Actualizado: 18/08/2022 7:35
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“Otros filos del fuego”, de Heriberto Hernández Medina

Una obra en la que su autor alcanza las cimas de su credo poético

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Este poemario de Heriberto Hernández Medina, que él me enviara mediante el correo postal, llegó a mi domicilio en México unos 12 días después de su muerte, ocurrida en Miami, donde residía, el pasado abril.

Creo que Otros filos del fuego —donde en mi opinión Hernández Medina alcanza las cimas de su credo poético: la esbeltez del verso largo, la notable polisemia de este, la cadencia como guía, entre otros aspectos formales—, viene a ser una conversación del poeta consigo mismo; una reflexión consigo mismo que corre a lo largo de las 102 páginas, de los 52 poemas. Y una rebelión contra el orden establecido por la Creación, la Génesis. Los tres primeros versos del libro dicen: Los poetas no le hablan,/le recriminan/ la frágil materia de que hizo a los hombres (“¿Temor de Dios?”). Y así, más adelante: Otro condenado como yo/ a la crucifixión (“En el lugar de José”), Yo también he temblado de frío/ mirando a todos lados sin que nada detenga/ este miedo a ver el infinito (“El ancho mundo”). Somos polvo, sólo estamos eludiendo decirlo,/ haciendo un último esfuerzo/ por negarlo (“Ceniza”). Sólo el vuelo, las plumas cortando estas miradas/del creador de toda esta agonía, niegan, hablan de la posibilidad de un vuelo (“Plumas, plumaje”).

Un tema recurrente en Otros filos del fuego es la muerte. Podemos apreciarlo en no pocas de las piezas que conforman el libro. Detrás quedarán estos miedos,/ la muerte como algo de lo que nadie quiere hablar (pág. 20), Vienes, dices, de la muerte, traes/ en las manos una cuerda,/ un burdo cáñamo para medir mi asombro (pág. 31), Yo no sé de qué hablo cuando pienso en la muerte (pág. 35), del dolor de estar muerto/ a pesar de estar sentado en esta silla/ fría (pág. 62).

Más que en sus libros anteriores, el yo —el yo romántico, podría pensar alguien erróneamente—, toma partido en estos textos que van desde la reflexión, el diálogo interior que decía antes, hasta la evocación de la niñez, si bien —como sería de esperar—, en los textos que abordan esta etapa de la vida del poeta lo anecdótico queda supeditado a lo introspectivo. Notables ejemplos de esta vertiente son “Hotel” (pág. 63), “A la deriva” (pág. 68), “Regreso imaginario a casa” (pág. 95), para mí uno de los mejores textos del libro junto con otro del mismo corte: “Señales de humo” (pág. 101), donde consta Desnudo —me sobra toda esta ropa—/ como un indio/ sentado sobre la hierba;/ desnudo ante los ojos inmutables de dios,/ como un salvaje,/ estoy haciendo simples señales/ con la esperanza/ de que alguien pueda verlas. Como notará el lector, aquí la palabra, o sería mejor decir el concepto “dios”, está escrito así, con minúscula inicial. Esto me llamó la atención, hace tiempo, cuando leía un original de Heriberto Hernández Medina. Se lo señalé pensando que era un lapsus. “No, yo escribo esa palabra con minúscula”, me respondió el poeta.

Armar un poemario sin secciones, de modo que el todo se sostenga sin referencias, sin avisos que marquen pauta, es tarea difícil; sobre todo porque tanto el tono como el fondo resultan, digamos, sobre exigidos, y así el libro —el poemario—, debe deslizarse sin la más imperceptible cisura. Esto es algo muy bien logrado en Otros filos del fuego, escrito en los años 2007-2008. Desde el ya mencionado “¿Temor de dios?”, que arranca para dar paso a cierto nihilismo o existencialismo, donde el concepto de “alma” está esculcado suficientemente, hasta una asunción del hecho poético que, sin dejar de interrogarse, responderse, dudar de nuevo, se va por el camino de lo más inmediato, como de una inmediatez inalcanzable. En la página 29, con “Conversación recurrente”, dedicado a la memoria del padre y donde el ánimo sentencioso comienza a ascender gradualmente (No reniegues de las palabras que has pronunciado/ teme sólo a las palabras que pudieras decir), hay un leve giro temático, pero de ningún modo esencialmente formal, lo cual se mantiene hasta el final con los consiguientes cambios de perspectivas.

No será contradictorio afirmar que en este libro, que considero el paradigma de la poesía de Hernández Medina, la ausencia de cierta intención críptica o ex profesamente intimista —intimista porque la realidad se intimiza, no porque precisamente se trate lo íntimo—, aporta mucho más vigor, más fuerza poética a los asuntos y temas asumidos. Y estamos hablando de un poeta que se ha caracterizado por una considerable fuerza expresiva.

Para aclarar a quienes podrían confundirse con los tiempos verbales utilizados en el párrafo anterior, digo que decido utilizar el participio y aun el presente, porque me parece descabellado usar el pasado perfecto al referirme a una poesía que aun no termina, de modo que la vida de su hacedor tampoco.

Me queda por reconocer la hermosa y a la vez funcional edición realizada por Avondale Ediciones.


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