Actualizado: 20/06/2018 16:26
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Personajes, Literatura, Escritores

Personajes que eclipsan a sus creadores

¿Quién es el autor de Peter Pan, ese niño que nunca crece y que incluso ha dado nombre a un síndrome psiquiátrico?

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“No hay nada más engañoso que un hecho evidente”
Sherlock Holmes

Hablando de creadores

The Lost World; Sir Nigel; The Refugees; A Duet; The Mystery of Cloomber y The Great Boer War, son seis de los 56 libros de ficción, ciencia, crónicas de viajes, relatos históricos, política, crítica literaria, periodismo militar, estudios sobre fenómenos paranormales, obras de teatro, criminología, poesía e incluso una autobiografía que escribió el autor y médico inglés Arthur Ignatius Conan Doyle (1859-1930).

Todas esas crónicas y libros, muy bien escritos, por cierto, tienen una sorprendente característica en común: exceptuando algún investigador académico o especialista. Prácticamente nadie los lee hoy.

Ah, pero si en lugar de esos serios y bien pensados volúmenes hablamos de unas obras que él mismo denominaba menores: «No era mi intención hacer una obra mayor y ninguna historia de detectives podrá serlo nunca; todo lo relacionado con temas criminales no es más que una forma barata de despertar el interés del lector», que con esas amargas palabras lo dijo, entonces la cosa cambia, y por supuesto, nos estamos refiriendo a los cuentos y novelas de Sherlock Holmes, ese detective que millones de personas están absolutamente seguras de que existió, es más, que vivió en el 221 B de Baker Street, en Londres, lugar donde existe hasta un museo.

Por una parte Conan Doyle disfrutó en vida la relativa fama y el abundante dinero que las aventuras del sagaz detective que había creado le trajeron, pero por la otra nunca pudo aceptar del todo que ese hombre de costumbres extrañas, una pipa curva siempre en la boca y una rara gorra en la cabeza, el señor Sherlock Holmes (y el médico Watson, no lo olvidemos), le robara la gloria y opacara casi completamente su extensa y sesuda obra. Digámoslo de esta forma: si alguien se acuerda hoy de Conan Doyle, es por Holmes, y no al revés, lo que debe resultar bastante triste para el ego de un hombre de carne y hueso.

Pero la frustración del doctor Arthur Conan Doyle con su eclipse personal ante el engendro que él mismo había creado no es, ni mucho menos, el único caso en la historia de la literatura y las artes. Viajemos un poco arbitrariamente del pasado hacia el presente para encontrarnos con algunos casos semejantes.

Las Mil y Una Noches(Alf layla wa-layla, en árabe) es una recopilación de cuentos medievales persas que tiene por personaje cohesionador a la esclava Scheherezade. Se ha postulado que el primer compilador fue el poeta del siglo IX Abu Abd-Allah Muhammad el-Gashigar, pero no hay un acuerdo definitivo en cuánto a esto. Sea o no este señor de nombre tan extraño el autor de ese libro inolvidable —probablemente sean muchos y de diferentes épocas los compiladores— ¿supera en fama a Simbad el Marino, Ali BaBáy sus Cuarenta Ladrones o Aladino y su Lámpara Maravillosa? Ni en sueños.

Celestina ha quedado como sinónimo de alcahueta. Una componedora de relaciones sexuales y de pareja es una celestina, así con minúscula, pero Celestina no es más que un personaje secundario de una obra que ni tan siquiera se llama así. La novela en la que aparece Celestina como personaje se titula en realidad La Tragicomedia de Calisto y Melibea y es atribuida a un jurista toledano llamado Fernando de Rojas (aprox. 1474-1541).

Pero… ¿quién se acuerda del señor Rojas, al que incluso algunos estudiosos de la literatura hispana antigua le han disputado la paternidad de la propia obra?

Aunque Miguel de Cervantes y Saavedra (1547-1616) es un escritor extraordinario y archiconocido, y no solo en el mundo de las letras españolas sino en el mundo entero, Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza, personajes de su creación, pujan por arrancarle la primacía del reconocimiento público. Y me atrevería a decir que con cierto éxito. El propio William Shakespeare (1564-1616), considerado por todos, prácticamente sin excepciones, la cumbre del teatro y las letras inglesas, tiene que batirse por la supremacía del nombre con Hamlet, Otelo, Macbeth y sobre todo con los eternos enamorados Romeo y Julieta.

