Actualizado: 30/01/2023 18:55
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Cine, Arte 7

¿Nadie sabía? Todos callaban

Este filme es un excelente tratado sobre la necesidad de confrontar los horrores nacionales, el pasado tortuoso de un país y las consecuencias de vivir escondiendo la verdad

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En 1958, Johann Radmann, un joven y ambicioso abogado, recién asignado a la fiscalía de Francfort para trabajar en casos de violaciones de tráfico, escuchó accidentalmente, durante una reunión de los fiscales, a un periodista, Thomas Gnielka, exigir que se abriera una investigación sobre los crímenes cometidos por el nazismo en Auschwitz. Todos se hacen de la vista gorda, nadie responde a la incriminación. El periodista trae un testigo.

Radmann se interesa levemente y entra en contacto con Gnielka y su testigo. Idealista y naive, esta nueva relación le abre un mundo hasta entonces desconocido. Radmann decide hacerse cargo de la investigación y recibe el apoyo del Fiscal General de Hesse, Fritz Bauer. A partir de aquí, Radmann, sin casi darse cuenta, se va adentrando en una conspiración de silencio que atraviesa los laberínticos pasillos del poder alemán. Muchos no saben nada del Holocausto, otros prefieren ignorarlo y nadie parece tener interés en retomar un asunto embarazoso que puede sacar a la luz demasiados trapos sucios que se han logrado sepultar por alguna parte.

La investigación, a diferencia de los juicios de Nuremberg, en donde se juzgaron a figuras cimeras, está dedicada a ajusticiar a los oficiales de nivel medio y bajo que participaron en la masacre de los judíos en Auschwitz. A diferencia del notorio Nuremberg, que se basó en leyes internacionales para encausar crímenes de guerra, en los juicios de Francfort se iba a aplicar la justicia de la República Federal Alemana, por lo que había que probar que los acusados habían cometido atrocidades por iniciativa propia, más allá del cumplimiento de su deber como soldados que obedecían órdenes. Para ello se necesitan testigos de hechos específicos y eso era difícil en la Alemania Occidental de entonces.

El protagonista se da a la tarea con celo obsesivo. Incluso descubre las atrocidades de Mengele y colabora con la Mossad para capturar a Eichmann y, en vano, a Mengele. Mientras descubre el sucio pasado alemán con respecto al nazismo, termina descubriendo su propio pasado y el horror que pesa sobre su familia. Se encara a una red de complicidad que prácticamente incluye a todas las familias alemanas.

Todos los personajes son reales excepto Radmann, que es una creación de los guionistas y reúne características de los tres fiscales principales que participaron en los juicios de Auschwitz, que finalmente comenzaron en 1963 y lograron, tras cuatro años, condenar a veintidós miembros de las SS de seis mil acusados potenciales.

La película Labyrinth of Lies narra los hechos de manera lineal, sin dispersarse mucho ni preocuparse en la claridad de las fechas, pero logra presentar el rostro de la Alemania de Adenauer, un país tratando de recuperar su dignidad y su poder económico, una democracia emergente sujeta a secretos y caprichos del poder, en la cual la libertad de expresión todavía estaba con bozal. Pequeñas intrigas y oscuras maniobras fueron necesarias para ir develando la verdad y enfrentar a los alemanes a su propia consciencia. Mientras tanto, el país llevaba una lucha frontal contra la República Democrática Alemana. El canciller Konrad Adenauer es una figura histórica de gran riqueza, llena de contradicciones y difícil de evaluar con objetividad.

Alexander Fehling (Inglorious Bastards, Young Goethe In Love) hace una excelente interpretación de Radmann. Un hombre austero, convencional y terco, obsesionado con la justicia y con su carrera, maravillado por la bohemia literaria, persistente pero frágil. Fehling cubre todos los matices con el dramatismo necesario. Es su personaje y su película. André Szymanski (In the Shadows) un actor nacido en la difunta República Democrática Alemana, mantiene contenido al personaje de Gnielka, un hombre que busca justicia porque siente culpabilidad de su pasado. El resto del elenco cumple su función de apoyo sin ningún fallo.

Este es el primer largometraje de Giulio Ricciarelli (Milán, 1965), un actor italiano con éxito en la televisión alemana. Toma pocos riesgos con este filme. Utiliza una narrativa convencional, sin excesos de comercialismos, que a veces parece tan detallada como un informe notarial pero que logra sus objetivos. No tiene pretensiones de hacer gran arte ni de crear una obra trascendente. Se limita a presentar, de forma bastante amena, un documento en el cual no hay condescendencia con el espectador. Ricciarelli es también el autor del guión junto con Elisabeth Bartel, que también debuta como guionista.

Roman Osin (I Am David) y Martin Langer (Sophie Scholl: The Final Days) realizan un trabajo eficiente en la fotografía. Muestran bien el color de la época, la frugalidad del ambiente y el medo generalizado.

El filme es un excelente tratado sobre la necesidad de confrontar los horrores nacionales, el pasado tortuoso de un país y las consecuencias de vivir escondiendo la verdad. Nos echa en cara la complicidad de toda una nación con un proceso inhumano, los derivados del miedo y de la pasividad. Muestra también los mecanismos de defensa colectivos, el rechazo a reconocer los errores y los peligros que esto entraña, así como los riesgos que también causa mirarse al espejo y ver el reflejo del horror. No juzga. No es una obra maestra, pero es una oportuna meditación sobre la banalidad del mal.

Labyrinth of Lies (Alemania, 2014). Dirección: Giulio Ricciarelli. Guión: Giulio Ricciarelli y Elisabeth Bartel. Dirección de Fotografía: Roman Osian y Martin Langer. Con: Alexander Fehling, André Szymanski, Gert Voss, Marlene Wondrak y Johann von Bulow. De estreno en ciudades selectas de Estados Unidos.


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