Actualizado: 04/10/2022 22:11
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Teatro

'Que yo no estoy muerto'

De los clásicos a una buena rumba: la nueva puesta en escena de Teatro en Miami Studio.

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El escritor norteamericano Norman Mailer, quien era gran conocedor de la vida y obra de Antón Chéjov, contaba que León Tolstói le había dicho al joven Antón que éste era tan mal escritor como William Shakespeare. Confundido y a la vez sintiéndose halagado por esa extraña sentencia, dice Mailer que Chéjov salió gritándole al viento: "¡soy tan mal escritor como Shakespeare!". Tolstói lo había comparado con el genial dramaturgo inglés, a quien Chéjov admiraba y el autor de La guerra y la paz consideraba un escritor menor.

Nunca imaginó Chéjov que a 104 años de su muerte y muy lejos de Moscú, en un audiovisual que da inicio a un montaje teatral, estaría junto a Shakespeare, Lorca, Moliere, Ibsen y otros geniales dramaturgos fallecidos, defendiendo su derecho a ser representados.

Al final de la disputa, Chéjov, quien guardaba silencio, tal vez una alusión indirecta a la modestia del autor de El jardín de los cerezos, fue el seleccionado para asombro de todos. Así dan inicio las piezas breves y cuentos cortos convertidos en una puesta que, en versión de Ernesto García y bajo su dirección, tuvo su presentación en la sala Teatro en Miami Studio con un público que colmó el lugar.

Chéjov decía que, al escribir, confiaba en que el lector añadiera por su cuenta los elementos subjetivos que faltaran al cuento. Propósito que se extendía a su dramaturgia. Por lo que uno de los principales logros de Ernesto García en estas cuatro versiones, es esa visión de mayor universalidad y contemporización que le imprime a la puesta. Lo que justifica el título en que las agrupa: Improvisando a Chéjov.

Cuestión de estilo

La primera pieza es La audición, donde una actriz busca su realización y logra conmover a una fría dramaturga con la pasión que imprime en su empeño. Los juegos de apropiación e intertextualidad de otras obras de Chéjov son utilizados de forma precisa, como en el monólogo final donde Sandra García, con magistral interpretación en su papel de Nina, pregunta: "¿Para qué vivimos? ¿Para qué sufrimos?, ¿si tan sólo supiéramos?; el dolor, el sufrimiento humano, siempre hay un sueño final".

La proyección de imágenes de gran impacto, como una de la crisis de los balseros en 1994, donde una multitud rodea a una inmensa balsa en una calle habanera, es una evocación de esos sueños rotos más allá de la Rusia zarista del siglo XIX.

La institutriz o Poquita cosa, un relato sabiamente elaborado con diálogos que facilitan su conversión a pieza teatral, brinda al espectador el conflicto entre poder y sumisión, entre docilidad y soberbia. García transforma al personaje masculino, quien narra la historia en el cuento original, en una mujer inválida que lleva a su sirvienta a situaciones extremas de humillación para aleccionarla.

Este cambio permite la subliminal paradoja de la arrogancia desde una posición de debilidad, de limitación física. "Si presumes de inferior, es exactamente igual cómo la gente te va a tratar", dirá la Señora. Una sentencia se resume en gran parte la esencia de la pieza. Farsa esta que cuenta con la notable actuación de Ivette Kellems, en el papel de la Señora, y Marcia Stadler, como la sirvienta.

El duelo o El Oso, comedia en un acto que ha sido una de las piezas más representadas de Chéjov, llevada incluso al cine y la ópera, llega esta vez con la actuación de Cristian Ocón, en el papel de Smirnov, y Sandra García, como Elena. Decir que Sandra tiene un total dominio de la escena, se convierte en lugar común. Esta actriz tiene cualidades interpretativas que hacen difícil la labor de un actor a su lado. Sin embargo, Ocón sale airoso del reto y su desenvolvimiento en el escenario logra que la obra quede con la calidad requerida.

La eliminación de Lucas, el mayordomo, para colocar en su lugar a tres criadas con máscaras que siguen a Smirnov con gestos miméticos y burlescos por todo el escenario, es otra contribución del director, quien gusta evocar dentro de un mismo montaje los inicios del teatro a través de elementos visuales. La utilización de Chéjov para estos experimentos, lo facilita la forma en que están concebidas sus obras, ya que su estilo posee "una llamativa impronta visual", como dijera el director de cine sueco Ingmar Bergman.

Reclamo de vida

Improvisando a Chéjov culmina con El arreglo, una pieza que ilustra el prejuicio del machismo impuesto por la sociedad, que se extiende hasta nuestros días. El personaje del Padre (Cristian Ocón) dibuja con sus parlamentos, de profundidad y brevedad chejoviana, estos falsos valores. "El hombre está obligado a llegar al matrimonio con cierta experiencia en materia de amor", dirá a su hijo, el pequeño Antoniusky, un adolescente que no comprende esa necesidad de perder la virginidad a temprana edad para ratificarse como hombre.

Es de destacar la labor realizada por la joven actriz Anniamary Martínez en la encarnación de Antoniusky. No sólo por su lograda transformación en un papel masculino, sino por la credibilidad y la pasión que impregna al personaje. La hemos visto crecer en su calidad interpretativa desde sus inicios con el grupo Havanafama y su evolución augura un buen futuro en las tablas.

Cristian Ocón alcanza un apreciable desempeño, con muy buenos momentos, como el monólogo final. Un apropiado cierre que se une con los inicios del montaje en esta expresión de incertidumbre: "la vida, los sueños, la esperanza, todo se nos va rápido. La adultez es un mal negocio".

Uno de los momentos de mayor ingeniosidad son los diálogos entre los consagrados dramaturgos fallecidos. Revividos con ese juego de animación en que juzgan severamente el montaje.

La rumba que pone el telón y alegría al cierre, escrita y musicalizada por Ernesto García, sintetiza con sus modernos acordes la certeza del teatro, que se defiende como un personaje con el siguiente estribillo: "que yo no estoy muerto". Un reclamo de vida que se hace realidad con piezas como esta y en cada presentación de Teatro en Miami Studio.


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