Actualizado: 12/12/2018 10:27
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Cajal, Medicina, Cuba

Ramón y Cajal, un premio Nobel en medicina que casi muere en Cuba

Un episodio de juventud, relacionado con la isla de Cuba, que estuvo muy cerca de costarle la vida a Cajal y de costarle a la ciencia sus aportes

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“Hay un patriotismo infecundo y vano: el orientado hacia el pasado;
otro fuerte y activo: el orientado hacia el porvenir”
Santiago Ramón y Cajal

«Usa tus neuronas», «Fulanito tiene muchas neuronas y Zutanito está vacío de ellas». Frases como estas, son tópicos en lugares comunes, en la conversación de millones de personas, independientemente de que sean científicos o no. Pero no siempre ese nombre propio, «neurona», formó parte del lenguaje.

Aunque ahora nos parezca extraño, el cerebro no fue considerado como verdaderamente importante, desde el punto de vista del comportamiento y el conocimiento humano, hasta principios del siglo XIX. Para Platón, Aristóteles, Galeno, Averroes, DaVinci, Paracelso, Paré, Descartes y muchos otros filósofos, observadores clínicos y anatomistas de diversos tiempos y lugares (exceptuando parcialmente a Vesalio y Thomas Willis) el cerebro era, siendo simplistas, el órgano del cuerpo que enfriaba la sangre, una especie de radiador que dolía y tenía jaquecas cuando la sangre se calentaba demasiado, o, en todo caso, el asiento y lugar de residencia habitual del alma, desde el que controlaba, como una dictadora más o menos benigna, al corazón, el órgano legítimo de los sentimientos y virtudes. Por tanto, el cerebro no era mucho más que eso, un aditamento mecánico y/o una habitación silenciosa y acolchada.

Hubo que esperar hasta el advenimiento de la teoría celular: Hooke y van Leeuwenhoek, los precursores, en el siglo XVII y Schleiden, Schwann, Brown, Virchow, Purkinje, Kolliker y otros, en las primeras décadas del siglo XIX, para que se reparara en que el cerebro, por lo menos, el de los animales tenía células, muchas células.

Pero, aunque ya no se dudaba de que el organismo, el humano y cualquier otro, animales y plantas incluidos, estaba formado en gran medida por células, se comenzó a pensar, al analizar someramente —las técnicas microscópicas y de tinción eran muy pobres— su estructura en el humano, que el cerebro era un retículo, o sea, un entramado sólido configurado por un tejido sin células aisladas. Tenía, en efecto, elementos celulares, como los núcleos, pero no podía decirse que había allí células sino una masa homogénea. A esta forma de ver las cosas se le llamó «Teoría reticular» y sus partidarios, que eran muchos, casi todos (o todos) los neurólogos e investigadores, fueron considerados reticularistas.

Y aquí es donde aparece en este sintético recorrido el doctor e histólogo español Santiago Felipe Ramón y Cajal (1852-1934), que aprendiendo (el neurólogo Luis Simarro fue quien le habló del novedoso método) y utilizando debidamente los métodos de tinción tisular, tintura de cromato de plata, que había desarrollado el médico, patólogo e histólogo italiano Camillo Golgi (1843-1926), demostró que el cerebro SÍ estaba formado por células independientes (unidades discretas se diría hoy), que se unían y desunían unas con otras mediante sus axones y dendritas, y a las que Cajal denominó «neuronas». Por tanto, enfrentándose al reticularismo, y no olvidemos que todos los demás científicos eran reticularistas, Cajal dio a luz la llamada desde entonces «Teoría de la neurona» o Neuronismo.

Hoy, que hablar de neuronas y neurotransmisores nos parece algo común, obvio, cuesta entender la magnitud de la labor científica de Cajal y lo que eso significó, no solo para la medicina, sino para todas las ciencias en general y la neurología en particular. Una obra de una magnitud comparable al descubrimiento de la circulación de la sangre, del electromagnetismo, del átomo, de la energía atómica y de la teoría cuántica. Si lo duda, piense entonces con qué se idearon todas esas teorías y se describieron esas leyes: pues con las neuronas de sus creadores. Aunque esta obra de Cajal, y esto lo engrandece, fue llevada a cabo casi en soledad.

Soledad relativa (es justo señalar que el histólogo alemán Albert Kolliker le dio su importante respaldo casi desde el primer momento), porque una de las polémicas más fascinantes de la historia de la medicina fue la suscitada entre Golgi, reticularista convencido y empecinado —Golgi había sido alumno de Joseph von Gerlach, padre del reticularismo, pero menos arrogante y cabeza dura que el primero—, y Cajal, neuronista convencido y enemigo del empecinamiento en las ciencias.

