Actualizado: 15/11/2019 19:53
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Electrodomésticos, Narrativa, Memorias de la revolución

Rafael tenía razón

CUBAENCUENTRO continúa su sección de obras de narrativa cuyo tema central se podría catalogar de “memorias de la revolución”

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Allá por el año 1972 yo trabajaba en la Delegación Regional Santa Clara del Ministerio del Trabajo y hacía unos días habían llegado los efectos eléctricos. [Para el lector no enterado: eran electrodomésticos y otros que el Gobierno entregaba a los centros de trabajo para que estos, a su vez, les otorgaran el derecho a comprarlos a los trabajadores más destacados].

En esta ocasión eran un televisor, dos radios de pila y una lavadora (todo soviético). Por entonces la lavadora era lo más pretendido, sin desdorar a los demás, muy pretendidos también.

Será por eso que la Comisión de Repartición de Artículos —les recuerdo a quienes deben de saberlo y les aviso a quienes no lo podrían saber: compuesta por tres trabajadores de “sobrado prestigio”, más un miembro de la Sección Sindical y otro del núcleo del Partido Comunista de Cuba (PCC) del centro de trabajo— decidió comenzar la liza por la lavadora.

Eran las seis de la tarde —la hora establecida para estas reuniones–, los trabajadores colmábamos el patio, aun de pie: como era habitual no alcanzaron las sillas que trajeron del salón de reuniones.

La presidenta de la Comisión —Nora Bugnes, negra y buena persona por cierto, miembro del PCC—, expresó que después de “debatir hondamente” las solicitudes de los compañeros trabajadores durante 10 días, proponía, la Comisión, que el derecho a comprar la lavadora le fuese otorgado al compañero Arsenio Lara, jefe del Departamento de Organización del Trabajo y secretario del núcleo del PCC. “¿Alguna opinión?”, preguntó Nora a los presentes.

A mí no me pareció justo: la lavadora también la había solicitado Amelia, una hermosa mujer trasladada hacía poco desde Guantánamo, una rareza de mujer para la región central del país: de piel tersa, color tamarindo, ojos negros, cabello largo y liso. Y miembro del PCC.

Por otra parte, si bien Lara, como había expuesto la Comisión, tenía 10 hijos, su esposa no trabajaba, como sí lo hacía Amelia, ejemplo de la mujer revolucionaria. Está bien, Lara, como había planteado uno de la Comisión, el de la Sección Sindical, era un compañero abnegado, pero igual resultaba Amelia, y era mujer. Pero sobre todo: ¿acaso no era la lavadora para lavar, es decir, para “una labor de mujer”? ¿Tenía sentido entonces que en lugar de otorgársela a una mujer trabajadora se la destinaran a un hombre?

Todo lo anterior dije, y redije, apliqué y repliqué y volví a replicar. Y corrió el tiempo, oscureció.

Como otras veces en lances semejantes, vi que algunos de los que estaban más cerca de mí me miraban con rencor. En algún momento escuché que Silvino, el jefe de Ubicación, masticó por lo bajo: “Cojones... miren qué hora es y todavía falta por repartir los radios y el televisor”.

Finalmente: “Bueno los que estén de acuerdo con que la lavadora se le entregue a Amelia, que levanten la mano”, pidió Nora. Solo yo la levanté.

Nora, de inmediato pidió que, para poder continuar la reunión, le consiguieran el farol de la Dirección porque allí a la mesa donde estaba la Comisión apenas llegaban las luces del patio.

Casi siempre a la salida del trabajo yo marchaba con mi amigo Rafael Gutiérrez[1], que vivía en Placetas, militante de la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba y un buen socio sin duda. Lo acompañaba hasta su albergue.

Esta vez, durante aproximadamente 300 metros, Rafael, un tipo jovial, estuvo sin hablarme. Cuando llegamos al Parque, él me detuvo por un brazo.

—¿Por qué te empeñas en joderle la vida a los demás? ¿Serás comemierda? ¿No te das cuenta de que estás perdiendo el tiempo y se lo haces perder a uno, ¡cojones!? —me dijo mirando hacia el suelo, dando unas patadas contra este.

En ese momento no, pero unos años después, fui comprendiendo que Rafael tenía razón.



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