Actualizado: 20/04/2019 14:23
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Literatura

Para hablar de Raúl Rivero

Los libros de Raúl Rivero no se presentan en la Feria del Libro de Cuba, ni suelen encontrarse en las librerías ni en las bibliotecas públicas

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Corrían los años noventa del siglo veinte, y corría el público para la presentación de un libro del poeta y periodista Raúl Rivero, o una lectura de sus textos, o un homenaje. El presentador hizo uso de la palabra con rostro grave: “Para hablar de Raúl Rivero hay que quitarse el sombrero”.

Dos fuertes motivos me impiden precisar la fecha exacta, o al menos el año, dentro de los diez últimos del siglo veinte en que ocurrió el hecho. El primero: quien me lo relató no la recuerda con exactitud. El segundo: aquello no pudo suceder en la década del noventa del pasado siglo. Raúl Rivero abandonó la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en 1989. En 1991 estuvo entre los firmantes de la Carta de los Intelectuales, que pedía a Fidel Castro la liberación de los presos de conciencia. ¿Qué posibilidades hay de que pudiera ofrecer una lectura o presentar un libro, menos aún recibir un homenaje tras abandonar la UNEAC y dirigir al líder petición distinta a “Ordene” o “Dinos qué otra cosa tenemos que hacer”?

Sin embargo, el olor a lluvia, la expresión y el tono del presentador, y sus palabras, están grabados en la mente de una amiga que por años ha sido especialista de talleres literarios. Le parecía vivirlo otra vez mientras me contaba el hecho. Según ella, aquello sucedió durante una feria del libro, cuando aún no eran internacionales ni se realizaban en el Complejo Morro-Cabaña, ni siquiera en Pabexpo, sino a la entrada de la calle Obispo.

¿Dónde tuvimos esta conversación mi amiga y yo? Pues justo en el Pabellón Cuba, durante la edición veintidós de la Feria Internacional del Libro de La Habana.

Días antes, yo veía en el televisor la promoción de la fiesta del libro, y recordé la del año 2011; encontré a un primo en la cola de las entradas y no pude evitar la sorpresa ante el hecho de que le gustara leer. Fue una sorpresa agradable, mientras duró: “No hay más nada, mi prima, uno por lo menos viene aquí, pasea, come algo, se entretiene un poco”.

Pero por algo se empieza. El hecho de que los jóvenes, al menos por aburrimiento y falta de opciones, se acerquen a la Feria del Libro, corona los esfuerzos de nuestro gobierno en poner la cultura a nuestro alcance, en moneda nacional. O al menos la parte de la cultura que le interesa esté a nuestro alcance. La obra de Raúl Rivero, Cuba, 1945, poeta y periodista, no forma parte de esa cultura.

Los libros de Raúl Rivero no se presentan en la Feria del Libro. No suelen encontrarse en nuestras librerías ni en nuestras bibliotecas públicas. Las únicas bibliotecas en donde es posible encontrar sus libros, son las bibliotecas independientes.

Pero no fue por un libro de Raúl Rivero que fui a una de ellas, sino por la película alemana La vida de los otros. La vi durante el Festival de Cine de 2007, pero siempre he querido volver a verla, y de paso mostrarla a mis padres. Sobre todo a mi padre, que viajaba a la República Democrática Alemana —ya no existe aquel país—; él era marino mercante y miembro del Partido Comunista de Cuba. Hablaba maravillas al regreso, allá sí estaban construyendo el socialismo.

Ya que estaba allí, solicité el libro Fuera del juego, de Heberto Padilla, justo un título que no estaba en la biblioteca.

Pero pronto no será necesario ir a una biblioteca independiente para leer la obra de Heberto Padilla. He sabido que se publicó su poesía durante la reciente Feria (no sé si también Fuera del juego), pero como a todos en algún momento, a Padilla le tocó perder el encanto de lo prohibido.

Solo gracias a que Fuera del juego no estaba en la biblioteca, la coordinadora, Omayda Padrón, me ofreció Lesiones de historia, de Raúl Rivero. De otra forma no se me habría ocurrido pedirlo. No conocía ni el nombre del autor.

En la contracubierta del libro, publicado por la editorial Aduana Vieja, se lee “Los artículos reunidos en la presente edición fueron publicados originalmente por el diario digital Encuentro en la Red, y vieron la luz entre 2001 y 2003, fecha en que se interrumpieron al ser encarcelado el autor, acusado de delitos de opinión contra la Seguridad del Estado cubano”.

De acuerdo a lo expresado en la nota, yo esperaba leer artículos periodísticos, y ahí sufrí mi primera decepción. El periodismo se escribe con tibieza, llamando las cosas por cualquier nombre menos por el suyo; no llega a la médula de los asuntos para no lastimar: la médula en extremo delicada. El periodismo no se escribe con pasión, ni para arrancar lágrimas o carcajadas a quienes lo leen. No se escribe para mostrar la realidad, sino para adoctrinar a quienes padecen la realidad. No me jodan, periodismo es lo que yo he leído a lo largo de mi vida en la prensa oficial de mi país, la prensa a la que he tenido acceso. Que no venga nadie a decirme que estos textos que me ponen en la cara a Cuba en carne viva, son artículos periodísticos.

