Actualizado: 24/11/2020 19:05
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Judaísmo, Napoleón

Napoleón, libertador de los judíos y precursor del sionismo

Napoleón escribió una proclama, el 20 de abril de 1799, con la que creaba un estado judío independiente

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Si bien la Revolución francesa emancipó a los judíos, haciéndolos ciudadanos, la liberación efectiva del pueblo de David se debió a Napoleón.

Tras el decreto de la Asamblea Constituyente del 27 de septiembre de 1791, que les confirió igualdad de derechos, los judíos continuaron viviendo en sus comunidades, con sus propios sistemas de justicia y estado civil.

La Convención, debido al ateísmo, cerró las sinagogas y prohibió hablar hebreo, lo cual no era una medida discriminatoria per se sino que formaba parte de la política lingüística centralizadora de los jacobinos. Los revolucionarios, pese a haber dado lugar a su emancipación, les hicieron la vida bastante difícil a los judíos en tanto creyentes.

Napoleón se propuso que fuesen ciudadanos por completo, con todos los derechos y deberes que esto implica.

Acaso tal decisión se produjo tras la victoria de Austerlitz, cuando en el camino de regreso a París se detuvo en Estrasburgo, donde un asunto contencioso con los judíos locales dispuso su simpatía en favor de éstos.

Pero no hay que desestimar que ya había efectuado el Concordato con la Iglesia Católica; quería asentar todos los cultos dentro de determinados valores (es decir, la “laicidad”) porque entendía que la religión no podía desarraigarse. Hizo abrir las iglesias, y le acordó la libertad religiosa a los protestantes. Los judíos debían gozar del mismo derecho que católicos y protestantes.

¿Habría que ver en la predisposición favorable de Napoleón hacia los judíos el hecho de que en su Córcega natal el antisemitismo era desconocido porque casi no habían judíos? Sin embargo, Córcega liberó a éstos bastante antes que lo realizado a partir de la Revolución francesa. (¿No había dicho Jean-Jacques Rousseau que esa isla un día asombraría al mundo?) Y, cuando en Ajaccio Napoleón huía de las huestes enfurecidas de su enemigo Paoli, pro-inglés, salvó la vida porque el judío Levy lo escondió.

Napoleón, precursor del sionismo

Lo cierto es que en su primera campaña como general en jefe del Directorio, la de Italia entre 1796 y 1797, ya liberó a los judíos de los guetos porque le resultó insoportable el sufrimiento de éstos. Primero fue el de Ancona, el 9 de febrero de 1797. Le siguieron los guetos de Roma, Venecia, Verona y Padua.

Su siguiente campaña fue la de Egipto, en 1798. El ejército republicano se adentró en el territorio que llamaron “Siria” y hoy es el estado de Israel. Napoleón, no obstante, sabía muy bien qué suelo estaba pisando. Cuando se aproximaba a los Santos Lugares, llamaba al sabio Gaspard Monge a su tienda para que le leyera en voz alta pasajes de la Biblia. El ejército de ateos parecía sucumbir al fervor religioso. Y el general en jefe hasta buscó inspiración en el cruzado Godofredo de Bouillon cuando éste tomó Jerusalén.

El 9 de Av (Tisha b’Av) es “el día más triste en la historia judía”, el “día de la calamidad”, que recuerda la destrucción tanto del Primer Templo como del Segundo. Ese día, mientras estaba en “Siria” (¿o fue ya en Italia?), Napoleón pasó por una sinagoga y oyó gritos, llantos y alaridos. Intrigado, entró y preguntó cuál era la causa de tanto dolor. Se le contestó: “Nuestro templo ha sido destruido”. Bonaparte entendió por “templo” una sinagoga. Adujo: “¿Cómo es posible que no supiese nada? ¡Nadie me ha informado que vuestro templo ha sido quemado!”. Se le dijo que ello había sucedido 1700 años atrás. Se detuvo a reflexionar y exclamó: “Un pueblo que recuerda tanto su pasado tiene su futuro asegurado”.

El asedio de San Juan de Acre (hoy Akko, en Israel) tuvo lugar entre el 20 de marzo y el 21 de mayo de 1799. Los franceses contaban tomarle la ciudad a los turcos, quienes estaban muy bien sostenidos por los ingleses.

En pleno asedio, Napoleón escribió una proclama, el 20 de abril, en la que aparece que fue redactada en el “cuartel general de Jerusalén”. Se titula: Proclama a la nación judía. Con la que creaba un estado judío independiente. Bonaparte pensaba ocupar San Juan de Acre (lo que no logró), para de ahí dirigirse a Jerusalén y hacer realidad su proyecto del estado judío. Los ingleses se le atravesaron.

En esa proclama, el “corso vil” (como lo llamó José Martí) denomina a los judíos como “los herederos legítimos de Palestina”. Se leía: “¡Apresuraos! Es el momento que no volverá tal vez de aquí a mil años para reclamar la restauración de vuestros derechos civiles. (…) Tendréis derecho a una existencia política en tanto Nación entre las naciones”.