Incluso localidades, pueblos, lugares, pueden disputarle el renombre a un escritor prolífico y de primer orden. Me consta que Fuenteovejuna, todos a una se menciona a veces en diversas ocasiones sin recordar a su autor, el madrileño Félix Lope de Vega y Carpio (1562-1635). Y este pudiera ser el caso también de la extraordinaria novela La Isla del Tesoro, del escocés Robert Louis Balfour Stevenson (1850-1894), autor también de otro bestseller que perfectamente puede haberlo rebasado como nombre paradigmático, The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde.

¿Quién es más conocido para nosotros, Robinson Crusoe?, un personaje de novela, aunque algunos lo crean real, o el inglés Daniel Defoe (1660-1731), su autor. Vivir como Robinson Crusoe es sinónimo de vivir aislado, solitario; vivir como Defoe es sinónimo de…, bueno, quizás de escribir.

El dramaturgo y poeta español José Zorrilla y Moral (1817-1893) fue el autor de la obra Don Juan Tenorio. Le pregunto, querido lector, ¿cuál de los dos, es más conocido? Un Don Juan es un tenorio, y viceversa, ¿pero entra Zorrilla en ese binomio? El colmo de ser devorado por los personajes es la obra española El Lazarillo de Tormes, a la que no se le conoce autor. Con el Rey Arturo y los Caballeros de la Tabla Redonda ocurre algo parecido; diversos autores, comenzando por el monje británico Godofredo de Monmouth (aprox. 1100-1155) y siguiendo con el francés Chrétien de Troyes (aprox. 1150-1183) y muchos otros ayudaron a conformar su leyenda, pero lo cierto es que para casi todos nosotros el monarca de Camelot y sus valientes caballeros son una antigua y persistente realidad (Hasta los Kennedy querían parecerse a ellos) y sus autores unos perfectos desconocidos.

El mulato francés Dumas Davy de la Pailleterie (1802-1870), mundialmente conocido como Alejandro Dumas, dio a luz al Conde de Montecristo y a Los Tres Mosqueteros. En su momento el propio escritor fue extraordinariamente famoso, pero hoy en día muchos hablan del inmensamente rico (y vengativo) Conde y de Athos, Porthos, Aramis y D’Artagnan sin casi reconocer a su autor.

Si mencionamos el poema narrativo «El Gaucho Martín Fierro» todos lo asociamos inmediatamente con la Argentina. De hecho, muchos lo consideran el libro nacional de los argentinos, pero cuántos, fuera de ese país, conocen a su autor, José Rafael Hernández y Pueyrredón (1834-1886). En el caso de Facundo o Civilización y Barbarie, de Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) si se suele asociar el personaje con su autor. ¿Será porque Sarmiento fue presidente?

Moby-Dick es Moby-Dick, la gran ballena asesina, el inmenso cachalote blanco, la representación del mal, la bestia a derrotar; su autor es el escritor norteamericano Herman Melville (1819-1891), muy conocido y leído, de eso no hay dudas, ¿pero tanto como Moby Dick?

Conversemos un poco ahora sobre ese género llamado literatura infantil (que no siempre lo es tanto). ¿Quién es el autor de Peter Pan, ese niño que nunca crece y que incluso ha dado nombre a un síndrome psiquiátrico? Pues el escocés James Matthew Barrie (1860-1937) ¿Lo sabía? Cuando usted, querido lector, le llama pinocho a un mentiroso lo está haciendo por el muñeco protagonista de Las Aventuras de Pinocho, al que le crecía la nariz más y más cuando mentía. Eso lo sabemos todos, pero no es habitual recordar al florentino Carlo Lorenzini, más conocido como Carlo Collodi (1826-1890), un autor de panfletos que escribió estos cuentos para un periódico de adultos. Si decimos Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898) nadie lo reconoce, si le citamos por el seudónimo literario que utilizaba: Lewis Carrol la cosa cambia, pero de una u otra forma el personaje de Alicia en el País de las Maravillas, que el inventó, sigue siendo mucho más conocido que el matemático, fotógrafo y diácono anglicano Dodgson, perdón, Carrol.

El funcionario gubernamental francés Charles Perrault (1628-1703) no nos es desconocido, pero no puede compararse con El Gato con Botas, Pulgarcito, Barba Azul, La Cenicienta, Caperucita Roja (y el Lobo Feroz) y La Bella Durmiente. El danés Hans Christian Andersen (1805-1875) nos es más cercano, pero cuando decimos que El Rey está desnudo o que alguien es un Patito Feo no siempre lo asociamos a él. El Principito y el aviador francés Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944) juegan mejor en nuestra imaginación, pero de cierta forma el pequeño y sabio niño vuela solo y muy lejos.

