Actualizado: 06/12/2019 17:18
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Literatura, Polémica, Exilio

Radical, irreverente y combativo

Resulta imposible leer los dos últimos libros de Orlando Luis Pardo Lazo sin polemizar con parte de sus opiniones, pero también sin disfrutarlos. Como él mismo expresa, la suya es “una literatura al límite que, por eso mismo, no cabe en el canon ni en el mercado”

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Todo auguraba que Orlando Luis Pardo Lazo (La Habana, 1971) iba a tener en Cuba una brillante trayectoria como escritor. Publicó los libros de cuentos Collage Karaoke (2001), Empezar de cero (2001), Ipatrías (2005) y Mi nombre es William Saroyan (2006). En 2005 fue ganador del concurso nacional de cuentos convocado por La Gaceta de Cuba. Asimismo, recibió una mención en el Premio UNEAC 2007 con su colección de cuentos Boring Home, aunque al final no llegó a ver la luz. En 2009 inició el blog Lunes de Post-Revolución, lo cual motivó que aquel volumen fuera penalizado con su retirada de la imprenta. A partir de entonces, Pardo Lazo pasó a engrosar la lista de autores vetados en las publicaciones, editoriales e instituciones de la Isla.

En marzo de 2013 pudo salir del país. Impartió conferencias sobre política y literatura cubanas en universidades norteamericanas y europeas. Fue profesor adjunto de Escritura Creativa en Brown University en 2015, y becario de 2015 a 2016 en The International Cities of Refuge Network en Reikiavik, Islandia. En 2016 pasó a residir en Estados Unidos. Actualmente cursa un doctorado en Literatura Comparada en Washington University de San Louis, Missouri. En 2014 editó y prologó las antologías de nueva narrativa cubana Generation Zero. An Anthology of New Cuban Fictiony Cuba In Splinters. Recogió una muestra de su labor como fotógrafo en el foto-libro digital La Habana Abandonada (2014). Y bajo el sello de Hypermedia Ediciones ha publicado dos gruesos libros de crónicas contraculturales cubanas: Del clarín escuchad el silencio (2016) y Espantado de todo me refugio en Trump (2019). En las líneas que siguen, están dedicadas a reseñar ambos.

En apariencia, el primero de esos libros es una recopilación de textos sobre temáticas variadas. Pero en sustancia y con pocas excepciones, su asunto dominante, recurrente y omnipresente es la realidad política de Cuba. No importa sobre qué escriba Pardo Lazo: la política siempre acaba colándose en algún momento, aunque luego devuelva el protagonismo del cual se apropió. Tampoco es que irrumpa traída por los pelos, sino que por lo general su intromisión viene a cuento. Para ilustrar con un ejemplo, Pardo Lazo comienza una crónica en homenaje a Armando Calderón, el irrepetible animador de La Comedia Silente, con estas palabras que condensan mucha justeza y mucha verdad:

“Como toda patria que se respete, la nuestra es un cementerio sin sentido. Uno a uno dejamos ir apagando los hombres y mujeres que marcaron la historia, los que brillaron con luz personalísima en la Cuba de verdad, la del corazón que duele y no olvida: sueño susurrante y secreto, su pesadilla peor. Y no la Cuba esa de la demagogia a gritos, mitad guerrerista y mitad populachera, que aún es tildada de «Revolución» por una élite tipo mafia, asombrosa aleación de guajiros bárbaros con burgueses sin escrúpulos”.

También forman parte de ese reducido grupo de textos que se apartan del tema político los que Pardo Lazo escribe sobre la pintura de Humberto Calzado, un montaje teatral de El Ciervo Encantado, el filme de Mario Coyula Memorias del desarrollo y el Lezama Lima que tanteó lo prosaico y “puso tipos a tirarse a tipos con verbos raros y adjetivos truncados”. Asimismo, en Del clarín escuchad el silencio hay una crónica autobiográfica en la cual evoca un recuerdo de su infancia, cuando habitaba “en el paraíso doméstico de dos obreros tan pobres como amorosos: María del Carmen y Dionisio Manuel, los mejores padres del mundo”. Está escrita en un registro que contrasta con el tono que domina en el libro, y en la misma cuenta el día en que estos, que vivían en el barrio habanero de Lawton, lo llevaron a conocer el Vedado. Mientras su madre lo sostenía, su papá le dijo que alzara la vista. Vio así por primera vez “el edificio con el aura más azul del planeta, cuya única diferencia con el hotel de la cadena Hilton de los años cincuenta era el cartel que leí por mí mismo sobre su pico nevado: Habana Libre”.