Se ha visto en tal proclamación el origen del sionismo. Curiosamente, el “corso vil” llama a los judíos de Asia y África a que retornen a la nación judía que se va a crear. Pero no convoca ni a los franceses ni a los europeos: ¿tenía ya en mente el plan de integración que luego implementaría con el pueblo de Moisés en territorio europeo?

¿Se apoyó sobre textos bíblicos, ya que muchas de sus referencias prácticas provenían de la historia antigua, cuando llamó a la reunión de la nación judía en Tierra Santa? ¿O quiso ponerse al frente de ese Estado? Al parecer, esta probable obsesión no lo abandonó: el 16 de agosto de 1800 escribía que “si yo gobernara una nación judía, restablecería el templo de Salomón”.

Lo cierto es que su Proclama a la nación judía fue utilizada por Theodor Herzl, el fundador del sionismo, e incluso se habría presentado en la ONU en 1947, con vistas a la creación del estado de Israel.

(Napoleón III, el sobrino del “corso vil” que tanto seguía al tío, se interesó en principio en un proyecto de índole “sionista” que le había propuesto Henri Dunant, el originador de la Cruz Roja.)

Theodor Herzl, en carta al Kaiser Wilhelm II del 1 de marzo de 1899 escribió: “La idea que yo defiendo (la de un estado judío), ya fue intentada en este siglo por un gran monarca europeo, Napoleón I. La instauración del Gran Sanedrín en París no fue sino el muy débil reflejo de esa idea. (…) Es sobre este mismo signo que conviene situar la cuestión judía. Desde entonces, lo que no fue posible bajo Napoleón I, ¡que lo sea bajo Wilhelm II!”

Exactamente cien años después de la proclama napoleónica, Herzl le dirigía esa carta al Kaiser. Y unos 50 años más tarde, David Ben Gurion declaraba la independencia de Israel.

La oportunidad, según Bonaparte, que en mil años no volvería a presentarse, se vio reducida a 150 tras su idea fundadora.

El Gran Sanedrín y los rabinos del Emperador

La proclama de 1799 fue reproducida en el Moniteur y en otros periódicos de Europa. Los judíos del Continente reconocieron en el corso al mesías, “aunque comiera tocino”.

Fue sin embargo otro acontecimiento el que condujo a una identificación mesiánica con la figura de Bonaparte más acentuada, debido a las implicaciones prácticas que produjo en la vida cotidiana de los judíos, no sólo en Francia sino en los países que pasaron a formar parte del Imperio, en los que Napoleón solía aplicar una organización similar a la de Francia.

Tras haberse impresionado negativamente con las coerciones que aún sufrían los judíos, en Estrasburgo de regreso de Austerlitz, emitió un decreto, el 30 de mayo de 1806, que suspendía por un año el pago de deudas contraídas con los judíos por los agricultores de 8 departamentos del este de Francia. Ese mismo día, otro decreto llamaba a una Asamblea de Notables, “para mejorar la suerte de la nación judía”.

La dicha asamblea abrió en julio de 1806, y se extendió hasta el 6 de abril de 1807. Los judíos más distinguidos y rabinos, provenientes de toda Francia, debían deliberar sobre 12 preguntas que les sometió el Emperador, cuyo objetivo era que se comprometieran a respetar la ley francesa. Las respuestas tenían que demostrar que la Torah podía estar en conformidad con la legislación en regla.

La primera pregunta era bastante sorprendente, pues se refería a si los judíos renunciarían a casarse con varias mujeres. Napoleón, quien con certeza no conocía a judíos en su entorno, ¡pensaba en la Biblia y adujo que los hebreos continuaban practicando la poligamia! La segunda, era sobre si aceptaban el divorcio sin que fuese pronunciado por un tribunal rabínico. La tercera, si estaban en contra de los matrimonios mixtos. Entre las restantes, se encontraban: ¿se consideraban franceses?; ¿estaban dispuestos a defender a su patria, Francia?; ¿quién nombraba a los rabinos?; ¿era cierto que una ley judía prohibía a los israelitas practicar la usura con sus correligionarios?

Los delegados desconocían previamente las preguntas y ni siquiera sabían para qué el Emperador los había convocado. Comprendieron con presteza, sin embargo, que en dependencia de sus respuestas serían excluidos o mantenidos en la comunidad francesa. Unánimemente, se pronunciaron por “defender a Francia hasta la muerte”. Pero la Asamblea se dividió respecto a los matrimonios mixtos; fueron los rabinos quienes se opusieron: ¿cómo un rabino iba a bendecir la unión de una cristiana con un judío, cómo un cura iba a casar a un cristiano con una judía? No obstante, aceptaron que esos matrimonios tenían todo valor civil, así como que un judío que se casase con una cristiana no dejaba de serlo para sus correligionarios.

La repercusión de esta asamblea fue tal que Metternich, embajador austríaco en París, escribió alarmado a su ministro de exteriores: “Todos los judíos consideran a Napoleón su mesías”.

