Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Muerte y surrealismo en México (II)

Se pueden interpretar esos estallidos de colores en México como una reacción contra la grisura europea, una rebelión contra la adusta cantería eclesiástica impuesta por España

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Mis aventuras surrealistas en México no tienen para cuando acabar. Si subo a un autobús, lo primero con lo que golpea mi cabeza es con un par de zapaticos de niño colgando del tubo donde se agarran los pasajeros. En casi todas las guaguas cuelgan esos zapaticos, que supongo pertenecieron al hijo del chofer. Lo de los zapatos ahorcados se repite en gran parte del tendido eléctrico de la ciudad de México. No existe otro país donde ese hábito esté tan difundido.

¿La costumbre de lanzar los zapatos viejos a los cables de electricidad tendrá algo que ver con los linchamientos en tiempos de la revolución? En aquel entonces se ahorcaba a los enemigos en los postes de telégrafo, como nos cuenta Nellie Campobello en Cartucho. México es el país de los zapaticos colgantes, o de los tenis ahorcados.

Dentro del autobús, todo es surrealismo. El chofer maneja con su mujer al lado, y ella con el bebé en brazos, los tres apretujados en la cabina, donde además hay una percha con la ropa del conductor. Es como si la cabina del vehículo fuera la prolongación de su hogar, eso sin contar la música a todo volumen que lo convierte en una discoteca rodante.

Las decoraciones de las cabinas incluyen vírgenes, cristos proyectados como supermanes, con flores, atributos de colores negros, o bien calcomanías de mujeres despampanantes y semidesnudas, o en tangas, acompañadas de letreros que dicen: “¡te amo por perra!”. O bien este otro: “Murmuren víboras”, rotulado en la parte trasera del vehículo.

Entro en una farmacia para comprar un medicamento. Mientras espero, paseo la mirada por los estantes y cuál no será mi sorpresa al descubrir en los anaqueles más altos hileras de latas de frijoles, sopas en conserva y otros comestibles. ¿Dónde estoy? ¿En una farmacia o en una tienda de víveres?

Ese caos me parece genial, esa desorganización no deja de tener cierta gracia. Tras mi larga experiencia en el mundo europeo, pretendidamente metódico y lógico, todo ese desorden, esa improvisación, me contagia una especie de alegría primordial…

Otro rasgo típico del surrealismo mexicano es la obsesión con el color verde: chorizos verdes, lomas verdes, indios verdes, tortillas verdes, tamales verdes, salsas verdes, taxis y autobuses verdes, los uniformes de los escolares también son verdes, un tercio de la bandera es verde, incluso los mexicanos han inventado un color denominado “verde bandera”. ¿De dónde vendrá esta pasión por el verde? ¿Será verdad que tiene su origen en las máscaras de jade teotihuacanas?

Sea lo que sea, lo cierto es que semejante delirio cromático se extiende hasta salpicar las casas, unas pintadas de azul añil, otras de rojo mamey, de anaranjado, o de almagre. En ningún país del mundo hay tanta audacia a la hora de elegir colores para pintar las viviendas e incluso los templos. De hecho, aquí han inventado un color llamado “rosa mexicano” capaz de desafiar la Teoría de los Colores de Newton y de Goethe.

Muchas veces he pensado que esos estallidos de colores son una reacción contra la grisura europea, una rebelión contra la adusta cantería eclesiástica impuesta por España. No solo hay chorizos verdes, también tortillas azules, iglesias que combinan el añil en las cúpulas con el mamey en las arquerías.

Posiblemente esas euforias cromáticas tengan que ver con el mito maya que describe la siembra del primer grano de maíz. El grano lo siembran cuatro dioses de la lluvia rompiendo con hachas una montaña que es una gigantesca tortuga. Cada dios tiene un color: rojo, azul, blanco, amarillo… de donde saldrán el maíz azul, el rojo, el blanco, el amarillo… más tarde ese colorido tan diverso estalló salpicando edificios, vestidos tradicionales, artesanías, manjares…

Sabemos que los surrealistas extraen del mundo de los sueños sus principales materiales poéticos. ¿Qué es exactamente la dimensión onírica? ¿Y qué tiene que ver el sueño con la muerte?

La experiencia más cercana a la muerte que tenemos en vida es el acto de soñar. Dormir es forma de morir. Soñar es un pregusto de la muerte, un anticipo de la muerte. Dormir a lo largo de nuestra vida, cada noche, es una lenta educación para la muerte. Durmiendo aprendemos a morir cada día. Dormir, soñar, morir… parecen formar una sólida secuencia.