Pero como ya apunté, los textos a los que antes aludí constituyen excepciones en el libro en el cual la voz dominante es la de un Pardo Lazo contestatario, camorrista, deslenguado, combativo. Es esa voz la que habla ya desde la primera crónica, en la que su autor se asoma “con morbo a los ojos vaciados del Mínimo Líder, del Compañero en Jefe que ya no ostenta ningún cargo dictatorial, del amigo ancestral amnésicamente asesino, y que ahora apenas se dedica a tocar objetos con un índice de pronto tan inocente como el de un bebé (…) Tras haber impuesto su verdad a botazos, como estrategia ética de gobernabilidad, Fidel está ahora ante nosotros viviendo en Braille. Nada ve, nadie lo ve. Necesita el contacto, las antenas de sus índices de gallego facha, fragua de Fragas de un siglo XX que no terminó hasta que en los años cero o dos mil Fidel se fue en sangraza intestinal”.

Los cubanos ahora somos todos Fidel

En las páginas siguientes, Pardo Lazo escribe sobre su “Cuba personal”. Traza una narrativa alternativa, que se aparte de los relatos oficiales. Vuelve en varias ocasiones al Finado, pues como expresa, “de Fidel Castro nunca te libras. Al contrario, por los siglos de los siglos hasta el fin de los cubanos, te enlibra (…) De suerte que los cubanos, a costa de sacrificar nuestras biografías, hemos vivido todas las vidas posibles de Fidel. Es decir, lo hemos inmortalizado, incluso cuando escribimos para maldecir nuestra relación con él. O para patéticamente acusarlo de fracasado, cuando es sabido que el totalitarismo, sea por un mes o por un milenio, siempre es un as de triunfo: no hay barbarie reversible, el daño humano es irreparable. En más de un sentido, y contrario a nuestras casas que «eran de Fidel» —según las tarjas que lapidamos en nuestras puertas—, los cubanos ahora somos todos Fidel”.

Al referirse a la desmedida violencia con que se reprime a las Damas de Blanco, que “con sus atrevidas aventuras por los barrios altos y los marginales”, son “protagonistas agónicas de un escueto ensayo de insubordinación ciudadana”, el autor de Del clarín escuchad el silencio reflexiona: “La única alternativa viable para la gerontocracia militar no será nunca el entendimiento, sino el aniquilamiento del otro, ese pasatiempo perverso contra su prójimo. Hay demasiados intereses institucionales anquilosando esta odisea del odio. Hay demasiadas evidencias de que la Isla está habitada por una tribu salvaje que parece de recolectores mientras están bajo represión, pero que son caníbales caribes cuando de pronto se ven en libertad”.

Pardo Lazo se despacha a gusto con figuras del mundo artístico e intelectual conocidas por su incondicional fidelidad al régimen. Dedica una de sus crónicas a “Silvito, el lóbrego”, quien “de rebelde con causa, en tránsito de pepillo irreverente a cantautor reprimido, y luego de la Nueva Trova a ser el vocero do-re-mi-fa-sol-la del Sí al socialismo de los sesenta”, en los últimos años “ha devenido blogger comecandela, que debate lo mismo con los compañeros del Partido Comunista, que con la sonrisa señorial de Carlos Alberto Montaner (esa otra encarnación del Mal absoluto así en Madrid como en Miami, a los efectos del gobierno cubano)”.

Recuerda que Alicia Alonso “también fue vedette de Batista, antes de ella vestir a su compañía de verde olivo —de olvido—, pues Fulgencio y Fidel no quedan nada lejos en nuestro índice onomástico, homomáchico. Dame la F, ¿qué dice? Y aún más, Alicia Alonso hasta enterró una zapatilla bajo el tablado como talismán, para que nunca el poder totalitario se olvidara de su entrega sin tacha ni tentación de desertar en el extranjero”. Y a propósito de la censura de Abel Prieto a un reguetón de Osmani García, Pardo Lazo comenta: “Cuando un ministro de Cultura tiene que preocuparse por las trivialidades comerciales del arte o sus sucedáneos, cuando un ministro se deja el pelo largo y los jeans estrecho para parecer un joven contestatario de cincuenta años, cuando un ministro publica ensayos sobre escritores muertos mientras mata en vida la palabra de sus contemporáneos, ese ministro porta obscenamente una pistola junto a su portañuela de pepillo incivil: un cañón fálico a la diestra de su fana con peste a despótica patria”.

