Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Teatro, UMAP

Murió el soldado Umap No. 67, Armando Suárez del Villar

El ser un conocido teatrista y padecer escoliosis nunca fue motivo para pedirles tregua a sus verdugos

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Me llega la noticia de que el 17 de septiembre murió en La Habana Armando Suárez del Villar, quien en 1966 fuera el soldado Umap No. 67, confinado en la “compañía” 1 del “batallón” 23, allá en un remoto campo llamado La Anguila, granja La Paz, ubicada a unos 20 kilómetros del central azucarero Senado, en Camagüey.

Era entonces un conocido teatrista, estaba por cumplir 31 años de edad y padecía escoliosis, lo que nunca fue motivo para pedirles tregua a sus verdugos. En los primeros días del encierro, allí llegamos el 20 de junio de 1966, lo vi marchar, a las órdenes de los sargentos, bajo el sol, inclinando apenas su anatomía de 6 pies cuatro pulgadas aproximadamente. Se notaba que hacía un esfuerzo, pero no se rendía. Luego lo vi arrastrando el azadón, desyerbando surcos que parecían interminables, y prehistóricos porque nadie sabía desde cuándo no le “pasaban guataca”, con el mismo estoicismo. Nunca se quejó.

Una madrugada los soldados entraron en la barraca gritando su nombre (en su expediente Umap constaba solamente “Armando Suárez Fernández”, no sus dos apellidos compuestos). Se lo llevaron. Regresó, o lo regresaron, más o menos una semana después. Venía vestido de verde oliva, con botas negras de oficial (unas botas que luego él me regalaría). ¿Por qué? Nos contó a los más cercanos, que no éramos pocos, sobre su parentesco con el entonces “presidente” (así, entre comillas) de Cuba, Osvaldo Dorticós. Había muerto un pariente y habían decidido que Armando asistiera al sepelio.

Allí en La Anguila me ayudó a redactar una carta al ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias pidiendo mi liberación de las Umap. El argumento: yo era el único sostén económico de mi mamá, ama de casa y ya de edad avanzada, y de mi esposa, que era estudiante. Mi mamá estaba enloqueciendo, vendiendo todo lo que había en la casa para poder subsistir, etcétera. Me explayé en el borrador y Armando fue la persona que entonces, por primera vez en mi vida, me enseñó a no ser subjetivo. Prácticamente él redactó la carta.

Los más jóvenes, yo tenía entonces 20 años, le decíamos el “viejo”, los más viejos —allí había hombres de 40 años y un poquito más— le decían “Armandito”. Con todos fue solidario, noble, agradecido. Y en todo momento resultó valiente, y humilde.

Quedó incólume en tres “recogidas” para trasladar a los homosexuales hacia las “compañías” compuestas solamente por hombres de este perfil. Pero en la cuarta se lo llevaron. Ya entonces estábamos en el campo llamado “California”, cercano en unos 10 kilómetros al central azucarero Lugareño. Armando sabía que le esperaba un bregar más difícil: las “compañías” de homosexuales eran, cómo decirlo, peores. Entonces me regaló aquellas botas negras de oficial (las que nosotros utilizábamos eran amarillas), que le habían permitido conservar, y que a los pocos días me quitó un teniente. Cuando subió al camión que lo llevaría a su nuevo destino, miró hacia nosotros, el grupo de sus más cercanos amigos, y sonrió.

Un día me enfermé y me llevaron, escoltado, como era de rigor, al médico del central Lugareño. Me vio un médico de apellido Coro, recuerdo, que me trató con amabilidad pero con la distancia con que se trata a un microbio. Cuando esperaba mi turno para que el médico me viera, pedí permiso al sargento que me escoltaba para hablar con otro soldado Umap que también esperaba, quien a su vez tuvo permiso de su escolta para hablar conmigo. Era un soldado Umap homosexual. Armando Suárez del Villar había regresado cerca del campo La Anguila, pero esta vez a la “compañía” 4, reservada para los homosexuales y confinada en un sitio llamado “Guanos”. Allí, me contó el soldado Umap antes de entrar en el consultorio del médico, altísimas cañas, compactadas, hechas crecer prácticamente pegadas a las alambradas por el lado exterior, no permitían siquiera que los recluidos pudiesen ver el espacio circundante. Allí, en “Guanos”, quien ahora me relataba —que ya había sido trasladado para otro sitio—había conocido a Armando Suárez del Villar.

Durante las décadas posteriores, ya lejos de aquel infierno, estuve con Armando en Santa Clara, Cienfuegos —donde a finales de la década de 1960 pasamos juntos un Fin de Año—, La Habana, etc. A cada rato nos saludábamos por teléfono conectando desde Santa Clara-Habana.

Hace aproximadamente 20 años que no nos veíamos —llevo 17 en México y cuando antes, iba a Cuba, marchaba directamente para Santa Clara— y hoy me parece que lo estoy viendo de nuevo allí, vestido de azul, sonriendo, azadón, machete en mano. Sonriendo.


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