Actualizado: 10/12/2018 18:40
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Pintura, Diseño, Umberto Peña

Queremos tanto a Umberto

La personalidad y la obra de Umberto Peña son vistas aquí, a través de las opiniones y los testimonios de siete artistas plásticos y cuatro escritores

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Aparte de ser reconocido como un excelente pintor y un notable diseñador gráfico, Umberto Peña es un hombre que siempre ha gozado del afecto y la amistad de numerosos escritores y artistas. Muchos jóvenes además lo llaman maestro, algo que él, dada su proverbial humildad, nunca se ha creído. Pero lo cierto es que aun sin proponérselo, ha ejercido un magisterio que quienes se beneficiaron de él le reconocen y agradecen.

Asimismo no son muchos los artistas que, como Peña, pueden presumir de contar con una legión de amigos tan numerosa. Aparte de sus colegas y compañeros de profesión, de la misma forman parte unos cuantos escritores. Entre esos ejemplos, escojo uno para ilustrar. José Lezama Lima hasta su muerte le profesó a Peña un gran cariño. Desde que se conocieron, a comienzos de los años 60, pasó a llamarlo Peñita. Según le comentó, lo asociaba con Alberto Peña, un famoso y hoy olvidado pintor cubano de los años 30, a quien se conocía con ese diminutivo. En uno de los libros suyos que le obsequió, el autor de Enemigo rumor estampó estas palabras: “Para Umberto Peña, que como una araña en un tapiz persa, mantiene en su centro mágico un punto que vuela”. Lezama Lima tenía en su casa varios grabados de Peña, quien realizó el diseño de la Valoración Múltiple que la Casa de las Américas dedicó al escritor.

Uno de los colegas de Peña me contó acerca de las laboriosas jornadas de trabajo que requirió la confección de los trapices. Algo fácil de comprender, si se piensa que se trataba de piezas de gran tamaño (10 X 5 pies). Los amigos no solo contribuyeron con retazos de tela y corbatas nuevas o viejas, sino que además se sumaron a aquellas sesiones de laboreo artesanal, de empatar y coser manualmente. A partir de aquel espíritu con que se crearon los trapices, en este tercer trabajo sobre Umberto Peña he querido ceder el espacio a un grupo de pintores, diseñadores y escritores, quienes generosamente accedieron a sumarse a este reconocimiento a su destacada trayectoria artística y profesional. Les cedo, pues, la palabra.

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Aún hoy en la distancia de los destinos, mis conversaciones con Umberto siguen siendo aquellas donde al final, como una liturgia después de haber querido arreglar la humanidad a golpe de palabras, termina con el comentario obligado sobre las novedades y el quehacer en el diseño gráfico actual. Pero no es de sorprender en él, que marcó el diseño editorial de la Isla a través de sus libros, revistas y carteles, que hoy se les echa de menos no solo en Cuba, donde la mediocridad ha ido exterminando la calidad, sino también en la escena editorial internacional donde la digitalización se va alejando del “gusto por las cosas”.

Como el buen vino, el buen diseño gráfico no pierde su calidad en el añejamiento, como no lo pierde la Garamond, por mucha “Emigre” que nos traiga la modernidad; o el “I love NY” de Milton Glaser, con su inmortal declaración de amor a la Big Apple. Es por eso que la obra gráfica de Umberto no se diluye en la saturación, sino que se queda a flote en el marasmo de nuestro entorno visual actual como testimonio de su talento y excelencia. Manuel Bu, pintor.

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Me dijeron: “Es el Maestro”. Así de breve fue nuestra presentación. Amigos comunes se encargaron de unirnos muy al principio de los años 80. Y si muy pronto nos unió el disfrute por la creación y la pasión por la profesión, el tiempo se encargó luego de enlazar lo profesional con lo personal. Hombre de ideas y de opiniones propias, nunca se sintió obligado a nada, a pesar del riesgo que conllevaba el salirse de la línea marcada por las autoridades. Y eso ya era de admirar.

Por diversas razones se alejó de Casa de las América, pero su mundo creativo, repleto de sugerentes y provocativas formas permaneció como una constante pertinente. Su empeño personal fue el de crear una sólida e inconfundible imagen de identidad para la institución, que acabó siendo un referente en el mundo del diseño gráfico. En épocas de diseños de grandes carteles con propaganda estatal, Umberto realizaba entonces una obra gráfica muy diferente, meticulosamente estudiada. Juntos trabajamos y creamos innumerables folletos, carteles, catálogos, piezas textiles, portadas de discos, libros... todo un mundo lleno de líneas y tipografías retocadas, de colores que se creaban cada día dentro de su estudio, en la calle 11 del Vedado, donde siempre conseguía entusiasmar a aquellos de nosotros que disfrutábamos de su talento, de su amistad más cercana.