Algunos de los textos están basados en vivencias autobiográficas del autor. En una de las crónicas, recuerda su participación, como integrante de la delegación cubana, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2002. Se trataba de su primer viaje fuera de la Isla, pues entonces, anota, “como un hombrecito de Maisinicú, yo tampoco «tenía ningún problema con el G-2»”. Cuenta que no fue a todas las actividades programadas, y se metió, en cambio, en la única a la cual le habían advertido desde La Habana no asistir: la presentación de un número de la revista Letras Libres. La llegada de un grupo de “mexicanitos con globos y ganas de protagonizar un guateque sin tequila”, hizo que el acto se convirtiese en “un empuja-empuja sabroso, un crucigrama sin clave, donde cualquiera podría coger gratis el primer gaznatón”.

En otra crónica, la titulada “Los detectives domésticos”, Pardo Lazo rememora su experiencia en otra Feria Internacional del Libro, en este caso de La Habana. Como su libro Boring Home había sido secuestrado de la imprenta, decidió preparar una edición autorial y presentarla al otro lado del muro de la Fortaleza de La Cabaña, sede del evento. Días antes, recibió llamadas telefónicas intimidatorias, correos electrónicos en los que lo amenazaban con golpizas, pateaduras y escupidas en la cara e incluso la visita de un alto funcionario del Instituto Cubano del Libro, para prevenirlo de que no osara asomarse por aquel sitio. Finalmente, el lanzamiento del libro se realizó “gracias a la sobreactuación de la prensa foránea en la feria, cuyos «corresponsales» nos rodearon en un anillo de guardaespaldas digitalosos”. En Cuba, escribe Pardo Lazo, “nadie se atrevió a cronicar este episodio excepcional, excepto aquellos a sueldo de la UNEAC y el ICL, quienes lo llamaron «circo mediático». Como si la literatura misma no lo fuera”.

Miami, un clon de la Cuba perdida para siempre

Pero aunque los dardos de Pardo Lazo van dirigidos principalmente al régimen castrista y a todo lo asociado a él, reserva algunos para la propia oposición. No en balde se define a sí mismo como “un disidente dentro de la disidencia”, y también declara no tener “compatriotas ni contemporáneos”. Expresa que Cuba es un país donde “la oposición y el periodismo disidente están no solo infiltrados, sino que funcionan de facto como la filial más secreta de la Seguridad del Estado”. De ahí que era lógico que “el espíritu contestatario reencarnase al margen de cualquier disidencia y su ristra de denuncias digitales que no cambian nada”. (Unas denuncias ni más ni menos digitales que las que escribía el propio Pardo Lazo, cabe apuntar.) Solo dedica palabras sentidas y elogiosas a Laura Pollán, “débil, decente, inderrotable Dama de Blanco”, y a Oswaldo Payá, “un patricio al que admiré desde mi ignorancia”. A propósito de este último, le reprocha a Yoani Sánchez que al fallecer Payá escribió “un epitafio tan políticamente aséptico que no menciona ni accidente ni asesinato ni nada”.

A la Iglesia Católica le critica el inventarse revistas paraculturales “para no tener que meterse en política”. Y a propósito de la procesión a El Rincón que los devotos de San Lázaro realizan cada 17 de diciembre, comenta que “la religiosidad en Cuba se ha ido tornando cosa de bárbaros, hasta terminar en una superstición medieval de masas, represiva y cruel”; “un escarnio nacional, carnaval que da grima a quien conserve un mínimo de intelecto y moral (esas dos utopías de las que ningún manual socialista se ocupó)”.

