Actualizado: 23/09/2019 16:12
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Literatura, Lectura de Verano

Rastro de oro

CUBAENCUENTRO ha retomado este año su sección Lectura de Verano, dedicada a publicar obras de narrativa, que pueden ser enviadas a nuestra dirección en Internet

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Ok, when the little white man shows up, we’ll make a run for it —le dije.

Estábamos guareciéndonos en la caseta de cristal de la parada de ómnibus, y a nuestro alrededor caía un aguacero con furia de bendición, los goterones formando gruesos cordeles de agua desprendidos del cielo oscurecido.

En la sala, tiró sus botas de tacones agudos en el piso y su blusa blanca, le seque el pelo mientras le preguntaba:

Do you want some tea? Are you cold?

Había sido un año amargo, pero los domingos me iba con mi hijo a una piscina en Harlem, y cuando intentaba ayudarlo a nadar, me decía, muy bravo:

—Daddy, you don’t have to hold me, I don’t sink!

Y al salir del subway en la 190, ahí estaban los plátanos en el halo amarillo de los faroles eléctricos, y en la oscuridad había niños jugando en el parque infantil, y los celulares de los padres parpadeaban como murciélagos milagrosos. Al entrar al apartamento, me recibía la planta mustia sobre el quicio de la ventana, le echaba agua. El sonido de la llave desperezaba al gato, una pelota gris de mal humor que se estiraba y luego restregaba con cariño contra mis piernas, y me miraba con sus amarillos ojos de momia egipcia, para que le diera de comer. Comíamos en silencio, frente al televisor mudo de inútiles imágenes cambiantes.

Y entonces apareció en mi vida esta sirena de voz ronca, de cuerpo perfecto, de chistes indecentes. Pensé que no le gustaba, pero un día salimos en grupo de la oficina y fuimos los últimos en quedarnos en el bar, y la bese ¿como no iba a besar esos labios? y me agarro la camisa con furia y le dije llévame contigo pero me respondió no, quiero una segunda oportunidad y le dije ok, tu eras la reina y yo soy el esclavo. Luego en el SOBs nos emborrachamos con caipiriñas y bailamos hasta que el sudor nos corría por la espalda.

Y ahora, en mi cuarto, con las cortinas bajas, besaba sus pechos cortos de pezones perfectamente proporcionados, y agarraba su cintura, sus piernas largas y lisas, y oía en el patio la lluvia apagarse en las enredaderas sobre el suelo y los goterones retumbar sobre el aire acondicionado en mi ventana hasta que sudados, desnudos y felices, nos dormimos.

Durante el día escuchaba su voz, su risa, sus dedos tecleando furiosamente en su cubículo, y me contenía, trataba de ignorarla, de concentrarme en el trabajo, de contestar el teléfono prontamente, y solo de vez en cuando mandarle un e-mail con algún chiste, con alguna insinuación que solo ella y yo podríamos entender.

Ella, por supuesto, era mucho mas abierta. A mi primer y vago e-mail me respondió:

—Yes, I am on for this Friday, and some more smooching should be added to the agenda.

Bueno, me dije, al carajo con el secreteo ¿no?

Un trueno nos despertó y sentí sus manos asustadas clavárseme en el pecho

Why is it so dark in here?

Because the curtains are down, silly. Are you OK?

Levanté las cortinas de papel y la tenue luz de la noche entró al cuarto y vi las enredaderas cabeceando al ritmo de las gotas de lluvia, y la pared de ladrillo del edificio de enfrente brillando, mojada y silenciosa.

Are you better now? —Dije buscando con mis manos su silueta en la esquina más lejana de la cama pero a medida que me acercaba y revolvía la colcha, las almohadas y las sombras se revelaban vacías ¿donde estaba?

Con una media sonrisa pensando que estaba jugando conmigo, que quería que la encontrara en la sala o en alguna otra parte del apartamento ahora invadido por el olor de la vegetación húmeda, por el suave, calmante rumor de la lluvia, esquivé en la penumbra lila la esquina de la cama, encontré el picaporte de la puerta blanca que se destacaba al final del pasillo, la abrí y me asome a la sala. La ventana abierta de la cocina dejaba entrar el mismo murmullo de agua cayendo en la madrugada, todos los objetos inanimados de mi vida diaria, la mesa, el refrigerador, el fregadero metálico que había pulido anticipando su visita, el fogón blanco de cuatro hornillas liberado de la costra de mis fracasados intentos culinarios, la mesa de madera oscura que le compré a la pareja de maestras lesbianas del tercer piso antes de que se mudaran, todos reflejaban ahora en su quietud el tenue fulgor gris que entraba por la ventana.

La sala la encontré igualmente familiar y silenciosa, los dos sofás desgarrados por las uñas de mi gato, los juguetes de mi hijo amontonados en la esquina, los libreros estirados y llenos a lo largo de las paredes, la pila de objetos sin uso definido amontonados sobre el mueble del televisor, todo tranquilo, invariable, y vacío. ¿El baño? El baño estaba abierto, la cortina verdosa de colores caribeños estaba inmóvil, el lavamanos, las toallas limpias dobladas en una pirámide. Tampoco estaba ahí. Aún sin comprender, regresé al cuarto, que encontré, predeciblemente, vacío. Me agaché donde, frente a la cama, había visto sus jeans tirados, abiertos como la boca de un caimán desmayado, y sus botas de punta fina y tacón alto, pero solo toqué los tabloncillos pulidos y levemente pegajosos del piso.

