Actualizado: 20/08/2018 14:20
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Para poner fin a la dictadura castrista

Ramón González creyó haber entrado al lugar donde finalmente podría llevar a cabo la misión a la que se creía destinado: contribuir a la libertad de Cuba

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El plan del hidrodeslizador articulado para poner fin a la dictadura castrista estuvo a punto de tener éxito. Si el triunfo de la técnica no pudo ponerse en práctica y los voluntarios quedaron reducidos a un grupo de compañeros de trabajo, que permanecieron en el recuerdo, y una familia que resultó más un fastidio que el apoyo necesario, fue porque faltó lo que más de una vez echó por tierra el sueño de liberar a la patria: la confianza necesaria de la comunidad exiliada y el apoyo del Gobierno estadounidense. Sin embargo, el plan resultó un triunfo para otros, solo que estos tenían un objetivo diferente.

Ramón González aguardaba impaciente la edad de retiro para llevar a cabo su idea. Relegado al turno de noticias de la madrugada en Radio Martí, no admitía el fracaso. Había entrado a la emisora de Estados Unidos —encargada de llevar a Cuba las noticias de lo que ocurría en la isla y el mundo— cuando Mas Canosa agonizaba. Durante años trató de hablar con el poderoso líder del exilio y exponerle su plan, sin lograr ir más allá de una simple petición de trabajo. Pero su objetivo trascendía el adquirir un empleo. Creía tener en sus manos la solución del problema de los cubanos, la fórmula capaz de poner fin a tantos años de infortunio, la respuesta de un exilio frustrado, resentido y siempre olvidado. Mas Canosa, por su parte, comprendía que era necesario reforzar el equipo de la emisora con periodistas dispuestos a pasar por alto los criterios de objetividad a que se aferraba la prensa norteamericana, militantes de la información más preocupados por arengas incendiarias que simples comunicadores de noticias. González era perfecto para ese fin. Había abandonado la Isla tras la intervención por el régimen castrista del periódico en que laboraba y desde entonces —en Puerto Rico y Nueva York — chocado con los intereses de editores, jefes de redacción y directores de diarios y noticieros de televisión; interesados siempre en aumentar la circulación en la prensa plana o el número de televidentes o radioescuchas y no en la difusión de mensajes que produjeran un levantamiento en la Isla.

Tras el traslado de Radio y Televisión Martí a Miami, González creyó que finalmente había llegado su oportunidad y renunció a su cargo de jefe del turno de madrugada del servicio de traducciones de una agencia cablegráfica en Nueva York. Fue un alivio para su familia. Por años había obligado a todos en su casa —mujer, sus dos hijos y suegra— a acomodarse a su turno de trabajo. Se levantaba a las cinco de la tarde, y como para él entonces comenzaba el día, a esa hora fingían desayunar —todos con entusiasmo—, pese a que para algunos la jornada diaria comenzaba a concluir.

El almuerzo, siempre breve, ocurría a las once de la noche. Luego él marchaba al trabajo. Al regreso, alrededor de las siete de la mañana, cenaban. Un par de horas más tarde los que podían iban a la cama y los otros —los dos hijos— se dirigían discretamente a la escuela.

El apartamento permanecía con las ventanas cerradas. Gruesas cortinas impedían el paso de la luz solar. González consideraba normal el cambio, ya que su salario era la única fuente de ingresos de la familia. Todas las compras las realizaban tarde en la noche o al amanecer, lo que no dejaba de ser una ventaja porque por lo general encontraba los establecimientos medio desiertos: podía aprovechar mejor las liquidaciones, escoger las frutas y vegetales recién llegados, el pan fresco y acabado de colocar en los estantes y el transporte público disponible con una variada cantidad de asientos a escoger. Por años dudó en mudarse a Miami, porque creía que la lucha contra Castro había perdido fuerza en la ciudad, que los exiliados estaban más preocupados en el enriquecimiento que en lograr la libertad de la isla cautiva.

Lo decidió el traslado de la emisora gubernamental, de Washington D.C. a Miami. Por años se había mantenido firme en su negativa de buscar empleo en una emisora cuya redacción elaboraba las informaciones en la capital de la nación. Detestaba la posibilidad de colaborar con ese centro noticioso, porque no quería vivir en la misma ciudad donde tantos grupos liberales conspiraban contra los ideales estadounidenses.

