Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Guitarra, Díaz, Yepes, Música

Pavana para dos guitarristas difuntos

Alirio Díaz, el mejor concertista de guitarra venezolano falleció el martes 5 de julio. Este texto lo recuerda, así como a Narciso Yepes, un célebre intérprete español muerto varios años antes

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Hace años, más de los que quisiera y menos de los que puedo recordar, contemplé admirado en el cine-club de la Universidad de La Habana una película hermosa y brutal: durante la II Guerra Mundial y en la campiña francesa, el amor y la amistad florecía entre dos niños —ella huérfana y abandonada y él campesino y pobre—, que jugaban a la muerte y se dedicaban obsesivamente a fabricar cruces para enterrar a sus mascotas infantiles.

En medio de las imágenes en blanco y negro, que mostraban impúdicas la desolación de la guerra y la brutalidad campesina, una guitarra trazaba el contrapunto lírico de una melodía anónima que a partir de entonces ganó un nombre, un autor y un intérprete: Narciso Yepes.

Esa melodía, conocida a partir de entonces como Juegos Prohibidos, por la película homónima de René Clément realizada en 1952 y ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes, dio fama mundial a Yepes y trajo popularidad a su guitarra. Pero ya antes el intérprete era considerado un maestro de primer orden, desde su primera ejecución en 1947 del Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo, dirigido por Ataúlfo Argenta.

Aunque mi admiración por Yepes —falleció el 3 de mayo de 1997 en Murcia, tras siete años de sufrir con modestia y esperanza un cáncer linfático— no se debe a sus ejecuciones de la música española o a esa pequeña obra maestra conocida en todo el mundo, sino a sus interpretaciones de música barroca y renacentista.

Años después de haber visto por primera vez Juegos Prohibidos, cuando trabajaba en la Dirección de Música del Ministerio de Cultura y tenía entre mis compañeros al mejor guitarrista cubano, Leo Brouwer, un día me atreví a expresar mi admiración por Yepes. Leo me dijo entonces —lo recordé luego, lo recuerdo ahora, quiero recordar que así fue—: “Narciso Yepes es uno de los mejores guitarristas del mundo”.

Luego, en el exilio, acompañado siempre de una buena colección de interpretaciones de Andrés Segovia —después también de admirar sus guitarras como objetos de culto en el Museo Metropolitano de Nueva York—, me acostumbré a la impresionante brillantez de Julian Bream (en laúd y en guitarra, en música española e inglesa); al fraseo de uno de los mejores discípulos de Segovia, John Williams; a la técnica impecable de Christopher Parkening; a la maestría de Alirio Díaz: al genio único de Charlie Christian (revivido, siempre presente, en un puñado de grabaciones que disfruto y disfruto desde Cuba); y al sonido brasileño y sensual de Laurindo Almeida. Pero por encima de ellos —por encima aún de Segovia—, Yepes continuó siendo para mí el guitarrista barroco por excelencia, con esa guitarra de 10 cuerdas que él mismo inventó en 1964 y con la que realizó todas sus interpretaciones a partir de entonces, y que le permitía tocar obras barrocas y renacentistas sin necesidad previa de transcripción.

Ahora, esta semana, llegó la noticia de la muerte de Alirio Díaz en Roma, y me he puesto a pensar cuánto he dejado de escucharlo en estos años y si he cometido una injusticia, por mi obsesión musical por Yepes, con el guitarrista venezolano.

Alirio Díaz

¿Por qué mi injusticia con Alirio Díaz? Quizá porque siempre lo asocié más a la música latinoamericana, con valses nobles venezolanos y vibrantes fandangos españoles. Craso error. Repasar hoy las interpretaciones de Díaz —disponibles en YouTube— es un descubrimiento feliz y tardío.

Lo primero que impresiona en Díaz es la limpieza de la ejecución, el rehuir siempre adornos innecesarios para extraer la música extremada (El aire se serena/y viste de hermosura y luz no usada,/Salinas, cuando suena/la música extremada/por vuestra sabia mano gobernada, dice Fray Luis de León, dixit Guillermo Cabrera Infante).

Una buena referencia por oír a un guitarrista es escucharlo en El concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo, una pieza franca y falsa, que engaña por su melodía sencilla —me atrevería a decir pegajosa a veces— y su desarrollo simple —predecible—, donde la ornamentación crece de forma pausada.

Lo difícil para el concertista en el Concierto de Aranjuez es limitarse a la exactitud: que esa tensión constante entre la orquesta y la guitarra no desborde nunca, hasta diluirse en un arpegio tranquilo que sorprende por su nimiedad; infundir por momentos vigor, melancolía y alivio. No por gusto dijo Miles Davis —quien no era guitarrista, pero que siempre sonó su trompeta con más música de la que era capaz de brindar su instrumento—, al referirse al Concierto, que “esa melodía es tan fuerte que cuanto más suave se toque, más fuerte se vuelve, y cuanto más fuerte se toque, más débil se torna”. De esa forma, precisada por Davis, toca Díaz el Concierto de Aranjuez.

