Actualizado: 23/09/2019 16:12
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Literatura, Lectura de Verano

Nostalgias fúnebres

CUBAENCUENTRO ha retomado este año su sección Lectura de Verano, dedicada a publicar obras de narrativa, que pueden ser enviadas a nuestra dirección en Internet

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Los cementerios vivientes surgieron hace dos siglos, pero a pesar de la antigüedad de la fecha no fue hasta bien entrado el presente que el desarrollo de la idea —y después la moda y por último la industria— pusieron en peligro la seguridad nacional.

Algunos asocian su aparición con el fin de la industria automovilística. Un exvendedor de autos usados se convirtió en el primer hombre-cementerio. Una salida desesperada frente al desempleo. Otros lo vieron como la solución de un grave problema. Debe recordarse que para esa fecha quedaron descartadas las incineraciones. El combustible restringido a tareas más útiles. Prohibidos los procedimientos electroquímicos para abolir los cuerpos. Todo a causa de la elevada contaminación de la atmósfera. Con los cementerios abolidos por la falta de lugar disponible, no quedaba terreno para almacenar cadáveres. Las bóvedas y tumbas limitadas a un puñado de familias multimillonarias. Protegidas por los muros de las pocas mansiones que sobrevivieron a la desaparición de las viviendas unifamiliares y siempre bajo la amenaza de un nuevo litigio. Los descendientes contra la voluntad hereditaria de los que intentaban permanecer bajo suelo. Cuando no resultó prohibitivo residir en el espacio, los hombres se dieron cuenta que era un empeño triste. Todos volvieron a sus orígenes. No para prolongar la vida—los organismos agotados pese a las renovaciones periódicas de sus partes—, sino para morir bajo un suelo que antes fue fértil y no siempre acabado como en otros mundos. El problema era que ya no quedaba tierra para llenarla de huesos.

Al comienzo la crisis originó varias iniciativas. Algunas resultaron novedosas. Otras, provisionales, sirvieron únicamente de consuelo momentáneo. Se lloraba al principio al familiar. Luego era un estorbo. El remedio simple de dejar al muerto en casa resultó más que engorroso. A consecuencia de vivir entre ochocientos y mil años, se moría simplemente por el desgaste generalizado de las moléculas. Cuando llegaba el momento, el fallecimiento ocurría al partirse una uña. También por un roce a destiempo o debido a la caída de una pestaña. Eran fulminantes un ruido sorpresivo y una claridad momentánea. Muchos preferían pasar encerrados sus últimos veinte años de existencia, a oscuras y en un silencio absoluto. Se impuso tener el cuerpo completamente depilado y usar siempre guantes y medias al llegar a la vejez. Pero siempre era imposible librarse de un pequeño accidente: un estornudo sorpresivo, un ronquido en medio del sueño, el leve sobresalto al equivocar la pronunciación de una palabra o el orden de una frase.