Descubrir el arte moderno y el clásico, los nuevos estilos y conceptos del diseño más “occidental” y “moderno” era algo que ocurría allí, en su estudio, donde el café, la tertulia, las risas, y el enterarse de “lo último” formaban parte de la cotidianidad. Cuando caía la tarde y sin previo aviso, por allí pasaban los más variados y pintorescos artistas e intelectuales. Muchos de ellos ya tenían entonces un nombre y otros comenzaban a emerger con fuerza, en una época en la que la creatividad no se dejaba domesticar por las normas impuestas. Su estudio fue refugio y desahogo para muchos, un lugar donde vivir fuera de aquellos límites estrechos. Yo, personalmente, le debo el aprendizaje y el disfrute de cada rasgo de una tipografía, de cada una de las formas básicas del diseño y de sus infinitas variantes, del placer de cada trama de una cuatricromía...

En Cuba, todos buscábamos al Maestro, siempre. Continuamos haciéndolo, primero en Miami, y ahora en Salamanca. Su imprescindible opinión sobre los temas más variados siempre nos es necesaria. Su conversación, siempre amena y delicada, su curiosidad y sabiduría, le distingue entre muchos. Hoy El Maestro sigue creciendo personal y profesionalmente, y yo sigo aprendiendo a su lado. Gracias Umberto, gracias Maestro. Carlos Caso, diseñador.

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Umberto Peña para mí es un maestro no en términos estéticos sino como modelo ético: el del Creador que prefiere dejar de Ser, a serlo para el Poder. Así, siguiendo su ejemplo, he creado mi propia ahuellada ausencia y por su firme consejo: no dejar de obrar hasta que se incruste en el Poder sin Ser. Arturo Cuenca, pintor.

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Debo confesarlo: su exposición retrospectiva de 1988 me sorprendió. Se trataba de un acontecimiento insólito. Su excepcionalidad se basaba, quizá, en dos razones poderosas: por un lado, ayudaba a aclarar un malentendido; por el otro, provocaba esa conmoción siempre asociada a los grandes hechos artísticos. Para los jóvenes, Umberto Peña era casi exclusivamente el brillante diseñador de libros y revistas. Entonces lo descubrimos como pintor y grabador. Y lo extraordinario: uno de los más importantes de nuestros pintores importantes. Su universo tiene más de una relación con el nuestro. Comprendiéndolo, nos hemos comprendido. Como todo artista que merezca ese nombre, ha provocado en nosotros la iluminación.

A finales de los 60, muchos de los cuadros expuestos en el Museo Nacional de Bellas Artes estaban creados. Es decir, al mismo tiempo que alcanzaba un bien justificado prestigio como diseñador, Peña había ido elaborando esa pintura extraordinaria que los más jóvenes entonces tuvimos oportunidad de conocer. Elementos del pop y del expresionismo se funden en una visión muy personal de la vida. Sus códigos no son solo plásticos. Hay allí una sensibilidad distinta que hurga en todo lo circundante. Su pintura, de un erotismo violento, creadora de una atmósfera apasionada y agresiva, provoca el estremecimiento y la catarsis. Para Peña, el arte es un modo de exorcismo.

Hombre de formación rigurosa, de cultura vasta, insaciable lector y más insaciable consumidor de música —desde Vivaldi hasta el góspel—, se ha preocupado por levantar un universo cultural en el que no solo se hallan el pop, el expresionismo o la pintura erótica, sino que en sus cuadros George Bataille habita con Raymond Roussel, Leautreamont con Bela Bartok, el rock con Wifredo Lam, Jean Genet con Francis Picabia, Amelia Peláez con el guaguancó. Muy cubano, su mundo personal es, tal vez por eso mismo, amplio, diverso, provocador y lleno de matices y, como todo gran artista, exige del espectador un actitud inteligente y desprejuiciada. Abilio Estévez, escritor.

