta que a García Ramos “lo acompaña, sin algarabías, una sucesión de libros que han ido puntuando el asentamiento de una poesía suya, calma, sosegada, que sanamente supo huir de los desajustes siempre perecederos de la-historia-de-todos-los-días (las revoluciones, los pogromos, los escupitajos, el miedo y el estupor), e incluso del trasiego definitivo de un punto a otro de un mismo mapa”. Y en efecto, esa característica de su escritura se cumple en estos quince textos. Hallamos en ellos a un poeta de decir mesurado, elegante, llano y de tono reposado. Que huye además del verbalismo deliberado y el exceso. Nunca se abandona a la retórica o la palabrería, sino que, por el contrario, prefiere la desnudez expresiva.

Ese puñado de páginas contienen una generosa dosis de buena poesía. Entre ellas hay varias particularmente hermosas y logradas, como la titulada “Contemplación”, que abre el libro: “Al despertarme muy temprano lo descubro/ allá abajo, al pie de mi ventana:/ un joven dormido sobre la hierba del jardín.// Está descalzo, sus zapatos/ descansan a un costado/ y su cuello reposa en un suave envoltorio,/ que desde aquí parece un maletín de viaje.// Por momentos las luces de su sueño/ lo hacen sonreír o estremecerse.// Se ve que corre cierta brisa,/ el sol aún no quema,/ no hay transeúnte ni bullicio;/ todo ayuda al durmiente.// Pero… ¿qué hacer con esta imagen?// ¿Dónde habrá estado anoche ese muchacho,/ cuándo llegó hasta aquí, a ese lugar preciso,/ qué aguarda tan confiado,/ y qué va a hacer después en este día?// Si salgo y me le acerco/ y de algún modo decido despertarlo,/ ¿qué podría decirle?// ¿Qué hacer con su presencia,/ cómo mirar su menosprecio a los peligros?”.

García Ramos pone de manifiesto que posee una imaginación dúctil para convertir en asunto poético los estímulos más diversos: la visión de un dibujo (“Cabeza cuadriforme”), una cita del diario de Ana Frank (“En qué lugar…”), una célebre foto de Robert Doisneau (“El beso y las naranjas”). También poetiza un mito clásico caro a Lezama Lima, para darle otro tratamiento (“Dilema de Narciso”). En otros poemas, su escritura adopta un tono más confesional y referido a vivencias propias (véanse “Entrega” y “Teje la gloria”). Y, en resumen, esos quince textos dicen mucho de su buen hacer, de su rigor, de su capacidad de sugerencia y de la solvencia de su discurso.

El otro bloque que conforma el libro lo constituye la entrevista que el poeta, narrador y ensayista Gerardo Fernández Fe realizó a García Ramos. Se titula García Ramos, librado de la tempestad y fue hecha en julio de 2016. La precede un texto introductorio, en el cual su autor proporciona una breve y enjundiosa presentación del entrevistado. Siguen después las 22 preguntas, que cubren 38 páginas. En ellas, García Ramos hace un balance de su vida y su trayectoria intelectual, desde los años 60 hasta su etapa del exilio en Estados Unidos.

Buena parte del espacio está dedicado a repasar sus vínculos con las Ediciones El Puente, bajo cuyo sello publicó su primer poemario, Acta (1962), y con su director, José Mario. Acerca de este, comenta: “José Mario fue para mí un agente liberador; su personalidad chispeante y distendida, y sobre todo el modo festivo y sano en que él aceptaba y proclamaba su homosexualidad, fueron factores determinantes para mí”.

Cuenta que tras aquel primer libro, siguió escribiendo poesía, pero para la gaveta: sintió que “no imperaba un ambiente propicio para la literatura que yo estaba poniendo en el papel, la única que me interesaba hacer en ese momento”. El ambiente intolerante e inflexible se recrudeció en la década de los 70. A comienzos de ella y tras haberse graduado en Lengua y Literatura Francesas en la Universidad de La Habana, pasó a laborar como editor en la Editorial Arte y Literatura. Allí estuvo hasta 1980, año en que salió de la Isla a través del éxodo del Mariel.

Entre otros temas, es interrogado acerca de su experiencia en la revista Mariel (1983-1985), cuyo consejo de dirección integró, junto con Reinaldo Arenas y Juan Abreu. La define como “un proyecto sano y espontáneo, casi diría instintivo, pero también el fruto de una labor realizada a contracorriente, ante la actitud despectiva, o incluso el rechazo abierto, del establishment cultural en inglés de Estados Unidos”. Algunas de las preguntas de Fernández Fe se refieren de manera específica a poemas de sus libros anteriores. De ahí que García Ramos tuviera la atinada idea de incluir esos textos en un apéndice, de modo que el lector pueda comprender mejor lo que se comenta sobre ellos.

El gran valor que tiene ese bloque reside, en buena medida, en la conjunción de un entrevistador inteligente y un entrevistado igualmente lúcido. Fernández Fe asumió su papel con los deberes muy bien hechos. Se leyó atenta y concienzudamente la obra de García Ramos y preparó un cuestionario sustancioso y en profundidad. Por su parte, García Ramos lo contestó con agudeza, amplitud, buena memoria y objetividad, agregando dos elementos también importantes como son la transparencia y la amenidad. Leyendo sus respuestas, me acordé de unas palabras de Vladimir Nabokov, a propósito de unas entrevistas suyas, que se le ajustan muy bien: “El material se ha ido transformando en un ensayo más o menos estructurado en párrafos, que es la forma ideal que ha de tomar una entrevista escrita”.

