Actualizado: 21/09/2021 16:36
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Palabra, Literatura, Poesía

Para una apología de la palabra

De tanto vivir, o querer vivir, o sentir fuertemente la vida, el poeta queda distanciado de lo que de ordinario tiene ésta

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¡Oh!, lengua de los cantares,

¡Oh!, lengua del romancero,

Te habló Teresa la mística,

Te habla el hombre que yo quiero.

Así, de ingenua, con voz de madre e hija a un tiempo, canta la poeta Juana de Ibarbourou a la lengua castellana. Cántale con el acento entrañable de quien la reconoce como algo más que un instrumento de trabajo: ¡la única realidad que le es concedida, la sola puerta por la que se asoma y se aproxima al mundo!

Esto último podría decirse, por supuesto, de cualquier otro idioma, Y es que el poeta vive en la íntima realidad que el idioma configura, esto es, en la palabra. Según se adentra en el ámbito de la palabra, en sus dominios, se va haciendo su prisionero. Cuando llegue a ser dueño absoluto de su expresión, su vida habrá quedado fuera de las posibilidades ordinarias.

No se entienda por esto que el poeta vive ajeno a lo que ocurre fuera de su encierro, al acontecer del mundo; antes bien, esta singularmente dotado para percibir esta ocurrencia: el permanente flujo de la vida que, al parecer, se niega a alcanzarlo y al que trata inútilmente de poseer. Podrá ver así «la carne que tienta con sus frescos racimos», para decir con Darío, y querrá hacerla suya con una sed de vivir que el común de los hombres no suele tener, y así también querrá hacer suya una puesta de sol, o el cántico de un ave, o, que decir, una tristeza; y mejor que otros podrá apreciar las diversas manifestaciones de su propia sensualidad; ¡pero solamente le será dada la palabra!

He aquí su angustia, la angustia del creador que siente la plenitud del mundo, vivo, deslumbrante, rumoroso, y sólo puede poseerlo de veras en la tranquilidad, sórdida algunas veces, de su estudio, de su santuario. El mar no es más el mar; ni el aire, el aire; ni el cuerpo amado que se encamina a envejecer y al que se aferra es cuerpo de verdad; todo es palabra, Palabra de Dios que en el principio levantó los cimientos del mundo de la nada y que ahora re-crea ese mundo, magnificado e inasible a la vez.

Sufre el poeta, pues, de un aislamiento básico y, paradójicamente, nadie está en más estrecha comunión con el universo que él. El gusta sus secretas savias, sus resinas, los licores de su fecundidad; la tierra es suya, sabe cuál es el sabor de los metales, el tacto último de la hierba, almacena en su memoria el olor de los puertos, de los templos y de los lupanares, tiene un secreto archivo de crepúsculos. Conoce la quintaesencia del amor, y tiene acceso a los misterios de la sabiduría; pero, a la vez, es un esclavo, un eunuco quizá, que se conforma con alinear palabras.

Bueno que esto se sepa: de tanto vivir, o querer vivir, o sentir fuertemente la vida, el poeta queda distanciado de lo que de ordinario tiene ésta. De tanto amarla, se queda solo con ella, con su esencia, cuando su manifestación más aparente se ha desvanecido.

Por eso nunca está de más resaltar la distancia entre el arte y la vida. El acontecimiento más capital de nuestra existencia, la pasión más dolorosa, la visión más sobrecogedora, está con el artista totalmente, pero de otra manera. En el arte no podrá encontrarse, de esta suerte, la verdad simple, por no decir ramplona, sino la verdad última, alcanzada y lograda más allá de la mera impresión de los sentidos.

En la tensión que impone esa distancia, cada vez mayor, según madura el artista, se produce la creación verdadera, y cada artista tendrá que asumirla con su peculiar vehículo expresivo, siempre mezquino. El escritor se las tendrá que ver a solas con la palabra; el poeta, que es decir un escritor muy exigente y especial, con la palabra pura. Al poeta sólo le queda la palabra, es su único bien; por consiguiente, tiene que asirse a ella como un desesperado, como un náufrago. Si la palabra le faltara, el mundo dejaría de tener sentido y resonancia, se volvería un inmenso retablo de sombras chinescas.

De aquí que el poeta esté irremediablemente unido al idioma, a un idioma, ese en cuya alma late la suya propia, ese con el que nombra, como en el alba de la creación, el mundo, es decir, la criatura. Pero esa unión del poeta con su idioma, esta identificación, que de no existir hace impensable la poesía, no es fácil; más bien es dolorosa, es agónica, aunque también, al realizarse en el poema, jubilosa, feliz.

Cada poeta tiene sus particulares modos de resolverlo, así como cada idioma tiene sus modos particulares de entregarse. A ello hay que sumarle las mutaciones a que una lengua se ve sujeta por razón del espacio y del tiempo: los cambios que sobre cualquier lengua viva producen las transformaciones culturales, incluidas la extensión geográfica de la lengua en cuestión y los cambios históricos.

El castellano ilustra como pocos esto último, por haber tenido ya una evolución de mil años y haberse extendido por una veintena de países que constituyen un verdadero mosaico de pueblos.

Por su estructura, el castellano es bastante flexible y con natural disposición para el ritmo, un ritmo en el que uno puede adivinarle su parentesco con las lenguas clásicas. Fonéticamente es idioma sonoro, cadente, fácil al canto: sin oscuridades vocálicas, sin torpes trabazones consonánticas, enriquecido por el aporte de nuestros pueblos americanos. Sin discusión, un buen cómplice de la poesía.

Merecidamente lo elogia Juana de Ibarbourou, y a él se acerca devotamente, por saber que este idioma, en el cual es concebida su palabra poética, le pertenece de manera cordial en la tradición que hereda y en las vivencias que goza o padece; y en el cual cree ver el poder del fuego, que esplende y abrasa, y la viveza del agua, que salta y consuela:

Lengua de toda mi raza,

Habla de plata y cristal,

Ardiente como una llama,

Viva cual un manantial.


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