Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Periodismo

Protagonismo del lenguaje (II)

Un recurso del lenguaje totalitario es la comparación… manipulada

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Es sabido que uno de los métodos más eficaces para el análisis teórico es la comparación. Sus resultados ya fueron registrados por los italianos Giovanni Sartori, Leonardo Morino y los autores compilados por ambos en La comparación en las ciencias sociales (Alianza editorial 1999). No obstante, todo sirve para todo; en consecuencia, esta técnica puede ser usada a favor o en contra de diversas causas. Los líderes de intención autoritaria, por ejemplo, adulteran el ejercicio de comparar cuando exhiben los males ajenos frente a los bienes propios, o cuando esconden los males propios mientras ocultan los bienes ajenos. En esta práctica no hay tal comparación, desde luego, pero sí un trabalenguas que involucra al discurso en el cual los receptores quedan aturdidos para retardar, y si es posible evitar, su capacidad de discurrir.

La exaltación de los tonos da contexto a este tipo de ejercicio —típico de la manipulación—, que con frecuencia pasa al lenguaje escrito. El profesor y teórico del periodismo Emil Dovifat (1890-1969) se valió del término “periodismo totalitario” para definirlo como una práctica inescrupulosa que inserta la valoración política en el cuerpo de la noticia, y sin el mayor reparo utiliza recursos tan poco éticos como la ambigüedad, la difamación y la descontextualización, a fin de provocar reacciones que por su carga emocional, ofusquen al receptor y le impidan analizar los hechos con claridad.

Como muchos saben, Benito Mussolini ejerció el periodismo y, en una carrera algo vertiginosa que aprovechó muy bien las coyunturas, llegó a ser director del periódico Avanti, editado en Milán como órgano oficial del Partido Socialista italiano, en el que entonces militaba. Quiero tomarlo como ejemplo porque su práctica ilustra un fenómeno que no ha desaparecido y gracias al cual el lenguaje escrito pierde autonomía, la imagen y el símil se alinean con el sentido autoritario del texto, y éste gana oralidad o, lo que es lo mismo: el autor escribe como habla. He aquí a Mussolini:

No vale la pena vivir como hombres y como partido y sobre todo no valdría la pena llamarse fascistas, si no se supiese que se está en medio de la tormenta. Cualquiera es capaz de navegar en mar de bonanza, cuando los vientos inflan las velas, cuando no hay olas ni ciclones. Lo bello, lo grande, y quisiera decir lo heroico, es navegar cuando la tempestad arrecia. Un filósofo alemán decía: vive peligrosamente. Yo quisiera que esta fuera la palabra de orden del joven fascismo italiano: vivir peligrosamente. Esto significa estar pronto a todo, a cualquier sacrificio, a cualquier peligro, a cualquier acción, cuando se trata de defender la patria y el fascismo.

¿Escrito? ¿Verbal? Probablemente se dan aquí las dos versiones. Da lo mismo. El estilo se usa para imponer la ideología y ese “yo quisiera” es una expresión del “superyo” que convierte la petición en una orden que, de no cumplirse, deja poco margen a la existencia en esa sociedad. La historia se encargó de probarlo.

Hoy vivimos en un mundo donde cada vez más se impone el régimen laboral del free lance, en el cual el desarrollo de los medios de comunicación vulnera no solo el papel tradicional de los medios impresos, radiofónicos y televisivos, sino que descoloca hasta el cuestionamiento la figura del reportero, que permaneció intocada a lo largo del todo el siglo XX. Cualquier mañana, un ciudadano común, “listillo” dirían en España, da una noticia desde la ventana de su casa si tiene a la mano un móvil habilitado con cámara, que es lo más seguro, y corre a subir la imagen con algo de texto en su cuenta Twitter. En esa hora poco importa la sintaxis y mucho menos la ortografía. La noticia entra directamente y a como dé lugar en los respectivos equipos de los receptores, pero uno de los recintos adonde llega aún se llama redacción.

En esta circunstancia la herramienta actual del periodista es más que nunca, el lenguaje. Todos colaboramos en varios medios y ya no hay manera de pelear el titular de primera plana. Las contadas ocasiones en que éste se gana, casi siempre responden a la casualidad, como sucedió a los conductores de noticieros que estaban al aire mientras se desplomaban las torres gemelas, o a los que han tenido que cerrar el micrófono para protegerse de un terremoto. Fuera de esas irrupciones, de lo que se trata día a día es de ampliar las fuentes a fin de obtener algo más que lo que ya todo el mundo sabe: contextualizar unas veces, comparar otras… y usar el lenguaje lo mejor posible.

