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“Noctibus”, de Carmen Karin Aldrey

En este poemario confluyen dos vertientes fundamentales: la “intimización” del hecho poético y la motivación para el ensayo

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Como ya nos tiene acostumbrados la editorial Linden Lane Prees, este poemario de Carmen Karin Aldrey (Preston, Holguín, Cuba, 1950, hoy residente en Miami) aparece en un bello estuche; un libro hermoso si los hay.

Noctibus comienza cantándole o enjuiciando a la noche (“su faz enhiesta/ su pecho de columna”), pero más adelante invade —creo que es la palabra correcta— en variadas asunciones poéticas y asuntos disímiles, apoyándose en el verso corto, en la ausencia de puntuación y de títulos propiamente dichos. Eso de no utilizar signos de puntuación ha sido empleado por diversos poetas, a veces con pocas ganancias, que no es el caso de Carmen Karin, quien realiza con efectividad la pausa mediante el corte del verso.

En este poemario encuentro, básicamente, dos vertientes fundamentales: la “intimización” del hecho poético —quien quiera, que le llame, erróneamente a mi entender, “poesía íntima”—, y la motivación para el ensayo. La autora acierta con alto vuelo sobre todo en la primera. Ejemplos: “En el pétalo de las horas/ han aparecido rasgaduras violetas”, (Pág. 88), “ojos/ donde brilla el agua/ de ciénagas eternas”, (Pág. 101), o “Es la almohada/ que tiembla/ y se enardece/cuando llegan/ los pájaros azules”, (Pág. 115). Creo bien aclarar que estos versos, ahora sacados de contexto, ensamblan muy bien en el cuerpo a los que pertenecen.

Para reforzar lo dicho en el párrafo anterior citaría el texto que aparece en las páginas 68-69: “En tu ojo derecho/ donde esa lágrima suelta/ escapa con alegría/ yo pondría mi beso”; “yo pondría el cuarto/ creciente/ de las horas”— “en tu ojo izquierdo/donde raudales tristes/ son absorbidos/ por los poros/ y las leyendas de amores/ asoman inquietas”; he invertido el orden de estas dos últimas cláusulas con la idea de lograr mejor empalme del desarrollo de la idea en este poema, de corte romántico, donde un beso ojalá “fuera lumbre/ y calentara el cielo”. La humildad, el candor, del yo romántico recorre una y otra página de Noctibus.

A mi modo de ver, inserto en la vertiente que antes dije, el poema más poderoso de este libro es el que leemos en las páginas 54-57. El objeto lírico es un perro, o El Perro, que llega a convertirse en una parábola que como tal trasciende el asunto inicialmente abordado. Este perro-emblema quisiera irse “al espacio ingrávido/ donde explotan/ las estrellas viejas” o “que de pronto el viento/ lo elevara/ hasta dejarlo caer/ en un lago profundo”.

Si he destacado los textos antes referidos, todos pertenecientes al mismo plano creativo, es precisamente porque los poemas que corren en ese otro sendero de Noctibus, como antes apuntaba, no alcanzan el mismo vuelo. Creo que Carmen Karin Aldrey es fundamentalmente poeta del corazón digamos; de modo que cuando incursiona en la crónica, el ensayo, lo filosófico, sus poderes se resienten, no logra desarrollar con la misma eficacia su credo poético.

Así, pienso que Noctibus a fin de cuentas está armado con dos libros cruzados de una página a otra, que si bien logran una efectiva comunicación con el lector, el estremecimiento que toda poesía genuina propina, no consigue esa unidad de forma-contenido, ese universo único que debe mostrar un poemario. Llamo la atención asimismo sobre algo que considero sobrante o más bien gratuito en algunas de las 47 piezas y 142 páginas de este libro: en algunos casos las alusiones a una y otra mitología o propiamente a personajes mitológicos. Por ejemplo, no creo que en sus respectivos textos aporten algo los doce olímpicos (Pág. 23), Ovidio (Pág. 44) o Afrodita (Pág. 69).

Posibles altas y bajas aparte, Noctibus es un poemario de calidad, que se agradece y que queda en la memoria por su ternura y más que todo, pienso, por el estoicismo que rezuman sus líneas.


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