Actualizado: 18/10/2019 17:37
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Oda al buen teatro

Con un tema tan escabroso, el autor de la obra y los actores han logrado una puesta en escena formidable

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Lo primero que salta al oído y a la vista simultáneamente mientras transcurre la obra teatral Oda a la tortura es la excelencia del texto de Ernesto García —director también de la puesta—, y de los actores, que lo hacen suyo con una organicidad y credibilidad absolutas, a la altura de la mejor tradición cubana de teatro, cine y televisión.

A este crítico, que incursiona de vez en cuando como extra en las telenovelas de producción local, le place enormemente ver sobre las tablas a cuatro actores de perfecta dicción —sólidos, sin amaneramientos vocales “niurkísticos” ni excesos melodramáticos “televisivos”*—, que reivindican al denostado —por su acento— actor cubano, quien, en los predios telenoveleros méxico-venezolanos que caracterizan el panorama miamense —con la honrosa excepción de la cadena Telemundo—, choca siempre con la barrera del mal interpretado “acento neutro”.

Y es que esta obra es precisamente una clase magistral de verdadero “acento neutro” —como la dan cada noche los presentadores de los noticieros locales del 23, el 41 y el 51—, de buen decir, de concentración y total identificación con el personaje que interpretan; de asunción de los parlamentos como si fueran sus propios pensamientos, como si las palabras rezumaran de esas heridas del subconsciente colectivo que todos llevamos en el “disco duro”: fantasmas izquierdistas —medio-verdades o cuasi-falacias— que siguen arrastrando a Latinoamérica hacia la cuneta de la izquierda “mesiánica” una y otra vez, sin que aprendamos la lección (porque “el pueblo” no lee, solamente “cree”, como argumenta Don Ramiro, el “Doctor en Ciencias de la Tortura”, en unos de sus parlamentos).

Confieso que estaba negado a ver la obra porque el tema de la tortura me desagrada, y me parece vergonzoso que militares de Estados Unidos la hayan aplicado en Iraq y en Guantánamo, pero el actor Leandro Peraza —el principal “torturado” de la obra— me convenció en el chat de Facebook para que fuera a verla (“¡Que viva Facebook!”, como diría una Celina González cibernética).

Recuerdo que Leandro me escribió: “Sé que te va a gustar”, y no sólo me gustó, sino que me encantó, me sorprendió, y alimentó mi espíritu viendo teatro del bueno.

Sandra García y Ernesto han cimentado una tradición personal de trascendencia en lo que hacen que garantiza que no se desperdicie el tiempo cuando se acude a su convocatoria en ese espacio íntimo sobre una gomera que se llama Miami Estudio.

Antes de pasar a detallar el trabajo de los actores, me quiero detener en el tema central de la obra —la tortura—, escogido por Ernesto para provocar y hacer reflexionar a los espectadores sobre este asunto tan escabroso; por lo menos creo que a mí me ha hecho ver con mayor claridad aún su negatividad e incrementar mi rechazo a la misma.

Cuando una dictadura o gobierno totalitario de derecha la emplea, como fuera el caso de Fulgencio Batista en la Cuba de 1952 a 1958, le está dando a sus opositores la justificación “ideológica” para aplicar el terrorismo “revolucionario”, y poner bombas a siniestra y a siniestra —nunca a la diestra— ( recuerden la llamada “Noche de las cien bombas” del Movimiento 26 de julio en la Cuba pre-revolucionaria).

Sin el asesinato de Abel Santamaría —que fue un Víctor o un Pablo real—, tras sacarle los ojos y mostrárselos a su hermana Haydée, más las decenas de muertes de opositores violentos que aparecían tirados en las cunetas de las carreteras del país, el pecado principal de Batista hubiera sido sólo el de haber dado el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, hecho que trató de enmendar con las elecciones de 1954 —que ganó— y con la inmediata amnistía a todos los presos políticos, aún a aquéllos que tenían muertos en su conciencia, como Fidel y Raúl, que no llevaron ni dos años presos, luego de su injustificado ataque al Cuartel Moncada, cuando todavía el gobierno de Batista no había torturado ni matado a nadie.

Los actores Sandra García y Jorge Hernández en la obra Oda a la torturaFoto

Los actores Sandra García y Jorge Hernández en la obra Oda a la tortura.

Torturar talibanes le da mayor fuerza moral a los terroristas islámicos, tal y como sucediera en Cuba antes de 1959 con el Movimiento 26 de julio, por lo que el fin no justifica los medios; se evita o se castiga un atentado con la confesión forzada de los presuntos implicados, pero se potencia la justificación del próximo.

Pasando ahora sí a comentar el brillante desempeño actoral del elenco, Jorge Hernández irrumpe en esta obra desde el celuloide —donde debía haber estado ya desde hace tiempo por derecho propio— para ratificar su ductilidad, su versatilidad y su clase de actor total, assoluto, con su meticulosa interpretación de Don Ramiro, el torturador.

(A propósito, el recurso de la imágenes filmadas intercaladas en la representación me pareció muy innovador y fresco)

Leandro Peraza, el torturado Pablo de la obra, se metió de modo muy conmovedor en la piel de este joven idealista, enamorado de la poesía y de la justicia social. Totalmente convincente, con muy buena dicción y caracterización, sin exageraciones melodramáticas por medio, Leandro se apropió del personaje hasta el final, y le aportó un humanismo desgarrador, no exento de lirismo, que me hacen augurarle un ascenso brillante en su prometedora carrera.

Alain Casalla se calzó como un fino guante su personaje del guardia, y su interacción con Leandro funcionó a la perfección.

Un único detalle que me gustaría que la dirección tomara en cuenta es que después que Don Ramiro le corta la frente y el guardia le hala el cuero cabelludo hacia atrás, en la escena que sigue Pablo aparece sin marca alguna en su frente, lo cual no es lógico.

Sandra García como Laura, la mujer de la historia —quizás el personaje más controversial de la obra, el que al final nos deja con peor sabor de boca—, logró exactamente lucir con esos “ojos de bolchevique” que le espeta Don Ramiro ante su inflamado discurso de redención social, de tan entregada al texto —enfática y cuasi grandilocuente—, cual una anónima discípula de Rosa Luxemburgo o Clara Zetkin devenida terrorista.

Laura sacrifica al inocente Pablo para “derrotar” a Don Ramiro, tras estudiar meticulosamente el libro del metódico esbirro, mostrando ese fanatismo sin escrúpulos que desgraciadamente ha sido la perdición de esa izquierda “mesiánica” que los cubanos exiliados conocemos tan bien en carne propia, pero el amor propio herido de Don Ramiro —otro maníaco celoso de su prestigio como torturador en jefe— echa por tierra su cálculo y la convierte en otra víctima fatal del torturador, que no soporta perder en este juego macabro por el poder sobre los otros, como tan bien argumenta Ernesto en las Palabras del director que aparecen en el oportuno y eficaz programa de mano.

Sin titubeo alguno, Oda a la tortura es una obra intensa, con un texto magistral y actuaciones sobresalientes —”de película”, como dirían en mi pueblo— que la hacen altamente recomendable para los amantes del buen teatro.



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Los actores Leandro Peraza y Jorge Hernández en la obra Oda a la tortura. Fotografo: Ernesto García (Teatro en Miami Studio)Galería

Los actores Leandro Peraza y Jorge Hernández en la obra Oda a la tortura. Fotografo: Ernesto García (Teatro en Miami Studio).

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