En nuestra prensa oficial hay espacio para homosexuales VIP, políticamente correctos. No para los reprimidos por su orientación sexual en las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) o fuera de ellas. Hay espacio para exitosas redadas policiales contra las drogas, pero no para las víctimas colaterales: gente que sobrevive con la venta de coquitos prietos, dulces, durofríos, cualquier cosa. “¿Qué tienen que ver los coquitos con las drogas?”, pregunta una señora en Cocos confiscados.

Si la prensa oficial habla de quienes transportan carne de res, camarones y queso desde otras provincias a la capital, no los muestra como cubanos de a pie luchando por sobrevivir, sino como delincuentes. No se pregunta por qué la Adelina que describe Raúl Rivero en “Exceso de equipaje”, una mujer de sesenta y siete años, recurre al contrabando de productos ilegales para sobrevivir. Supongo que ninguno de esos periodistas de medios oficiales ha comprado jamás de ese queso y esos camarones contrabandeados.

Tampoco puedo decir por qué esa mujer que dice de sí misma “yo siempre me asusto”, insista en vivir la zozobra de “abandonar la carga en un lugar del carro que se pueda observar desde el asiento. Dejarle caer miradas ansiosas que parezcan indiferentes y mirar mucho el reloj…”. Y si aparece la policía a registrar el ómnibus, bajar con el bolso que tiene en la mano y olvidarse de la mercancía, del dinero invertido. Estos artículos (ya que insisten en llamarles así) no son un inventario de calamidades. Los personajes que hablan a través de Raúl Rivero, describen, más que miserias, modus operandi para sobrevivir.

Al dar voz a quienes confiesan haber aprobado la perpetuación del socialismo por no señalarse, a quienes compraron un título de bachiller, a poetas políticamente incorrectos, a las obsesiones de irse “de un corral… La otra, regresar a un país” (Por ningún motivo dejar de leer el texto “Que se vayan”) a Rivero le tocó coger la cola de los marginados, borrados por votación unánime de nuestros medios. Al escribir su nombre en el buscador de Ecured (la enciclopedia cubana en la red) apareció el mensaje URL solicitado no encontrado. Como si viviera en el 1984, de George Orwell, y hubiese cometido el error de indagar sobre una no-persona.

Leer estas crónicas ha sido como mirar esas fotos que hemos visto muchas veces y solo al cabo de los años entendemos cada detalle de la composición, todo lo que ocurría alrededor nuestro mientras mirábamos a la cámara. Aquella fue mi vida entre 2001 y 2003. En 2002, voté a favor del socialismo eterno, sin tomarme el trabajo de leer lo que firmaba, pensando solo en mantener a buen resguardo mi empleo como profesora universitaria. Sí, yo también.

Pero dentro de la miseria no solo material que por entonces vivimos, hubo momentos hermosos, como los hay entre las lesiones de Rivero, cuando dedica una crónica a Nicolás Guillén, o como Beethoven en Mantilla —sobre un Iván Companioni que ahora busco con la vista como si pudiera encontrarlo en alguna calle de la ciudad—, como los hay en toda vida.

Algunas de estas lesiones empiezan a cicatrizar: ya no requerimos un permiso de salida para abandonar el país, estamos menos lejos de que viajar sea un derecho de cada ciudadano, algunos intelectuales políticamente incorrectos en el pasado son rescatados (después de muertos) como Virgilio Piñera y Heberto Padilla, y hasta se publica un libro sobre Guillermo Cabrera Infante. Esto me producía una sensación de alivio al leer, pero entonces regresaba a la nota de contracubierta “…acusado de delitos de opinión contra la Seguridad del Estado cubano”, para no dejarme atrapar en la felicidad de los esclavos. Para no caer en la trampa de creer que puede haber democracia sin libertad de expresión.

Llegará un día en que se publicará la literatura de Raúl Rivero (ojalá sea antes de su muerte), sin que el Gobierno sienta la necesidad de admitir culpa o errores. A fin de cuentas, tenemos ya una Jornada contra la Homofobia y exhortaciones a respetar la diferencia, a través de los medios, sin que estos medios hablen de las UMAP.

El tiempo le pasará entonces la cuenta a Rivero cuando no lo envuelva más el halo de lo prohibido. No basta el coraje para ser un buen escritor. No por prohibido es bueno un libro. No podremos conformarnos con su valentía al mostrar la realidad cubana entre 2001 y 2003. Quedará apenas la palabra certera, el humor que saca lágrimas, las frases que taladran hasta el punto del “coño, ahí estoy yo, el país lesionado hasta los riñones, Cuba en carne viva”. En fin, lo suficiente para morirme de envidia.

Recordaré la anécdota de mi amiga especialista de talleres literarios, esa anécdota que tal vez ocurrió en los años ochenta. O nunca. O era otro Raúl Rivero, poeta y periodista, pero políticamente correcto. Y como hiciera aquel presentador, probablemente imaginario, yo me quitaré el sombrero.


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