Actualizado: 31/10/2020 1:43
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Cine, Georgia, Suecia

No hay cabida para la diferencia

A través de una historia de descubrimiento de la sexualidad, un filme muestra un retrato de la Georgia de nuestros días. Un país con costumbres y concepciones anclados en tradiciones y tabúes intolerantes y castradores

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Desde hace ya un tiempo, es habitual que por lo menos una película de temática gay figure entre las más significativas y galardonadas del año. Beautiful thing, Brokeback Mountain, Milk, Call me by your name, Moonlight, God’s Own Country, son algunas de las que menciono para apoyar mi afirmación. En lo que va de 2020, ese mérito le corresponde a Solo nos queda bailar (And then we dance, Suecia-Georgia-Francia, 2019, 113 minutos), que ha convencido tanto a críticos como a espectadores. Tras su paso por Cannes en la Quincena de Realizadores, se ha estrenado ya en unos cuantos países y acumula varios galardones, que van de los cuatro Premios Gulbagge de la Academia de Cine Sueca, incluido el de mejor largometraje, al del público en el Festival de Sevilla.

El filme cuenta con producción mayoritariamente sueca, aunque se rodó por completo en Georgia y está hablada en ese idioma. También nació en ese país su director, Levan Akin (Estocolmo, 1979), aunque es hijo de padres georgianos. Tras dos películas anteriores y varios trabajos para televisión, decidió acercarse a sus raíces y realizar un largometraje rodado en Georgia. Akin ha contado que la idea comenzó a fraguarse en el año 2013, y partió de una noticia difundida por la prensa. En mayo de ese año, unos cincuenta jóvenes salieron a las calles de Tbilisi para manifestarse por el Día Mundial contra la Homofobia y fueron atacados por una multitud alentada por obispos de la iglesia ortodoxa. Esto llevó al cineasta a pensar que debía abordar el tema de algún modo. “Quería saber de dónde procedía todo ese rencor y más en un país como Georgia que aparentemente es un lugar abierto y flexible. Sobre el papel, Georgia es uno de los países de su entorno donde se respeta más los derechos humanos, hay leyes que protegen a las minorías, pero todo eso es papel mojado”, declaró en una entrevista.

El trabajo de documentación para redactar el guion le llevó tres años. Tuvo que viajar en varias ocasiones a Georgia, lo cual le permitió constatar que es un pueblo militantemente heterosexual y con una feroz homofobia. Su aspiración de ingresar en la Unión Europea ha obligado al gobierno a promulgar leyes para proteger a la comunidad LGTBI. La homosexualidad y la transexualidad fueron despenalizadas, pero no se permite el matrimonio igualitario ni se protege a las personas de los crímenes de odio. Asimismo y debido a la fuerte oposición de los sectores radicales y ultraconservadores, la sociedad ha avanzado muy poco en la tolerancia y el reconocimiento de la diferencia.

Un gran acierto del filme es haber tomado el baile como metáfora de un país con costumbres y concepciones anclados en tradiciones y tabúes intolerantes y castradores. Su símbolo más connotado es la danza georgiana, un pilar de la identidad nacional que se apoya en la virilidad masculina. Como expresa un personaje de Solo nos queda bailar, no es solo una expresión artística codificada y muscular, sino que representa “el espíritu de la nación”. Y puesto que se trata de una nación en la cual los roles de género permanecen inalterables desde hace siglos, en su emblema dancístico no hay cabida para la diferencia.

La acción del filme se desarrolla en la Tbilisi contemporánea. Su protagonista es Merab, un chico que desde los diez años baila en la Compañía Nacional de Danza con Mary, su pareja habitual. Su vida da un vuelco cuando aparece el guapo Irakli, quien pasa a convertirse en su principal rival en el baile, pero también en su objeto de deseo. En esa atmósfera conservadora y regida por el despótico y poderoso profesor de danza, Merab se enfrenta a la necesidad de asumir su sexualidad y arriesgarlo todo en el empeño.