Una polémica que, y este hecho sí es inédito, se llevó incluso al pleno del evento de concesión del Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1906, alcanzado por ambos, y donde Golgi, que llegó a no saludarse ni hablarse con Cajal —y viceversa—, defendió vehementemente su teoría reticularista en el discurso de aceptación del galardón, sin reconocer ni mencionar al español. Y Cajal le llevó la contraria, también vehementemente en el suyo —aunque sí reconoció y agradeció al italiano por sus colorantes tisulares—, defendiendo la teoría de la neurona o neuronismo.

Sí, una espectacular batalla de egos, y seamos francos, cargada también de cierto mal gusto, librada frente al numeroso y algo perplejo público que llenaba el paraninfo de la Academia de Ciencias Sueca, mecenas y organizadora del por entonces bastante novedoso y ya muy respetado Premio Nobel.

Veamos cómo lo cuenta el propio Santiago Ramón y Cajal en uno de sus amenos, y lamentablemente poco leídos hoy, libros de memorias: «¡Cruel ironía de la suerte, emparejar, a modo de hermanos siameses unidos por la espalda, a adversarios científicos de tan antitético carácter!».

Y fue, en efecto, una cruel ironía de la suerte emparejar así a estos dos hombres, porque, aunque pasó muy poco tiempo para que la teoría neuronal de Cajal fuera aceptada por todo el mundo, quizás incluso en privado (no estoy seguro de eso) por el propio Camillo Golgi, nunca más se reencontraron amistosamente los dos grandes investigadores y grandes hombres, que ambos, es justo decirlo, lo fueron.

Como nos dice la investigadora científica y neuróloga española Carmen Agustín Pavón: «Así pues, cuando Cajal y Golgi se sentaban delante de sus microscopios, armados de papel, lápiz, curiosidad y paciencia infinitas, tenían ante sus ojos imágenes prácticamente idénticas. Y, sin embargo, nunca vieron lo mismo».

Profunda lección para intentar comprender esa extraña e inasible forma de comportamiento a la que llamamos esencia humana.

Pero, aunque válida esta introducción para colocar a Santiago Ramón y Cajal en el marco de su destacadísimo alcance internacional, y contar de paso anécdotas de una enemistad antológica entre dos grandes, lo que queremos narrar aquí es un episodio de juventud, relacionado con la isla de Cuba, que estuvo muy cerca de costarle la vida a Cajal y de costarle a la ciencia sus aportes, o por lo menos de retrasarlos por un tiempo. Un episodio que, aunque aparece señalado en letra pequeña en sus biografías, marcó la vida del investigador para siempre y al mismo tiempo es muy poco conocido por el público.

Comencemos esta aventura cubana con las propias palabras de Cajal, tomadas de sus memorias:

«En junio de 1873, y a la edad de veintiún años, obtuve el título de Licenciado en Medicina. Deseaba mi padre conservarme algún tiempo a su lado, para estudiar a conciencia la anatomía descriptiva y general, con el objeto de tomar parte en las primeras oposiciones a cátedras de esta asignatura; pero la llamada —quinta de Castelar—, es decir, el servicio militar obligatorio ordenado por el célebre tribuno para hacer frente a la gravedad de las circunstancias políticas malogró el programa paterno».

Nótese la precoz edad de graduación médica del joven Cajal y nótese también la fecha: junio de 1873. Está en marcha en la península una de las Guerras Carlistas, la tercera (1872-1876) y en Cuba la llamada Guerra de los Diez Años (1868-1878), y Cajal, preparándose para el profesorado, es obligado, como tantos otros jóvenes españoles de pocos recursos, a ir a la guerra. Vale decir que saltarse el servicio militar obligatorio costaba, y eso era oficial y así aparecía en los periódicos, 1.200 pesetas de la época, una pequeña fortuna que el padre de Cajal estuvo dispuesto a reunir, aunque con grandes esfuerzos, pero el joven se negó en redondo a que lo hiciera.

«Si la aventura viene a mí y la patria me necesita, pues bienvenidas ambas». Que así lo escribió mucho más tarde.

Como médico que ya es, se presenta a oposiciones para obtener grados militares y destinos. Lo ascienden a teniente y lo envían a Burgos a combatir a los carlistas, pero allí no hace verdaderamente falta. Las operaciones militares eran mínimas, y la guerra de Cuba consume más hombres y es más importante para el Gobierno español.

