Actualizado: 26/10/2021 10:28
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Poesía para comenzar el año

Obra del fugitivo, de Reinaldo García Ramos y publicado por Ediciones Vitruvio.

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Por muchos meses ha estado este libro —con el que Reinaldo García Ramos ganó el XI Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza 2006— sobre mi escritorio, tal vez como reproche a mi propia desidia (que ha logrado aplazar tanto tiempo estas palabras luego del entusiasmo que me produjo su primera lectura), tal vez como desafío (de obra que, pese a su aparente sencillez, no se entrega fácilmente al ejercicio de cualquier hermenéutica).Visto así, el libro se presenta retador como un ostra cerrada que nos dificultara el camino a su degustación.

Y, no obstante, Obra del fugitivo no es un poemario que se proponga ser deliberadamente hermético; antes bien, se vale de un lenguaje sencillo, coloquial por momentos, con breves giros narrativos que, sin menoscabo alguno de la poesía, recuerdan, por ejemplo, a Kavafis ("Por eso los astrónomos afirman… En esas ocasiones, afirman con esmero / los sutiles sabios"), reiteraciones que le sirven de pie a la descripción de un fenómeno del macrocosmos que es imagen especular (uno lo sabe) de la intimidad del que escribe en ese hermoso poema ("El resplandor") con que se abre la primera parte.

Resplandor es acaso una de las claves para acercarse a esta colección de poemas, formalmente bruñida, en que el lenguaje se presta a articular y colocar las emociones y las reflexiones que suscita una deslumbrante invención. Este último término es otra de las claves, de ahí que también lo subraye, para entender —más como inmersión de los sentidos que como actividad cognoscitiva— el evento poético que se presenta casi como una secuencia narrativa en el espacio psíquico donde el poeta ejerce un indiscutible señorío: la palabra está ahí para expresar con precisión lo que él quiere (al extremo que esa adecuación, que es sólo instrumento de su decir, adquiere, por su discreta perfección, un timbre insoslayable que lo lleva a uno a pensar en "madurez" y también en "maestría" para definir un texto que se destaca por la sola razón de ser como es, sin proponérselo).

El poeta nos cuenta, de muchas maneras y a lo largo de todo el libro, que ha sido objeto de una espléndida visitación, que a veces tiene la apariencia de un semejante ( doncel de luz la llama en "La ciudad perdida") que luego se torna un ángel raro, innecesario, espléndido ("La última máscara") que lo deslumbra y lo enaltece ( un lívido consuelo /que en su medida extraña / me despoja del miedo y su desorden, "La última máscara") para dejarle luego una nostálgica memoria de su tránsito ( El aire tuyo ahora está vacío, "El monólogo"). A eso se reduce, si nos viéramos forzados a decirlo en unas líneas, el argumento de este poemario; salvo que la visitación no ocurre más allá del ámbito mental de quien la percibe, con su benéfico influjo, o de quien la padece "cuando el ángel se enoje [y] me arrebate por fin la máscara ilusoria", como nos dice casi al final de "La última máscara", y la exaltada visión dé paso a la soledad.

No es difícil, pues, leer Obra del fugitivo como una secuencia que va del encuentro al abandono, de la exaltación a la humillación, de la comunión a la soledad, sin que esta trayectoria tenga que explicarse o justificarte en "hechos" que se produzcan al margen del acontecimiento poético o que precisen de alguna "verdad" realista en qué sustentarse. "¿Pero a quién le importa ahora la verdad?", dice García Ramos, adelantándose quizá a la indagación gratuita y ridícula de los que puedan andar en busca de esas muletas; para responderse a continuación: "Eres y serás lo que recuerdas, / lo que una vez llegaste a imaginar" ("La quietud") y "todo estará ocurriendo en tu silencio" ("El silencio").

No obstante, esa secuencia, por imaginaria que pueda ser, es portadora de una aventura o peripecia que incluye lo que podría definirse como paisaje, ambiente o escenario y que yo preferiría llamar "naturaleza" en sus varios sentidos, pero no como entorno o trasfondo del discurso poético, sino como parte activa y constitutiva de él, como un protagonista indistinguible de las dramatis personæ. En "La última máscara" el autor hace obvia esta identificación:

"la violencia del sol, / la vastedad de la playa nocturna / y el esplendor sagrado del oleaje, / el turbio reclamo de la luna perfecta, / el grito rojizo de las nubes, / el aire cargado del salitre del mundo, / en que mi propio rostro se transforma" (el subrayado es mío).

Esa naturaleza, por otra parte, es inseparable de las palabras con que el autor ha elegido expresarla, haciendo superflua cualquier distinción tradicional entre forma y fondo: el texto no es simple vestidura, sino, como uno esperaría siempre de un gran poeta —y García Ramos ya ha demostrado antes que lo es—, elemento esencial e inextricable de lo que se nos dice con meticulosa perfección. La presencia de esta cualidad obliga a pensar en la necesariedad de la poesía, es decir, en saber que no existe ningún otro medio, y específicamente ningún otro medio verbal, para comunicar lo que el autor intenta transmitirnos.

Finalmente, si de algo convence este libro a quien lo lee es de que su autor —pese a todos los conflictos, tensiones, arrobos y hundimientos emocionales que en él se expresan— ha alcanzado una sabia serenidad que le asiste mientras nos da cuenta de su cosmovisión, inseparable por demás del dominio de su vehículo expresivo: una poesía sustantiva, donde nada parece faltar ni sobrar y que entabla una entusiasta complicidad con quien la lee y a quien el autor bien que puede decirle:

"Este concierto es tuyo, está en tu alma; / la melodía ha nacido hace poco de ti. / El universo la ha aceptado y la ejecuta / para ti solamente".


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