Con el fin comenzaba el procedimiento tedioso de deshacerse de aquello. Desde hacía siglos las escuelas y los laboratorios no admitían cadáveres. Les bastaban los modelos computadorizados, elaborados gracias a los enormes bancos de datos genéticos. Si los despojos no servían para la enseñanza y la investigación, tampoco eran útiles para los tratamientos. La técnica de los trasplantes —abandonada por resultar engorrosa y demasiado cara— era apenas una referencia histórica en los tratados médicos, anterior a la generalización de los cultivos de órganos en cada persona. La estética y el arte culinario no sirvieron de alivio. Los cuerpos embalsamados y las esculturas de carne procesada fueron pronto retirados de los museos, a causa de sus elevados costos de mantenimiento y la falta de popularidad. El público rechazaba cada vez más las formas sólidas y las galerías únicamente mostraban obras intangibles. Los que cultivaban frutas y vegetales exóticos —mediante la aplicación de procedimientos orgánicos— preferían los abonos elaborados con materias clonadas, cuyas cantidades de grasas y carbohidratos podían ser reguladas. Así satisfacían mejor las antiguas normas. Resultaba más fácil cumplir estas exigencias sin recurrir a los residuos humanos. Gracias al perfeccionamiento del equilibrio fisiológico —el peso perfecto y el balance adecuado entre el gasto y el consumo de energía vital— se disfrutaba de una existencia prolongada y de un cuerpo de composición saludable. Pero ese organismo casi puro resultaba insulso a la hora de añadir un gusto peculiar a un tubérculo y el dulzor característico a ciertas frutas. De esta forma, en las viviendas se iban acumulando los desechos familiares. Por lo general se almacenaban en la sala y el cuarto de los abuelos. Hablamos de residencias medianamente privilegiadas. Salvo los muy ricos, nadie contaba con un sótano, un cuarto de desahogo o una habitación de criados —lugares mucho más convenientes para ese propósito. Se trataba —es bueno aclarar— de una cuestión de espacio y no de higiene o decoración. Un material especial impedía la descomposición, y por consiguiente los malos olores, los líquidos viscosos y la materia putrefacta. Al principio todo se redujo a una bolsa de color opaco. Pronto imperaron diseños más apropiados al ambiente hogareño. Tras esa chimenea de leños de fulgurantes colores, de ese paisaje con picos nevados al fondo y ese mar a veces apacible y otras tormentoso —que una ventana decorada mostraba en todo su esplendor— existía un puñado de muertos.

También se intentaron otros remedios. El empleo de las reducciones tuvo un auge promisorio y un destino vulgar. Alcanzaba la cima del gusto popular y una fidelidad ajena a las diferencias regionales, cuando sufrió un golpe mortal. Apenas vale la pena entrar en detalles. Cada vez era más frecuente ver en los estantes de ribetes dorados, sobre las mesas de laca policromada y encima de los aparadores de diseño refinado a los antepasados. Allí, concentrados en unas pocas pulgadas, presidieron ceremonias domésticas y actos íntimos y cotidianos. Su esplendor fue una experiencia efímera. Al principio, los diminutos desaparecidos se conservaban en pomos más o menos sobrios. Los envases cayeron en desuso cuando nació la tendencia de rodearlos de un medio virtual. Era aparentar a escala reducida una larga trayectoria, concentrada en gestos y entornos representativos. Comenzó a extenderse la costumbre de vestir a los pequeños difuntos con trajes alegóricos. Durante las fiestas navideñas y en las celebraciones de fin de año representaban el anuncio promisorio de la felicidad al doblar la última página del calendario. Se impuso la tradición de que cada vecino prestara a sus muertos para un desfile en miniatura en ocasión de las fiestas patrias. Una marcha inmóvil de breves cadáveres festejó —aniversario tras aniversario— el día de la recordación de los caídos en combates por lo demás olvidados.

