Actualizado: 16/10/2019 8:52
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Series, Trotski, Rusia

Un antihéroe con carisma

La principal cadena de televisión pública de Rusia ha realizado una serie en la cual se da un retrato conflictivo de Lev Trotski. Un proyecto audaz y arriesgado que ha molestado a algunos y que ahora se puede ver en Netflix

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En 2017, un día antes de que se cumpliese un siglo del estallido de la Revolución de Octubre, Pevry Kanal, la principal cadena pública de Rusia, estrenó el primer capítulo de la miniserie Trotski. Tras su pase por la pequeña pantalla de aquel país, ahora se puede ver en la conocida plataforma de streaming Netflix.

Consta de ocho capítulos de 50 minutos y su rodaje contó con un alto presupuesto. Pevry Kanal decidió apostar fuerte para realizar la primera serie hecha en Rusia sobre uno de los líderes más controvertidos de la revolución. En la Unión Soviética de Stalin su nombre era tabú, e incluso en la Rusia moderna hasta ahora no había habido discusiones públicas ni representaciones artísticas de Lev Trotski y su legado. Aparte de la miniserie, el canal rodó Demonio en la revolución, un documental dramatizado sobre Lenin. Pero para evitar la controversia, la dirección determinó mostrarlo meses después del señalado aniversario y a una hora en la cual suele haber hay una teleaudiencia “más educada”. Tuvo un índice de audiencia de 9,7 porciento, mientras que Trotski alcanzó un 14,9. Esta fue además la serie más popular del año y acaparó varios de los principales premios de la Academia de Televisión Rusa. Entre otras, triunfó en las categorías de serie, actriz (Olga Sutulova), actor (Konstantín Jabenski) y dirección (Alexander Katt, Konstantín Statski).

La serie adopta como premisa narrativa un punto de partida presumiblemente ficticio. En 1940, Trotski se halla en México. Había llegado en 1936, tras haber perdido la lucha interna por la sucesión de Lenin. El vencedor, Stalin, hizo que lo expulsaran del gobierno, del Partido Comunista y de la Unión Soviética. Un periodista canadiense le ha expresado a Trotski su deseo de entrevistarlo. Inicialmente, este se niega, pero luego decide aprovechar la oportunidad para dejar su testamento político y contar de manera franca su vida. Accede pese a que sabe que el periodista es un ferviente estalinista y, por tanto, su oponente ideológico. Este acaba convirtiéndose en un cercano confidente y en huésped bienvenido de Trotski y su esposa. Ninguno de ellos se imagina que en realidad es español, se llama Ramón Mercader y es un sicario enviado por Stalin para dar muerte a su antiguo compañero. Trotski, por cierto, había dado de él esta definición: “el que se destaca más en el Partido por su mediocridad”. En la serie, sus realizadores han querido narrar la historia de un hombre que cambió para siempre el mundo y pagó por ello un alto precio.

En el primer capítulo se revela por qué aquel judío nacido en 1879 en una aldea de Ucrania, entonces perteneciente al imperio ruso, con el nombre de Lev Bronstein, adoptó el apellido con que después se le conoció. En 1898, cuando se hallaba encarcelad en Odessa, encabezó una protesta por la golpiza recibida por uno de los reclusos. El jefe de la prisión, llamado Nikolái Trotski, lo invitó a jugar una partida de ajedrez. Mientras la jugaban, le comentó: “Ustedes, los judíos y los revolucionarios, no conocen al pueblo ruso, pero siguen intentando salvarlo y liberarlo de alguien. ¡El pueblo ruso no puede ser liberado! De lo contrario, su alma desataría tal oscuridad que devoraría al mundo. Los rusos solo pueden ser consulados por su propio bien. Si con su salud mental, usted consigue vivir cinco años más, verá que controlar al pueblo ruso solo es posible con el miedo. El miedo es la base de cualquier orden. Golpear a un hombre libre de culpa enfrente de otros, es mejor que golpear a todo aquel que pierda el miedo y cause caos”.

A esto último, el futuro líder revolucionario riposta: “¿No cree usted que es inhumano?”. Su pregunta recibe esta respuesta: “Por supuesto, pero estoy ceñido al poder. No puedo decidir el destino de la gente y seguir siendo humano para ellos. Tú eres joven e inocente. Crees que el mundo está dispuesto a seguir por simpatía tus sueños utópicos. Pero dos años más tarde tu ingenuidad se desvanecerá y tu sed de poder se mantendrá. Eso puedo verlo en tus ojos, Bronstein”.

Konstantín Ernst, el todopoderoso director de Pevry Kanal, ha comentado que Trotski fue el “productor ejecutivo” de la revolución rusa. Y afirma que sin él, los bolcheviques no habrían llegado al poder. Esa misma idea también la sostiene Alexander Katt, uno de los directores de la serie, quien declaró que se puede decir que Trotski escribió la música y Lenin se encargó de interpretarla. El primero hizo que la revolución tuviera lugar; el segundo la dirigió.

