Actualizado: 23/02/2019 10:51
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Cuba, Martí, Literatura

New York

Frágmento del libro No me hables del cielo, de Dulce Sotolongo Carrington

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Mudar de tierra no quiere decir mudar de alma, por eso tu alma hoy más que nunca sigue padeciendo, lejos de Leonor, de los tuyos, de la tierra que te vio nacer, de las palmas, los tomeguines y ese sol al que te gusta mirar de frente.

La vida en Venecia es una góndola; en París, un carruaje dorado; en Madrid un ramo de flores; en New York, una locomotora de penacho humeante y entrañas encendidas. Ni paz, ni entreacto, ni reposo, ni sueño. La mente, aturdida, continúa su labor en las horas de noche dentro del cráneo iluminado. Se siente en las fauces polvo; en la mente, trastorno; en el corazón, anhelo.

New York es una ciudad inmensa, donde la gente siempre va de prisa, con la camisa abierta, arreglándose la corbata, sin tiempo para cerrar la puerta y mucho menos para conversar en las esquinas. París se hace aún más perezosa con su bulevar, y el Sena siempre invitando a detenerse en su orilla. New York trabaja ardientemente, no hay lugar para los torpes. Cuesta trabajo no perderse en esas calles que por primera vez no recuerdan a otras. Te esfuerzas día y noche en aprender el inglés hermoso, pero rebelde.

No obstante, ya te sabes de memoria el camino que va de la casa de huéspedes de los Mantilla a la tienda de Leandro Rodríguez, donde se reúne el Comité Revolucionario Cubano. Allí intercambias ideas, poco a poco vas exponiendo tus criterios sobre los errores que hicieron fracasar la guerra, vas lento, aunque seguro.

Calixto García lleva su historia en su frente herida, compruebas que como tú es amante de los libros y cuán equivocados están los que piensan en él solo como el audaz invasor de Las Auras, Melones y Corralillo, el clemente guerrero, el perseguidor infatigable.

—Calixto es mucho más: es la ley, es la paz futura. Apagas el deseo de besar esa frente, que es para ti como besar la patria. Sabes que estos son hombres hechos de hierro a los que la mucha lisonja molesta.

El general ve en ti a alguien que siempre debió estar. Se siente impresionado ante tu primer discurso y piensa: Ahora sí, se ha de ganar la guerra.

—Es usted fuerte a pesar de su juventud, pero no es hora de que parta a la manigua; el futuro está en su pluma, hay que recaudar dinero, unir lo desunido.

—La guerra no debe ser una guerra de razas —le dices animado por su última frase—, hombre es más que mulato y negro, la independencia de Cuba no tiene nada que ver con las repúblicas que he visto en México, Guatemala y Honduras. Ni siquiera en este país orgulloso de su guerra de secesión, donde todavía los negros caminan con la cabeza baja.

Tu mente es un hervidero, pero has de ir despacio, uniendo corazones, en tanto tu alma de poeta robustece el verbo.

—Antes de cejar en el empeño de hacer libre y próspera a la patria, se unirá el mar del Sur al mar del Norte, y nacerá una serpiente de un huevo de águila.

Muchos no entienden lo que estás diciendo. Hablas de prisa, como quien desea expresar muchas ideas en poco tiempo. Algunos piensan que hay cierta teatralidad en tus movimientos, pero tu voz es clara, fuerte y exalta el ánimo, siempre con la demanda de aprobación en cada frase: —Sí, eh, no. —Y esos ojos de río que miran de frente señalando el camino.

Tu pequeña figura se engrandece en la tribuna, pareces un guerrero de la luz. Tu levita está raída, pero muy bien planchada, gracias a las bondades de esa otra Carmen que no te pertenece.

Por primera vez te sientes solitario en asuntos de amores; tú, que percibes rápidamente la belleza del cuerpo o la belleza del alma, no lo hallas en New York. No te han faltado halagos a tus versos y jóvenes que adornan el ojal de tu traje; mujeres hermosas que nunca sonríen.

Estás a la espera de una fuerte emoción y te sorprendes ante esa miniatura de mujer que con solo siete años habla con seguridad a sus compañeras. Tiene sus pequeños dedos cubiertos de anillos y de sus orejas cuelgan pesados aretes. Te preocupas por el futuro de un país donde se quema la infancia.

El frío te hace pensar en José, acaso él también tendrá frío, con qué abrigo ha de taparse. Ves en una tienda un abrigo hecho a su medida y lo compras, quisieras comprarle ese sable de general que brilla tanto, esos zapatos de charol con hebilla, le darían un aire de caballero, de duquecito. Te avergüenzas de tus propios pensamientos cuando ese otro niño que parece irlandés estira su mano, y depositas en aquella manita blanca el precio del tranvía que ha de llevarte a la pensión. Allí te acercas a la pequeña Carmita y pasas tu mano por su pelo con ternura. Cómo te hubiese gustado tener una hija, a pesar de tus muchas hermanas. Entonces, otra vez, tu mente vuela lejos, a tu Habana, a Mariano, a Leonor.

Cómo estará el pobre viejo, temes por su salud que presientes débil. Ves a Leonor fuerte como el Teide, el volcán de su isla del que siempre hablaba, con sus dos trenzas cruzadas sobre la cabeza, corona que muchas veces se cubrió de espinas. Su vista se consume de tanto ensartar la aguja. Sus dedos, hincados, te duelen. La sorprendes cantando una canción, su voz semeja un canario que acaba de emprender el vuelo. ¿Y Amalia?, se casará por fin, temes por ella, y por las demás chiquitas. No quieres que se dejen llevar por palabras falsas.

Carmen está al venir. El encuentro lo repites una y otra vez. Será tu misma Carmen o la mujer de las últimas cartas llenas de reproches. Solo dios sabe cuánto quisieras dedicarte a ella, a tu hijo, pero Cuba es un dolor del cual no puedes desprenderte. Es la madre mayor, la hija, la mujer, las hermanas que sufren. Cuba es el odio a España. El dolor de las cadenas de esos presos. El machete de Maceo, de Gómez, la herida en la frente de Calixto.


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José Martí junto a María Mantilla, Long Island, Nueva York, 1890Foto

José Martí junto a María Mantilla, Long Island, Nueva York, 1890.