En la crónica acerca de su primera visita a Miami, esa ciudad “donde cada casita es un clon de la Cuba perdida para siempre”, anota que entró y salió “a través del espejo mágico de sus mega-emisoras de radio y TV”. En esos medios dio varias entrevistas, en las que dijo “lo primero que se me ocurrió, sin agendas impuestas por las mafias imaginadas del Ministerio del Interior castrista —que tiene más agentes en la Florida que en el resto del mundo—, sin miedos mutuos ni censuras mediocres, y sin añadir ni una línea a lo que siempre dije desde mi móvil cubano en mi natal barrio habanero”. Y en otro texto, al expresar que “de una Revolución totalitaria, como de las pesadillas de infancia, nadie nunca del todo se escapa”, agrega: “Y como prueba ahí tenemos a ese Complejo de Edipo espantoso llamado la cultura cubano-americana, con sus nosthalgias y sus pajarerías patrias, con sus mitos de abuelos fundacionales y esa literatura en espanhole que parece sacada de Google Translator”.

En Del clarín escuchad el silencio aparecen algunos textos sobre la visita que Pardo Lazo hizo a Miami y Nueva York tras salir de Cuba. Pero aquellas fueron estancias breves, pues entonces su destino final era Reikiavik. En Espantado de todo me refugio en Trump, en cambio, escribe sobre sus experiencias en Estados Unidos, una vez que pasó a residir allí. El propio escritor ha resumido el libro como “un diario de crónicas contraculturales que constituye la venganza radical de un autor que escapó del castrismo cubano sólo para terminar atrapado en el castrismo académico norteamericano: es decir, la tiranía de lo políticamente correcto y la tontería izquierdista anti-Trump”. Y en una entrevista que le hizo Jorge Enrique Lage, añade: “Espantado de todo me refugio en Trump, además de ser una obra maestra, es un tesoro enterrado en el modo subjuntivo de la literatura cubana: es lo que pudimos ser y nunca seremos. Radical, vomitivo, inocente, tierno. Es el diario que debí de haber escrito tan pronto como aprendí a leer en la escuelita primaria Nguyen Van Troi, supongo que en alguno de esos viernes de fin de curso de 1976 o 1977”.

El hallarse ya fuera de la Isla no lo ha librado del castrismo. En Estados Unidos viene a descubrir que si allá su legado se perdió hace varias décadas, “es aquí, en el gran campus de concentración que es la academia norteamericana, donde el legado del castrismo no necesita de resucitar. // Es aquí donde Fidel Castro es un Dios y Dios no ha muerto. Ni morirá. Es inmatable, es inmutable”. Sus “comentarios inapropiados y alienantes que contribuyeron a crear un ambiente inseguro, hostil e improductivo en el aula”, le ganaron el odio de sus compañeros de doctorado, que lo acusan de misógino, racista, homofóbico, heterosexista, clasista y neocolonial. Al explicar la verdadera razón de ese odio, Pardo Lazo escribe: “Me odian porque me temen. Los tengo aterrados. Como conejillos de izquierda. // La derecha se contagia. La izquierda no. // La izquierda es innata”.

Aparte de lanzar sus bombas incendiarias contra el totalitarismo académico norteamericano, las feministas, el supremacismo de izquierda y la aberración mental que es lo políticamente correcto, ¿de qué otros temas se ocupa Pardo Lazo? Como diría Lezama Lima, al tratar de responder a esa pregunta puedo afirmar que el día se me ha vuelto muy difícil. Primero, porque Espantado de todo me refugio en Trump es un libro de letra bastante pequeña y de amplio formato (23 X 19 cms.), lo cual hace que las 300 y tantas páginas cundan mucho. Y segundo, porque en ese medio centenar de crónicas su autor trata muchos temas. Incluso en un mismo texto va hilvanando un asunto con otro. Pero para que por lo menos no se diga que no lo intenté, a continuación paso revista a algunos de ellos.

En una de sus crónicas, Pardo Lazo narra el día posterior al anuncio de la elección de Donald J. Trump. “Mi universidad amaneció hecha un mausoleo. Un necrocomio. El campus completo era como un cometa cubierto de hielo hipócrita. Mucho peor de que si se les hubiera muerto algún familiar, a cada uno de mis colegas y profesores. // Están del carajo los norteamericanos. Y, sobre todo, se ponen del carajo las norteamericanas (…) En cualquier caso, justo después de las elecciones, pasada la euforia de mi rencor, me sentí tan, pero tan fuera de lugar, que me entendí, por primera vez en la vida, sin lugar”.