Lo ascienden entonces a capitán de los servicios médicos militares y en 1874 marcha como oficial sanitario a la isla del Caribe. Contrario a la opinión de su familia, él siente que va a vivir una aventura y así nos lo dice en otro lugar:

«En vez de lamentar el resultado del sorteo, sentí íntima satisfacción; iba a cruzar el Atlántico, como los famosos conquistadores del Nuevo Mundo».

Cajal no tenía ni la menor idea, como todo joven idealista y aventurero, de lo que le esperaba en Cuba. Parte de una Cádiz que no conocía y viaja en el vapor Guipúzcoa —18 días de travesía—, que hará escala en San Juan de Puerto Rico para continuar luego a La Habana, punto de destino de la división a la que pertenecía el joven médico.

El 17 de junio de 1874 llega a la capital de Cuba e inmediatamente —no utilizó, por pudor o pena, algunas cartas de recomendación que le dio su padre, Justo Ramón Cajal, que era cirujano en Navarra— lo suben a un barco de cabotaje y lo envían al puerto de Nuevitas, en la zona de guerra camagüeyana. De aquí, en un tren blindado, y pasando brevemente por Puerto Príncipe, se incorpora a diferentes puestos y fortines en las trochas, en este caso la nombrada Trocha del Este por los españoles o Trocha de Júcaro a Morón por los cubanos, y en pequeños poblados militarizados.

La aventurera incursión a las florestas tropicales y la visión de parajes paradisiacos y batallas épicas, comienzan a desvanecerse como arena entre los dedos casi desde la primera hora. Solo ve miseria, niños desnudos, nutridas columnas militares y parajes desolados. La ciudad de La Habana, que se le parece a Cádiz, era otra cosa, «pero ¡qué lejos está de mí esa Habana!».

Se enferma, no más arribar al primer puesto avanzado, de paludismo, una enfermedad común y que podía llegar a ser mortal, entre otras cosas por el único tratamiento conocido entonces, la quinina, una droga con graves efectos secundarios, al extremo de que muchos soldados preferían las fiebres y había que obligarlos a tragar las píldoras. Y muy pronto comienza a tener también problemas con los oficiales corruptos.

La mayoría de ellos, Cajal se da cuenta enseguida, robaban abiertamente, para ellos y para sus barraganas, los sueldos, el rancho y los bastimentos de las tropas.

Uno de esos oficiales, con el que había chocado verbalmente a causa de la pésima comida de la tropa y de haber encontrado Cajal un almacén clandestino con alimentos hurtados por este hombre y sus secuaces se adelanta y acusa al médico, que había llevado con él su microscopio, de pasarse el día «mirando por un tubo y perdiendo el tiempo en tonterías sin hacer la labor que le corresponde». Lo acusan también de «chinchorrero», o sea, de delator de las corruptelas de los oficiales con mando de tropas. Y eso lo ponía a mal con todos sus compañeros de armas, tanto los superiores, que se sentían amenazados, como los soldados de tropa, que temían las represalias de sus oficiales.

A los treinta días de estancia en el territorio bajo control militar español, Cajal no ha visto todavía un combate, ni tan siquiera un intercambio de disparos, pero ya vive plenamente en el infierno de lo peor de la guerra.

Enferma Cajal de disentería (probablemente amebiana) sin curarse del paludismo. En su opúsculo autobiográfico Mi infancia y mi juventud, escribirá:

«Pensaban, los gobernantes españoles, con su política de hasta el último hombre y la última peseta, que, a Cuba, esa Cuba que nos aborrecía, y cuya independencia, deseada por América entera, era inevitable, que valía la pena de sacrificarle España».

El hospital de campaña de Vista Hermosa, del que Cajal es nombrado jefe médico, es asaltado en una ocasión por los mambises —primera y última vez que ve acción de armas— y el doctor, con un pequeño grupo de soldados a su mando, tiene que combatir, fusil en mano, rechazando a los insurrectos. Poco después tiene un problema serio con un coronel que quiere que sus dos caballos, para evitar que los robaran, pasen la noche dentro del hospital de campaña, entre las hamacas. Cajal se niega en redondo y le levantan entonces un expediente, que no lo lleva a un tribunal militar, y a una sentencia de arresto mayor, o algo peor, casi de milagro.