En efecto, todos estaban contentos: los hebreos, los colaboradores del Emperador y su ministro del Interior (que en ese momento no era Fouché). Pero Napoleón, no. Quería algo más contundente. Entonces se acordó que, siglos atrás, se reunía un areópago de grandes prestes en Jerusalén que representaban a los judíos ante los romanos, llamado Sanedrín. Supongo que cuando le expresó a sus funcionarios la intención de revivir el Sanedrín, le dijeron: “¿Un qué, Sire?”

El Sanedrín había gobernado a Israel desde 170 antes de J.C hasta 70 después de J.C. Como con Napoleón todo se magnificaba, le añadió el adjetivo “gran”.

El 23 de agosto de 1806, en los preparativos del cónclave, le había escrito a su ministro del Interior: “Jamás, desde la toma de Jerusalén por Tito, tantos hombres ilustrados pertenecientes a la religión de Moisés, pudieron reunirse en el mismo lugar”.

En realidad, el Sanedrín, en la antigüedad, tuvo lugar en muy contadas excepciones en el Templo. A Napoleón esto le importaba muy poco, menos aun que hacía 18 siglos que no funcionaba. Él decía que “la imaginación gobierna el mundo”: al mismo tiempo satisfacía la suya y hacía que la de los judíos, halagados, volase a lo más alto, “como en los tiempos de Jerusalén”. Su verdadera intención era, en el fondo, más pragmática: las respuestas de los delegados en la previa Asamblea, tendrían que ser santificadas por el Gran Sanedrín y puestas al lado del Talmud como artículos de fe.

Hizo que se copiara el ceremonial que se usaba en Israel más de 1700 años atrás, y los escogidos, en número de 71, se dispusieron en mesa en semicírculo, como en la época del Segundo Templo.

Entre los 71, 45 eran rabinos y el resto, laicos. La solemne carta de invitación había sido escrita en hebreo y en francés; se consignaba que sería un evento que “permanecería en la memoria por los siglos de los siglos”. Se designó presidente del Sanedrín al rabino David Sintzheim, quien había sido uno de los seis delegados judíos a la Asamblea Constituyente que decretó la emancipación en 1791. (Posteriormente, en 1808, Sintzheim fue nombrado gran rabino de Francia, el primero entre ellos.)

El Sanedrín se inauguró en la sala San Juan del Hotel de Ville de París, el 9 de febrero de 1807. Se extendió durante un mes; podía haber durado más, pero un jesuita intrigó para que no continuase.

Esa “imaginación” que acicateaba a Napoleón hizo que “disfrazase” a sus rabinos con un vestuario especial: una larga funda negra, con suntuosos bordados. A Sinztheim le encasquetó en la cabeza una suerte de sombrero alto con dos cuernos, sobre una base de lujosa piel. Todavía hoy no se sabe si estos diseños tuvieron un origen real, ni siquiera lo conoce el descendiente del gran Sintzheim. Quien hizo malabares para mantener al judaísmo dentro de “la ley” al mismo tiempo que contentase a Napoleón. Éste, de cierto modo, buscaba la obediencia a él. Sintzheim lo entendió enseguida; ¿no había ensalzado al Emperador el día de su aniversario, el 15 de agosto de 1806?

El rabino inauguró el Sanedrín con un: “¡Oh Israel, séanle dadas gracias al libertador de su pueblo!”.

Luego se le consagró a Napoleón una plegaria, así como un Cántico a Napoleón el Grande.

Con su propensión a lo épico y a lo titánico, ¿Napoleón se creyó un nuevo Moisés? En cualquier caso, una medalla y un grabado de 1807 lo representan dándole las Tablas de la ley ¡al propio Moisés!

Lo cierto es que el Sanedrín estableció al judaísmo como la tercera religión de Francia, junto con el catolicismo y el protestantismo. Organizó toda la vida, civil y religiosa, de los hebreos en el estado francés. Y los hizo entrar en la modernidad. Lo que no pasó inadvertido para un rabino: “Si Bonaparte triunfa, aumentará la grandeza de Israel, pero ellos se marcharán y el corazón de Israel se alejará del Padre celestial”.

Los judíos ortodoxos rusos, los hasidim, se opusieron fuertemente a lo que en definitiva era asimilación.

La oposición más encarnizada al Sanedrín y sus resultados provino, no obstante, de los estados cristianos de Europa. El zar Alejandro de Rusia se levantó contra la libertad acordada a los judíos, e hizo que la Iglesia Ortodoxa designase al corso como el “Anticristo y enemigo de Dios”. También reaccionaron contra el Sanedrín, Austria, Prusia e Inglaterra. Y hasta el propio tío de Napoleón, el cardenal Fesch, quien sin embargo le debía no poco de su nombramiento eclesiástico a su sobrino: ¿cómo éste se había atrevido a resucitar a una antigua asamblea de la que nadie se acordaba, integrada por los descendientes de quienes habían “matado” a Jesús?


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