Daba la impresión de haberse encontrado la clave que abolía el problema, cuando en realidad lo que se extendía era el principio que terminó por aniquilar el método. El rumbo hacia la destrucción tuvo su origen en la súplica de un director de colegio, quien pidió —minutos antes de morir— ser entregado de premio al primer expediente del curso. Seguidamente los educadores propugnaron la conversión de los niños en los encargados del panteón doméstico. Apenas unos pocos reaccionarios despreciaron la propuesta. Se consideró que constituía una forma novedosa de inculcarles a los pequeños la responsabilidad y el respeto hacia sus antecesores. De inmediato el Congreso aprobó el convertir en tintero al último presidente, con la estilográfica de firmar los decretos más importantes sobresaliente en la cabeza. Se aclaró que el decreto era invulnerable a cualquier intento de profanación del exmandatario, ya que la ceremonia nunca se llevaba a cabo y el tintero permanecería inmaculado en una vitrina. Los documentos estatales no existían en papel, reducidos a un conjunto de cifras y algoritmos interpretados por los sistemas a cargo de las funciones reguladoras. A partir de ese gesto loable, surgieron varias iniciativas que realzaron el valor práctico de un sentimiento inspirador. Los escritores más famosos fueron utilizados como separadores de libros, en las bibliotecas donde se conservaban los pocos ejemplares impresos que aún existían. Varios magistrados del Tribunal Supremo se destinaron a sustituir los mazos de imponer el orden y que servían de anuncio a las sentencias en los tribunales más importantes de la nación. Otro ritual abandonado. Los juicios se celebraban sin acusados, fiscales, abogados y jurados. Apenas un diálogo entre los chips colocados en cerebros a veces situados a miles de kilómetros de distancia, y la sentencia se trasmitía a la mente del culpable cuando concluía el caso. Un fallecido mayor general de las fuerzas armadas se convirtió en la llave necesaria para activar los sistemas espaciales de destrucción. Los antiguos directores de las juntas ejecutivas volvieron a las mesas de reunión, ahora convertidos en la envoltura simbólica de micrófonos, punteros y teléfonos —objetos inútiles gracias a las nuevas tecnologías, pero que aún guardaban su atractivo como antiguas representaciones del poder corporativo. Fue un hecho cotidiano ver el cuerpo de un inversionista millonario, un ministro poderoso o un jefe de empresa despiadado actuando como pisapapeles, encima de un grupo de documentos decorativos en la mesa de los hombres y mujeres encargados de las grandes decisiones. Pasaron algunos años antes de que el Poder Central tuviera que empezar a rechazar las ofertas de familiares deseosos de que sus progenitores más ilustres desempeñaran alguna función en los actos solemnes. Por la misma época comenzaron los rumores de usos poco apropiados o francamente indebidos. Próceres encontrados tirados en los jardines; gobernadores colocados como aldabones de puertas que no era necesario golpear porque se abrían y cerraban de acuerdo a los censores de imagen; eminencias de la ciencia y el arte ridiculizadas al serles acortadas o extendidas sin proporción las partes de su cuerpo breve, que más tarde aparecían en catálogos de monstruosidades en ventas y exhibiciones. Imágenes de mujeres y hombres sonrientes en poses provocativas, que introducían en los orificios de sus cuerpos a prelados, jefes de policía y fiscales. Lo que le puso la tapa al pomo fueron las tupiciones. Resultaban cada vez más frecuentes en los servicios de alcantarillado y aguas negras —que aún corrían por el subsuelo de las áreas más antiguas de las ciudades. Se temió por la vida de los pequeños, al conocerse que la causa del bloqueo de las inmundicias resultaba de la tendencia —creciente entre los niños— de arrojar a los seres queridos a su cuidado por tragantes e inodoros. No es posible dormir tranquilo con la preocupación de saber que los seres más inocentes del hogar pueden andar aventurándose por barrios de mala muerte, en busca de una cloaca fácil de destapar. Los recalcitrantes —que aún favorecían la idea— tuvieron que retractarse avergonzados cuando el escándalo sacudió al Vaticano. La prensa fue la culpable de divulgar un secreto que mejor hubiera permanecido sepultado en la Basílica de San Pedro: el último Papa había servido para los actos contra natura de un cardenal enloquecido. Hubo que poner fin —bajo las más severas sanciones— al procedimiento de reducción de familiares.

