Actualizado: 15/07/2019 10:30
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«Por un cine estatal»

¿Existe cine cubano antes del 1º de enero de 1959?

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Para los conocedores de la historia del cine cubano, sabrán que con ese título se parafrasea la principal tesis de uno de los mayores censores de la dictadura cinematográfica insular, baluarte de la estética y la ética del realismo socialista, una de esas personas resentidas e intolerantes que auparon a la dictadura desde las artes y los medios de comunicación.

A diferencia de mis amigos liberales, a mí me gustan las categorías. Cierto, las clasificaciones son camisas de fuerza. Enmarcan lo tangible y lo intangible. Impiden comprender fenómenos, esencias, acciones, personalidades, en todas sus complejidades. Ordena. Dibuja la vida en blanco y negro. No hay grises. ¡Se es, o no se es! Se está a favor o en contra. Se impide, de alguna manera la mejor comprensión de las cosas. Pero, por otra parte, categorizar permite establecer las bases de comprensión. La didáctica permite el estudio de los procesos y elementos existentes en la enseñanza y el aprendizaje. Es por tanto la categorización, forma de entregar técnicas y métodos de enseñanza, destinados a plasmar en la realidad, las pautas de teorías e historias. Las escalas responden a momentos históricos y específicos; y suerte de aquellas que pasen “tranquilamente”, el paso del tiempo.

La dictadura comunista intenta atrapar en su maquinaria de propaganda (donde sirven ¿por qué no? buenas y laboriosas personas, de las cuales no referiré nombres), que el cine cubano comenzó con el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC) el 24 de marzo de 1959 y previamente con ese desastre documentalístico y sentimentaloide que se titula El Mégano. Y, que todo lo hecho, histórica, estética, ideológica o geográficamente fuera de él, no es cine cubano.

El mayor mentís a esa tesis oficial, es la vida de Tomas Piard, recientemente fallecido. Un pionero del cine independiente dentro, a quien todos le debemos algo. Desde su inxilio intelectual, hasta ese coraje que lo llevó a presentar a pesar de los burócratas una película independiente en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. ¿Alguien recuerda Ecos, su Opera Prima (¿?), muda, en blanco y negro, y actuada por un joven Cesar Évora? Ese solo acto de valor personal, intelectual y artístico. Ese grito de rebeldía en los lejanos años ochenta, tan añorados por algunos ahora, es la reafirmación de la tesis: hay cine independiente en Cuba, fuera del ICAIC, desde siempre.

Otro tema de los comisarios culturales a desmontar, sería el del sacrosanto espacio creado por los creadores independientes en el exilio. ¿De cuál película hablamos? Vamos a ver… Son tantas, que no vale la pena olvidar alguna pues sería injusticia. Solo pondré dos ejemplos El Súper (1979) y Conducta Impropia (1983), de entre varias decenas. En ambas, está la firma de Orlando Jiménez Leal. ¿O de cuales actores triunfadores en Hollywood…? Eva Méndez, Cameron Díaz, Andy García.

Por último/primero, ¿existe cine cubano antes de la dictadura comunista? Pues sí. Desde Simulacro de Incendio (1897), primera filmación en La Habana, y partiendo por ahí un cine marcadamente nacionalista y patriótico, en las primeras dos décadas del siglo XX, animadas por Díaz Quesada con una amplia producción donde está El capitán mambí, La manigua o La mujer cubana, El rescate de Sanguily. De estas obras solo se conserva el corto documental El parque de Palatino. Ramón Peón, realizó el memorable La virgen de la Caridad (1930), considerada por historiadores, como uno de los filmes latinoamericanos más importantes de este periodo. Hasta ¿por qué no? la simpática, Siete muertes a plazo fijo.

Las tres bestias negras.

Las dictaduras, en sus sistemas de propaganda se reafirman negando lo que las precede, o no sea ella misma. Eso justifica su entronización. El cine cubano dentro de la dictadura, sería otro sin sus tres bestias negras. Sus cancerberos de la ortodoxia. Una de ellas con talento artístico, pero en general marcados los tres por censores, “conspiradores de palacio”, oportunistas.

El primero de ellos es Alfredo Guevara. ¿Qué se puede decir de este tipejo, corrupto, nepótico, con ínfulas, pero sin obra? Fue durante más de 30 años el presidente (mayoral) del Instituto Cubano de Artes e Industria Cinematográficos (ICAIC). Y hasta el final de su vida dirigió con mano de hierro el Festival de Nuevo Cine Latinoamericano. Sobre su papel de Torquemada cinematográfico, más que sus enemigos, habla su libro: Tiempos de fundación (2005). En él, Guevara nos recuerda su papel para destruir a Sabá y Guillermo Cabrera Infante, y a los intelectuales de Lunes de Revolución. Su posición al lado de los inquisidores dentro del ICAIC durante el caso contra de Heberto Padilla, y su ataque a los realizadores de Alicia en el pueblo de maravilla.

De Julio García Espinosa, un burócrata con ínfulas de creador, o teórico con aquella respetable, y abominable tesis, “Por un Cine Imperfecto”, sirvió para tener a la producción cinematográfica dentro de los estrechos marcos de la dictadura, con constante loas al innombrable, como diría G. Caín, y muy pegados en su momento al destructivo realismo socialista, que castró la creatividad de muchos de los entonces jóvenes cineastas, hasta el día de hoy. Lector retardado de Para leer al Pato Donald (Mattelart y Dorfman), negadora de la tesis del Fernando Ortiz sobre la transculturación. Su pedestal fue la soberbia y la vanidad.

No olvidar al laborioso y dogmático Santiago Álvarez, patrón del NO-DO revolucionario. Leni Riefenstahl (La victoria de la Fe, El triunfo de la voluntad, Día de la Libertad) tropical, pero sin el talento de la alemana. Su mérito histórico e indiscutible, fue dejar a la posteridad una forma de pensar intolerante y obcecada. Una versión uni color de la realidad insular e internacional, documento único de la enfermedad en que se sumió la nación cubana. No por gusto está en los archivos de la UNESCO.

Hubo cine durante 60 años, en Cuba. ¡Sí! Y muy bueno. Pero léase, no gracias a esas bestias negras, sino a pesar de ellas.

Coda.

Si la constitución del ICAIC, pudo servir para el desarrollo de la producción, realización, distribución y proyección del cine cubano. Sesenta años después la destrucción de la planta de sus instituciones de proyección (los cines), los bajos niveles de producción y su no entrada en los circuitos comerciales globales, habla de que su “papel precursor” desapareció hace mucho tiempo. Entonces, como alternativa al cine independiente y al del exilio, o se renueva, o muere.


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