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Asocio el primer encuentro con Umberto con un ciclón al que nombraron Alma. El huracán barría la Plaza de la Catedral mientras el artista, al abrigo en el Taller de Grabado, dibujaba sus piedras litográficas con un trazo eficaz, de una fluidez impecable, como si se tratara de una escritura. Admirable. Nada afectaba su concentración y continuaba con el pincel, atareado en resolver su piedra. Más tarde me daría cuenta de que este era uno de sus atributos, ser un trabajador tenaz y exigente con su obra.

Yo sigo admirado ante ese trabajo gráfico de finales de los 60; por su elaboración, por su belleza plástica, pero también por su aliento transgresor, que no pasó desapercibido para numerosos artistas jóvenes de la siguiente generación plástica cubana. Me parece que la transgresión, con un sentido muy suyo del humor, es un elemento esencial en toda su obra. Hay una especie de espíritu burlón que planea a su antojo y nos sorprende, o nos para en seco y nos hace pensar.

Con los Trapices llega la inmersión en otra técnica y de fil en aiguille van apareciendo grandes y violentas flores, orquídeas abiertas al tacto, un mundo mágico y en relieve, a todo color. Espero que esta obra de gran belleza, pero frágil, esté bien conservada.

Ahora Umberto nos invita, en sus exposiciones de Salamanca e Ibiza, a ver pasar las nubes. Nubes que fingen un juego de personajes; sujetos que habitan planos inclinados de un color mineral, inédito en su obra. Esta labor misteriosa se abre a lo insólito y se formulan muchas preguntas en cada cuadro, aunque esta vez no se asoma la palabra escrita en ninguno de ellos. Aquí suena el eco de toda su trayectoria, desde aquellos aguafuertes de reses desolladas hasta los lienzos de su momento pop. Este impulso feliz que Umberto imprime ahora a su pintura nos regocija a todos los que apreciamos desde siempre su obra arriesgada y provocadora, tantas veces al filo de la navaja. Justo Luis García, pintor.

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Umberto es uno de esos afortunados artistas plásticos cuya imaginación lo mantiene en perpetua renovación. El conjunto de su obra: pintura, diseño gráfico, y su genial “alta costura” de los Trapices, dan fe de un cultivado talento que al “pasearse” entre las diferentes zonas de su quehacer artístico, siempre encuentra cuál de ellas es el mejor vehículo para expresar un particular propósito o algún profundo sentimiento.

Recibo la totalidad de su fuerte y agresiva pintura como el gesto espontáneo, incontenible del pintor Umberto, alimentado por su pasión y por el cuidadoso resultado de alguna experiencia formal ya depurada. Su diseño gráfico, siempre eficaz, me lleva a pensar que lo genera la maestría de un oficio que carga con los conceptos de la Bauhaus al asumir la funcionalidad como un asunto estético. Los Trapices, voluptuosos, sugerentes, te atrapan con la sensualidad del atardecer punzó del litoral. Mario García Joya, fotógrafo.

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Mi amistad con Umberto viene desde principios de los años 80, después de mi graduación en San Alejandro, aunque conocía su obra y su persona desde muy pequeño, ya que él había sido alumno de mi padre en dicha academia. De alguna manera, Umberto siempre me habló de la escultura con gran veneración, aunque no la hacía. Sin embargo, siempre me dijo que cuando estudió en San Alejandro apuntaba a ser un buen escultor, que le preguntara a mi padre, esas cosas de Umberto y de su agudo sentido del humor. Pero la verdad es que sí lo fue, pues conocí obras de su etapa de estudiante y después algo que había hecho para la Casa de las Américas. Umberto tenía un gran sentido de la tridimensionalidad. La prueba son sus excelentes piezas de trapices que hizo a finales de la década del 70 y principios del 80, y que fueron mostradas en el Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio de La Habana.

Umberto ha sido siempre una persona con un ojo muy crítico, con la mirada de un gran artista. Cada acción, cada detalle que él hace en la vida va acompañado de la mano del arte. Si iba a organizar un texto, a hacer una acuarela para una ilustración, como muchas veces lo vi hacer, hacía gala del cuidado, la exquisitez y la disciplina. Es además un hombre que siempre se estaba retando a hacer algo mejor, algo que admiro y respeto mucho en él.

De Umberto siempre había algo que aprender, siempre tenía una inquietud, y creo que eso es lo que atraía a muchos de los jóvenes de mi generación que nos acercamos a él. Creo que sin dudas Peña es el gran pintor que abrió un camino a muchas generaciones. Trajo una manera nueva de ver la pintura cubana y llevó el tema de la sexualidad desde otra perspectiva al escenario de la plástica cubana de los años 60.