Fue entonces que apareció el exvendedor de automóviles. A cambio de una suma módica, se brindaba a hacer de camposanto. Según un procedimiento secreto, el fallecido pasaba a formar parte de su cuerpo. Afirmaba haber patentado el método. Para demostrarlo enseñó a más de un incrédulo las pruebas pertinentes. Agregaba que se comprometía a convertirse en la memoria viva del muerto, a integrar en su persona todo los datos acumulados en los diversos chips implantados en el fallecido. Confesaba ser capaz de asimilar en apenas segundos todas esas obleas microscópicas, que contenían desde la información médica —de quien no quedaba más remedio que conservar de cuerpo presente— hasta los recuerdos y las emociones sujetas a debilitarse con el paso de los años. Según una tarifa pormenorizada, acudiría a visitar a los parientes una vez al mes o cada año —eso quedaba a elección del cliente, se apresuraba a añadir— para evocar los momentos más agradables de la vida del occiso. Al principio despertó desconfianza y hasta repulsa. Pero cuando varias acusaciones provocaran no pocos registros en su vivienda, con resultados incruentos e inmateriales, comenzó a ser aceptado. No se descubrió rastro de cadáveres ni muestra alguna que pudiera inculparlo de una manipulación indebida de los restos. Su éxito quedó sellado al confirmarse la inmanencia del sistema. Una profesión tan singular adquirió la legitimidad y el respeto que solo otorga la confianza ciudadana. Primero fueron las familias que veían reducidas sus estrechas habitaciones a un espacio donde apenas se podía caminar entre muebles y muertos. Pronto se unieron al ofrecimiento parientes de mayor solvencia económica, deseosos de ahorrarse los gastos exorbitantes de los almacenes de cadáveres —incluso los más baratos cobraban una fortuna por sus servicios, que era mejor emplear en los costosos tratamientos de rejuvenecimiento de uñas y párpados— y animados por el hecho de poder disponer de otra habitación en sus residencias. Después las corporaciones de mayor prestigio decidieron incluir la opción en sus planes de beneficios para ejecutivos; algunas —las que requerían de un personal muy especializado para sus funciones— acogieron una propuesta de generalizarla a todos sus empleados, o de pagar al menos una parte del plan. No pasó mucho tiempo sin que el exvendedor de automóviles abriera una oficina y posteriormente toda una empresa, donde un personal rigurosamente seleccionado era capacitado en la noble tarea de convertirse en cementerios vivientes. En menos de cinco años la mayor parte de las familias de medianos ingresos pudieron disfrutar de un hogar donde el espacio agrandado era una bendición. La existencia de una competencia inescrupulosa y de hombres-cementerio clandestinos no impidió que a su muerte el exvendedor fuera uno de los hombres más ricos del planeta. Su final fue una culminación que debe haber vislumbrado desde el principio. El sucesor se convirtió en el cementerio de un cementerio y consolidó el plan. A diferencia de todos los grandes proyectos empresariales anteriores, cuyo triunfo llevaba a una expansión que a la larga produce el desmembramiento, la industria de los hombres-cementerio creció reduciéndose. Procedió contrario al avance institucional, marcado por la conquista de un nuevo mercado, que lleva a la atrofia y el acomodo —causantes de la extinción por el agotamiento de los recursos, la hipertrofia del agente productor y la disminución de la oferta.

Cincuenta años bastaron para que la competencia desapareciera. La actividad clandestina de los imitadores baratos sobrevivía con pesar, circunscripta su esfera de acción a los muy pobres, que por otra parte poco interesaban al monopolio. Una conquista saludada por la prensa fue lograr un número inalterable de hombres-cementerio: mil quinientos veinticuatro repartidos por todas las naciones. La meta de la corporación era alcanzar una cifra adecuada al presupuesto en los próximos cien años: quinientos hombres-cementerio en el planeta. Manteniendo la tasa de reducción apropiada no había duda del cumplimiento del objetivo empresarial, que era conmemorar los doscientos años de su surgimiento con un parámetro cercano a su ideal: setenta y cinco hombres-cementerio brindado sus servicios a nivel mundial. Los trescientos años sería una culminación de los esfuerzos de varios siglos: cincuenta hombres-cementerio satisfaciendo la totalidad del mercado. A partir de ese momento, la cantidad se mantendría estable. Para entonces sería la empresa más poderosa en la historia de la humanidad y estaría en manos de una sola familia.

