Actualizado: 16/10/2019 8:52
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Series, Trotski, Rusia

Retrato deliberadamente desbalanceado

La serie sobre Trotski se inscribe dentro de la línea de revisionismo histórico que en los últimos años viene llevando a cabo el gobierno ruso. De ahí que más que documentar sobre la Rusia de los bolcheviques, informa sobre la Rusia de Putin

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Una vez publicado el artículo que la semana pasada dediqué a la serie rusa Trotski, me he dado cuenta de que faltó que me refiriera a algunos aspectos concretos de la misma. No tienen que ver con sus valores propiamente audiovisuales y estéticos, sino con la imagen controversial, esto es, que es objeto de discusión y da lugar a opiniones contrapuestas, que en la misma se da de un personaje y unos hechos históricos. Esa es la razón por la cual he decidido redactar esta suerte de coda.

Konstantín Ernst, el director de Prevey Kanal, ha insistido en que no se trata de un documental, sino de una narración ficticia acerca de hechos de la biografía de Trotski. Eso implica que hay que permitir que sus creadores se tomen ciertas licencias y libertades. La cuestión es cuál es el límite al cual pueden llegar. ¿Permiten esas libertades la distorsión de la verdad histórica? A partir de este punto, pienso que se debe iniciar la discusión sobre Trotski.

En el artículo anterior, reproduje unas declaraciones de Ernst que sugieren que la serie fue realizada pensando en la teleaudiencia juvenil. Se refiere a ese auditorio que devora los filmes protagonizados por los superhéroes de Marvel y las teleseries como Juego de tronos, The Walking Dead, Outlander, Vikingos… Dado que las nuevas generaciones saben poco o nada sobre Trotski, cabe preguntarse cuál es la imagen que reciben en la serie de marras.

A la hora de trazar la figura de Trotski, el guionista y los realizadores no supieron contenerse ante los límites y han dado una imagen deliberadamente desbalanceada. Cargan las tintas en los aspectos negativos: cruel, oportunista, mal padre, ególatra, manipulador, machista. Hay un episodio que parte de un hecho verídico. En 1918, Alexéi Schastny fue nombrado comandante de la flota del Báltico. Poco después recibió la orden de hundir todos los barcos, para que no cayesen en manos de los alemanes. La razón por la cual se negó a hacerlo se debió a las maniobras de los ingleses, quienes le hicieron creer que los bolcheviques estaban en tratos secretos con los alemanes (nada de esto último se menciona en la serie). Schastny fue convocado a Moscú y ahí mismo fue procesado y condenado a muerte. En el episodio donde eso se recrea, Trotski inventa una conspiración de oficiales supuestamente encabezada por Schastny, para lograr que lo procesen. Llega incluso a irrumpir en las deliberaciones a puertas secretas del jurado, para asegurarse de que lo condenen. El hecho, ya digo, es parte de la historia. Pero, ¿lo es la obstinada saña de Trotski para conseguir que ejecutaran a Schastny?

Hay una importante faceta de la ejecutoria de Trotski que en la serie se ignora por completo. Fue un brillante escritor y pensador, un vivo ejemplo de la combinación de intelectual y revolucionario. A él se deben obras como La revolución traicionada, El joven Lenin, La revolución permanente, los varios volúmenes de Historia de la revolución rusa y Literatura y revolución. Esta última posee un especial interés, pues muestra las divergencias que tenía Trotski con el dirigismo estalinista y con el error de la intromisión del Partido en el terreno artístico. En ese libro hizo una lúcida advertencia: al igual que la ciencia, la literatura no tolera órdenes. Distingue cuidadosamente entre la forma estética y la ideológica, y afirma que los métodos marxistas no tienen nada que ver con los artísticos. En su opinión, “el arte tiene sus propias leyes incluso cuando conscientemente se pone al servicio de un movimiento social. Y afirma que “el arte puede ser un aliado de la revolución en la medida en que permanece fiel a sí mismo”.

Asimismo, considera que expresiones como “literatura revolucionaria” y “cultura proletaria” son peligrosas. Y en ese sentido, expresa: “Detrás de los demagogos están los locos sinceros que han aceptado esta fórmula simplificada del arte seudoproletario. Esto no es marxismo, sino populismo reaccionario, teñido ligeramente de ideología «proletaria». El arte destinado al proletario no puede ser un arte que no sea de primera calidad”. Trotski también mostró simpatías por las vanguardias. De hecho, su convicción de que el arte solo podía ser revolucionario si era radicalmente independiente, lo llevó a redactar, junto con André Breton y Diego Rivera, el Manifiesto por un Arte Revolucionario e Independiente, un texto en el que se reivindica para la creación intelectual un régimen anarquista de libertad individual. Ni Breton ni Rivera aparecen en ninguno de los capítulos de la serie. Sí lo hace Frida Kahlo, aunque no para charlar con Trotski sobre artes plásticas, sino para fornicar con él como una posesa. Algo que la pintora explica con estas palabras: “Tener sexo con él es como ingerir una droga que va directamente al cerebro”.

De la lectura de los párrafos anteriores, no debe deducirse que me desdigo de lo que la semana pasada dije respecto a que disfruté la serie. Está muy bien realizada, es interesante y entretenida. Pienso que quienes no pidan más que eso, no han de quedar defraudados. Pero exigirle fidelidad a los hechos y un tratamiento respetuoso de las figuras que por la misma desfilan, es absurdo. Fue realizada por el principal canal oficial y se inscribe dentro de la línea de revisionismo histórico que en los últimos años viene llevando a cabo el gobierno. Este pretende remodelar la historia a su antojo, y siguiendo esos dictados es lo que han hecho los creadores de Trotski. Por eso, quienes le vean más que documentarse sobre la Rusia de los bolcheviques, se van a informar sobre la Rusia de Putin.