Pese al avance de las ideas conservadoras durante los dos gobiernos de Ronald Reagan, aún no estaba convencido de que el país había encontrado el camino verdadero. El triunfo de Bill Clinton reafirmó su creencia y contribuyó a su marcha a la capital del exilio, convencido de que los esfuerzos demócratas por limitar el alcance de la emisora gubernamental encontrarían en Miami una oposición más fuerte que en Washington.

Le tomó algunos años lograr la entrada en Radio Martí. Fue durante la segunda etapa del “clintonato”, como él lo llamaba. Se presentó a una entrevista final en horas de la tarde —donde se decidiría si era aceptado o no— vestido con ropa de camuflaje. Se excusó diciendo que no había tenido tiempo de cambiarse, debido a una rotura de su Ford Bronco, tras dedicar la mañana a cazar y practicar el tiro en la zona de los Everglades. No habló mucho de su amplia experiencia periodística y prefirió alertar sobre la vulnerabilidad del edificio en que se encontraban las emisoras, el cual era fácil de convertir en ruinas con un ataque de bazucas desde la autopista cercana. Indicó minuciosamente las fallas de seguridad que creía haber hallado mientras le permitían la entrada al edificio; llegó casi a burlarse de la ingenuidad de los custodios; la falta de perspicacia de quienes habían cruzado un par de palabras amables con él; trató de mostrarse mordaz —aunque la ironía no era su fuerte— respecto a la ausencia de beligerancia que exhibían sin pudor sus posibles compañeros de trabajo, y estuvo a punto de declarar con énfasis que quienes venían a diario a trabajar en el edificio eran un atajo de irresponsables sin mayor apego al deber de librar a Cuba de un régimen totalitario.

Al salir de la entrevista lo acompañó un funcionario, que notó intrigado las manchas de sangre en la parte posterior del vehículo. González mostró con orgullo el resultado de su mañana en los Everglades: cadáveres de cuanto animal había encontrado en su camino, en su mayor parte roedores de campo. “Mato a todo aquel que se interponga en mi camino”, afirmó.

Si consiguió la entrada en la estación fue más por el afán de complacer a Mas Casona, por parte de los ejecutivos de la emisora —quienes sabían que el hombre que con su esfuerzo había logrado la creación de esa empresa que ahora les permitía disfrutar de excelentes salarios y amplios beneficios se encontraba enfermo de muerte— que por sus méritos como periodista. Mas Canosa, por su parte, había accedido a presentar la propuesta de González más por cansancio que por convicción. Si todos los esfuerzos anteriores habían fracasado, a lo mejor la locura traería como resultado la solución final.

González creyó haber entrado al lugar donde finalmente podría llevar a cabo la misión a la que se creía destinado: contribuir a la libertad de Cuba —quizá hasta convertirse en la fuerza decisiva para lograrla—. Pronto se dio cuenta de su error. Contratado inicialmente para el cargo de jefe de redacción de un noticiero, sus ideas avanzadas fueron rechazadas por la burocracia demócrata. A los pocos meses de llegar, propuso que Washington construyera un equipo capaz de interferir todas las emisiones radiales y televisadas de Cuba. Al bloqueo de las ondas seguiría una operación de lanzamiento, desde barcos de guerra en aguas internacionales, de boyas que serían arrastradas por las corrientes hasta las playas cubanas. Las boyas contendrían en su interior radios de onda corta y material informativo. De esta forma, el Gobierno norteamericano obtendría el control de la información en la Isla. Sus jefes rechazaron el plan de inmediato. No solo por el costo y las dificultades técnicas, sino por la violación de las leyes internacionales que implicaba.

González no se inmutó. Poco después lanzó una propuesta más avanzada: un encuentro entre periodistas independientes y redactores de Radio Martí. Para ser efectiva, la reunión tenía que celebrarse en Cuba. El plan era sencillo. Un grupo de marines desembarcaría, con el fin de asegurar una cabeza de playa. Los periodistas independientes, desconocedores de su destino —porque para el triunfo de la actividad era imprescindible el más estricto secreto y así evitar que la seguridad del Estado cubano echara por tierra la reunión— serían transportados al Punto X —según la denominación de González— en vehículos proporcionados por la Oficina de Intereses del Gobierno de EEUU en La Habana. Tras una sección de trabajo, conferencias y discusiones, los periodistas de Radio Martí regresarían a Miami, con información suficiente para una serie de programas que seguramente provocarían un estallido popular. La población comprendería que Castro no era invencible, que de forma pacífica se había respirado una atmósfera de libertad e intercambio de datos en una costa cubana. El triunfo de la democracia sería cuestión de días. Los cubanos se lanzarían a las calles reclamando conocer lo que ocurría en el mundo y en la propia Isla.

