Actualizado: 29/06/2022 10:50
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Con ojos de lector

Polemiza, que algo queda (X)

La exclusión de los escritores cubanos del exilio de los congresos de literatura fue el asunto sobre el cual Octavio Armand, Julio Ortega y Ángel Rama polemizaron en 1980.

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En el número correspondiente a abril-junio de 1980, la revista escandalar publicó un texto de su director, el poeta Octavio Armand, titulado Minicurso para borrar al escritor cubano del exilio. En una nota que lo precedía, su autor explicaba que en un número anterior de esa misma revista había aparecido un trabajo "sobre la literatura latinoamericana del exilio del amigo y colaborador Julio Ortega, que soslayaba el caso cubano". Y también que en México se había publicado un ensayo del uruguayo Ángel Rama, La riesgosa navegación del escritor latinoamericano del exilio, que a juicio de Armand "rigurosamente escamoteaba la trágica realidad de la diáspora".

Considera Armand que esos trabajos, a los cuales se pueden sumar otros, son "idénticos no por lo que dicen sino por lo que no dicen, lo que no quieren decir o no se atreven a decir". Eso lo llevó a aceptar la invitación para participar en la reunión del PEN Center de Nueva York, celebrado en febrero de ese año, donde leyó las palabras reproducidas en escandalar. Comienzan éstas así: "¿Estoy aquí? ¿Estoy aquí? En más de una ocasión me he oído haciendo esta pregunta". Y aclara luego: "No se trata de una ausencia sino de un borrón: me borran, me borro, y permanezco como algo latente en un lugar que nunca dejo de ocupar".

Más adelante vuelve sobre esa idea, y escribe: "¿Estoy aquí? ¿Todavía? Entonces sigo. Ahora llego quizás a lo más hiriente para un escritor cubano al hablar del exilio. Porque yo no he sido víctima solamente de dos exilios [se refiere Armand a que su familia se vio obligada antes a salir de Cuba a causa de la dictadura de Batista] sino de un exilio doble. Me explico. Un escritor cubano no es únicamente exilado de su país sino que es también exilado del exilio latinoamericano. Está fuera de Cuba y fuera del exilio. No tiene derecho a su historia pero tampoco a una historia del exilio. Él debe ser un fantasma entre fantasmas con vocación de estatua". Y concluye que "el exilio así se ha ido convirtiendo en club exclusivo, fiesta innombrable".

Armand comenta que cuando no se puede escamotear la historia ni evitar la participación de cubanos exiliados en congresos sobre el exilio latinoamericano, se recurre a la invitación también de "algunos funcionarios del castrismo, para así lograr una presentación objetiva, equilibrada". Para él, se trata de una ofensa: "Me parecería ofensivo que un chileno tuviera que compartir el escaso hueco del exilio con funcionarios de Pinochet; resulta ofensivo también que un cubano tenga que compartir el escaso hueco de su exilio con agentes castristas". Como última carta, prosigue Armand, se suele jugar la de que, si no es posible controlar la lista de invitados, ni que el cubano del exilio sea dócil y se muestre "arrepentido de estar y no estar entre estatuas de mármol", se amenaza entonces con escándalo o boicoteo si se invita a X o si Y hace declaraciones políticas.

En el siguiente número, escandalar publicó las respuestas de Ortega y Rama. El primero se limita a exponer brevemente que en el caso de su trabajo, más que soslayar el caso cubano, es "más justo decir que no se ocupaba de él: se ocupaba de la literatura del exilio latinoamericano que elaboraba lo que yo llamaba allí 'el discurso de la derrota'". Ortega se considera "uno de los críticos latinoamericanos que en libros, antologías, simposios y cursos algo ha hecho para que algunos escritores cubanos exiliados sean mejor leídos". Y aunque admite que no comparte todas las opiniones políticas de Armand, sí está de acuerdo con su planteamiento básico de "empezar en serio una discusión no meramente polémica sobre el fenómeno del exilio cubano, que para mí tiene distintos, y contradictorios, modulaciones y capítulos". Una discusión, termina Ortega, que le parece pertinente y, eso confía, esclarecedora.

Algunas apacibles reflexiones

Mucho más extensa es la respuesta de Rama, a quien "el apreciable margen de verdad" que hay en las palabras de Armand, "por lo demás inflamadas por adjetivos", lo incita a expresar "algunas apacibles reflexiones" sobre el asunto que realmente le interesa. Se refiere, en primer término, a la vastedad y complejidad del problema del exilio: "No hay ya ensayo y probablemente ni siquiera libro capaz de abarcar la magnitud del fenómeno". Opina que para establecer el perfil definidor del exilio, Armand "recurre a las definiciones más generales, y por ser tales dicen verdades irrefutables y al mismo tiempo no dicen nada". Y escribe que "conviene no olvidar que dados los vaivenes de la vida pública latinoamericana es harto frecuente que quienes destierran concluyan siendo desterrados y que quienes se lamentan del destierro a que han sido sometidos conquisten a veces el poder para ser desterradores".