Aunque el fundador nunca se casó ni dejó descendencia, el logro más importante del sucesor —antes de sumergirse durante su vejez en un mundo sin luces ni sonidos— fue establecer un principio básico, capaz de lograr un futuro tan ambicioso: los miembros de la firma estaban obligados a contraer matrimonio entre ellos. Abundaron las críticas a un postulado que excluía a las mujeres de la actividad fundamental y creadora. Se argumentó con desdén que los participantes eran miembros de un clan, no de un grupo corporativo. El nuevo presidente —hijo del sucesor designado por el creador de la firma— rebatió las críticas e hizo poco caso de los hablantines. Alegó que la organización no difería de las antiguas monarquías —aún existentes en algunos países— ni de las dinastías presidenciales. Señaló que las mujeres tenían a su cargo todas las labores administrativas. Enfatizó que sus ingresos eran similares a los de los hombres; los beneficios y premios pagados de acuerdo al tamaño de la familia inmediata, el peso y la talla de cada de sus miembros; los concursos culinarios celebrados cada semestre y los modernos gimnasios exclusivos para el personal femenino; los chequeos médicos que garantizaban la salud de aquellas que lograban entrar a trabajar en puestos tan codiciados; la red de establecimientos especiales en que ellas podía obtener gratuitamente desde cosméticos hasta tratamientos de adelgazamiento; las boutiques dedicadas a proveerlas de modelos exclusivos que realzaban las curvas de sus cuerpos; la asesoría psicológica que evitaba síntomas de histeria, hipocondría y bulimia; las excursiones a sitios remotos y los recorridos a pie por paisajes encantadores donde se contemplaba la naturaleza al tiempo que se consumían las caloría innecesarias. Las múltiples donaciones a las campañas políticas y los cuantiosos gastos de publicidad en la prensa ayudaron a que los reproches fueran catalogados de vituperios provocados por la envidia. Se terminó por reconocer que la causa de tanto fastidio —el problema que en muchas ocasiones alteró la paz hogareña en siglos anteriores— había desaparecido.

Cumplida la primera fase, el procedimiento logró generalizarse no solo a los países más civilizados sino también a los menos avanzados —con independencia de idioma, credo político y religioso y forma de gobierno. Se alcanzó la plenitud espiritual y física a continuación de una muerte en la familia, imposible de imaginar en eras anteriores. Ya nadie se preocupaba por recibir la visita de los hombres-cementerio, salvo en el momento preciso. Su función de memoria viviente se limitó a casos excepcionales, para los cuales las tarifas eran sumamente elevadas. A comienzos de este siglo, la corporación —que contaba con doscientos cincuenta años de existencia— realizó la última reunión anual de la que tuvo noticia la prensa. Llovieron los elogios. Ningún mandatario dejó de enviar la felicitación correspondiente. No hubo sistema informativo que no divulgara los logros. Los resultados no podían ser más alentadores: la cifra de hombres-cementerio estaba reducida a cincuenta y nueve y era la mayor empresa del planeta. Se dio a conocer que la totalidad de las ganancias de ese año se destinaría a proyectos benéficos. También se hizo un anuncio que a muchos pareció disparatado: el compromiso de destinar parte de las utilidades anteriores a la compra de tierra —a precios millonarios— con el objetivo de construir nuevos cementerios públicos. Todo ciudadano que deseara enterrar a sus muertos —según los métodos anticuados— podría hacerlo de ahora en adelante de forma gratuita. Algunos pensaron que se trataba de un golpe publicitario y que al año siguiente la oferta sería retirada, alegándose una disminución en los beneficios empresariales. No ocurrió así. Durante veinticinco años prosiguió la compra de tierra. Si al transcurrir ese período se suspendió la campaña, fue por petición popular. La apoyaron los gobiernos de todo el mundo: los terrenos destinados a los novedosos camposantos permanecían vacíos. Nadie mostraba interés en los entierros. Se apeló a la comprensión para ayudar a todo ser humano en los momentos más difíciles, y poder dedicar unos fondos —hasta entonces infructuosos— al otorgamiento de premios monetarios y a la edificación de viviendas. También se pidió un mejor empleo para la tierra improductiva. Los lotes adquiridos fueron donados al erario público y se les dio diversos usos. No se cuestionó el hecho de que resultaba de mayor utilidad emplear recursos tan valiosos a fines más meritorios: escuelas, centros de experimentación y bases militares.

