Actualizado: 21/09/2018 11:18
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Zvianguintsev, Cine, Cine ruso

Retrato de familia

Con su quinto largometraje Andréi Zvianguintsev prosigue su desencantada visión de la Rusia contemporánea. El resultado es un filme intenso, sombrío, áspero y de una negrura tan desoladora que cala los huesos

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Desde que se dio a conocer en 2003 con El regreso, Andréi Zviaguintsev (Novosibirsk, 1964) se situó a la vanguardia de la cinematografía rusa, junto con Alexander Sokurov. A partir de aquel filme, con el cual obtuvo el máximo galardón en el Festival de Venecia, no ha hecho más que cimentar su prestigio como uno de los principales referentes del cine de autor contemporáneo. Algo que ha conseguido con películas como Elena (2011) y Leviatán (2014).

El más reciente título de su filmografía es Sin amor (Rusia-Francia-Bélgica-Alemania, 2017, 127 minutos), que, tras su paso por Cannes, donde mereció el Premio del Jurado, figura entre las nominadas al Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Para realizarla, su productor, Alexander Rodnianski, optó por levantar una coproducción europea. Ha explicado así la razón que lo llevó a ello: “El Ministerio de Cultura de Rusia se tomó grandes molestias para enfatizar cuánto le disgustó Leviatán y su deseo de evitar una repetición de ese tipo de errores en el futuro. Por eso decidí que no necesitábamos avergonzarlos más y decidí hacer la película por mí mismo”.

Esa decisión dio a Zviaguintsev mayor libertad creativa, al no tener que depender de la ayuda económica del Estado ruso. Sin embargo, no ha impedido que en las proyecciones de Sin amor cada palabrota sea silenciada con un pitido, aplicando una ley que rige en Rusia. Está vigente desde junio de 2014 y prohíbe los insultos en las artes, la cultura y los eventos de entretenimiento en el país. Expertos de filología son los encargados de determinar si las palabras o las expresiones empleadas en cada caso son motivo de sanción. Para algunos, se trata de un intento de limpiar la lengua de la nación. Otros, en cambio, lo consideran como el último paso de Vladimir Putin para limitar la libertad de expresión y promover un punto de vista nacionalista conservador.

En su quinto largometraje, Zviaguintsev prosigue el relato de la descomposición de la sociedad moderna en general, tomando la rusa como ejemplo. A diferencia de Leviatán, en Sin amor lo hace basándose no en la vertiente política, sino en la personal. El guion, coescrito con Oleg Neguin, su colaborador habitual, tiene como protagonistas a Zhenia y Boris, un matrimonio que se encuentra en proceso de divorcio. El amor se ha acabado entre ellos, si es que alguna vez lo hubo. Ambos han rehecho sus vidas y tienen ya nuevas parejas. Aunque se ven pocas veces, las discusiones y la escasa comunicación son la tónica habitual entre ellos. Ninguno de los dos parece estar interesado en Aliosha, el hijo de doce años. Este vive atormentado por la falta de cariño y comprensión que recibe de su padres. Un día desaparece y será entonces cuando la pareja no tendrá más remedio que unir sus fuerzas para encontrarlo.

En su primera hora, Sin amor muestra al desnudo los sentimientos de Zhenia y Boris. En la primera escena en que aparecen juntos, la más intensa y dolorosa del filme, ambos se lanzan acusaciones, insultos y rencores. Se desprecian mutuamente y rivalizan a ver quién ofende más al otro. Su egoísmo solo les permite pensar en sí mismos, y durante la discusión, queda claro que ninguno quiere hacerse cargo de Aliosha, que fue un hijo no deseado. Se refieren a él como “el crío” y no se preocupan por que este los pueda escuchar. Eso es lo que, en efecto, ocurre. La cámara capta al niño detrás de la puerta, con el rostro transfigurado por el llanto luego que ha oído la frialdad con que sus padres hablan de él.

Repetirán el mismo infierno que sufrieron

Zhenia y Boris son una típica pareja de clase media. Ella dirige un salón de belleza y él trabaja en una empresa. Viven en un hermoso apartamento que han puesto a la venta. Aparte de Aliosha, es lo único que ahora los une. Zviaguintsev define así su situación: “Al cabo de doce años de matrimonio, un hombre y una mujer ya no se soportan y deciden divorciarse. Una situación que no tiene nada de notable. Pero ambos tienen proyectos. Quieren pasar página, comenzar una nueva vida con otra pareja, saborear emociones nuevas que les ayuden a sentirse completos y esperanzados. Están algo desanimados por la experiencia pasada, pero confían en el futuro. Solo les queda deshacerse de la carga que hay entre ellos y la felicidad: su hijo Aliosha, que se convierte en el muñeco de trapo que se tiran a la cabeza en cuanto tienen ocasión”.