Se refiere después a las distintas orientaciones ideológicas existentes en el exilio cubano: "Así, el grupo de jóvenes intelectuales antillanos que aseguran la aparición de la revista Areíto en New York, no parecen coincidir con la posición de Armand, y tampoco veo uniformidad en las actitudes políticas de los intelectuales cubanos de reciente exilio, como son Heberto Padilla, Reinaldo Arenas y Edmundo Desnoes". Y prosigue: "Cuando Armand asume el papel de portavoz de un exilio cubano homogéneo, con capacidad para reprochar a los sureños su desatención, creo que extrapola ilegítimamente su particular y restricta posición o la de los que pertenecen a su consanguinidad política, presentando a todos los cubanos como un bloque afín de pensamiento, cosa que está lejos de ser cierta".

A una afirmación de Armand ("No me seduce el fascismo de izquierda ni el fascismo de derecha. Me repugna Pinochet tanto como Castro y Castro tanto como Pinochet"), Rama contesta que es difícil que convenza a los exiliados chilenos de que Pinochet es lo mismo que Castro. Opina que tal razonamiento se sostiene sobre el uso de un solo elemento generalizador, el autoritarismo, sin atender a diferencias demasiado flagrantes para ser ignoradas. "¿O acaso cree Armand que Pinochet ha destruido la clase superior y ha establecido normas igualitarias para el consumo, la educación, la salud, una economía estatal y una burocracia política?". Impugna asimismo la identificación con Hitler y Stalin, que "en el fondo no hace sino seguir sumisamente otra perniciosa tendencia ampliamente generalizada dentro de la izquierda latinoamericana, según la cual sólo se puede ver nuestra realidad interna mediante patrones europeos".

Por último, Rama considera inaceptable que Armand "pase por alto la existencia del imperialismo y sus exacciones porque tal silencio sobre hechos tan documentados por tribunales norteamericanos como la intervención de los servicios de inteligencia norteamericanos en la desestabilización del régimen de Allende en Chile, no permite reconstruir la totalidad del campo de fuerzas en América Latina y así impedir que se lo reduzca a la simplista dicotomía 'democracia-autoritarismo' al parecer inspirada por la concepción reductivista de los derechos humanos que ha puesto en circulación la administración de Carter". Y cierra su idea expresando: "El panorama latinoamericano es bastante más complejo que las reducciones interesadas con que se procura interpretarlo".

Un riesgo que tendrá que ser asumido

Por su parte, en ¿Borrón y cuenta nueva? Armand expresa que en las respuestas de Ortega y Rama "hay un reconocimiento explícito de que la exclusión del exilio cubano era —y es, pues el oficio de hacer borrones seguirá siendo ejercido por algunos— un hecho innegable y deplorable". A propósito del texto de Ortega, cita su alusión a esa forma de guerra civil que se conoce como "sordo exterminio del pensamiento progresista, de izquierda y liberal, en el Cono Sur de América Latina", ejemplificado con la destrucción del gobierno de Allende. Y pregunta al crítico y ensayista peruano: "¿Es que no sabe Julio Ortega que en Cuba también, que quizá sobre todo en Cuba, ha habido un sordo exterminio del pensamiento progresista, de izquierda y liberal?". Y señala que "el riesgo para los intelectuales latinoamericanos de colocar a Fidel Castro en la compañía de Pinochet, Videla, Stroessner, Duvalier, etc. —todos tan diferentes, lo sé, y todos tan parecidos, ¿no lo saben?— tendrá que ser asumido".

En cuanto a Rama, Armand responde que no se proponía, como le critica éste, hacer ni una definición del exilio, ni un catálogo de los diversos exilios. "Me proponía concreta y específicamente señalar que en las definiciones y catálogos que se nos estaba imponiendo había una sistemática exclusión del exilio cubano, que los invalidaba". A lo cual agrega: "Al achacarme a mí aquello que yo impugnaba, al reducir a generalizaciones mi ponencia, desatendiendo cuando conviene su concreto y específico propósito y los concretos y específicos ejemplos y asuntos que en ella planteaba, Ángel Rama parece querer eximirse de la necesidad de responder precisamente a lo específico, que era lo que nos tocaba discutir".

Niega el querer asumir el papel de portavoz de un exilio cubano homogéneo: "Hablé, y hablo, lo repito, en primera persona, desde mi experiencia concreta, no desde una ideología abstracta". Respecto a sus compatriotas del exilio, comenta que tiene contactos con pocos de ellos y de muchos, se siente distanciado. "Pero no me arrogo el derecho de excluir del exilio a quienes no comparten mis convicciones". En cuanto al reproche de excluir a los exiliados haitianos, dominicanos y puertorriqueños, Armand considera ilegítimo interpretar tan mal sus palabras. Eso responde, afirma, a una nueva táctica de Rama: "distanciar a los cubanos de los otros exilados latinoamericanos".

Dice no ser ciego a las diferencias entre Pinochet y Castro, y anota: "¿Se ha cegado Ángel Rama a las semejanzas entre ellos, más importantes para quienes padecen la brutalidad de ambos?". Pregunta al autor de La ciudad letrada si de veras cree que en Cuba hay normas igualitarias para el consumo. Cita asimismo un fragmento de su ponencia donde se refiere a los peligros que para Latinoamérica representan los imperialismos norteamericano y ruso. Y finalmente, pide a Rama que ya sea en Washington, "donde estuvo viviendo", o en Princeton, "donde vivirá próximamente", ojalá no olvide, al hacer sus denuncias y críticas, "a los intelectuales, obreros, campesinos, estudiantes cubanos que en la isla o en el exilio necesitan de conciencias alertas como la suya a la injusticia y el sufrimiento y de tribunas como la suya que puedan y sepan defender derechos pisoteados, borrados".