Actualizado: 08/08/2022 15:58
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Literatura

Premios devaluados

El escándalo en torno a la 'baja calidad' de las obras laureadas en la última edición del Planeta, acrecienta la polémica desatada este año por el Rómulo Gallegos y el Alfaguara de novela.

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Mientras celebramos —picosa paradoja— el aniversario 400 de la primera parte de El Quijote, resulta que las principales editoriales de habla hispana están acusadas de publicar chatarras. La certeza corría desde hace años, pero en este relampaguean las evidencias, las tristes pruebas de un delito contra la cultura.

El más reciente escándalo involucra al Premio Planeta de Novela, conmociona al mundo cultural hispano. Nada menos que Juan Marsé acaba de denunciar en Barcelona los contubernios del más suculento (601.000 euros) galardón que se otorga y de renunciar a su condición de jurado permanente. Marsé argumenta la caída en picada de la calidad literaria que ha experimentado el Planeta y fortifica la gruesa polémica que incluye al Premio Alfaguara y al Rómulo Gallegos a novelas inéditas, los otros integrantes del trío de estrellas en la narrativa del idioma.

El reconocido autor de novelas como Últimas tardes con Teresa es demoledor: "Desde el punto de vista comercial el Planeta funciona, pero desde la óptica literaria es más que dudoso". Luego de dolerse del "bajo nivel" de las obras presentadas este año, declara: "No dudo de las buenas intenciones de los autores y les deseo lo mejor en próximas aventuras, pero las buenas intenciones no tienen nada que ver con la buena literatura".

En la parte más fuerte de sus declaraciones afirma que la literatura actual "se asemeja cada vez más al mundo del prét-á-porter" y que el verdadero reto para un autor "no es entrar en ese mundo, sino ser capaz de rechazarlo", con lo que de paso condena a la mallorquina María de la Pau Janer, la ganadora de este año con Pasiones romanas, y al finalista, el peruano Jaime Bayly con Y de repente un ángel.

"No he votado por ninguno porque las obras no están logradas", afirma Marsé en su valiente renuncia.

Algo parecido ocurrió a principios de este año con el Premio Alfaguara de Novela, cuando un jurado le otorgó el galardón a El turno del escriba, escrita por dos argentinas: Graciela Montes y Ema Wolf, donde se recrea —siguiendo la moda de novelas de ambiente "histórico"— la Génova del siglo XIII. En cuanto apareció se sucedieron las críticas negativas, los calificativos de "fatigosa", los comentarios de que las señoras autoras "se habían equivocado de género" y el jurado de lo que una novela debe de ser.

Hace apenas unos meses le tocó el devaluador turno al XIV Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, que se concede en Venezuela cada dos años. Aquí la causa no fue comercial, sino política. Un conocido escritor venezolano, Gustavo Guerrero, denunció la componenda desde las páginas de El País, el 15 de julio. Premio y mención fueron justamente depreciados, no sólo por la mediocridad del jurado —el peor en la historia del otrora descollante concurso— sino por la grosería que implicó al gobierno venezolano, muy interesado en que se concediera a un autor adicto, que no fuera a declarar contra Hugo Chávez, como ocurriera con el colombiano Fernando Vallejo, en 2003, tras ganarlo en limpia lid con su novela El desbarrancadero.

El Rómulo Gallegos, que había premiado novelas como La casa verde (1967), de Mario Vargas Llosa, Cien años de soledad (1971), de Gabriel García Márquez, y Terra Nostra (1977), de Carlos Fuentes —entre otras obras decisivas en la narrativa de habla hispana actual—, este año cometía la pifia literaria de dárselo al sevillano Isaac Rosa por El vano ayer. Novela donde se denuncian los 40 años de dictadura franquista, mientras el novelista aplaude los 46 de la castrista, porque —como sólo saben los de la "izquierda hipócrita"— hay dictaduras buenas y malas, penas de muerte justas e injustas, derechos humanos sólo para los adictos, amnistía para los militantes del propio partido…

Se iniciaba así la etapa sectaria del Rómulo Gallegos, ensuciando a la vez la memoria del autor de Canaima, hombre que fuera víctima de dos tiranías y que siempre condenó la intromisión de la política en las valoraciones artísticas, en los juicios estéticos.


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