Arremete contra varios escritores cubanos

Dedica algunas páginas a plasmar sus impresiones de Missouri, “un estado open-carry de armas, donde puedes salir a la calle arrastrando un misil con un cordelito, siempre y cuando sea carga explosiva convencional (no atómica)”. Sobre Saint Louis, una de las ciudades más segregadas y violentas de Estados Unidos, apunta que “la temperatura baja mucho por la noche. Y sin avisar. Cataplún y hay ya menos cuatro o cinco grados Celsius: el mismo frío en los huesos de cuando yo cursaba cuatro o quinto grado en la escuelita primaria Nguyen Van Troi”. De Saint Louis destaca que tiene el mejor club de ajedrez de Estados Unidos y probablemente del mundo. Está muy cerca de su casa, en una esquina muy concurrida. “Un recodo libre de corrección política”, donde todavía “puede fumarse de todo y beber alcohol en plena acera”. Aunque confiesa que ni siquiera es un jugador mediocre, ama el ajedrez y va allí a perder una de cada diez partidas. Apunta que ese club le complace más que la universidad. Y acerca de las personas que acuden a él, escribe:

“En cada uno de sus anónimos habitantes se mantiene viva la llama de una alegría sin causa. Ocupan, lo mejor que pueden, un universo donde las piezas son movidas por otros y no por ellos. Pero sonríen ante tamaña artimaña celestial.

“Y encima estas criaturas aún son capaces de no hacer trampas para ganar un partido. Justo lo contrario del mundo de ganadores a su alrededor, donde diríase que todos están todo el tiempo ofuscados, odiándose entre sí precisamente porque cada uno cree que es el otro quien ha triunfado”.

La llegada de diciembre, con su invierno del exilio, lo lleva a tratar de escuchar la respiración de la noche cubana. Pero es en vano: “Ni el menor sonido de invierno me da un indicio de que a esta hora existan allá afuera mi barrio, mi ciudad, mi país, mi historia, mi conato de irrealidad. Mi finca cubana. Mi norte al sur”. El lawtoniano de corazón que es no puede evitar sentir nostalgia por el que alguna vez fuera “el reparto más hermoso en la historia de la humanidad”. Diciembre, mes en el cual nació, le dicta cosas en su cabeza y él intuye su arribo “en el olor de la tierra. Es decir, en el recuerdo del olor al patio de tierra que sigue allá, en mi casita de tablas en Lawton. Allá lejos, allá atrás. Como quien dice, aquí mismo”.

La irreverente lengua de Pardo Lazo conoce pocos limites, si es que conoce alguno, y no se corta al arremeter contra varios escritores cubanos. Los que siguen son fragmentos sacados de una crónica titulada “Wendy, Ena, Zoé y otras chicas del montón”: “Wendy Guerra salía en el Noticiero ICAIC Latinoamericano, recostada como una diosa plebeya a una columna colonial, los brazos abiertos de par en par en la tela lumínica de la sala oscura. Y poco después ya aparecía con una contrata laboral hablándole a la edad de oro, pedofilica en plena televisión estatal (…) Nené traviesa al amanecer, despertar de Ismaelilla”; “Ena Lucía Portela lucía portentosa con aquel pelo negro de bruja que se había propuesto fornicar con todos y cada uno de los escritores de su generación. Vaginosis filológica. Yo era de su generación, pero por entonces yo no era un autor (y todavía hoy no lo soy). Después, en los años cero, le hablé. Por teléfono, solo por teléfono (…) Hasta que su mal la puso muy mala conmigo porque le mencioné los nombres de Wendy Guerra y Zoé Valdés”; “En su momento, a ras del malecón o tocándole la pinga a la estatua de Fernando VII, nadie en La Habana Vieja fue más linda que una joven virgen llamada Zoé Valdés. Chinita rica, arrebatada y arribista como ella sola. Como nosotros solos. Como todos los cubanos que en los años ochenta han sido”.

Pero de igual modo, Pardo Lazo dedica palabras amables y, a su manera, respetuosas a Dulce María Loynaz, Juan Carlos Flores, Jorge Enrique Lage, Ricardo Pau-Llosa, Ernesto Lecuona. De este último recuerda que justo antes de morir, “tuvo que combatir fuerte en su testamento (con abogados incluidos) para que no lo deportaran, muerto y todo, a la Cuba caribe de los milicianos verde oliva. // Si se descuida Lecuona, le secuestraban hasta su propio cadáver, para exhibirlo como un trofeo de guerra en el parnaso proletario de las musas marxistas, las semifusas del fidelismo, y otros orfeos del horror”.