Alirio Díaz, quien falleció a los 92 años, realizó los más diversos oficios alejados de la guitarra —de corrector de pruebas en periódicos hasta saxofonista de banda— antes de viajar a Italia, con una beca del Estado venezolano, y convertirse en el discípulo predilecto de Segovia. Escribió libros sobre la música en Venezuela y una autobiografía. Desde 1974 hay en Venezuela un destacado concurso internacional de guitarra que lleva su nombre. Recorrió cinco continentes y tocó con orquestas bajo la dirección de famosos directores, desde Leopold Stokowski hasta Sergiu Celibidache (hay un vídeo en YouTube de él con Celibidache —uno de los mejores directores del mundo— y la Orquesta Sinfónica de Venezuela durante el ensayo del Concierto para guitarra No.1 de Mario Castelnuovo-Tedesco. El sonido no es bueno y quizá me equivoque, pero me pareció escuchar a Celibidache hablar español).

En el concierto de Castelnuovo-Tedesco —el compositor italojudío que Mussolini prohibió con furia y Hollywood recibió con entusiasmo— vuelve a brillar la sencillez de Díaz. La partitura de esa obra, de un neoclasicismo típico de un discípulo de Pizzetti —que por otra parte ayuda a comprender la acogida brindada al compositor en Beverly Hills—, parece escrita para el guitarrista venezolano.

La versión de Alirio Díaz de Juegos Prohibidos no supera a la original de Yepes, algo recuerda demasiado a Latinoamérica en ella, al alma llanera, casi se espera escuchar al tambor detrás. No importa. Ambos intérpretes fueron grandes en lo que mejor sabían hacer y en su momento.

Narciso Yepes

Narciso García Yepes nació cerca de Lorca, Murcia, el 14 de noviembre de 1927. Hijo de campesinos —comparte un origen humilde con Díaz—, a los 4 años su padre le regaló una guitarra de juguete comprada en una feria. Comenzó entonces su educación musical. Montado en un burro el niño recorría siete kilómetros todos los días para asistir a la academia musical de Lorca. En 1940 su familia se trasladó a Valencia y allí ingresó al conservatorio, a los 13 años.

En Valencia, la influencia más decisiva que recibió fue la de Vicente Asencio. El pianista no solo le animó a estudiar a fondo las posibilidades de la guitarra sino que le incitaba a tocar juntos. Yepes comprendió que era incapaz de seguir en la guitarra las ejecuciones de Asencio al piano, y entonces dedicó sus noches a acompañar a los cantaores flamencos en los cafés, para adquirir técnica y velocidad en los dedos.

Llegó a Madrid en 1946, llamado por Argenta, que condujo su primera actuación en la capital, en que Yepes realizó la mencionada interpretación del Concierto de Aranjuez, obra que grabaría por primera vez en 1955.

Después se trasladó a París, donde estudió y trabajó con varios compositores y maestros famosos, entre ellos (¿cómo iba a faltar ella?) con Nadia Boulanger.

Hombre de profundas creencias religiosas, Yepes luchó contra el cáncer con la misma paciencia y obstinación del ejecutante infatigable y el artista que recorría el mundo, temporada tras temporada. Alternaba sus estancias en el hospital con visitas al convento cisterciense de Buenafuente del Sistar, en Guadalajara, y temporadas en la costa alicantina. El año de su fallecimiento tenía la esperanza de realizar en octubre una gira de conciertos por Japón, y esperaba con ilusión la aparición de una edición completa de su obra en discos compactos.

En sus últimos años, desde que tuvo conocimiento de su mal, se vio obligado a reducir sus presentaciones, pero nunca dejó de tocar, limitando su padecimiento a la esfera familiar y presentándose ante el público cada vez que le era posible. Su último concierto lo realizó el 1 de marzo de 1996, en los festivales de Santander.

En un país con una larga tradición de música e intérpretes de la guitarra, Yepes brilló y perdura con luz propia. Antes del revival de la música medieval, renacentista y barroca producido en las décadas de 1970 y 1980, que significó una vuelta a la fidelidad de los textos originales y a los instrumentos de época —lo que ha servido para escuchar tantas versiones leales, pero que también ha traído cierto aire escolástico a la ejecución y a veces un palpable olor de instrumento enmohecido tras el brillante disco compacto—, Yepes ya llevaba años recorriendo el mundo con sus interpretaciones, en que una asombrosa digitación y vitalidad imponían nueva vigencia a partituras desempolvadas.

Como ocurrió primero con Yepes, ahora a Díaz le llegó el momento de rendirle cuentas a Vivaldi, o de escuchar una frase celestial de agradecimiento. Por un segundo, en medio de mi ateísmo, quiero pensar que así es.


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