El filme pasa después a presentar las nuevas vidas que Zhenia y Boris llevan. Este tiene una nueva pareja que ha quedado embarazada. Más que por la desaparición de Aliosha, está preocupado por no perder su trabajo. Su director es un fundamentalista ortodoxo que solo admite empleados casados y con hijos. Zhenia está con un hombre adinerado varios años mayor, con quien tiene una relación esencialmente basada en el sexo. Lleva una vida banal y lujosa. Es esclava de su móvil y está enganchada a las redes sociales. A través de ella, el espectador se entera de que fue criada por una madre insensible de la que nunca recibió una sola muestra de cariño. Una mujer monstruosa, como hay ocasión de comprobar, a quien Boris llama “una Stalin con faldas” y a la cual su hija ha terminado pareciéndose.

Pero la ilusión de la pareja de iniciar una nueva vida está condenada al fracaso. Ambos están espiritualmente podridos y con sus nuevas relaciones van a repetir el mismo infierno que ya sufrieron. En una de las escenas finales, que transcurre tres años después de la desaparición de Aliosha, es evidente que Boris considera a su nuevo hijo como una carga fastidiosa que parece molestarle. De nada le sirvió su anterior experiencia marital: no ha aprendido la responsabilidad que entraña traer al mundo y criar a un niño. Tampoco Zhenia proyecta una imagen de dicha, sino más bien de soledad. Hace ejercicios en una bicicleta estática, mientras su compañero mira la televisión. Para ella y para Boris, no hay redención.

La película adquiere un tono policiaco y de suspense en la segunda mitad. La ocupa la búsqueda de Aliosha, cuya desaparición no fue descubierta por sus padres. Quien lo advirtió fue su maestra, que llamó para avisar que hace dos días que faltaba a clases. Al acudir a la policía, Zhenia recibe una respuesta desalentadora: es poco lo que podrán hacer, debido al burocratismo y a la falta de recursos. Un detective le recomienda acudir a una asociación civil especializada en buscar niños desaparecidos (tales organizaciones existen realmente en Rusia). Aquí el duro retrato familiar se amplía al ámbito social, al mostrar la inoperancia del Estado para resolver los problemas de los ciudadanos. Eso obliga a la sociedad civil a asumir lo que corresponde hacer a las instituciones estatales.

Pero aunque es, ante todo, un cáustico relato sobre una pareja espiritualmente degradada, Sin amor admite e incluso estimula una lectura en clave alegórica. Crítico implacable de la Rusia de Vladimir Putin, Zviaguintsev presenta un retrato sombrío de la ruina moral de su país. El drama de los protagonistas es así un síntoma de una crisis de orden social. En el filme se muestra una sociedad que ha abrazado valores asociados al capitalismo occidental: el consumismo voraz, el individualismo, la codicia, la deshumanización traída por la era digital. Asimismo, a través del miedo de Boris a perder su empleo a causa del divorcio, se pone de manifiesto la intromisión de la religión en la vida privada. No obstante, esa lectura no debe llevar a perder de vista que las cuestiones que la película plantea son también problemas universales.

Zviaguintsev mantiene el alto listón alcanzado por él en Elena y Leviatán y ha realizado un filme espléndidamente rodado y brillante hasta decir basta. Su puesta en escena es virtuosa, milimétrica, llena de detalles y sutilezas y de un notable empaque audiovisual. En este último aspecto, es obligado destacar el trabajo de Mijaíl Krichman (fotografía) y Evgueni y Sacha Galperin (música), quienes obtuvieron el Premio de la Academia del Cine Europeo en sus respectivas categorías. Al primero corresponden las numerosas tomas de paisajes desolados y cubiertos de nieve, los espacios poco iluminados o en penumbras y las escenas nocturnas, que aportan la atmósfera perfecta para esta historia tan fría y cruel. Los segundos crearon una banda sonora perturbadora e hipnótica. Están, por otro lado, Marina Spivak y Alexei Rozin, cuyas actuaciones —sobre todo la de ella— alcanzan niveles de excelencia. Mención aparte merece Matvei Novikov, quien proyecta en su rostro todo el dolor y la desolación de un niño cuya infancia ha quedado deshecha.

En suma, un filme intenso, sombrío, áspero y de una negrura tan desoladora que cala los huesos. Una tragedia desgarradora narrada con sobriedad y contención y sin sensiblería. En otras palabras, cine con letras mayúsculas.