En otra crónica, rememora al escritor chileno Pedro Lemebel, a quien conoció “en la sede art-decó de Casa de las Américas, que a pesar de ser el cuartel general de la censura hemisférica, lo había invitado a una Semana de Autor”. Era muy alto, expresa, o al menos así lo recuerda. Y “tan tonto como para comerse con papas al Tata Castro cubano, mientras despotricaba en contra del Caballón Pinochet”. Pero agrega que “con sus rabietas performáticas y todo lo que ustedes quieran, concedido, al menos fue un ser humano muy libre. Muy lindo. Una sentimentala absoluta y un guerrero de la prosa en contra de todo abuso social. // Su lenguaje al límite era presencia pura. Decencia pura, sin las pacaterías de su partido. El Partido (…) Pedro como sinónimo de incorrección. Lemebel como antónimo de toda alcurnia en el rancio y revolucionario ghettus chilensis”.

A los colegas y profesores universitarios que reducen a Pardo Lazo a un blanco racista, les causará cierta perplejidad el que reivindique al escritor afroamericano Richard Wright como un visionario, que fue “acosado por la basura blanca de los Partidos Comunistas”. De él expresa que “tenía una inteligencia desquiciada: una mente a mil, hecha a golpes de lecturas y abusos, de familia y fundamentalismo, de democracia meridional y discriminación industrial”. Comenta además que los liberales de hoy seguramente ya lo habrían acusado de acoso sexual. Y añade que “se resistió mientras le duró la risa y la rabia, batiéndose como un Quijote cojonú contra todo tipo de prensa panfletaria y oportunista. Unos medios tan mediocres como manipuladores”.

Espero que las citas anteriores sean suficientes para dar una idea de estos dos libros radicales, ariscos, inverosímiles, excesivos y llenos de imprudencia. No creo que sea necesario apuntar que la de Pardo Lazo es una propuesta radical, que rehúye la empatía de los lectores, especialmente de aquellos mojigatos y defensores de las buenas maneras y la corrección política. Por eso Del clarín escuchad el silencio y Espantado de todo me refugio en Trump deberían llevar en la cubierta una tira que advirtiese: Difícilmente digerible por todos los públicos. A su autor es evidente que le gusta irritar, desconcertar. Es antipático, lo sabe y lo disfruta. La suya, lo dice él mismo, es “una literatura al límite que, por eso mismo, no cabe en el canon ni en el mercado”. Que responde además a un propósito consciente: “Mientras más lectores yo consiga sacar del closet del castrismo para que den la cara, más me sentiré satisfecho”.

¿Es Pardo Lazo un simple provocador o un analista lúcido? Pienso que tiene un poco de ambas cosas. No comparto algunas de sus opiniones, algunas incluso me parecen muy discutibles. Pero al mismo tiempo reconozco que nos pone en guardia sobre varias cuestiones cardinales de la realidad de hoy. ¿Se excede en sus sarcasmos? Sí. Pero en varias ocasiones debemos admitir que están del todo justificados. En un ambiente intelectual como el cubano, donde abunda tanto la pendejez, digo que yo que ser tan deslenguado y demostrar semejante libertad y osadía algún mérito tiene que tener.

Hay otro aspecto al cual considero de elemental justicia aludir. Resulta imposible leer estos dos libros sin polemizar con parte de sus opiniones, pero también sin disfrutarlos. Como escritor, Pardo Lazo posee talento y una encomiable voluntad de estilo. Su prosa es áspera, explosiva, y está llena de juegos de palabras, parodias, contrabandos textuales, humor desopilante y argot cubano (“mi vocubalario”, lo denomina él).

No sé cuántos lectores acumularán estos dos libros. En todo caso, ni Del clarín escuchad el silencio ni Espantado de todo me refugio en Trump han de pasar inadvertidos. Su autor sabe encargarse de que no lo sean. En todo caso y cuando se mira el panorama demasiado apacible de nuestro ambiente intelectual, hay que decir que una dosis de incorrección y terror literarios no está mal para empezar. Y yo diría que hasta es saludable.