Actualizado: 25/10/2021 18:08
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Muriendo esperan

Esta película no es una obra maestra, peca a la larga de sentimentalona y roza lo cursi, pero es una obra bienvenida dentro del cine cubano, porque enfrenta una penosa realidad

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He llegado bien tarde a Ultimos días en La Habana. Pero entre que no ha sido fácil de localizar y mi falta de motivación por ver filmes de Fernando Pérez, lo gestioné con lentitud. Cualquiera que haya leído mis críticas sabe que no soy admirador del director. Su cine me parece tremendamente pretencioso, escamoteador y excesivamente solemne. Se hunde en su propia gravedad y la ironía, si anda por alguna parte, es indetectable.

Sin embargo, confieso que, desde Madagascar, ninguna película de Pérez me había agradado tanto. Creo que logró despojarse de sus ambiciones de experimentador e innovador de la narrativa cinematográfica y decidió hacer el filme que escondía tras sus anteriores malabarismos formales: un melodrama sin maquillaje.

Diego es un homosexual sin tapujos, gay avant la léttre, un hombre que parece haber disfrutado lo más posible de la vida que le tocó, que no fue muy buena. Se encuentra en la etapa terminal del sida y permanece confinado a su cama. Lo cuida diligentemente su amigo Miguel, que no es homosexual, sino es un hombre apagado, sin la menor de las emociones, que transita por la vida haciendo el menor de los esfuerzos. Lava platos en un restaurante. Ambos viven en la casa de Diego, en un edificio que conoció tiempos mejores, pero que se ha convertido en un destrozado solar habanero. Una ruina sin atractivo.

Ambos esperan, con resignación triste. Uno, la muerte, el otro, la visa para emigrar a Estados Unidos. Son sus únicas salidas posibles de la celda política, social y existencial en la cual están atrapados. El día de su cumpleaños, Diego le pide a Miguel que le consiga un pinguero y éste acede a regañadientes.

Mientras Miguel camina sin rumbo por La Habana, revisa el correo y estudia inglés, Diego trata de sazonar su espera con actos atrevidos. Sus familiares, que casi nunca le visitan lo regañan porque temen que alguien haga destrozos, robe o se quede con la casa, a la cual todos aspiran. Porque esta ruina es codiciada en medio de una ciudad aún más arruinada, física y moralmente.

A Miguel y Diego los une el hecho de que, en la Secundaria Básica, expulsaron a Diego por homosexual y Miguel fue el único capaz de defenderlo, por lo cual también fue expulsado. A partir de ahí, se convirtieron en descastados sociales. Es una amistad forjada a partir de los asaltos del castrismo.

El guion es muy lineal, solamente se propone narrar una historia, muy triste, pero que presenta una realidad compleja. Pero los personajes sufren de simplificación. A la larga, la trama cae en los trucos narrativos del melodrama, los protagonistas se vuelven todos redimibles o despreciables y el subtexto se banaliza. Solamente se salva la figura de Yusisleydis, una adolescente sobrina de Diego, que expresa sus intenciones con candidez, una pequeña muestra de la nueva generación, lista, quizá inteligente, pero con el cerebro completamente vacío y sin brújula ética.

Argumental y visualmente, la película parece un ejemplo tardío del neorrealismo italiano. Quizá es que Cuba hoy en día ha actualizado y superado la imagen de la Italia de la posguerra. Pérez domina bien ese estilo, parece haber digerido bien a De Sica y a Rossellini.

En sus filmes anteriores, como Suite Habana y La vida es silbar, Pérez escondía su veta neorrealista bajo sus pretensiones estilísticas, tratando de acercarse a Bergman o a Tarkovski, pero perdiendo el barniz bajo el sol tropical. Aquí, la sencillez lo ayuda a tratar el tema con soltura y a tocar puntos importantes sobre la realidad cubana que se perdían en lo extremadamente alegórico de sus anteriores filmes. En este filme hay buen oficio, si bien no hay mucho arte.

Jorge Martínez (Alicia en el pueblo de Maravillas, Mujer Transparente, Historias Clandestinas de La Habana, Viva!), un actor de larga trayectoria en el cine cubano, protagoniza de manera excelente a Diego. Su actuación no tiene reparos. Da la nota perfecta en cada encuadre. Patricio Wood (El elefante y la bicicleta, El cuerno de la abundancia, Los dioses rotos), otro veterano, está muy bien como Miguel, en un rol muy contenido y sin muchos matices, pero cumple con sus exigencias.

La gran revelación es Gabriela Ramos, que debuta en este filme como Yusisleydis, la sobrina. Un personaje monocromático al principio, que gana cierta gama a medida que participa más de la trama. Ramos resuelve su personaje con soltura histriónica y con economía de medios. Sus dotes dramáticas son muy efectivas. El papel le valió el premio a la mejor actriz secundaria en el festival de Málaga de este año. También le valió trabajar en la película Corazón azul, de Miguel Coyula, que actualmente se encuentra en postproducción.

La fotografía de Raúl Pérez Ureta, quien ha trabajado ya varias veces con Pérez, se ajusta muy bien a los objetivos del filme, concediendo tristeza visual a los paisajes de la ciudad, del edificio y de los propios personajes en su intimidad.

El filme ha ganado premios de mejor película en los festivales de Málaga y Guadalajara, así como el Premio José Marí Forqué 2018, un premio anual que se concede en España desde 1996 para distinguir lo mejor del cine español e hispanoparlante.

Es bueno ver a Fernando Pérez despojado de sus máscaras formales. El filme no es una obra maestra y peca a la larga de sentimentalona, roza lo cursi, pero es una obra bienvenida dentro del cine cubano, porque enfrenta una penosa realidad y aunque tenuemente, se cuestiona, con dureza descarnada, momentos históricos y actitudes personales.

Ultimos días en La Habana (Cuba/España, 2016). Dirección: Fernando Pérez. Guion: Fernando Pérez y Abel Rodríguez. Director de fotografía: Raúl Pérez Ureta. Con: Jorge Martínez, Patricio Wood, Gabriela Ramos, Yailene Sierra y Coralita Veloz. Puede adquirirse en varios sitios web. Aún anda dando vueltas por festivales.


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