Aunque no le gustaba mucho el tema de dar clases, tenía el espíritu innato de un guía, de un gran mentor, de una persona que te formaba. Ahí están ejemplos como Manuel Bu, Carlos Caso y Orbein, entre muchos otros. Guardo muy gratos recuerdos de los momentos en que Umberto me prestaba sus libros, me daba acceso a su información sobre arte y me regalaba su tiempo. Hablaba de sus vivencias en Paris y en México, de las técnicas del grabado, y escucharlo era un regalo y un privilegio. Umberto ha sido siempre una persona muy discreta y tímida, enemigo de papeles protagónicos y egocentrismos. Sin embargo, cuando se apoderaba del lienzo o el papel, aparecía el rompimiento y la fuerza que ha caracterizado siempre su trabajo. Florencio Gelabert, escultor.

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Pocos artistas plásticos cubanos sometieron su obra a cambios tan severos, a cuestionamientos tan radicales y a replanteos tan decisivos como Umberto Peña. En Cuba los jóvenes creadores de diseño, grabado y pintura lo tienen como un maestro que aún en la distancia les muestra caminos y una decidida vocación para defender su poética de pretensiones ajenas, de modas y provocaciones dictadas por una equívoca actualización. Sin embargo, en cada movimiento de su espiral creativa preconizaba una información al tanto de tendencias y búsquedas punteras en el panorama plástico cubano. El expresionismo, trasuntado por otras líneas de creación, ha sido una permanente razón de su labor, fuerza que definió su carácter, tanto en tonalidades y en el manejo provocativo del color y las formas, como en la potencia y el ánimo que denota una concepción artística, ya fuera en el grabado, donde ejerció como magíster en los días del Taller de Grabado de la Plaza de la Catedral, como en el diseño de la revista Casa, por varias décadas. La impronta de Peña marcaba una diferenciación inmediata.

Su maestría en el trabajo con la piedra, riguroso y detallista, se recuerda por su ejemplaridad, en función de asuntos que impactaban, siempre novedosos, muy suyos en los temas y en el tratamiento. Las imágenes viajaban del grabado al lienzo, para una totalidad impugnadora. Una “serie” de Peña sobre el cuerpo, su interioridad más penetrada, coincidiendo con la tendencia del Pop-Art pero sin acceder a las temáticas en boga, resultó un estremecimiento en los salones donde fue exhibida. Pudiéramos llamarla “¡CON EL RAYO!” o “¡ÑOOO!”, por la utilización de elementos tomados del comic, como en yuxtaposiciones, en una distribución espacial sin referentes en las obras de sus contemporáneos. El color, de atrevidos contrastes, contribuía a acentuar una suerte de grito que compelía al espectador, le impedía la distracción, lo retaba. Su extraña belleza establecía un reclamo. A la mirada se le imponía un recorrido por el interior del cuerpo, desde la dentadura a las espirales del aparato digestivo y sus sonidos, una comunicación subrayada. Venía Peña de mostrar el destripe de las reses, y esto parecería una evocación de Bacon, pero dominada por un colorido y una fuerza nueva, una agresión inesperada, referencias del color caribeño sin los artificios del fatal pintoresquismo. En su aspecto Pop, los rayos de explosión en código comic constituían una complicidad con hallazgos socorridos, pero su violencia se armaba con colores primarios, el rojo y el azul “bandera”, de reconocimiento inmediato, amarillos drásticos, préstamos del mundo de la impresión como bandas de puntos, lenguaje directo, una escapada de todo lirismo o de un amanerado simbolismo. Todo era imposición y forcejeo. Ese período se vio como provocación y desenfado, y lo era, el creador se rebelaba frente a las ataduras, cada grabado y cada cuadro era una imprecación.