Como muestra el filme, el haber elegido el mundo de la danza georgiana es muy acertado. Si por un lado esta exalta los atributos masculinos y es incompatible con cualquier rasgo de debilidad (“la fragilidad no cabe en la danza georgiana”, reprocha a Merab el profesor de baile), por otro posee una pulsión erótica y ciertos matices queer. Esto halla su mejor demostración en la secuencia en que Merab e Irakli ensayan un dúo. La rivalidad y el deseo se mezclan, y los dos intérpretes irradian un homoerotismo involuntario. Esa paradoja da lugar a una interesante dinámica, que hace que la historia esté contada con coherencia y fluidez. Asimismo, además de ser visualmente muy atractivas, las escenas de baile permiten a los personajes mostrar sus emociones sin necesidad de expresarlas con palabras.

Narrado de manera elegante y nada obvia

El tema del descubrimiento de la sexualidad que experimenta Merab está narrado de una manera natural, elegante y nada obvia. A lo sumo, se puede señalar algún lugar común, lo cual parece inevitable en historias como esta. En la película se presta mucha atención a las miradas, a las connotaciones eróticas de ver y desear, de observar y ser objeto de deseo. La cámara sigue bien la sutileza de los movimientos de las manos, y a través de los expresivos ojos del protagonista vamos siguiendo el difícil proceso que va desde la curiosidad y el medio a ser diferente, hasta que decide liberarse, algo que se sugiere en el simbólico baile del final. Todo eso se logra gracias al buen trabajo en la fotografía de Lisabi Frindell, a sus cuidadas secuencias, a su pericia al situar la cámara en los lugares adecuados, a la combinación de primeros planos y escenas intimistas con los planos generales y las escenas con danza y música.

Los dos personajes principales se enfrentan a su sexualidad de manera diferente, lo cual tiene que ver con la personalidad de cada uno. Merab es tímido, dulce e inocente, lo cual contrasta con la firmeza que después muestra. Irakli es carismático y despreocupado. Están encarnados por Levan Gelbakhiani y Bachi Valishvili, respectivamente, quienes son bailarines y en Solo nos queda bailar debutan como actores. Despliegan un trabajo honesto, visceral, lleno de sensibilidad y que no deriva al dramatismo desmedido. Además de su sorprendente calidad interpretativa, bailan muy bien (Valishvili bailó danza georgiana durante siete años). De modo especial sobresale Gelbakhiani, quien recibió el galardón al mejor actor en la Seminci de Valladolid y estuvo nominado en esa categoría en los Premios del Cine Europeo. Hay que mencionar, asimismo, la buena labor del resto del elenco, integrado en su mayoría por no profesionales.

Solo nos queda bailar es un retrato de la Georgia de nuestros días. Narra en pequeña escala un problema que tiene un alcance mucho más amplio. Eso lo vivió en carne propia el equipo técnico y artístico durante la filmación. Antes de iniciarlo, Levan Akin fue al Ballet Nacional de Sakhisvili para pedir asesoramiento y que aportaran bailarines. Allí negaron tajantemente la existencia de bailarines homosexuales, le cerraron las puertas y además llamaron a las otras compañías para que hiciesen lo mismo. Finalmente, el director consiguió que un bailarín los asesorara, a condición de que su nombre no apareciera en los créditos. El rodaje fue un calvario y estuvo plagado de dificultades y obstáculos. Algunas locaciones fueron canceladas, los permisos eran negados o demorados. Incluso fue necesario contratar el servicio de guardaespaldas y hacer planes alternativos para evitar el boicot.

En noviembre de 2019, la película se proyectó durante tres días en un céntrico cine de Tbilisi y las entradas para todos los pases se agotaron. El estreno precisó un despliegue de la policía, que acordonó la sala. Cientos de radicales se movilizaron para protestar e impedir las proyecciones. Sostenían que el filme es un insulto, que ofende la tradición georgiana y va en contra de sus valores. Incluso un activista de una organización que defiende los derechos de la comunidad LGTBI resultó herido por un objeto que le lanzaron. Fue la reacción de mentalidades cerradas e intolerantes, más propias del medioevo que del siglo XXI.