El plan fue conocido solo por unos pocos funcionarios de Radio Martí, que de inmediato destruyeron todas las copias del proyecto —temerosos de que trascendiera al exterior— y trasladaron a González a las funciones de responsable del monitoreo de las transmisiones de Radio Reloj, una radio que desde antes de la Revolución cumplía la función en Cuba de divulgar noticias y dar la hora a cada minuto. A partir de entonces estuvo condenado a un destino apagado, pero con un sueldo garantizado hasta su retiro.

González decidió entonces que cualquier medio para lograr la libertad de Cuba por medios pacíficos y con la ayuda del Gobierno estadounidense era imposible. En realidad, siempre había estado convencido de ello, pero había querido agotar todas las posibilidades para que no lo consideraran un belicista. Se resignó a su labor de escucha de Radio Reloj, mientras preparaba un nuevo proyecto. Esta vez no sería un simple desembarco de apoyo, donde los militares se limitarían a servir de guardianes a un grupo de comunicadores. Esta vez sería un verdadero desembarco bélico, con armas y equipos capaces de acaba con el castrismo en poco tiempo.

Para ello, necesitaba de algún tipo de arma avanzada, no de las tantas que se encontraban en los arsenales de las fuerzas armadas norteamericanas y que estaban fueran de su alcance. Algo nuevo, ideado por un cubano y para el uso exclusivo de las fuerzas de liberación del exilio.

Ideó el hidrodeslizador articulado semanas antes de marcharse de Radio Martí. Había dilatado su retiro debido al costo de mantener a su esposa ingresada en un asilo psiquiátrico. Al fallecer su suegra, pocos meses después del traslado a Miami, esta perdió el único soporte que la había acompañado durante tantos años de días convertidos en noches. Es posible que la locura fuera una forma benigna de rompimiento. Más aún que sus ratos más alegres los pasara en el asilo. No le duró mucho esa felicidad. Lo cierto es que al morir ella, González pudo —casi al final de su vida— dedicarse por completo a la causa que durante años le había permitido editar tanto cable noticioso dedicado a cuestiones mundiales que no le interesaban: el hambre en África, las contiendas electorales europeas, los cambios climáticos. Estaba convencido de que el fin de la Unión Soviética, y el deterioro del equipamiento bélico en Cuba posibilitaban por primera vez en la historia que Castro fuera derrocado por una pequeña fuerza invasora. Entre doscientos y trescientos hombres eran suficientes para el asalto.

Sin embargo, la estrategia necesaria para el triunfo implicaba la utilización de una fuerza de gran movilidad. Estaba descartado un ataque a La Habana o a cualquier ciudad importante, porque la superioridad numérica de las tropas castristas inclinaría la balanza a favor de esta. Había que volver a los campos, al terreno donde los mambises llevaron a cabo su lucha. Aislar al Gobierno en los centros urbanos. Mientras tanto, se destruiría lo que quedaba de la infraestructura económica y se cortarían las vías de acceso a cualquier tipo de artículos, en lo fundamental alimentos. Al mismo tiempo, era necesario impedir la entrada de buques a los puertos y minar los aeropuertos. Finalmente llegaría a la capital gracias a su invento.

La clave táctica radicaba en contar con un transporte capaz de mover a cada expedicionario con rapidez, de forma tal que pudiera atacar y retirarse, mientras el Gobierno de Castro agotaba el poco petróleo que le quedaba. Para lograrlo, era necesario un medio individual, que acompañara al soldado en todo momento y le permitiera desplazarse sin gastar las energías necesarias para el combate. Y ese era el hidrodeslizador articulado.

La idea era convertir una tabla de surf en una plataforma compuesta de decenas de módulos, que le permitieran adaptarse a los terrenos más abruptos gracias a un conjunto de pequeñas ruedas, con dientes retractables y un poderoso motor impulsor.

El vehículo podría avanzar tanto por agua como por tierra, ascender por las elevaciones e incluso escalar árboles y paredes si era necesario. Para economizar combustible, o en caso de una rotura del motor, cada expedicionario también contaría con dos pares de guantes especiales: uno para nadar a gran velocidad y otro capaz de brindar el impulso suficiente para avanzar en tierra.

De los guantes para nadar González solo había hablado con un par de compañeros de trabajo, al poco tiempo de su entrada en Radio Martí, a los que en un primer momento consideró capaces de secundarlo en sus planes. Pronto se dio cuenta de su error, aunque confiaba en que la ignorancia de estos les impedía apreciar el valor del dato que —en un gesto de confianza no recompensado— él había puesto a la disposición de dos extraños.

