Actualizado: 26/09/2018 15:51
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Literatura, Literatura cubana, Obituario

Rafael Alcides (1933-2018)

Rafael Alcides contaba con la humildad, la modestia, la nobleza que tantas veces forman parte de los grandes artistas

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Murió allá en La Habana el pasado día 19, a los 85 años, Rafael Alcides Pérez; un poeta cubano sobresaliente. Él vivía en el “insilio”; es decir, en su tierra, pero a la vez apartado de ella en lo referido a la interactuación con el entorno, sobre todo intelectual y político.

De su obra poética se destacan Agradecido como un perro, poemario de soberana fuerza con el cual obtuviera el Premio de la Crítica de 1983, Y se mueren y vuelven y se mueren (1986), Nadie (1993) y Conversaciones con Dios (2014, publicado en Sevilla), entre otros.

Alcides también incursionó en la narrativa con los libros El anillo de Ciro Capote (Renacimiento, Sevilla, 2011), la recopilación de crónicas Memorias del porvenir (Premio Café Bretón & Bodegas Olarra, AMG Editor, Logroño, 2011) y los relatos Un cuento de hadas que termina mal (Pepitas de Calabaza, Logroño, 2011).

De su ideario destaco aquello de que “estar vivo es un deber” y su respuesta a un editor fullero: “tuviste la oportunidad de vivir con dignidad y la perdiste”.

En 2015 recibió el Premio Nacional de Literatura Independiente Gastón Baquero, que otorgan, en Estados Unidos, Neo Club Ediciones, el Club de Escritores Independientes de Cuba y el Instituto la Rosa Blanca.

Alcides contaba con la humildad, la modestia, la nobleza que tantas veces forman parte de los grandes artistas. Y la entereza que distingue a los verdaderos creadores. En estas mismas páginas dimos cuenta, el 7 de julio de 2014, de su decisión de renunciar a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), debido a que personas subordinadas al Gobierno le bloqueaban la correspondencia.

Conversar con Rafael Alcides significaba algo así como asistir a una clase de ética, mediante la cual, además, recibíamos lumbre para atizar la voluntad que es menester para llevar adelante el acto de creación y a la par el ánimo contestatario frente a las injusticias “oficialistas” que en aquella tierra cubana, lamentablemente, abundan.

Y lo caracterizaba asimismo el respeto para la opinión ajena y la férrea delicadeza para reclamar sus derechos o criticar al ofensor; de lo cual sería un ejemplo cuando en una reunión de la UNEAC, aproximadamente en el verano de 1986, aludiera a la inconsistencia que advertía, en relación con su labor, cierta dirección del ICR (Instituto Cubano de Radiodifusión), donde entonces el poeta colaboraba.

Su entusiasmo afloraba con fuerza cuando constataba los alcances en la obra de colegas contemporáneos; lo cual patentizaba su carencia de ese ego, de esa petulancia que identifica a no pocos creadores. Sobre esta condición del poeta, escribí en este mismo diario: “Un inocente. Un niño. Porque ya lo sabemos: ‘Los hombres son buenos, entre otros rasgos, en la medida en que sigan siendo niños’. O si no, miremos alrededor y veamos a esas personas ciento por ciento adultas; máquinas que, como tales, ya no tienen ni una miaja de candor y por tanto resultan uno de los más grandes peligros para la especie humana”. Es decir, Alcides, candoroso; lo cual no tiene por qué ser antagonista del talento.

En fechas relativamente recientes han fallecido en la Isla intelectuales de alta talla como Guillermo Rodríguez Rivera, Daniel Chavarría y Miguel Mejides. En estos casos los medios de difusión autorizados en Cuba (todos en la nómina del Gobierno) han dado fe del suceso, lo cual es totalmente justo.

Pero es totalmente injusto que esos medios omitan el deceso de escritores cubanos que en una u otra medida no comulgaban con el régimen, como han sido, entre otros, los casos de Eliseo Alberto, quien falleciera en México en 2011; y más recientemente José Lorenzo Fuentes, quien murió en Miami el pasado diciembre. Al mismo silencio suman ahora a Rafael Alcides Pérez, cuya muerte, hasta ayer, no había sido destacada por los principales órganos oficialistas.

La Revolución cubana, ya lo sabemos, es implacable con quienes disienten y magnánima con quienes callan y aún más con aquellos que se arrastran para competir por un premio o para que les publiquen un libro o les organicen una exposición o un concierto.

Resulta infame conformarse con cuchichear sobre la muerte de Alcides y no tener esa mínima cuota de valor para reclamarles a los dueños de la patria que den a conocer la noticia de su muerte.

Luego de una conversación que allí, en el Palacio del Segundo Cabo, sostuve con el poeta en el ya lejano 1989, concebí el poema que copio a continuación, y con el cual cierro estas líneas, publicado en el libro de mi autoría Y me han dolido los cuchillos:

No es lo que importa

En el tronco de un árbol
una niña,
grabó su nombre…
Canción

A Rafael Alcides

Junto al tronco de un árbol siempre habrá una

niña

que en realidad es una muchacha.

La niña que es una muchacha grabará su nombre

en la corteza del tronco de un árbol;

siempre lo estará grabando.

Nunca se sabrá para quién, personalmente, graba

su nombre,

no es lo que importa.

Pero la niña, o sea, la muchacha, siempre estará

grabando su nombre en la corteza del tronco

de un árbol,

hasta el infinito

hasta el Amor.

Julio de 1989


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