Los gnósticos creemos que cuando el cuerpo se queda dormido, se relajan los músculos, se aflojan los estados de alerta mentales, y en consecuencia, se abren los candados de esa cárcel de carne y hueso donde el alma está apresada. Entonces la prisionera escapa, vuela, asciende en línea recta y a velocidades inimaginables hasta encontrarse con las luces y las sombras que están más allá, o un poco más acá, del Velo de Pistis Sophía.

Cuando el cuerpo despierta, nada más abrir los ojos, el alma regresa automáticamente al cuerpo del durmiente, y es por eso que —tras el viaje del alma por espacios que no podemos ni imaginar— recordamos vagamente aventuras horribles o maravillosas, según los derroteros que nuestro espíritu enloquecido, ebrio de libertad, haya recorrido.

Cuando soñamos, en cierta forma ya estamos muertos, no solo por la posición de reposo de nuestro cuerpo, sino porque nuestra conciencia, o alma, vaga por territorios desconocidos.

Literalmente el término “surréalisme” significa “por encima del realismo”, o incluso, si se prefiere, “por encima de la realidad”, lo cual coincide con el hecho de que los sueños gravitan más allá de la vigilia, flotan por encima de nuestra conciencia despierta, revolotean en lo más alto, mucho más allá de las nubes. Shakespeare decía en La tempestad: “Estamos hechos de la misma materia que los sueños”.

Cuando soñamos estamos en otra vida, deambulamos por otros mundos, todo lo que luego recordamos son los últimos minutos de sueño, por tanto, hay unas ocho horas de viaje, cada día, de las que no recordamos nada, o casi nada…

Todo ese cúmulo de experiencias en otro plano es un súbito viaje de ida y vuelta, una breve escapada al universo de los sueños. Soñar es viajar al país de los muertos. Allí podemos encontrarnos con los seres más queridos, o con los más aborrecidos, tanto si están muertos como si están vivos. Sueños y pesadillas parecen prefigurar premios y castigos de ultratumba.

El surrealismo se aferra al mundo de los sueños como lo que es, su mina de oro, su principal fuente de inspiración, porque su esencia es la espontaneidad y la libertad. México tiene todo eso a manos llenas.

Una muchacha en una gasolinera me extiende una factura a nombre de Fernando de Magallanes. Le advierto que ese es el nombre de la calle donde vivo, no mi nombre. Pero ella insiste en afirmar que soy Magallanes. “Ya me hubiera gustado ser ese audaz navegante portugués”, le digo sonriendo y acepto su factura.

Veo, por aquí y por allá, un cartel que se multiplica en las esquinas. Está ilustrado con la imagen de la Guadalupe. El texto dice: “La virgen es limpia y pura, aprendamos de ella…” El letrero es un llamado a respetar la limpieza de las calles, para que la gente no amontone bolsas de basura en las esquinas.

El surrealismo está a la orden del día en este país. Lo vemos en los luchadores enmascarados que te puedes encontrar en medio de la calle o en un supermercado, en la quema de los Judas y en ese onírico bestiario del arte popular que son los alebrijes de la familia Linares… ¿Qué es, a fin de cuentas, Quetzalcoatl sino un alebrije que anida en la más remota imaginería mexicana? Esa serpiente emplumada, ese animal tan fantástico, esa amalgama biológica que ni Darwin hubiera podido imaginar, ¿no es acaso surrealista?

Cuando los españoles llegaron a la costa atlántica ya los mayas tenían una cruz. Una cruz parlante, además. Los devotos la visten con un huipil, los eruditos dicen que está inspirada en la planta del maíz y también en la ceiba, que es el árbol eje del mundo. Surrealismo vegetal a lo divino.

Veo letreros surrealistas en Yucatán que anuncian: “se vende hielo frío”. Otros escritos a mano proclaman: “se pintan casas a domicilio”. En los tianguis hay tentadores maniquíes femeninos que no tienen nada que envidiar a los muñecos de sastrería de Giorgio de Chirico. No hace mucho, en Insurgentes Sur y Tlalpan, apareció un poste de la luz en medio de una calle. Resultó que hicieron la calle sin quitar ese poste que no deja pasar los vehículos.

Puede que estos hechos irriten a algunos, tampoco faltan los indignados que abominan de ellos como manifestaciones de fealdad o chocantes muestras de incultura. Hasta cierto punto tienen razón, pero también es verdad que esa ingenuidad conecta espléndidamente con el automatismo psíquico, con la imaginación desbordada y con la irracionalidad propias del Surrealismo.