Contó a estos que los guantes no eran de su invención, sino creados por un sobrino al que desde hacía años no veía. Capaces de adaptarse a las manos y pies de cualquier persona, quien los poseía se transformaba de inmediato en un veloz nadador, capaz de recorrer grandes distancias a una velocidad jamás alcanzada por los campeones mundiales. Su sobrino, joven y sin dinero, había vendido la patente a un empresario de Hong Kong, quien rápidamente fabricó varios miles y estaba a punto de comercializar el producto cuando un magnate japonés supo del proyecto. Detrás del japonés estaba un consorcio multimillonario, así como políticos y ejecutivos de la industria deportiva, quienes vieron que la invención significaba la ruina no solo de las competencias de natación sino de las escuelas para aprender a nadar en todo el mundo, las películas acuáticas y hasta las empresas dedicadas a los equipos de buceo. De inmediato el japonés había pagado una suma millonaria por los guantes, adquirido la patente y encerrado toda la producción en un almacén secreto a las afueras de Tokio. Allí, protegidas por cuatro ninjas —que vigilaban las veinticuatro horas del día el edificio— las cajas llenas de guantes esperaban una decisión de los jerarcas olímpicos, que no habían decidido aún la forma más eficaz de destruir la mercancía.

“Soy la única persona en el mundo que posee tales guantes. Cuando nadie me ve, en la oscuridad de la noche, me los pongo y nado por la piscina del edificio a una velocidad vertiginosa”, afirmó al par de incrédulos, para lamentarse al momento de haber divulgado tal información.

González carecía de los conocimientos técnicos para llevar a la práctica la idea del hidrodeslizador articulado. Entonces inició la publicación de un pequeño periódico, apenas cuatro hojas que repartía gratuitamente en las cafeterías y restaurantes a la que acudían los exiliados. No se interesó en buscar anunciantes ni en dar a conocer las noticias locales. La publicación estaba dedicada por entero a exponer su plan de lucha. Entonces apareció el ingeniero Cesar Cerillo.

Llegado Miami luego de trabajar como asesor del ministro de la Industria Eléctrica cubana por largos años. Cerillo era ahora profesor auxiliar de una de las universidades locales y se dedicaba a escribir ocasionalmente sobre la amenaza que significaba el Gobierno de Castro. A Cerillo no le interesó el plan de González para derrocar a Castro. Sabía lo descabellada que resultaba, con una fuerza tan minúscula y sin el apoyo de un gobierno extranjero, la propuesta de invasión. Pero consideró que era posible —desde el punto de vista técnico— la construcción del hidrodeslizador articulado. Creó un prototipo a escala y funcionó. González se entusiasmó con el modelo, pero le hizo saber a Cerillo que tanto la parte tecnológica del plan como la militar tenían que marchar al unísono. Entonces el ingeniero se puso en contacto con el dueño de una cadena de supermercados de la ciudad. Entre ambos convencieron al periodista de patentar la invención. Solo que, si bien González aparecía como el creador del invento, los otros dos tenían plenos poderes para su comercialización. Por otra parte, cualquier decisión sobre el destino del proyecto —desde el punto de vista empresarial— se tomaría mediante una votación mayoritaria. Por su parte, González quedaba en plena libertad para la utilización del hidrodeslizador con fines bélicos, aunque su venta para otros usos dependía de los dos socios comerciales. A su vez, Cerillo tenía plenos poderes para desarrollar cualquier estrategia de venta del producto.

La primera vez que González desembarcó en Cuba iba solo. Lo hizo por una alejada playa de la costa norte. Nunca supo si fue en la provincia de Camagüey o en Las Villas. Había olvidado el mapa —con la división de la isla en seis provincias— que pensaba usar para orientarse. Durante un momento creyó divisar a lo lejos un grupo de milicianos, pero avanzó por las aguas de un río poco caudaloso y al acercarse a un palmar subió por uno de los árboles hasta la copa. Trepó con facilidad por el tronco, pero se dio cuenta que el escondite no era perfecto y podía ser detectado por los milicianos. Entonces bajó y avanzó hasta una loma cercana. Desde ella podía ver un caserío a lo lejos. Se dio cuenta que unos pocos hombres le bastarían para tomar la población y trasmitir su mensaje de libertad hacia Miami y el resto de la Isla. Una operación tan osada sacaría del letargo a tantos que se limitaban a hablar y eran incapaces de cualquier tipo de acción. Anotó en una vieja libreta de reportero que para la próxima expedición debía llevar una cámara de video y un radio transmisor.

