Actualizado: 17/12/2018 10:04
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Literatura, Poesía, Gatos

Ni garduñas ni mofetas

Pablo Neruda: “Yo no. Yo no suscribo. Yo no conozco al gato”

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Molestar, no molesta. De hecho, por esquivo y autosuficiente en diversas culturas lo veneran. Para los antiguos egipcios, (quienes asimismo consideraban sagrados serpientes, vacas, cocodrilos, halcones, babuinos, escarabajos, hipopótamos, etcétera) el gato era el súmmum; y lo glorificaron con la diosa Bastet: símbolo de fertilidad y belleza, mujer con cabeza de gato. El fervor de los adoradores se expresaba en las exequias, pues lo colmaban de honores y le guardaban luto. Cuanto más poderosa la familia, más suntuoso el sarcófago. Para franquear el velo que separa este mundo del otro escoltaban al difunto (gato) ratas embalsamadas. Fue tal el respeto que sentían hacia este felino que en el año 525 A.C., cuando los persas asediaron las puertas de Pelusio, el rey Cambises II tuvo la curiosa idea de atar gatos en los escudos de 600 soldados, y, por si fuera poco, hizo volar a otros tantos por medio de las catapultas. Desde luego, los egipcios no contraatacaron por temor a lesionarlos y se rindieron.

En Grecia la recepción del gato ocurrió con cierto júbilo. Hasta entonces la tarea de desratizar las cosechas la ejercían garduñas y mofetas. Da fe de ello Hagia Triada, sitio arqueológico situado al sur de Creta, donde se halló, además de tablillas con escritura y cerámica minoica, un fresco en el que aparece un gato cazando un pájaro. Según entendidos, el felis silvestris cretensis desciende directamente del felis silvestris lybica. Su entrada en el continente europeo ocurrió entre 1700-1550 A.C. No puede decirse lo mismo de su recibimiento en la Antigua Roma. En las excavaciones de Pompeya y Herculano se encontraron infinidades de restos de animales, no así huesos de gato, tampoco representaciones. Los romanos no apreciaron en absoluto a este animal. Existen numerosos epigramas en que se desea su muerte inmediata por zamparse a un ave doméstica.

A partir de ahí prolifera en Oriente. En China los comerciantes europeos lo intercambiaban por sedas y especias. Su serenidad la interpretaron como símbolo de paz y sus ojos radiantes, sables contra los demonios. Según una socorrida fuente: “Los budistas aprecian la capacidad de meditación del gato, sin embargo, no forma parte de los cánones del budismo. Esta exclusión resulta de un incidente sucedido a un gato que se quedó dormido durante los funerales de Buda”. Un asunto penoso, sin embargo, no lo excluyó por completo de hogares ni de cuanto templo existiese. ¿Su empresa? Espantar las energías maléficas y sobre todo a las ratas.

En el Antiguo Testamento no se le nombra. Quizás por ello en el medioevo lo afiliaron con la hechicería. Su andar circunspecto y sus silenciosas apariciones hizo mella en el perfil de animal doméstico. Ya no era el consentido de los orientales, ni el raticida, y mucho menos aquel admirado por los egipcios. Toda bruja que se preciase debía lucir uno por fuerza y mostrarlo casi a modo de gargantilla. Por consiguiente, a la hora apremiante de la hoguera (ya se sabe que a la Santa Inquisición no le tembló “neanche un attimo” el pulso) iban los dos hermanados en su numinosidad rumbo al fuego divino y purificante, bruja y gato.

En Nubia, los Azande, más conocidos como nyam-nyam por sus costumbres antropofágicas, retenían gatos en sus chozas, no para comérselos, sino para asumirlos como animales de compañía. Según se dice, las mujeres y niños nyam-nyam eran los que más reverenciaban al felino. Este dato se confirma en crónicas y textos etnográficos de quienes libraron el pellejo en los siglos XIX y principios del XX cuando el continente africano era para Occidente un descomunal espacio en blanco por explorar, conquistar y civilizar. Dos ejemplos de quienes no fueron asados en púas o metidos en una cazuela con agua hirviendo, o sometidos a un ritual como ofrenda a los espíritus o a las esencias, son el teniente belga Theodore Westmark y el explorador y médico ruso Wilhelm Junker.

No obstante, su falta de lealtad (virtud ineludible del perro) el gato ha tenido sus cantatas. Baudelaire tiene versos donde los cataloga “como amigos de la ciencia y de la voluptuosidad, buscan el silencio y el horror de las tinieblas”… H. P. Lovecraft, autor de Las ratas de las paredes, quien sentía una fuerte animadversión por estas y otras cosas más, escribió “El pequeño Sam Perkins”, poema a la memoria de su extinto gato. Borges tuvo el suyo, Burroughs su Gato encerrado, texto donde reflexiona sobre la reciprocidad inmarcesible entre el felino y el hombre. Pero me interesa más lo que piensa Neruda, quien se quejó de su inescrutabilidad: “Yo no. Yo no suscribo. Yo no conozco al gato. Todo lo sé, la vida y su archipiélago… la botánica… la bondad ignorada del bombero, el atavismo azul del sacerdote, pero no puedo descifrar un gato”.

Y me pongo en sus zapatos, no por el carácter enigmático del gato, sino porque mientras avanzo por un sitio cualquiera, fuera del ciberespacio, donde por “no herir sensibilidades” exaltados internautas de la izquierda caviar maquillan el horror y borran (o intentan borrar) con un clip el reguero de muertos que deja en Occidente el terrorismo islamista —qué tiernos los gatos con solo menear hocicos y patitas telemáticamente—, en fin, mientras avanzo, es la Fiesta Mayor. Una de tantas del bien montado varieté edulcorado con rancia empatía, algo que dista del pretérito aquelarre, pero entretiene. ¡Y cuánto! Veo mallas, mallas de un balcón a otro, mallas repletas de gatos, no imitaciones del ashera ni del gato de angora o del felis silvestris catus, ¡ni siquiera del maneki-neko!, gatos y gatos de papel maché. ¿Cuál es la peculiaridad?, ¿cuál el mensaje? Indiferenciables, deliberadamente iguales, infinidades de gatos. ¡Ah, diosa Bastet!, sin lumen naturae que alumbre la conciencia, como Neruda, tampoco puedo descifrar.


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