No dar lecciones, sino mostrar tanteos

En la Nota del autor incluida al inicio de Una medida inexacta, se lee: “La mayor parte del contenido de este libro está constituida por ensayos y comentarios que permanecían olvidados o semi-sepultados en publicaciones y revistas que hoy son difíciles de encontrar, incluso en bibliotecas especializadas.// De ahí la razón de ser principal de esta compilación: poner al alcance de los lectores lo que durante años he podido asentar en el papel con intenciones de reflexión o esclarecimiento, o simplemente de observación memoriosa, y colocar esas ideas dentro de un espacio polifónico, sin buscar un orden cronológico sino más bien un juego intemporal de repercusiones”. Aclara García Ramos que ahora presenta esos textos “como apreciaciones a distancia, sin pretensión alguna de haber alcanzado verdades inapelables (…) El propósito de este libro no es dar lecciones de nada, sino mostrar esos tanteos, que a veces encuentran perfiles firmes y otras solamente contornos vagos, leves sospechas”. Y concluye la nota expresando: “No hay verdades eternas, bien se sabe, ni siquiera interpretaciones permanentes. Hago esa salvedad, y a partir de ella es que los textos de este libro podrán leerse y ponerse en duda”.

Quince son, en total, los trabajos rescatados por García Ramos. No son, sin embargo, todos los escritos por él. Por lo menos este cronista puede mencionar al menos cuatro que quedaron fuera: sus reseñas de libros de Magali Alabau y Amando Fernández (Linden Lane Magazine), su prólogo a Poemas del 42, de Lilliam Moro, y su evocación del poeta Jorge Oliva (La Nuez), los cuales no habrían desmerecido su inclusión en Una medida inexacta. En los allí recopilados, su autor aborda asuntos, figuras y obras que remiten a la cultura y la realidad cubanas. Como hace notar Lilliam Moro en la introducción, conforman dos bloques temáticos principales: por un lado, están los textos que tienen que ver con la experiencia directa de su autor, “aunque no son exclusivamente personales sino que abarcan a parte de su generación”; y por otro, aquellos dedicados a escritores cubanos del exilio.

En el segundo bloque se pueden leer comentarios y ensayos dedicados a libros de Guillermo Cabrera Infante (Mapa dibujado por un espía), Carlos Victoria (La travesía secreta), Miguel Correa (Al norte del infierno), Jesús J. Barquet (Sin fecha de extinción), Vicente Echerri (Historias de la otra revolución). A ellos se suma un magnífico texto que combina reflexión y testimonio, “¿Conocí a Reinaldo Arenas?”. En él, a la interrogante del título, García Ramos contesta: “Sospecho que no (…) Nunca cesaba de jugar con las distintas versiones de sí mismo que él inventaba o que los demás le atribuían y que él mismo echaba por tierra tarde o temprano, con una frase absurda, una actitud inesperada o una opinión arbitraria que rompía la coherencia de esos esquemas”.

En cuanto a los textos que podemos llamar personales, en algunos de ellos García Ramos vuelve sobre aspectos a los que se refiere en la entrevista incluida en Espacio circular. Así, en “Un editor bien vigilado” pasa revista a los años en los que laboró como redactor en Arte y Literatura. Allí narra anécdotas y casos que conoció de primera mano y que ilustran el férreo control ideológico que existía en el campo editorial. En “Otro paseo por El Puente, con nuevos transeúntes”, parte de la publicación de una antología para argumentar su desacuerdo con algunas afirmaciones del compilador. Hay también un trabajo acerca de “Los tiempos de Mariel”. Y en “Good-Bye, Dictator”, hace un balance de su primer lustro en el exilio: el impacto que significó residir en Nueva York, el choque con la mentalidad de muchos estudiantes e intelectuales progresistas norteamericanos respecto a la dictadura castrista, el enriquecimiento intelectual y las ventajas de vivir en una sociedad democrática.

Aparte de esas páginas críticas y ensayísticas, hay algunas más referidas a otros asuntos. En “Los niños de Martí en la epopeya delirante”, García Ramos se asoma a La Edad de Oro. En “José Manuel Poveda, aspirante a maldito”, que retoma una monografía redactada en 1971, estudia la figura y la obra de quien “es, sin duda, el poeta que primero llega a nuestro siglo XX, lleno de ilusiones, para quedarse en nuestro amor y en nuestra fuerza”. La visión, en 2007, de la coproducción cubano-soviética Soy Cuba, rescatada en los años 90 por Francis Ford Coppola y Martin Scorsese, la plasmó en “No hay mal que por bien no venga. Homenaje a Serguei Urusevsky”. “Dos españoles heroicos” está dedicado a la pasión editorial del poeta Manuel Altolaguirre y a su estancia en Cuba, donde él y su esposa Concha Méndez fundaron las Ediciones La Verónica. Finalmente, llama la atención un texto como “Una guerra y un general en el recuerdo”. Lo digo porque en el mismo García Ramos comenta el libro Mis relaciones con Máximo Gómez (1942), del hoy injustamente olvidado Orestes Ferrara.

Lilliam Moro anota en la introducción que, con Una medida inexacta, García Ramos ha cumplido con su responsabilidad ética de rescatar la realidad que otros intentan escamotear, tergiversar o dejar caer en el olvido: “El tiempo a veces no pone las cosas en su sitio, como nos gusta creer: hay que ir encajando las piezas de ese entramado antes de que el olvido y la mala fe se ocupen de hacerlas desaparecer para siempre”. Esa labor la ha cumplido además con notable profesionalismo. Sus comentarios y ensayos se distinguen por sus valoraciones personales, su seriedad analítica, sus agudas lecturas. Están escritos con prosa clara, precisa y amena, que echa por tierra la idea de que la complejidad es aliada de la calidad.

Aunque no pienso que pueda admitirse como regla, al menos en este caso se cumple algo que Juan Ramón Jiménez expresó en una carta: “El poeta es mitad creador y mitad crítico”.