Volvió pocos días después con algunos de sus compañeros de trabajo de Radio Martí. Ahora quienes lo habían escuchado —con una impaciencia apenas disimulada— lo seguían con asombro. Estaban a sus órdenes y no dudaban en secundarlo en el asalto. Todos manejaban sus hidrodeslizadores articulados con una destreza que al principio llegó a asombrarle. Pronto se dio cuenta que él mismo había subvalorado el potencial de su invención. Algunos de sus hombres le sugirieron avanzar por una autopista no muy alejada del lugar del desembarco. Querían probar los equipos a plena velocidad y deslizarse por las diversas elevaciones de la vía, que permitían a quienes se movían con los hidrodeslizadores incorporarse y salir de la carretera principal sin detenerse. Creyó descubrir una extraña semejanza en tantos cruces y puentes —a corta distancia unos de otros—, los cuales formaban una compleja red de vías destinadas a llevar a los conductores a diversas zonas pobladas. Prefirió no arriesgarse. Su tropa no llevaba el armamento apropiado para enfrentar los tanques y vehículos blindados del enemigo. Entonces se percató de que los miembros del grupo expedicionario no estaban armados. Solo él llevaba su escopeta de caza y un cuchillo de monte. Decidió que en la próxima ocasión debería escoger mejor a sus acompañantes. Solo combatientes perfectamente entrenados debían participar en la misión. Dio la orden de retirada. Además, no había podido localizar el caserío visto en el primer desembarco. Posiblemente el piloto de la embarcación había confundido las coordenadas y ahora estaban en otro lugar de la Isla.

El tercer desembarco resultó un verdadero fastidio. No sabía por qué razón ahora lo acompañaba su esposa y esta le reprochaba a cada paso lo inútil de la empresa. Pasados unos minutos, volvió a dar la orden de retirada.

Las excursiones se sucedieron cada vez con mayor frecuencia. En una creyó encontrarse en el malecón habanero, avanzar a gran velocidad por el muro o lanzarse al mar en momentos en que veía acercarse un automóvil. Intentó llegar a Radio Centro y tomar la CMQ, pero estaba desorientado. La ciudad le parecía familiar y extraña al mismo tiempo.

Los diversos intentos de crear un hidrodeslizador articulado para uso de adultos han resultado un fracaso. No se cuenta con un motor tan poderoso, eficiente y pequeño para impulsarlo. O al menos este no ha estado al alcance de los inventores. Aunque como juguete —en su versión reducida— fue un éxito en la pasada temporada navideña. Fabricado en China, en la actualidad se vende en todo el mundo, en variados modelos de diversos colores. Cerillo ha abandonado la enseñanza universitaria y sus ocasionales artículos periódicos. Desempeña el cargo de vicepresidente científico, director de estrategias de mercado y jefe del departamento de investigaciones de la firma fabricante.

González continúa viviendo en el condominio que compró al llegar a Miami, procedente de Nueva York. Ambos hijos viven en otros estados y desde hace años no ven a ese padre que odian, por haberlos excluido —mediante documento legal— de toda participación en el proyecto por el cual es conocido en Cuba y en Miami. Los pocos que lo han visto en los últimos meses dicen que algunos días se encuentra bastante bien como para conversar un rato breve, que aún continúa elaborando planes que ahora nadie se detiene a cuestionarle, ni siquiera en broma. Cerillo se ha encargado de que un matrimonio jamaicano acompañe al experiodista. La mujer había sido enfermera en su país de origen y ahora lo atiende todo el tiempo. El hombre trabaja de chofer en el negocio de Cerrillo, aunque en la práctica sus funciones se limitan a sacar de paseo a González de vez en cuando y a estar disponible para cualquier emergencia. Los tres comen de un servicio de cantinas o —cuando el anciano está de ánimo para una salida— en cualquier cafetería o restaurante cercano. Una vez por semana, Cerillo envía a una empleada —que también le sirve de confidente y lo mantiene al tanto de lo que ocurre en la vivienda— para realizar las tareas de limpieza y lavado de ropa. Mientras tanto, los planes para el establecimiento en la Isla de una fábrica china de hidrodeslizadores articulados están a punto de concretarse. Los juguetes se venderán en toda Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. Se ha comenzado una intensa campaña de mercadeo. Cerillo está al frente del negocio. Dice —no sin ironía, aunque esta nunca ha sido su fuerte— que finalmente piensa hacer realidad el objetivo de González: llegar a La Habana gracias a un invento tan valioso.


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