Una variante de ese período fueron grabados de cuidadoso y esmerado dibujo, sin ceder en su drasticidad. Como hizo con el cuerpo y sus excrecencias, mostró penes trucidados por navajas de afeitar, compartimentos del conjunto que apartaban el pene de su eyaculación, también en código comic, como chispazos de semen. Eran piezas de gran tamaño donde el conjunto se esparcía o contraía. Alternaba estas realizaciones con provocativos asuntos como el que le ganó un ingrato incidente en una muestra de grabados —la gazmoñería ambiente—, en ese caso más molestaba el título que la pieza: Uno, dos, tres, cagando, que el jurado leyó como irreverencia y burla. Si recordamos que esto ocurría en un entorno de supuesta novedad revolucionaria pero de conservadurismo burgués —el quiero y no puedo que confundía ideologismo e imposición, extrapolación de códigos políticos del Este europeo al entorno cubano, de jubiloso occidentalismo—, podemos imaginar la atmósfera que rodeó al laborioso Umberto Peña.

Por muchos años guardó Peña su paleta de pintor y se contrajo al diseño gráfico, pero no por el supuesto pan ganar, sino como otra faceta de gran creación. Su obra en las carátulas y en el diseño interior de la revista Casa de las Américas y en la cartelística, fue otra experiencia renovadora. Se extendía la brillantez del afichismo cubano, que había comenzado con una irrupción brillante desde los anuncios de películas en el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos y sostenía una columna de reclamo político de gran interés —sin descontar que en muchas pieza tuvo su eclosión el realismo socialista en versión criolla—, halló en Umberto Peña a uno de sus artífices. Carteles y vallas recibieron su oficio artístico, que adecuó a esas exigencias de otro tipo. En ellas también expresó Peña su carácter, su habilidad expresiva, y fue ejemplar. En la revista Casade las Américas acudió al arsenal de símbolos del grafismo latinoamericano, al montaje de fragmentos, al juego que atribuye nuevos significados a imágenes de uso. Debo comprender que en muchas ocasiones se divirtió con travesuras formales que sorprendían la mirada entre textos de muy complejos contenidos. Salvo en contadas ocasiones —por ejemplo, un número dedicado a un evento sobre Rubén Darío, con el socorrido Art-Nouveau de su época, suspirantes mujercitas entre jarrones y floripondios, el mundo del poeta de los cisnes y los palacios, los marcos adornados por espigas caprichosas—, la fuerza de su estética halló espacios donde seducir al lector con imágenes de cierta radicalidad.

Una faceta última de su labor en Cuba fue la confección de lo que llamó trapices. Nadie que viera el acopio de telas fastuosas, y las filigranas de corbatas antiguas —como una dote que le obsequió su amigo el poeta José Lezama Lima—, podía imaginar que el resultado no desdijera el signo de Umberto Peña en la plástica cubana, pues corría el riesgo de “aflojarse”, deslavazarse. Puntada a puntada cubrió unas estructuras que remedaban mariposas gigantes, relieves que se encimaban al visitante, colgantes como en cascadas, desenfrenados pétalos y pistilos, un colorido desbordado, vegetal, una catarata de telas milagrosamente hilvanadas, asidas entre ellas hasta conformar una majestuosidad imponente en tamaño y en seducción. La gran fruición floral de aquellas piezas inundó el famoso Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional, uno de los pocos espacios habaneros que podían albergar sus dimensiones. Arte nacido sin pretensiones de perdurar, porque lo herirían mortalmente el polvo, la humedad del trópico, el aire mismo, aquellas enormes representaciones de flores y mariposas gritaban desde su fragilidad. Eran una provocación al placer del color y la forma. Su relieve invasivo constituía un nuevo reto del maestro Peña, tocado por una sonrisa enigmática, que en esta ocasión burlaba la mitificación de la flor, de “lo lindo” exaltado como suma y concreción del “buen gusto”. El creador de imágenes grotescas, verdaderos puñetazos a las exigencias de un arte dócil, se erguía con un juego que desconcertaba a los teóricos del utilitarismo. De nuevo subvertía los significados con una ironía en clave para iniciados.

Escribí estas notas sobre la obra de Umberto Peña, en las que intencionalmente no coloqué las fechas de los diversos períodos a que hice referencia, para observarla como un todo, un signo provocador desde una sensibilidad diversa, un pensamiento extremadamente libre sobre el arte y sus misterios en un entorno herido por imposiciones. En estos días una noticia prepara el ánimo de quienes hemos coincidido con la obra de Peña y de quienes se acercarán a una parte de su expresión artística: una exposición en la Casa de las Américas, en La Habana, luego de un tiempo sin confrontarse con su trabajo. Razón de júbilo y de reencuentros. Reynaldo González, escritor.

