Actualizado: 19/04/2019 15:43
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Cuba, Martí, Literatura

No me hables del cielo, háblame de la verdad

Prólogo al libro No me hables del cielo, de Dulce Sotolongo Carrington

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Un viaje de regreso a Ítaca, un viaje de regreso a Cuba. Una biografía de regreso a casa. Y todo está destinado a fundar Cuba. No me hables del cielo, háblame de la verdad. ¡Y la verdad la lleva adentro! Es el significado del poema que sirve de exergo al libro que intento prologar. Virgilio traduce en Eneas el mito del derecho a viajar, retornar y fundar. El hombre llega a ser verdad cuando nace por segunda vez, cuando ocurre el nacimiento espiritual, el nacimiento desde sí mismo. El hombre tiene que morir, y es lo que representa la muerte en Martí ante la mentira, ante lo irreal e inexistente para renacer en la verdad. En eso reside el proceso del despertar de la conciencia martiana: en trasformar el medio para reconocer la mentira. Creyendo en esa verdad, el amor, el vacío, el testigo, el médium de la eternidad y el universo toman cuerpo en este libro de breves relatos biográficos martianos. Toma cuerpo una poética de la memoria, la humanidad y el archivo martiano. Toman cuerpo la honestidad y el amor. Toma cuerpo la sensibilidad, traducida en literatura.

El amor no solo es un sentimiento que brota del interior; el hombre lo puede verificar a través del sentir, pero el amor tiene su origen fuera del hombre. Todo lo esencial que se plantea en este libro acerca de Martí, tal y como se expone en el drama teatral Abdala, gira en torno a la belleza de lo inexpresivo: Abdala se convierte en una varilla hueca para expresar el amor a la patria, a la gente; lo inexpresivo toma como símbolos la patria, la madre, la poesía, el destierro, la guerra, para mostrar el amor. El amor no es sustancial a una cosa; solo por la percepción martiana se traduce en la energía más sutil de la Conciencia universal. Por eso al hombre le corresponde el papel —muy pocas veces visto en la historia de la humanidad— de convertirse en un médium potencial de manifestación del amor en la tierra. Y Martí, como lo sugiere el libro, constituye una prueba auténtica y natural de que el amor concurre más allá del hombre. El hombre ha de transformarlo en presencia, realidad.

Estos relatos se desenvuelven en función de la belleza, de ese misterio que es la vida. Pero de lo inexpresivo, de lo que constituye el enigma del hombre martiano, la actual literatura ya no se ocupa. A la sazón este libro es una prueba de ello. La belleza y el amor, tal y como lo indicó Emerson en el ensayo “El poeta”, no deriva en el conformismo de la poesía. Y es sintomático que lo expresado por la autora en este libro, señale a través de la poética de los textos martianos la necesidad de que el hombre deje de ser un conformista de la sociedad. La poesía en este sentido no se puede separar de sus coetáneos, de lo contrario la verdad nunca será revelada. Pero lamentablemente, la literatura se ocupa de muchas otras cosas inexistentes en la vida cotidiana, en los símbolos y los significantes mentales de los sucesos históricos y de la variedad de formas fenoménicas de la percepción humana. Este es un libro que logra humanizar la figura de Martí.

Sin embargo, la actitud ante el misterio del sufrimiento y la salida a la poesía constituyen actos memorables en varios de los relatos. El acto de experimentar el misterio, la belleza y el amor no es el mismo al acto de conocer. Por el misterio no se piensa, sino se sufre. Y esta es una de las discrepancias más diáfanas que pueden distinguirse entre la razón por conocimiento y la razón por el saber. El presidio toca duro en el corazón de Martí y abre una brecha de actitud sobre el mundo de lo desconocido y lo incognoscible. Como uno de los mejores momentos del libro, el verso «No, música, me hable del cielo» juega con la brecha por donde Martí se escapó de la esclavitud. Mantenerse asombrado ante lo conocido era permanecer como un esclavo.

El otro factor, por último, es el tiempo. El amigo de la inconsciencia del hombre. El propulsor de la angustia existencial. Cuando se refiere a que «a mí, átomo encendido, que tiene la voluntad de no apagarse, de un incendio vivísimo que no se extinguirá jamás sino bajo la influencia cierta, palpable, de copioso, de inagotable, de abundantísimo raudal de libertades», Martí estaba siendo implacable contra la temporalidad creada por el yo. A Martí no le interesaba, cómo se deduce de las contextualizaciones de los restos, la inteligibilidad del tiempo para alcanzar el objetivo revolucionario. Con la inteligibilidad del tiempo sucede lo que con el átomo, que se apaga y el incendio eterno muere. Martí vivía del modo que pensaba Wiltman: «el mundo es siempre como es hoy. Basta con que una cosa sea para que haya debido ser, y cuando ya no deba ser, no será».

No me hables del cielo es un libro hermoso no solo por lo dicho anteriormente. Recoge muchas facetas de la vida del Maestro en forma de relatos literarios, cual piezas sueltas de un diario. Entre cartas, poemas, ensayos, se deja traslucir una vida de viaje odiséico. Todo lo que aparenta ser angustioso y naif en Martí no lo es: sólo el místico, el Maestro, el grande hombre, cae en momentos de angustia cuando faltan los medios que indiquen una señal sobre la verdad. Y este libro por amor a la patria —y no ridículo a la tierra— ha ganado el pan. Si profundizamos en el poema rimado que le escribe Martí a Serafín Sánchez meses próximos a la guerra, hallaremos la tremenda preocupación por la necesidad de lo inexpresivo, que logra cultivar este libro.


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