Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Cine, Arte 7

Retrato de familia con alcohol

Krisha es una agradable sorpresa en medio del agreste paisaje en el cual se ha convertido el cine independiente americano

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Filmada en nueve días y con un presupuesto muy por debajo de los $500.000, el debut de Trey Edward Shults como director de largometraje de ficción es sorprendente e impresionante.

El tema más trillado no puede ser. Una mujer que ha estado distanciada de su familia por diez años y regresa como madre pródiga, en una fecha señera, a buscar la aceptación de su hijo y de sus familiares, hace todo lo posible, quizá a pesar de sí misma, por crear un cataclismo familiar en menos de veinticuatro horas.

Trabajando un marco de acción que se presta a lo predecible, a la catarsis exagerada de muchos filmes americanos, en donde los personajes compiten a ver quién grita más alto y que por lo general se convierten en ataques de histeria colectivos. En el cual la mayoría de los filmes que exploran este tópico son generalmente didácticos, sus personajes dibujados en base a los postulados de la psicología pop del momento, la trama manicurada para concluir con una moraleja simplista y con personajes esquemáticos y faltos de matices. Shults resulta capaz de evitar ingeniosamente todo esto, quizá por su falta de interés en resultar emblemático o seminal.

La película abre con un primer plano de Krisha, una mujer sesentona y no bien cuidada, que dice mucho sin que la cámara pestañee ni que se espete un vocablo. La expresión de la actriz lo dice todo, frustración, titubeo, audacia y fatalismo. Luego la vemos llegar en su camioneta a un suburbio de esos que proliferan en Estados Unidos, que en este caso es en Austin, Texas, pero que pudiera ser Kendall en Florida, Mason en Ohio o Reseda en California. Esos vecindarios indistinguibles de casas cómodas y espaciosas, cuya arquitectura se define únicamente por su funcionalidad.

Tan despistada llega que inicialmente se confunde de casa. Luego vemos la cortés y poco entusiasta recepción y cómo Krisha comienza a instalarse y prepararse para cocinar el pavo por el Día de Acción de Gracias, con su receta especial.

Todo augura que algo catastrófico va a suceder, pero Shults le da un giro a la trama en el cual no importa que se sepa el finalismo del argumento, sino que lo fundamental es cómo se van dando las cosas y las situaciones. Se evita la introspección o hurgar en los antecedentes de los personajes. Las relaciones entre ellos se van dando a medida que la trama progresa. Al principio uno no está seguro de quién es quién. Se sabe que existen grandes problemas, pero no se enjuicia a los personajes.

Episódicamente vamos conociendo particularidades de la mayoría de los protagonistas y vamos comprendiendo la razón de las tensiones, pero Shults evita situaciones en los cuales la dramatización recurre a los extremos y cuando los personajes discuten, el tono se mantiene controlado en medio del caos y los ánimos se expresan mediante los encuadres de la cámara y las tonalidades del color de una manera sutil y sagaz. La narrativa fluye con naturalidad y a veces resulta molesta, lo cual es un logro, pues se trata de situaciones bien desagradables.

Shults deja que el argumento se desarrolle con coherencia, sin necesidad de agradar al espectador a toda costa. Krisha se desintegra delante de nosotros, pero nunca se nos anticipa una pista en relación a sus problemas psicológicos. Se sabe, en un momento dado, que ha sido una alcohólica, pero no se le dibuja de acuerdo a clichés o manuales de psicología. El director no tiene vocación de trabajador social. Las conductas a veces contrastan con lo que los personajes expresan acerca de sí mismos, lo cual le da más fuerza dramática al filme. Todos están caracterizados con los matices necesarios, sin condescendencia ni simplificaciones pueriles.

Krisha Fairchild, que en la vida real es la tía del director, resulta una presencia impresionante como el personaje central. Solamente tiene que mirar fijo a la cámara sin mover un músculo para expresar frustración, dolor y falta de estabilidad emocional. El propio director interpreta el personaje de Trey, el hijo que Krisha abandonó en algún momento y lo dejó a cargo de su hermana. Robyn Fairchild, la madre del director, interpreta a la tía Robyn que se ha quedado a su cuidado todos esos años de ausencia materna. Todos están excelentes en sus papeles.

Shults deja correr la cámara por la moderna mansión que habitan Trey y sus tíos. Nos muestra las actividades típicas de un Día de Acción de Gracias de una familia americana de clase media. No critica ni apoya, solamente muestra. El trabajo del camarógrafo Drew Daniels, quien también debuta como director de fotografía de un largometraje, es excelente. Mezcla los planos anchos, con los primeros planos y los planos americanos, de forma magistral. Llega un momento en que dado los encuadres y la forma en que se presentan las relaciones entre los personajes, la película se aprecia como un thriller psicológico. Sin que lo parezca, mucho sucede en sus breves ochenta y tres minutos.

Krisha es una agradable sorpresa en medio del agreste paisaje en el cual se ha convertido el cine independiente americano. Es un filme imaginativo que muestra que lo importante no es lo que sucede, sino cómo sucede. Un filme que resulta un heredero digno de lo mejor de Cassavetes y de Sayles. Esto le ha valido varios premios en los festivales de SXSW, Reikiavik y Taormina. También fue nominada a premios en Cannes, donde sorprendió a los críticos y ganó el John Cassavetes Award que otorga el Independent Spirits Award.

Sin tratar de pontificar, Shults se limita a un retrato de una familia en un mal momento. La cámara nos deja observar la respuesta de los involucrados sin interferir ni editorializar. Al no trascender, trasciende.

Krisha (EEUU, 2015). Guion y dirección: Trey Edward Shults. Director de fotografía: Drew Daniels. Con: Krisha Fairchild, Robyn Fairchild, Trey Edward Shults, Olivia Grace Applegate y Bill Wise. De estreno limitado en varias ciudades de Estados Unidos.


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