No hay que olvidar que la esencia del Surrealismo implica altas dosis de candor, el deseo de retornar a la infancia, un afán infinito de jugar, la capacidad de asombro de los niños, algún que otro descuido organizativo, algo de caos. ¡Ojalá que México nunca pierda esas virtudes que lo convierten en un país único, con personalidad!

Frida Kahlo pintó la muerte en su cuadro Las dos Fridas donde hay una tijera goteando sangre sobre el vestido de encaje blanco. Esa tijera quirúrgica es la Parca Atropos, la que corta el hilo de la vida. Una vena conecta dos corazones lacerantes y sangrantes, quizá aludiendo a su separación de Diego Rivera, tal vez evocando las muchas cirugías, accidentes y lesiones que la pintora sufrió. El cielo del fondo es tormentoso, lleno de nubarrones tenebrosos. Esa atmósfera inquietante esconde una muerte latente o profetizada.

La hispanomexicana Remedios Varo pintó en 1947 El hombre de la guadaña, o muerte en el mercado. La escena transcurre en un tianguis por donde se pasea un esqueleto con antifaz empuñando una guadaña. Leonora Carrington es dueña de un mundo poblado de inquietantes criaturas que aluden constantemente a la muerte. Ambas “extranjeras” siempre están pintando fantasmas, seres perturbadores, a veces etéreos o que levitan… Son pintoras metafísicas.

Hasta en el Muralismo Mexicano —pese a ser tan didácticamente social—, vemos ingredientes surrealistas. En el fresco de Diego Rivera Sueño de un tarde dominical por la alameda central aparece José Martí saludando con su bombín, y en el centro, dominándolo todo, una Catrina elegantemente ataviada, con pamela y boa de plumas. Surrealismo y muerte se unen de nuevo en esta imagen trascendental del arte mexicano.

Estos universos plásticos salen de la obra de El Bosco, quien se anticipó cuatro siglos al Surrealismo. En El Jardín de las delicias anida el sentimiento de la muerte. En la tabla derecha del tríptico (El infierno musical) un diablo abraza a una muchacha muerta cuyo rostro se refleja en el trasero espejeante de un monstruo. En su ensayo Filosofía de la composición, Edgar Allan Poe dice que: “La muerte de una joven hermosa es, sin duda, el tema más poético del mundo”.

Hace unos meses me invitaron a presentar mi última novela en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Me condujeron a un auditorio situado en el coro bajo del antiguo convento. Me senté frente al micrófono y el vaso de agua. El público se acomodó en las sillas de tijera. De pronto descubrí, a tres metros de las puntas de mis zapatos, una lápida de mármol en el piso. ¡Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que era la tumba de Sor Juana Inés de la Cruz!

Jamás, en ninguna de mis muchas presentaciones en tantos lugares, me había ocurrido que me pusieran a hablar delante del cadáver de una hermosa mujer. Eso solo podía sucederme en México.

Mientras yo hablaba sobre mi novela, recordaba un lienzo novohispano donde resplandece una Sor Juana quinceañera, libro en mano, antes de tomar el hábito. Yo no podía apartar de mi mente la imagen de esa bella poetisa enterrada a mis pies, rodeada además de elásticos gatos, eléctricos y baudelaireanos, que campan por sus respetos en el antiguo Claustro.

Dos décadas después de la insólita tesis de Poe, el nexo entre amor y muerte experimentó un escorzo estético cuando el Conde de Lautréamont concibió una redefinición de la belleza que es otra vuelta de tuerca a la enunciación de Poe.

Dice Lautréamont: “Bello es el encuentro casual de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección”.

En la cama de autopsia de ese precursor de los surrealistas ya no hay una mujer muerta, pero sí una máquina de coser, que es un artilugio intrínsecamente femenino. Desde un punto de vista psicoanalítico, a su lado yace un hombre representado por ese objeto fálico que es el paraguas. La mesa de disección deviene el tálamo de una pareja de cadáveres simbólicos. Amor y muerte unidos en un frío y metálico lecho nupcial de ultratumba. La metáfora cristalizó hace poco, cuando una francesa se casó con Lautréamont, a pesar de llevar éste más de doscientos años enterrado. Una antigua ley francesa permite estos matrimonios póstumos.