Joanne Rowling (1965) utiliza los seudónimos de J. K. Rowling y Robert Galbraith. Quizás es un poco pronto para hablar de ella como escritora, pero de lo que no hay dudas es que su personaje, el joven mago Harry Potter se ha convertido en uno de los seres de ficción más influyentes del mundo actual. Y no solo Harry, Hermione Granger, Ron Weasley, Albus Dumbledore y una veintena más de personajes de la saga son tan o más famosos que millones de personas de carne y hueso.

No voy a entrar, por razones de espacio, en los personajes de comics y libros y películas de superhéroes: Superman, Batman y Robin, Spiderman, Hulk, Wolverine, Tarzán, Betty Boop, Porky Pig y decenas y decenas más que tienen, por supuesto, autores. Autores que en su gran mayoría son completamente desconocidos para el público en general.

Pero no nos compliquemos con esos personajes tan abundantes y regresemos brevemente a la literatura más “seria”.

La británica Mary Shelley (1797-1851) escribió, impulsada por el mal tiempo y el poeta Lord Byron, lo que ella pensó sería un cuento corto y sin mucha trascendencia. Esa idea se convirtió en Frankenstein o el Moderno Prometeo, un libro, y un personaje, que sigue manteniendo toda su fuerza y toda su fama 160 años después. De la Shelley, pues de la Shelley no ha quedado mucho más.

En el terreno de los personajes desagradables y mal encarados tenemos también el caso del criminal Hannibal Lecter. ¿Quién no recuerda la cinta del director Jonathan Demme The Silence of the Lambs en la que el actor Anthony Hopkins interpreta magistralmente al genial psiquiatra y caníbal Lecter? Pero Hannibal Lecter es el personaje de ficción (por suerte) de tres novelas del escritor norteamericano Thomas Harris (1940). ¿Lo sabía?

Scarlett O’Hara y Rhett Butler son dos mitos. Comenzaron en una novela y terminaron en una película que es un clásico de clásicos, Lo que el Viento se Llevó(“Gone with the Wind”). Pero ambos, y muchos personajes más dentro del libro, fueron creados por una mujercita de armas tomar que por falta de recursos tuvo que trabajar en un periódico por un salario de miseria, la norteamericana Margaret Mitchell (1900-1949). Aunque pudo llegar a vivir su éxito no lo disfrutó por mucho tiempo. Un taxi la mató una noche en una calle de la ciudad que tanto amaba, y de la que odiaba salir, Atlanta.

La novela (y la película de Stanley Kubrick) Lolita es un clásico. Para muchos una de las mejores obras literarias del siglo XX. La desbocada y manipuladora preadolescente (12 años) y el obseso sexual Humbert son creaciones de un gran escritor, el ruso nacionalizado norteamericano Vladimir Vladimirovich Nabokov (1899-1977). Nadie duda de que Nabokov, autor de otras obras maestras como Ada o el Ardor y Pálido Fuego es un escritor sumamente conocido. De hecho, fue uno de esos literatos que murieron esperando un Nobel que nunca llegó. Pero tenemos la impresión de que su malcriada y pérfida Lolita lo ha superado con creces en el inestable mundo de la fama. ¿Está usted de acuerdo?

Si queremos poner un ejemplo de un verdadero paradigma de nuestro tiempo podemos recurrir a James Bond, el agente 007. Novelas (12), libros de cuentos (4), comics (por lo menos cuatro), películas (24 hasta ahora pero ya se anuncia la próxima), juegos de rol y videojuegos, bandas sonoras y canciones, posters, camisetas. Pero todo eso no viene de la nada, no, semejante personaje viene de la mente de un agente de inteligencia británico y periodista a ratos llamado Ian Lancaster Fleming (1908-1964). Cuando Fleming murió de un infarto fulminante a los 56 años de edad no podía ni imaginar que su personaje, hasta cierto punto inspirado en él mismo, lo rebasaría de una manera tan abrumadora.

Podríamos continuar, los ejemplos se sobran, pero ya es tiempo de terminar. Pienso que la gloria personal es linda, pero es probable que crear un personaje inolvidable que encarne en el corazón del público por generaciones es más bello aún.

Sí, es probable.


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