Adquiere —era una verdadera esponja para las enfermedades— nuevas dolencias, incluyendo erisipela, anemia ferropénica y fiebres recurrentes. Comienza a padecer un agudo, aunque intermitente, dolor en el lado izquierdo del abdomen debido a la esplenomegalia —crecimiento del bazo— palúdica y la ictericia, por destrucción de glóbulos rojos e inflamación del hígado. Se describe él mismo como: «pálido y traslúcido como papel de la china, de tinte verdoso en el bozo y amarillo en los ojos, esquelético, débil de piernas como un anciano cansado de vivir».

Se le envía, después de una inspección médica superior, y con la anuencia del jefe de sanidad del cuerpo de ejército, doctor Manuel Grau Espalter, a la ciudad de Puerto Príncipe para reponerse. «Amable y tranquila ciudad. Fue la época más agradable de mi estancia en Cuba», nos dice.

Pasa allí tres meses, dos de ellos trabajando como médico asistente en el hospital militar de la ciudad. Se recupera ligeramente y hace amigos entre los jóvenes, de ambos sexos, del vecindario de la por entonces pequeña capital de provincia. Pero pronto despierta envidias entre sus iguales y superiores y es devuelto al campo de operaciones, específicamente al puesto de San Isidro, un lugar considerado por la tropa como de castigo.

Las condiciones sanitarias y de vida son pésimas en este sitio y Cajal decae gravemente, al extremo de presentársele una caquexia palúdica. Se pone, en menos de dos meses, al borde de la muerte. Lo trasladan de urgencia, en muy grave estado, al Hospital de San Miguel de Nuevitas y desde allí, después de ser tratado por varios médicos militares, se le da de baja definitiva el 15 de mayo de 1875.

A todas estas Cajal tiene que solicitar, por conducto oficial, su paga. Había cobrado el primer mes y no volvió a ver un centavo. Ya de vuelta en España, casi un año después, cobrará estos sueldos atrasados y con ellos comprará el microscopio de calidad con el que comenzará sus investigaciones sobre el tejido nervioso, pero esa es otra historia.

Solo once meses había pasado Cajal en Cuba y probablemente no hubiera podido sobrevivir a uno más. Pero joven, y con muy buen estado físico previo, comienza a reponerse en cuánto sale de la manigua y tiene acceso a mejor y más abundante alimentación. Como a tantos soldados españoles que pasaron por las guerras de Cuba, no son las balas, sino las enfermedades infecciosas el verdadero enemigo a sobrevivir.

De sus experiencias al regreso a España escribió:

«Conmigo abandonaron la isla, también muchos soldados inutilizados en campaña. Los desventurados estaban enfermos como yo, pero menos atendidos, viajaban en tercera, hacinados en montón y sometidos a régimen alimenticio insuficiente o poco reparador. Yo me complacía en cuidarlos, procurándoles medicamentos y alentando sus esperanzas. Algunos de aquellos infelices fallecieron durante la travesía. ¡Qué desgarrador espectáculo contemplar a la alborada el lanzamiento de los cadáveres al mar! En cambio, otros enfermos más afortunados mejoraban a ojos vista. Al alivio cooperaban la pureza del aire y la ausencia de nuevas infecciones, pero obraban con superior eficacia estos dos supremos tónicos espirituales: la esperanza de ver pronto al patrio terruño y la alegría de incorporarse al seno del hogar».

Regresó en el vapor España y desembarcó, todavía muy débil y demacrado, en el norteño puerto de Santander. Al poco tiempo del regreso y mientras descansa en la casa de sus padres, descubre con asombro, por una inesperada hemoptisis, que padece de tuberculosis pulmonar.

La recuperación satisfactoria de su aventura cubana le llevó a Cajal dos años, pero no desperdició ese tiempo. Pensó en su futuro y se convenció de que no había nacido para ser militar ni tampoco para practicar la medicina clínica. La investigación anatómica e histológica era lo suyo y a eso se dedicaría sin descanso.

Dice un viejo refrán español que, lo que pasa conviene, y probablemente la breve, pero muy intensa experiencia cubana fue el detonante, había visto la muerte muy de cerca, para que el joven Cajal se apartara de la carrera médica convencional y tomara el camino de la investigación histológica, para bien de la ciencia.

Aunque gozó el resto de su larga vida —82 años— de bastante buena salud, también es cierto que se cuidó mucho y no tuvo vicio alguno, salvo el trabajo duro y la lectura. Nunca se recuperó completamente de las secuelas de las fiebres palúdicas, de la ictericia y de la tuberculosis pulmonar que adquirió en Cuba. Tampoco olvidó nunca las desagradables experiencias vividas, la miseria y las virtudes y defectos de los seres humanos.

Y supo contar, muy bien contado, todo esto para la posteridad.


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