Me levanté y suspiré con una mezcla de contrariedad y extrañeza. ¿Cómo era posible que se hubiera ido en un segundo, mientras yo abría la ventana, sin haberla visto yo vestirse, sin haber escuchado el quejido del llavín de la puerta de entrada? ¿Cómo es posible que se vaya de madrugada en medio de la lluvia en un barrio en el que nunca había estado, sin el menor motivo, sin decirme una palabra?

Encendí las luces y recorrí mi apartamento vacío, ya con furia, revolví la cama que aún olía a sudor, a sexo, a nuestros cuerpos, vi la mancha dorada que había dejado el maquillaje de sus ojos, y convencido que estaba solo, acaricié desanimado al gato gris que entró con un maullido inquisitivo, a ver que pasaba.

Al día siguiente me afeité cuidadosamente y no pude evitar pensar en el momento en que la viera en la oficina durante todo el viaje en el subway. Noté que todos los posibles diálogos que ensayaba en mi mente se me reflejaban en el rostro por las miradas instantáneas y oblicuas que me lanzaban los otros, silenciosos, indiferentes y hoscos pasajeros. Entre a mi cubículo y tosí, moví papeles para anunciar mi presencia. No escuché ninguna señal de vida de su cubículo que sabía diagonal al mío, con paredes contiguas. Quizá no haya llegado, pensé, encendí la computadora, me hice una taza del espantoso, amargo café que hacíamos en la oficina, y me puse a revisar mis e-mails cuidándome de no contestar ninguno porque me sabia de mal humor y falto de concentración.

A la hora de almuerzo, como quien no quiere las cosas, pasé por su cubículo mirándolo de reojo mientras acariciaba con dedos sudados un file amarillo, pero no pude contenerme cuando capté el vacío ordenado y sutil de su mesa, de su silla que parecía descansar sin haber sido usada en meses. La mesa olía a desinfectante y en su superficie mate no había ni un papel, ni una presilla, o una pluma, o computadora, y las paredes del cubículo estaban desnudas sin un calendario, o fotos, o notas, o horarios, ninguna señal de vida.

—¿La que se reubico para Italia? —Me respondió María la recepcionista con un bostezo cuando le pregunté, por quien se sentaba en el cubículo ahora vacío a la diagonal del mío. No proseguí mi inquisición para no despertar las sospechas de María que no necesitaba demasiados estímulos para meterse en la vida de la gente.

—Qué bueno seria tener una o dos mujeres atractivas en esta oficina —me dijo mi jefe en la pereza del mediodía, sentado en su oficina y mirando por las enormes ventanas las águilas cromadas del edificio Chrysler.

Casi dije su nombre pero me acordé del cubículo vacío, de la reubicación a Italia.

Busqué su apellido en las listas de Outlook pero no aparecía. ¿Estaría María hablando de otra persona? ¿O se habría ido para Italia a trabajar para otra corporación? La rutina de la oficina siguió imperturbable, seguía oyendo en el silencio el tecleo de los dedos sobre las computadoras como el delicado toque de palomas caminando sobre un techo de zinc, y la pelirroja que era amiga inseparable de la sirena de mi ensueño seguía sosteniendo largas conversaciones con su novio por teléfono, solo que ya no se detenía a contarlas de nuevo en el cubículo a la diagonal del mío, donde ahora residía un ingeniero barbudo y colorado reubicado de New Jersey.

Dudaría, como de seguro lo hace el lector en este momento, de mi juicio, como lo dudé yo cuando llegué al apartamento vacío, tranquilo, inmutable, y busqué desesperadamente alguna evidencia de la aventura, de la noche maravillosa interrumpida por la tormenta, y lo encontré en la mancha dorada en la esquina de la sabana, el polvillo dorado de su maquillaje, mi rostro sobre la almohada, con el alivio, con desesperación, con incredulidad. Pensé, seguí pensando las semanas siguientes que María se había confundido y que solo estaba de vacaciones o viajando por el trabajo, o en alguna de nuestras numerosas oficinas satélites, y esperé con ansiedad que alguien mencionara su nombre, una referencia oblicua que confirmara mi cordura, mientras llegaba en las tardes anaranjadas del verano a la estación de la 190, y al salir del subway me esperaban los plátanos, los plane trees, sus cortezas lizas con manchas verde-claro como uniforme de soldado, sus copas llenas arrullándose en la brisa que anunciaba la pronta llegada de la noche, interrumpida por el bramido indecente del ómnibus que arremetía calle abajo hasta la rotonda frente al parque donde se detenía a ronronear, y las voces de los niños en el parquecito infantil, cabecitas entrando y saliendo por canales y columpios en la bruma gris del agua de las fuentes, y los mulatos dominicanos jugando basquetbol entre gritos rudos de voces de barrio, y regresaba, tarde a tarde, al apartamento vacío con las ventanas que dan a las enredaderas del patio interior y la pared de ladrillo blanqueadas de cal del edificio de enfrente.

Y aún espero una llamada, un correo electrónico, que un día regrese, toque a la puerta y entre al apartamento que abandonó tan bruscamente, y me de una explicación, algo racional de que agarrarme mientras saco la sabana de la secadora y la doblo cuidadosamente, punta con punta, y aliso con la mano la esquina manchada de oro.


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