Este uso es el que da idea de objetividad, de contención emocional, lo cual confiere credibilidad a lo que se cuenta. La contención, como se sabe, es una cualidad de la poesía, que no viene mal al periodismo. Cuando esto sucede la prisa del reportero adquiere un compás de espera y se transforma ante todo, en respeto a lo que opina el receptor.

Cuando ocurre lo contrario estamos ante una expresión totalitaria en el lenguaje, que se insiste en continuar llamando periodismo cuando no es más que una manifestación de censura. Y la censura no es periodismo, es coacción de la retroalimentación a la noticia, o sea de la opinión.

Salta en mi memoria un pasaje del ejercicio en Cuba en los años en que Richard Nixon era presidente de los Estados Unidos. He olvidado el incidente internacional que provocó que a partir de ese momento y de la declaración pertinente, comenzara a aparecer en la prensa oficial, o sea en toda la prensa, la X del apellido presidencial con unas adiciones, que la convertían en swástica. En tiempos del linotipo y la caja, los más afectados fueron aquellos artesanos que se las vieron negras para añadir, quien sabe con qué menuda pinza, a todas las X de sus familias de letras los delgados rasgos que completarían la identificación nazi. Al margen del rechazo que provocaba el mandatario estadounidense, la visión de aquella X distorsionada nos dio mucha risa.

Pocos años antes, a partir de los setenta, la palabra derrota había sido suprimida del lenguaje oficial (que incluye a la prensa, desde luego) para ser sustituida por la levísima revés y en un verdadero malabarismo del lenguaje proveniente del discurso verbal, lo que se convertía en victoria (fuerte vocablo) no era la derrota (también sólido) sino el delicado revés. O sea, el león vencía siempre al mono amarrao. Fue una pelea entre dos palabras, una de ellas con desventaja, que se dio en el “ring” de las cuartillas, emborronadas de tachaduras pues los redactores tuvieron que sustituir junto al término, la costumbre de usarlo. Frente a la indefensión del revés el triunfo arrollador de la victoria se representaba como el combate del grandulón con el flacucho del barrio. Aunque visto a los lejos, ganar esa puja también aparece como una débil victoria.

Estas son solo anécdotas risibles en la distancia, pero si revisamos algo de lo que dicen los teóricos del periodismo sobre el tema, tal vez nos demos cuenta cómo tales expresiones se conservan aún entre algunos de nosotros, sin que a menudo nos percatemos.

Hoy son pocas las naciones donde el periodismo totalitario es común denominador de las publicaciones, pero la huella de su lenguaje, quizá aprendido en esos centros, sigue presente en profesionales que pueblan las redacciones de diversos países. Es difícil olvidar la escuela donde se cultivan las primeras letras. En virtud de ello, aún podemos observar en la prensa lo que el español José Luís Martínez Albertos llama “residuos históricos que todavía perviven en ciertos campos del periodismo, tics estilísticos heredados de situaciones políticas recientes…”.

El mismo autor los define como: “…ejemplos viciosos o abusos del estilo editorialista en el lenguaje periodístico (donde) se pretende coaccionar la respuesta del lector a los mensajes que se proponen como tesis. No se respeta el derecho que tiene el ciudadano a emitir su respuesta ante los mensajes, o contenidos simbólicos, de forma racional y autónoma. La importancia política de esta falta de respeto radica en el hecho de que estas respuestas son las que originan las actitudes colectivas que están en la base de los procesos de opinión pública’’. [1]

A veces pienso, al observar los comportamientos del lenguaje y la censura en el periodismo de tinte totalitario, que algunos gobernantes, elegidos o no en las urnas, sacan a relucir en el ejercicio del poder sus frustraciones más recónditas, las que yacen en la más remota infancia. Unos deciden jugar a los soldaditos —tal vez porque les fue prohibido—; otros, van tras la meta de ganar siempre, en cualquier circunstancia, con lo cual suprimen el diálogo, dejan de escuchar y no permiten la expresión ajena. Hay varios más que, aunque a menor escala, califican como contrincantes en el retozo del poder. Los demás quedamos en el tablero de juego, con frecuencia sumados a uno u otro bando, sujetos a decisiones que a menudo quienes las toman no las sufren. Porque en ese ajedrez, el jefe siempre se mueve con las piezas blancas. O sea, primero.



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