Actualizado: 17/11/2019 19:45
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Palabras por los 20 años de la muerte de mi padre, Eliseo Diego

Texto enviado por Josefina de Diego para ser leído en el homenaje al poeta realizado en el Centro de Arte Moderno, Madrid

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La tristísima tarde del martes 1 de marzo de 1994, hace ya veinte años, murió mi padre, el poeta cubano Eliseo Diego. Vivíamos por aquel entonces, de forma temporal, mis padres, mis hermanos y yo, en la Colonia del Valle, en la Ciudad de México, en un apartamento que se encontraba en una calle con un lindo nombre, la calle Amores.

Los médicos cubanos nos habían advertido que mi padre tenía un “pronóstico de vida corto”. Sus pulmones estaban desbaratados por el cigarro y ya, muchos años antes, su corazón le había enviado la primera señal de peligro.

Pero le habían concedido el Premio Internacional de Poesía Latinoamericana Juan Rulfo, que fue una de las alegrías más grandes de su vida, y había decidido pasarse una temporada en ese hermoso país donde tanto lo querían y quieren, y donde tan bien se sintió siempre.

Recuerdo que cuando esperábamos la ambulancia, le pedí que se acostara y estuviera lo más calmado posible. Papá se puso sus espejuelos y escogió, de entre todos sus libros, el Orlando de Virginia Woolf.

Sobre su pecho quedó el libro abierto.

Durante todo este tiempo me he dedicado a ordenar y clasificar la papelería que dejó: poemas, prosas, cartas, documentos, fotos, etc., labor que he alternado con el de la traducción, oficio que aprendí de él.

He logrado que en Cuba se edite y reedite toda su obra, aunque todavía quedan textos pendientes por ver la luz, como es una selección de su correspondencia con mi madre y la publicación de algunas prosas y poemas inéditos y dispersos en periódicos y revistas.

Pero faltaba algo que mi padre siempre quiso hacer. Era un trabajo que empezaba y dejaba. Yo lo ayudé en alguna que otra ocasión, pero nunca logramos, ni él ni yo, avanzar mucho. El 2 de julio del año pasado, y en una especie de regalo-homenaje que quise hacerle por su cumpleaños 93, inicié, de forma “científica”, este trabajo: el inventario de su biblioteca. Libro a libro, con un plumero en la mano, un trapito para quitar el polvo y un pañuelo en la boca, comencé a anotar en una base de datos, cada ejemplar. Autor, título, editorial, país, fecha de edición, estado de conservación del libro, ubicación en los estantes y observaciones, es la información que decidí apuntar en mi flamante hoja de cálculo.

Empecé por su inmensa y maravillosa colección de libros en inglés. Mi padre, como muchos saben, era un conocedor profundo de la literatura inglesa y norteamericana. Aprendió el inglés desde muy chiquito, se lo enseñó su madre, mi abuela Berta, que había vivido de niña en Estados Unidos, pues sus padres se habían mudado a ese país con motivo de la guerra entre Cuba y España, a finales del siglo XIX.

Ahí están todos esos amigos que no pudo conocer, como nos dijo en la presentación de su libro de traducciones, Conversación con los difuntos: “No solo son nuestros amigos aquellos a quienes vemos casi a diario, o en ‘un de cuando en cuando’ que es el siempre de toda una vida. Si la amistad, más que presencia es compañía, también lo serán aquellos otros con quienes jamás pudimos conversar porque nos separan abismos de tiempo inexorables”.

Podría afirmar, aunque todavía me falta mucho para terminar este trabajo, que la biblioteca de mi padre consta de unos cuatro mil ejemplares, entre sus libros en inglés y en español, que también son muchos. Chesterton, Dickens, Thomas Mann, Walter de la Mare, Dostoievsky, Emily Dickinson, Virginia Woolf, Lewis Carroll, Stevenson, Cervantes, Quevedo, Juan Ramón, Lorca, Azorín, Gómez de la Serna, Vallejo, Mistral, Borges, Paz y tantos y tantos escritores pueblan esos estantes con sus poemas, historias, cuentos, ensayos, biografías. En muchos de esos libros mi padre anotaba su nombre, la dirección de la casa donde vivía en esa época y la fecha. “Tenía yo cinco años”, pienso, cuando me tropiezo con alguno cuya fecha es, por ejemplo, 1956, en Villa Berta, Arroyo Naranjo, nuestro Paraíso perdido, jardín en el que mi padre creció y en el que después, años más tarde, vivimos sus tres hijos, hasta nuestra adolescencia. Y entonces, ese libro polvoriento, descolorido, achacoso y ya viejo, igual que yo, me transporta, como llevada de la mano de Wells, Verne o Bradbury —amigos todos de papá— a nuestro jardín. Y me encuentro con mis hermanos, mis padres, mis abuelos —que ya se han ido pero que ahí me aguardan— como si no hubiese pasado un solo día, y estuviesen siempre allí, esperándome, acompañándome.

Cada vez que tomo uno de sus libros en mis manos, antes de abrirlo, pienso, “¿qué me encontraré?”. Y ahí está el que compró con mi madre durante su viaje de Luna de Miel, en Nueva York, el 30 de julio de 1948: “Bellita luce su blusa de lunares”, escribe papá. O aquel otro, fechado 30 de abril de 1941, que se corresponde con una anécdota escuchada muchas veces, sobre la primera visita de mi madre a esa quinta, donde ella le pidió que quería que sus hijos crecieran y jugaran en ese lugar encantado y maravilloso donde él había sido tan feliz. Escribe mamá en el ejemplar de Rainer María Rilke, Los sueños y otros relatos: “A Eliseo, a los tres meses de un día solo nuestro, en tu casa de Arroyo, de cuando eras niño, donde yo hubiera querido ser tu compañera de toda la tarde y de todo el sueño”. ¡Cuántas cosas me están contando esos libros!, ¡cuántas cosas me cuenta este libro!: “A los tres meses de un día solo nuestro”, escribe mi madre. ¿Qué habrá pasado ese 30 de enero de 1941, solo de ellos, y que fueron a recordar al humilde pueblito de Arroyo Naranjo?, ¿qué soñaban los jóvenes que fueron Bella y Eliseo, con solo 19 y 20 años, que había que decirlo así, con tanta solemnidad y estamparlo en un libro de Rilke, uno de los escritores preferidos de mi padre?

Sigo anotando, libro a libro, viendo las pequeñas marcas que hacía, por ejemplo, en los índices de algunos de ellos. Así me va diciendo papá, “estos son, mi hija, mis cuentos preferidos, léelos, te van a gustar”. Y yo lo anoto todo en una pequeña libreta para que no se me olvide, para no perder nada de esta extraña y silenciosa conversación con mi padre.

Son muchos los recuerdos que se me agolpan, como las penas en la vieja canción, al pensar en estos años transcurridos después de aquel triste martes en la linda calle Amores de la Ciudad de México. Ya no está mi madre, no están mis hermanos. Fueron a reunirse con él en ese “otro reino frágil”, como dijo en uno de sus poemas. Me reconforta saber que a pesar de tanto tiempo, mi padre sigue siendo querido y recordado, no solo en Cuba, sino también en muchos otros países. En México se acaba de reeditar Conversación con los difuntos y aquí, en España, la tierra de su padre y de sus abuelos, lo conocen y veneran.

Quiero agradecer a los jóvenes Claudio y Raúl, del Centro de Arte Moderno de Madrid, este precioso libro que hoy presentan y este homenaje. Y agradecerles a todos ustedes su presencia hoy aquí.

Muchas gracias.


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