Actualizado: 20/01/2022 14:54
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“Nueve cuentos para recrear el café”, de María Eugenia Caseiro

Los relatos que componen esta obra van de un registro a otro, de un modo narrativo a otro, y, lo más arriesgado, de un asunto anecdótico a otro

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Editions equi-librio da a conocer, en edición bilingüe francés-español, la primera obra narrativa de la reconocida poeta cubana María Eugenia Caseiro, exilada en Estados Unidos desde finales de la década de 1980.

Algo que ha llamado la atención de no pocos estudiosos, en lo que se refiere a quienes se desempeñan como poetas y narradores, son los vasos comunicantes entre uno y otro género. Los cuentos de Caseiro que nos ocupan no tienen absolutamente nada que ver con el penetrante lirismo de su obra poética, poseedora además de un leguaje tangencial, de un tono más bien prosternado.

Permeados tal vez por cierto halo costumbrista, Nueve cuentos para recrear el café —con un hermoso diseño de portada de la artista cubana exilada Carmen Karín Aldrey—, van de un registro a otro, de un modo narrativo a otro, y, lo más arriesgado, de un asunto anecdótico a otro. Lo que intento decir es que aquellos especialistas que andan en la búsqueda de un universo de tonos y argumentos en un libro de cuentos, aquí no lo van a hallar.

Vale exaltar la capacidad de desdoblamiento de que hace gala la autora: sus personajes son diversos tanto en lo que suele denominarse “extracción social” como en rasgos de temperamento y carácter, y están bien construidos. No creo, sin embargo, que la fidelidad al lenguaje propio de algunos (personajes) resulte un factor positivo, literariamente hablando. Tomemos como ejemplo el primer cuento, “El círculo” —que a mi modo de ver no debió de abrir el libro, puesto que no es representativo de los mejores recursos técnicos ni de las exposiciones temáticas de la obra—, un texto conmovedor, pero que se hace laxo precisamente por la lealtad que Caseiro destina para los giros coloquiales de su protagonista. Este cuento, además, raya en lo que tantos especialistas denominan, más bien, relato, ausente por derecho propio de las artes del cuento, y en este caso además portador de una encomiable propuesta testimonial.

“La muerte de Benito” se convierte en una denuncia social y aquí la autora no esgrime los mismos recursos que en el anterior. Cierto segmento de este texto se acerca a las capacidades líricas de Caseiro, se advierte una actitud en alguna medida contemplativa en la narradora (no me refiero a la autora).

Mientras avanzamos en la lectura nos llega la sensación de que María Eugenia Caseiro se va acercando a sus potencialidades creadoras. Así, de “El collar” —asumido mediante una convincente primera persona narrativa y en el cual el sujeto narrador es escamoteado con verdadera precisión—, cuya principal ganancia es la sobriedad, y el tema fundamental la envidia, llegamos al que en mi opinión es el cuento matriz de este libro: “La dama del sillón”. Así empieza: “La luz de la luna se filtra por los márgenes de la cortina entreabierta alentada por una brisa repentina…”. Creo que es el cuento mayor del conjunto no solo por la utilización de una tercera persona narrativa sabiamente alejada de la anécdota y que se cruza admirablemente con un narrador o narradora en primera persona, sino además por su capacidad de sugerencia, por esas elipsis que dan como resultado una lectura múltiple.

Como seguramente se advierte, con los ejemplos antes citados he tratado, sobre todo, de esbozar la disimilitud de Nueve cuentos para recrear el café. Queda de parte del lector asumirla y dejarse llevar por narraciones que van de una época y una locación a otra y que, con la sencillez como divisa principal, nos sumergen en el rescate de las memorias del cubano de aquí y de allá.


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