Actualizado: 22/10/2021 20:51
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Por una tolerable levedad de la Historia

Leve historia de Cuba, de Enrique del Risco y Francisco García.

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Un ya lejano 31 de diciembre de 1993, en mi antigua casa de La Habana, Ramón Fernández Larrea desplegó durante toda esa noche y la madrugada del 1 de enero su "Historia de Cuba contada por Pepito Martí"… La parodia, el choteo, la imitación burlesca, los juegos de palabras, el humor incisivo e ingenioso se sucedían con inagotable improvisación y gracia en un discurso oral que permitía las contaminaciones con el chiste popular, pero que tenía como substrato un profundo conocimiento de la historia de Cuba y, a la vez, una suerte de intuición de aquellos eventos históricos que, a fuerza de estereotiparse o mitificarse (es decir, convertirse en retórica o en "historia oficial"), eran proclives de reinterpretarse, para, mediante este simple acto subversivo, provocar simultáneamente tanto la risa como la oportuna desmitificación.

Bastaba simplemente con un pequeño desvío, por minúsculo que fuera, o con la preeminencia de un detalle anodino (como en una sinécdoque) para hacer estallar la historia tradicional o mirarla desde una perspectiva diferente. Fue una noche iluminada (dentro de otra noche más oscura de aquel más que ominoso "período especial") de incontenible catarsis y de casi terapéutica complicidad.

He pensado mucho en esa noche leyendo Leve historia de Cuba (Pureplay, Los Angeles, 2007) , de Enrique del Risco y Francisco García, pero no, como acaso pudiera pensar el lector (acostumbrado al humor periodístico tanto de Fernández Larrea como de Del Risco), por la probable simetría entre aquella casi improvisada historia oral y esta leve historia escrita, sino por su radical diferencia tanto de expresión como de finalidad, aunque legítimas ambas. Y no es que Leve historia de Cuba no contenga cierto humor inteligente y una muy aguda ironía, ya cervantina o quevediana, sino que sus propósitos son, sencillamente, otros.

En primer lugar, estamos en presencia, más que de una historia cronológica y de urdimbre sucesiva, de un conjunto selectivo de relatos que se extienden desde nuestro neblinoso pasado precolombino hasta la historia actual. Digo relato con el sentido más literario del término, pues aunque la historia sea su raíz nutricia y evidente, es su recreación literaria, imaginativa, lo primordial. Estamos, pues, ante un texto de ficción aunque construido sobre la base de un minucioso conocimiento histórico.

Mezclados con personajes ya míticos y/o épicos de la historia insular (Colón, el círculo delmontino, Tacón, Martí, Casal, Narciso López, Céspedes, Maceo, José Miguel Gómez, Mella, Batista, Fidel Castro…) y dentro de un marco general de sucesos históricos conocidos —acompañados por referentes explícitos de diferentes fuentes históricas, lo cual crea un oportunísimo contrapunteo textual—, aparecen, ocupando un primer plano, las perspectivas ficcionales, subjetivas, de variadísimos sujetos anónimos o desconocidos que padecen la Historia con mayúscula o discurren a través de esa otra historia con minúscula y no menos real pero que nunca habitarán los libros de la historia oficial. Esa mezcla de personajes produce también una mirada niveladora entre lo desmesurado y lo efímero, entre lo trascendente y lo intrascendente.

Esta otra perspectiva de la Historia, desde ese territorio ambiguo, confundido, de la ficción, carente de un prestigio preestablecido, y ajeno a toda mitificación ulterior, parece avenirse más con una versión sanchesca que quijotesca. Sin embargo, no es la intención de los autores destruir los mitos históricos, pues más bien estos son los soportes estructurales de sus relecturas, sino allanarlos, confundirlos con la vida oculta, sumergida de disímiles perspectivas posibles… La Historia con mayúscula es vista, recreada, cuestionada o simplemente mostrada desde la perspectiva de esa otra historia con minúscula (a la larga tan real y tan ficcionada como la otra), pero que nos sirve para imaginarnos posibles escenarios cotidianos, a menudo más vívidos, más novelables que los inmutables estereotipos históricos conocidos.

Una voluble tragicomedia

Su levedad tiene que ver entonces con la condición abierta, subjetiva, proteica —inacabable, diría Bajtin—, de los relatos, de lo susceptible a ser recreado (narrado, novelado, ficcionalizado) a través del poder cognitivo de la imaginación literaria. Es, pues, en suma, una imagen histórica frente al sentido histórico (como preconizara José Lezama Lima), pero añadiéndole (y esto es lo decisivo aquí) una perspectiva vital, periférica, descentralizadora, más leve en definitiva que la invocada por Lezama en sus eras imaginarias, pero, por ello mismo, más verosímil en su ficción, más susceptible de ser revivida, imaginada (y soportada incluso).

Ese es sin duda el mayor aporte de estos relatos de Del Risco y Díaz, quienes con un minucioso e inteligente conocimiento histórico (que no hace pueriles concesiones didácticas al lector) y con un cultísimo (a ratos casi borgeano) y también desenfadado manejo del castellano y de sus posibilidades expresivas, nos devuelven una historia más proclive a ser literaturizada.

Relectura, recreación, imaginización —y valga este último término—, frente a la fijeza de una historia central, inmutable. Frente al escueto dato histórico, o incluso frente al relato histórico conocido (o construido por diversas tiranías ideológicas), estos autores brindan una mirada diferente, en apariencia menos trascendente, o más íntima, o en tono menor. Hacen a menudo de la fijeza trágica una voluble tragicomedia, cuando no una levísima comedia, que provoca más la sonrisa inteligente que la risa catártica. Apelan pues a un nuevo conocimiento (por la cuota de desconocido que aportan), y a la reflexión reminiscente, más que a la risa fácil o al choteo.

Esa descentralización de los papeles protagónicos de nuestra historia —ya sea por la perspectiva de sujetos anónimos o por la invención o añadido de motivaciones desconocidas o simplemente triviales en los personajes históricos conocidos— confiere al libro toda su riqueza literaria e imaginativa. Es, además, en muchas ocasiones, una historia (o ficción) reescrita por los vencidos, por los marginados o, sencillamente, por aquellas voces desplazadas (excéntricas) —iba a decir populares— por la Historia mayor.

Muy oportuno este libro, además, en unos tiempos históricos que transcurren a la expectativa de un cambio que, más que radical (pues de cambios radicales, utópicos, definitivos, parece estar empedrado el camino al infierno…), se prefiere acaso que ocurra a una escala leve y sencillamente humana. Más que nuevos mesías innombrables, acaso necesitamos que Juan o Pedro o María coman, forniquen, sueñen y sonrían bien…

¿Abandonará nuestra historia algún día su vocación o destino trágicos? ¿Seremos capaces los cubanos de tolerar un necesario tono menor? ¿Preferiremos la levedad a la pesantez históricas, la leve sonrisa a la carcajada tragicómica? Acaso un libro como Leve historia de Cuba nos prepare un poco para ese nuevo, necesario e ¿inevitable?, incluso trivial, papel histriónico… Pero, ¿no afirmaba Cioran que "Solo intimamos verdaderamente con la vida cuando decimos —de todo corazón— una trivialidad"? En definitiva, que nos prepare para una historia más leve (y lo leve no es necesariamente sinónimo de ligero o intrascendente) y tolerable.


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