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La obra de Umberto Peña, a través del tiempo, asombra por la permanencia de sus valores conceptuales y formales. Después de más de cuarenta años asombra por su auténtica cubanía. ¿Acaso no hay en esa constante ironía, en ese choteo sutil, en ese exquisito relajo, una de las claves de nuestro humor, del ser que somos? La permanencia de lo erótico ¿no corresponde al papel de esa función en la vida cotidiana de los cubanos? El uso de interjecciones, onomatopeyas, metáforas ¿no es sustancia viva del habla popular? Las interacciones exterior-interior, el sometimiento de lo individual a lo colectivo ¿no son decisivas influencias, presencias indudables en el comportamiento de cada miembro de la comunidad?

Junto a un diseño racional y eficazmente comunicativo, Peña creó una obra (lito) gráfica y pictórica que por su intrínseca vocación transformadora devino revolucionaria. Buscó siempre nuevos espacios para incorporar al espectador al lenguaje plástico contemporáneo, convocándolo a nuevas dimensiones de lo real y lo presente a partir de una clara conciencia de que la realidad de la superficie no es lo central ni lo esencial sino el fascinante proceso de exploración interior. Las complejidades de la realidad social y artística, Peña las obliga a atravesar un tamiz en el que se rescata lo que de universal contienen. Si para ello utiliza un universo de formas contrapuestas, superpuestas, en constante movimiento, que configuran el grito, el gemido, el susurro, el orgasmo, en un intento por subvertir la retórica ideológica y las apariencias de una obsoleta moral, entonces sus resultados se acercan también a una renovada visión barroca de los fenómenos.

Barroquismo en el sentido de espacio poblado de cosas y personas, en ese mágico fervor de tantas calles y ciudades nuestras. Barroquismo en su estridencia visual, en cierta expresión caribeña, al asumir los grandes lienzos polícromos como ambientes totales, o en los trapices de incontables sensaciones incitadoras y provocadoras como altares de catedral colonial.

Parece ser este uno de los rasgos definitivos de Umberto Peña en el concierto del arte cubano contemporáneo, así como esa capacidad suya para comprender la especificidad de los campos en que se mueve su obra, como parte de una cultura que implica choques, diálogos y la no aceptación de un desarrollo chato, plano, exento de contradicciones (que es todo menos desarrollo revolucionario).

Una obra esencialmente vital porque violenta, cuestiona, protesta, afirma. Los reclamos urgentes de un mundo en que vivimos sin cansarnos de transformar. Nelson Herrera Ysla, crítico de arte y escritor.

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Conocía y admiraba la obra de Umberto Peña desde hace mucho tiempo. Personalmente lo veía, en los años 70, a la salida de la Cinemateca dos o tres veces a la semana pero no tenía ninguna relación con él, más allá de un saludo casual. Fue cuando tuve la suerte y el privilegio de que colaborara con los diseños de Término Editorial que tuve la oportunidad no solo de conocerlo, sino de ver al artista en acción. Ser testigo del proceso mediante el cual Peña era capaz de primero captar y luego plasmar en una imagen el tema fundamental de una obra, ha sido una experiencia inolvidable. Las portadas diseñadas por él constituyen verdaderas joyas artísticas. Sutiles, penetrantes y provocadoras. Roberto Madrigal, escritor.

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Umberto Peña es un importante creador y un maestro para muchos de los artistas de la generación de los 80 en Cuba, a la cual pertenezco. Desde esa época para mí ha sido un guía, un mentor, alguien a quien he consultado muchas veces y del cual he obtenido las mejores orientaciones a seguir, no solo verbalmente, sino también con su ejemplo vivencial. Su creatividad en la pintura, el diseño grafico, el diseño teatral, las instalaciones, así como en el uso creativo de materiales y objetos, es única. Su manera de sobrevivir a todas las crisis de la Isla, de transformarlas, de superarlas a través del arte, de mantenerse siempre “al día” y de no perder la visión de un artista en el mundo, es admirable. Hoy día, cuando vive en la diáspora, Peña sigue creando y descubriendo nuevas posibilidades expresivas. Es por esto que sus piezas se han venido exhibiendo en la serie de exposiciones y eventos internacionales agrupados bajo el titulo “CAFE: Las travesías de los artistas cubanos” (CAFE: The Journeys of Cuban Artists), conjuntamente con artistas de diversas generaciones. La historia del arte en Cuba no puede prescindir de su nombre, y no puede existir una buena colección de arte cubano sin que su obra este presente. Leandro Soto, pintor.