Llegamos así a la noción de Eros y Tanatos tan rumiada por Georges Bataille. En Francia al orgasmo le llaman “petite morte”. Demócrito comparaba la cópula con un una pequeña apoplejía o una epilepsia. Ese éxtasis tabuado nos acerca a la muerte. Su prohibición nos retrotrae al pecado original, que es conocimiento a través del sexo, una sabiduría cuyo precio es la muerte. Si al descubrir la sexualidad dejamos de ser inocentes y perdimos la eternidad del Edén —de donde fuimos expulsados—, entonces ya estamos muertos nada más nacer. Esa mortalidad impregna la noción judeocristiana de la manzana mordida.

Otro percepción que asocia el erotismo con la muerte es que se puede morir por amor. La entrega total a la persona amada equivale a nuestra aniquilación. Dejar de existir, dejar de pertenecerse a uno mismo, conduce a la extinción en el otro. Ejemplos en la literatura: Romeo y Julieta, Tristán e Isolda. Ejemplos en la vida real: Abelardo y Eloísa, y muchos más.

“Me muero de amor por ti”, “hay amores que matan”, “me rompió el corazón”. ¿Quién no ha oído estas hipérboles en el habla popular y en canciones? Los adolescentes se deprimen y experimentan inapetencia cuando sufren fracasos amorosos. Esa desgana que los arrastra en una huelga de hambre sentimental, esas emociones capaces de quitarnos el apetito, están muy cercanas a la muerte, eso sin contar los crímenes pasionales inducidos por el demonio de los celos.

El famoso proverbio “hasta que la muerte nos separe” encuentra su desenlace en el mejor soneto de Quevedo: “Serán ceniza, mas tendrá sentido/ Polvo serán, mas polvo enamorado”.

José Lezama Lima siempre me hablaba del “azar concurrente” como una de las leyes de su sistema poético. Esas “vivencias oblicuas” siempre me han perseguido. Si la preciosa Sor Juana asistió desde su tumba a la presentación de mi novela, resulta que esta noche nos acompaña otra bella mujer muerta. Leonora Carrington ha fallecido precisamente hoy[1], añadiéndole a esta conferencia un significado especial. Durante cinco años la perseguí por el DF, yo quería conocerla para entrevistarla. No fue posible. Sin embargo, hoy ella ha acudido a esta capilla gótica. Su espíritu está aquí, entre estas piedras.

¿Y qué son estas piedras que nos acogen sino uno de los espacios más surrealistas de México? Esta Capilla Gótica es un monumento a la muerte, todo un canto de piedra a la belleza de la muerte. ¿Quién sabe cuántos difuntos han sido velados bajo la sombra alargada de estos arcos ojivales?

Estamos rodeados de esa estética escatológica tan abundante en célebres novelas, cuadros, películas. A un par de pasos de aquí, allá afuera, se despliega una arquería románica de columnas dobles donde podemos ver monstruos esculpidos en los capiteles. Ese bestiario de piedra son representaciones infernales típicas del románico español: grifos, arpías, gárgolas, demonios o vampiros, criaturas de la noche, de la pesadilla, de la muerte, que son surrealistas avant la lettre, como surrealista es también la increíble historia de este espacio mágico.

Esta capilla y su galería exterior fueron traídas —piedra por piedra, numeradas y embaladas en cajas— desde Ávila, España, hasta Estados Unidos, por el magnate de la prensa norteamericana William Randolph Hearst. En la película de Orson Welles, el ciudadano Kane acumulaba tesoros, estatuas y muebles traídos de Europa en sus muchos viajes.

A raíz de la muerte de Hearst-Kane estas piedras quedaron en sus cajas, sin abrir, arrumbadas en algún almacén de Nueva York. Por allí pasó un mexicano ilustre, el coleccionista Nicolás González Jáuregui, quien las compró. Trajo las piedras a esta ciudad y aquí las ensambló, para que nos dieran cobijo surrealista esta noche.

¿Puede haber algo más surrealista que este insólito conjunto de piedras, arcos, estatuas y artesonados viajando en barco desde España hasta Norteamérica, y de allí, hasta la Ciudad de México? Unas piedras que han pasado por las manos del Ciudadano Kane ya forman parte de lo mejor de la historia del cine, lo cual les añade otro toque especialmente surrealista. Ningún otro país del mundo podía otorgarles reposo final a estas canterías de los siglos XII y XIV. Solo México —verdadera patria del Surrealismo— podía ser el destino de esta capilla gótica.


[1] Este texto fue elaborado a partir de las notas de una conferencia que impartí el 26 de mayo de 2011 en la Capilla Gótica del Instituto Cultural Helénico, Ciudad de México.


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Detalle del fresco de Diego de Rivera “Sueño de una tarde dominical por la alameda central”.

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