Pasaron diez años más antes de que se perdiera la ilusión. Se habló entonces de que una pareja de miembros —desencantados del proyecto y estériles— fue la responsable de que un secreto tan celosamente guardado saliera a la luz pública. Lo cierto es que más de una revisión posterior no descubrió confidencia alguna. La causa que finalmente provocó la ruina de la fundación fue la misma que la llevó a su grandeza: el convertirse en un grupo tan reducido y poderoso la hizo vulnerable a la investigación de sus métodos. Desde el inicio de la firma, la gordura de las mujeres de los hombres-cementerio constituía un motivo de burla. A diferencia del resto de la población —que se mantenía en un peso estable— éstas se destacaban por su obesidad y su afán desmedido de adquirir productos para adelgazar. La explicación que un público complaciente aceptaba con burla —pero sin mostrar mayores dudas— era que la riqueza desmedida se traducía en un consumo exagerado de comida. Por lo demás, la corporación se enorgullecía de la conducta ejemplar de sus miembros. El consumo de drogas, las desviaciones sexuales y las estafas financieras no existían dentro de las paredes de una empresa cuya actividad fundamental se realizaba en el hogar. Que los hombres fueran siempre esbeltos y las mujeres gordas continuó llamando la atención a más de un curioso. Sin embargo, ninguna dependencia judicial mostró interés al respecto.

Un dato pasado por alto fue el que despertó las sospechas. Durante tres años un periodista verificó las facturas de comida de varias de las principales familias que formaban parte de la corporación. También investigó los residuos de alimentos en las cañerías y en los sistemas de eliminación de desperdicios de sus mansiones. Los resultados fueron decepcionantes a primera vista. Las conclusiones no diferían de otros hallazgos anteriores. El consumo de comida —de acuerdo a las compras— era similar al de cualquier familia adinerada. Estaba por concluir su intento de sacar a la luz cualquier esqueleto, que guardara escondido una entidad tan poderosa, cuando como recurso final ofreció a un experto un dato que aún le intrigaba: la adquisición de ciertas sustancias farmacéuticas, utilizadas para combatir el sobrepeso, por parte de las mujeres de las corporación. Cómo llegó a tener acceso a las facturas de las tiendas exclusivas —donde éstas adquirían esos productos— es todavía un misterio. Pero lo encontrado le parecía un secreto digno de no ser llevado a la tumba. En todos los hogares-cementerio investigados, las compras eran iguales en cifras y proporciones. El experto le aclaró que combinadas de una forma adecuada, esas mercancías tenían el poder de ablandar los huesos, al grado de convertirlos en una gelatina fácilmente digestible. Logró que un jefe de policía abriera un proceso que permitió el interrogatorio exhaustivo de los familiares de un empresario-cementerio. Se supo entonces que la causa del peso excesivo de las mujeres se debía a un consumo exagerado de carne, mientras que el jefe de familia recalcaba su austeridad gastronómica en un menú reducido a las virtudes de la sustanciosa sopa de huesos. Estos resultados, de por sí, no provocaron un mayor escándalo. Sirvieron, sin embargo, para un aumento de las sospechas en torno a los hábitos estrafalarios de un grupo poderoso, que de pronto vio perdido el favor de la comunidad mundial. El hecho de que las donaciones públicas hubieran desaparecido por completo en los últimos cinco años —y de que los gastos de publicidad en la prensa se hubieran reducido al mínimo— no fue ajeno a esa pérdida de la estimación popular. Un fiscal se animó a abrir una investigación sobre los manejos financieros del grupo. El cuestionamiento de varios ejecutivos permitió una revisión de las cifras de contabilidad. Estas mostraron que desde hacía más de veinticinco años los ingresos de la empresa decrecían de forma constante, debido a la disminución de los pedidos.

No fue necesario la culminación de la investigación para que los gobiernos ordenaran una vuelta a la antigua tradición: cada familia debe conservar a sus muertos, bajo las formas encubridoras de unas bolsas que al principio resultaron extrañas a una sociedad acostumbrada a vivir en un eterno presente de trescientos años. La legislación actual es particularmente severa respecto al almacenamiento. Ordena que se realice al menos una inspección anual de los hogares, para garantizar que las cifras se conserven sin variaciones. Permite sin embargo el empleo de motivos decorativos. Bolsas que traen paisajes nevados o muestran pinturas alegóricas a las cenas tradicionales de Navidad y Año Nuevo. Escenas campestres donde se ve la familia reunida en un picnic. Estas últimas fueron muy populares al entrar en vigencia la nueva ley. Las que tienen una chimenea de troncos encendidos son las que más se venden esta temporada.


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