Actualizado: 09/12/2019 13:16
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Literatura, Poesía

¡Qué pequeño es el mundo, que cabe en cualquier sitio!

Cuarenta y siete poemas dan fe de la sobrevivencia de Belkis Cuza Malé tras el éxodo de la Sodoma caribeña

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Así termina el poema “Apostasía moderna”, perteneciente al libro Los poemas de la mujer de Lot, de Belkis Cuza Malé, que, como aquella, saliera también de “Sodoma” pero sin mirar atrás, por lo que, afortunadamente, no es hoy una rígida estatua salina sino un ícono viviente de humanidad, sencillez y compromiso, con una prístina misión de promoción cultural a través de ese monumento literario que es su revista Linden Lane.

Cuarenta y siete poemas dan fe de su sobrevivencia tras el éxodo de la Sodoma caribeña, donde lo peor no ha sido el desenfreno sexual sino el canibalismo político —porque desde la independencia, la tragedia siempre ha sido de cubanos contra cubanos, devorándose unos a los otros, con rusos y americanos como catalizadores principales de tan feroz reacción química—, y el castigo de Dios, que lejos de convertir a la Isla y a sus apóstatas habitantes en un gran monumento de sal —por haber renunciado a la tierra prometida tras tenerla—, nos ha sido sufrir estos más de 50 años vagando por el limbo en círculos que profundizan cada vez más el desvarío del falso Mesías y de sus seguidores.

La poeta Belkis Cuza Malé es una viajera incansable, que usa su mente como medio, sin las ataduras del tiempo, el espacio y los temidos aviones como impedimento para sus desplazamientos. Desde un verano en Princeton —donde “el niño bebe su jugo de frutas sentado como un jefe indio frente a la TV”—, una fugaz visita a Romeo y Julieta —cuya muerte fingida “sentenció a Romeo a morir amándola”—; otra a Nueva York “la noche en que mataron a John Lennon”; Belkis exorciza a los demonios con su poesía. Tanto en Texas como en Miami Beach —“donde las judías duermen sin vejez”—, ella le hace un “homenaje a lo cotidiano”, construye “un amuleto para las feministas”; recuerda conmovedoramente a su incondicional amigo José Cid —“cuando usted, Heberto y yo… nos lanzábamos de cabeza contra las viejas murallas habaneras”—; evoca a Silvia Plath —“un tulipán en cada cuenca de los ojos”—; se pregunta “cómo era la dacha de Boris Pasternak” … “en una época en que el termómetro estuvo a punto de estallar”, y canta su victoria sobre la maldición del gueto precisamente detallándolo.

Tras un breve descanso imaginario, ahora Belkis nos transporta hasta “Suecia”, a “un paisaje invernal para los desterrados”, donde “la memoria cavó trincheras a su paso y arrojó entre las piedras la ciudad salpicada de agua de mar, como en un cuadro de Seurat”, y convida a Oscar Wilde a acompañarnos, “con su martirizado ruiseñor”, en nuestro viaje, bajo una luna azul, “matriarcal y loca”, que “se pinta y se engalana para sus vecinos”, para ver pasar “el desfile infinito de los que no saben protegerse de la infelicidad”.

“Fantasmas, memorias”; “el Caballo de Troya” que puede habitar en cualquier parque —o en el patio de mi casa, que es particular—, siguen desfilando, pero es inútil “cerrar la ventana para no… caer en el pasado”, ni “close your eyes” en la página 44 para evitarlo, aunque te ocultes “en el tatuaje de un viejo marinero”, o en “la estatua de sal que conquistó el olvido”.

Ahora es “Rilke en Toledo”, un invierno en Princeton; un “pensamiento griego” sobre “las pequeñas, las íntimas derrotas, que se infligen los unos a los otros”; “una fruta tomada al descuido”, al fin ya sin los bíblicos “complejos de culpa” de un “Adán sin Eva”; la “Historia de otra” a la que en su “Sueño de una noche de invierno”, como “la vieja durmiente del pueblo”, “el ojo de Dios” ve pasar despierta a “estas horas de la noche”.

Cuarenta y siete poemas que son una verdadera “caja de los recuerdos”, una “apología del viento”, y que tras leerlos, nos permiten contestar sin dudas esa pregunta final: “¿poética?” , con un sí rotundo, porque, ¡qué pequeño es el mundo, que cupo entre estas páginas!


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