Actualizado: 29/09/2022 15:22
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Pablo Medina y el cross under

'El forjador de puros', una novela llena de hallazgos lingüísticos y de símbolos de etimología criolla.

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Hay descripción de pasiones, alusiones históricas, evasiones políticas, todo bien enhebrado hasta que ya hacia el final, en la página 147, se hace una grave revelación que pone en entredicho la justicia del personaje: "Yo lo maté. A tu propio hijo. A mi propia carne y sangre que nunca amé. Jamás amé a alguien. ¿Ni siquiera a ti mismo? No. ¿Y a Julia? ¿Y a tus hijos? No. Y ellos lo sabían; por eso nunca vienen a verme".

Esto se dice Amadeo Terra en el asilo Santa Gertrudis, la estación final del exilio tampeño, y la confesión nos hace creer que si no hay justicia poética por lo menos se ensaya una venganza literaria. Para el lector que sabe de la excesiva carga biográfico-testimonial que padece la literatura de nuestros días, este parlamento se torna impactante.

Sin embargo, resulta conmovedora la evolución que a lo largo de la novela tiene el tratamiento de la relación entre Amadeo Terra y su esposa Julia. En este sentido es posible dudar de las citadas palabras de Amadeo, pues, en cuanto a Julia, uno percibe que a pesar de todo existió alguna ternura, cierto querer, al menos un sentido. Ese sentido estoico que transpiran los martirizados pero duraderos matrimonios tradicionales.

Amadeo está cercado por su pasado y su presente. Vive entre el recuerdo utópico de su existencia insular y el achacoso presente en Santa Gertrudis; Amadeo está atrapado entre la vivencia y la sobrevivencia. En esas evocaciones se deslizan hallazgos discretos, incluso algunas "tesis" emanadas de una experiencia duradera; como aquella inapelable que alcanza a ligar la historia insular más a lo patético y ridículo que a lo trágico y sublime.

Huellas de un acta de nacimiento cultural

Lo que marca la sobrevivencia de Amadeo en Santa Gertrudis es el desamparo ante una evocación enfática; ese recuerdo alcanza a veces el goce y también la ternura, permitiendo al lector manejar cierta irritación con el personaje. En este sentido, a diferencia de Boarding Home, de Guillermo Rosales, que conduce al vértigo balanceador, El torcedor de puros nos lleva a la compasión; acaba mostrando, en medio del camino hacia la muerte física cuya insignia es la decadencia, ese costal poético que contiene el error familiar.

A pesar de todo su desmarcaje identitario, resulta curioso (incluso simpático) ubicar en la escritura de Medina los símbolos fatales de la cubanidad, huellas de un acta de nacimiento cultural que implica palabras, frases y hasta párrafos "ambiente". Descubrimos, por ejemplo, la martiana desconfianza en el mar y también una geografía confesional: "A pesar de ser una isleña nativa, desconfiaba del mar y sentía que nada bueno podía provenir de él" (p.19).

En este punto, además del famoso y crítico verso "El arroyo de la sierra me complace más que el mar", Medina casi alcanza a repasar el poema martiano Odio el mar y el tema de la desconfianza, personalizado en su novela por un personaje insinuado: la abuela de Julia. Hay cubanidad literaria cuando el autor describe los peculiares olores de Julia (pp. 46-47) o una celebración con abundantes signos de identidad (p.105), algo muy coherente con el epicureismo contextual en que se ubica filosóficamente el ambiente de la novela (p.86).

Es curioso cómo las narraciones noveladas ceden a los sueños positivistas de precisión. En El forjador de puros, por ejemplo, aparece una "definición" de Tampa: "…un pueblo adormilado e infestado de mosquitos que sólo contaba con setecientas almas" (p.23); un diagnóstico del estado sensitivo del personaje: "Amadeo Terrace no siente nada; recuerda todo" (p.27). Un recuerdo de estilo "funesto", exacto y singularizador, como el que mezcla labios, sinsonte, miedo, naríz, guerra… (p. 54).

Pablo Medina nos pasa de contrabando temas de alta elaboración conceptual; lo hace cuando sus personales aluden a "la vanidad de Martí" o Amadeo Terrace se pregunta explícitamente (aunque es cierto que con reticencia): "¿Qué significa ser cubano?" (p.57): Mas, por encima de esos encumbramientos, El forjador de puros es una historia de amor, un libro amable que cautiva con su historia y nos adorna un viaje, un café, un alma ansiosa de eventos.


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