Actualizado: 17/10/2018 9:00
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Legrand, Cine, Cine francés

¿Puede un maltratador ser un buen padre?

Con su primer y galardonado largometraje, Xavier Legrand aborda el tema de la violencia de género de manera frontal y mesurada, sin tremendismo ni manipulaciones sentimentales

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El título de Custodia compartida con el cual en los países de habla hispana se ha estrenado el filme Jusqu’a la garde (Francia, 2017, 93 minutos) llama a engaños (en inglés también ocurre lo mismo: se llama Custody). Digo esto porque su tema central no es la tenencia de los hijos luego de que sus padres se han divorciado. En realidad, ese es solo el punto de arranque a partir del cual se va desnudando un caso de violencia de género y familiar, similar desafortunadamente a otros tantos que ocurren en todo el mundo.

Es cierto que la primera secuencia induce a pensar que vamos a ver un drama judicial. Dura bastante y en ella asistimos a una vista sin público. A una jueza le toca decidir si le devuelve el régimen de visita a Antoine, después de que su hijo Julien, de 11 años, declaró que no quiere verle más, ni quiere ser obligado a pasar con él los fines de semana. Teme que siga acosando a su madre y que quiera lastimarla. (La hija mayor está a punto de cumplir 18 años y por eso queda fuera de la discusión legal.) Myriam, la exesposa, pide la custodia exclusiva, para protegerlo de un padre que, según ella, es violento. Sin embargo, no puede probar los malos tratos y su reclamación parece un tanto excesiva. Antoine, por su parte, la califica de mentirosa y manipuladora y se presenta como un padre al que no permiten ver a sus hijos.

Xavier Legrand (1979), director y guionista del filme, no proporciona información suficiente para que el espectador pueda discernir con certeza quién de los dos tiene la razón. Al final, la jueza concede a ambos la custodia compartida. A partir de esa escena, la película pasa a exponer con hechos cómo la sentencia que parece ser la más justa no siempre resulta la más correcta. Dicho de otro modo, ilustra los daños que puede causar la justicia cuando se limita a aplicar fríamente las prescripciones establecidas.

Inicialmente, Antoine da la impresión de estar sinceramente arrepentido de los errores que antes cometió. Es humano y, por momentos, muestra una ternura casi infantil. Pero es celoso, está atrapado en un conflicto interno y posee una brutalidad que es incapaz de controlar. A causa de esos instintos violentos perdió a su familia y cuando trata de recuperarla se deja dominar por ellos. Es entonces cuando empieza a mostrar su verdadera cara y poco a poco se va revelando como un hombre abusivo y dominante. Utiliza a Julien como puerta de entrada a un ámbito familiar del que ya no forma parte. Lo coacciona para que le diga si su madre tiene novio, invade su casa y se las arregla para conseguir su nuevo número de teléfono. Pero cuando se da cuenta de que sus manipulaciones no sirven de nada, su violencia, hasta entonces en estado larvario, se desata hasta alcanzar proporciones terroríficas.

En esta historia de maltrato machista, la mujer no es la única víctima. También lo es Julien, quien pasa a ser rehén en el conflicto entre sus padres. Su indefensión y su constante miedo a las explosiones de violencia de Antoine se evidencian en sus ojos. Pero de igual modo demuestra valentía al enfrentarlas. Asimismo, pese a su corta edad se ve impelido al límite y a tomar decisiones complicadas. Todo eso está logrado gracias a la verosimilitud con que Thomas Gioria interpreta el papel. Acerca de él, Xavier Legrand comentó: “Tiene tanto talento que me sentí como si estuviera trabajando con un adulto: posee un don natural. Tiene sensibilidad e intuición. Entendió de inmediato cosas que yo tardé años en comprender”.

Xavier Legrand es un actor reconvertido en director. Debutó a los 8 años en Au revoir les enfants (1987), de Louis Malle. En 2013 se puso detrás de la cámara para realizar su primer filme, el cortometraje Avant que de tout perdre, que fue nominado al Oscar y que, entre otros galardones, obtuvo el César al mejor corto. Custodia compartida constituye su primer largometraje y es una secuela de su anterior trabajo. En él expandió el tema y volvió a contar con los mismos actores, Lea Drucker y Denis Ménochet. La película estrenó en el Festival de Venecia, donde se alzó con el León de Plata al mejor director y el Premio a la mejor opera prima. A esos reconocimientos se han sumado otros en festivales de San Sebastián, Zúrich, Macao, Praga, Dublín, Miami y São Paolo. Asimismo, el filme ha sido muy bien acogido por el público. En Francia fue visto por 300 mil personas en las cuatro primeras semanas de exhibición. Además, generó un intenso debate social en los medios de comunicación.

Con su primer largometraje, Xavier Legrand ha logrado un filme que rebosa sensibilidad, madurez e inteligencia. No solo acertó al elegir una buena historia, sino que además sabe narrarla del modo idóneo. Construye un drama seco e implacable, en el que el espectador va pasando de la incredulidad al aturdimiento y la aversión. Aborda el tema de la violencia de género de manera frontal y mesurada, sin tremendismo ni manipulaciones sentimentales. En ello reside buena parte de la eficacia y la contundencia de esta película áspera y terrible; que incomoda y nos hace sentir incómodos, al tiempo que nos sitúa en un rol nada pasivo, al imponernos la necesidad de reflexionar: ¿puede un hombre que maltrata a su mujer ser un buen padre?

Custodia compartida se adscribe a la tradición del cine social realista al cual pertenecen realizadores como los hermanos Dardenne. Participa también del thriller psicológico. Respecto a este aspecto, es pertinente señalar que Xavier Legrand se desmarca del patrón norteamericano. Utiliza los mecanismos de ese género, pero adopta una puesta en escena que genera la tensión y el suspenso a partir de episodios realistas y cotidianos. Ambos elementos están muy bien dosificados y además los sonidos habituales son empleados con intención dramática. Todo eso va creando una atmósfera inquietante, que deja al espectador paralizado cuando la infernal escalada de acontecimientos llega a su punto máximo. Hablo de la secuencia, admirablemente concebida y realizada, con la cual concluye la película. Este cronista no recuerda una escena tan impresionante en el cine que ha visto en los últimos años. Tras eso, la puerta de la vecina de Myriam se cierra y la pantalla funde a negro. Siguen después unos créditos finales sin música, un elemento casi inexistente en todo el filme.

La fuerza de la película también radica en la economía y la planificación con que está filmada. En lo formal, su director opta por el minimalismo. Antes anoté el uso de los sonidos cotidianos como banda sonora. De igual modo, la información va siendo proporcionada con cuentagotas. El preciso retrato de Antoine es trazado progresivamente. Su transformación en un maltratador tozudo, inhumano e incansable es mostrada de manera detallista. Asimismo, es de rigor destacar el excelente trabajo de los actores, que respiran una autenticidad pasmosa.

En sociedades como las nuestras, regidas por normas patriarcales y que a menudo guardan silencio ante los casos de malos tratos a las mujeres, películas como Custodia compartida resultan muy necesarias. Ayudan a que abramos los ojos sobre un problema tan grave que nos afecta a todos. Generan debates y sacuden conciencias. Por eso, como comentó alguien, su visionado debería ser obligatorio.