Actualizado: 18/08/2022 7:35
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“Ojos de Godo rojo”, de Manuel Gayol

El autor apuesta en esta novela por una narración que nos exige completar el rompecabezas que se presenta a medida que se lee

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En un mundo en el que la idiotez humana aumenta proporcionalmente con el crecimiento de la tecnología; en el que las grandes editoriales, las más promovidas, quiero decir, lanzan sin compasión al mercado literatura chatarra; en el que los cantantes ya ni tienen que cantar para ser proclamados cantantes —son solo ejemplos—, aparecerse con una novela como Ojos de Godo rojo, es un desafío, un himno contra ese réquiem que ya muchos se aprestan a interpretar para celebrar el final de la sensatez.

Manuel Gayol (Las Tunas, Cuba, 1945) apuesta en esta excelente novela por la narración inteligente que nos exige en alguna medida completar el rompecabezas —más bien en el aspecto formal o quizá solo en el aspecto formal— de una estructura que se nos va dando en la medida que avanzamos en la lectura. Podría parecer contradictorio que ahora yo agregue que se nos va dando de “manera mecánica” en la medida en que avanzamos en la lectura. Pero en mi opinión así es. Y ahí está la gracia.

La narración, casi totalmente, se desarrolla bajo tierra; es decir, en un túnel que es a la vez alegoría y del mismo modo cierta propuesta de eso que llaman “distopía” (la utopía al revés, puesta en función de una realidad, o algo así, dicen los que saben). O sea, es la construcción de un túnel real en la que participa el protagonista (Joel, el Estudiante, el protagonista-narrador que va guiado por otro narrador que constantemente subvierte la trama) por mandato de la Empresa (el todopoderoso, el Godo, Godofredo, el Jefe, el Presidente, el venerador del Sempiterno), un túnel, decía, para enfrentar tiempos difíciles —la guerra, el holocausto— y es a la vez otro túnel: el grande, en el que está presa toda una isla.

Los temas fundamentales de Ojos de Godo rojo son el terror ante el poder, y el individualismo. Hallamos poca piedad, poquísima conmiseración por el prójimo en las 158 páginas de esta novela que revive unas de las vertientes formales de la narrativa cubana: aquella donde prima el significativo nivel de sugerencia dado por la alusión, por un lenguaje, más que sobrio, oscilante, y todo esto, como suele ocurrir en estos casos, referido mediante recursos poéticos de considerable vuelo.

Joel, Godofredo el cara de caballo o de dragón, Gladys con su presencia divina, Byrnes el jefe almacenero, la pimientosa secretaria del Godo y los demás personajes evocados —evocados, enfatizo— que corren a lo largo de esta novela se hallan pasados por un tamiz; es el tamiz de Marja, narradora cómplice que ya apareciera en La noche del Gran Godo, el libro de cuentos de Manuel Gayol que antecede a la historia que ahora nos ocupa.

La paranoia —no podía ser de otra manera—, el chantaje, la extorsión, el dogma, la prepotencia o la inmoralidad ambiente son otros de los elementos con que nos hallamos en esta obra donde, sin embargo, la jerga del cubano así como un muestrario del cancionero isleño afloran con naturalidad en varias de sus páginas.

Invito a los supervivientes de la masacre idiotizadora del siglo XXI a leer esta novela que, claro, ha sido publicada por otro remanente de la resistencia cultural: Neo Club Ediciones.


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