Un papel importante, pero también sangriento

¿Cuál es la imagen de Trotski que se da en la serie? ¿La de un genio militar, un hábil orador, un intelectual, un hombre sediento de poder? Pienso que la de un personaje que combina esas facetas y algunas otras más. Organizó la toma de Petrogrado con Lenin, a quien conoció en su primera emigración y a menudo discrepaba con algunas de sus opiniones. Fue el fundador del Ejército Rojo, que bajo su mando logró derrotar a las tropas de los blancos durante la guerra civil. En mayo de 1918 contaba solamente con 300 mil hombres, pero a fines de 1920 superaba los 5 millones.

Era un hombre educado y con estudios, a diferencia de otros líderes revolucionarios, como Stalin. En su libro Literatura y revolución, escrito durante una etapa de descanso en el Cáucaso, calificó de absurda la fiscalización autoritaria de la creación literaria por el partido. Eso, sin embargo, no lo hacía más blando que sus compañeros de partido. Apoyaba el “terror rojo” y abogó por que se volviera aplicar la pena de muerte. Como él sostenía, “la crueldad es la mayor humanidad revolucionaria”.

Trotski fue uno de los filósofos marxistas más icónicos del pasado siglo. Eso lo llevó a tener en la revolución un papel importante, pero también sangriento. Algo que los creadores de la serie se han preocupado de mostrar. En el primer episodio, ordena el fusilamiento de uno de cada diez de los soldados que se habían retirado durante una batalla. Se niega a atender el argumento de un oficial: eran trabajadores de una imprenta que una semana antes no sabían usar un arma. En otro capítulo, durante una reunión de la cúpula del partido, Lev Kamenev pide que se detenga el derramamiento de sangre y propone la reconciliación. Sus palabras reciben esta respuesta de Trotski:

“¿Iniciar el diálogo con quién, con la burguesía, con los sacerdotes? No llevaremos a todo el mundo en este futuro que estamos creando. Morirá el 30, el 50 o el 70 por ciento de la población, pero el resto nos seguirá hacia el comunismo. ¿Cómo es que no lo ves? Tenemos que ser más crueles, llegaremos a un límite que ellos no se atrevan a alcanzar. La violencia será de proporciones bíblicas. Aboliremos la corte judicial, la ley. Ejecutaremos a algunos grupos que nos son hostiles. Organizaremos los campos de concentración y crearemos un sistema de trabajo para eliminar contrarrevolucionarios. Castigaremos no solamente a los culpables, sino a las amenazas potenciales. Mostraremos que una sola gota de nuestra sangre se convertirá en un río de la de ellos. Es el nacimiento del nuevo mundo y así es como quebraremos su voluntad”. En resumen, la visión de Trotski que se ofrece en la serie responde a la tesis expresada por Konstantín Ernst: “¿Habrían ido mejor las cosas si Trotski hubiera derrotado a Stalin? No, no habrían ido mejor”.

Trotski ha hecho que nuevamente un personaje malvado o, si se prefiere, un antihéroe se convierta en atractivo. Sus creadores fueron inteligentes al escogerlo, pues su ausencia de la memoria de sus compatriotas hacía de él una figura idónea para una serie de televisión, un género que hoy disfruta de una enorme popularidad. La propaganda estalinista lo demonizó y lo borró de la historia y de la narrativa de la revolución. Asimismo, la acusación de trotskista en los años 30 significaba una condena a muerte segura. Para varias generaciones de rusos, Trotski era, pues, alguien inexistente, y en el mejor de los casos, se le veía como una lastimera curiosidad. En Occidente, por el contrario, contó con numerosos seguidores en la izquierda, por su oposición a Stalin y al centro burocrático y oportunista que él encarnaba.

Su apasionante vida ofrecía además varios reclamos atrayentes para realizar una serie: evasión de la cárcel, emigración, participación destacada en la revolución, relaciones amorosas, exilio, muerte a manos de un estalinista fanático. En opinión de Konstantín Ernst, hoy sería como “un héroe del rock and roll, una estrella del pop”. Exagera un poco, pero en todo caso es un personaje indudablemente atractivo y carismático, algo que en la serie se ha aprovechado y explotado muy bien. Pensando en la teleaudiencia juvenil, se le muestra como un dandi con estilo, que viste con chaqueta, pantalones y gorra de cuero y gafas de estilo, que le dan cierto aire al Neo de The Matrix.

En el primer capítulo, aparece repartiendo relojes entre los soldados, en un calculado gesto de benevolencia revolucionaria. Incluso se presta atención a su vida sexual, con algunas escenas bastante atrevidas para las normas rusas. A todo ello hay que agregar que la responsabilidad de darle vida en la pantalla fue confiada a Konstantín Jabenski (1972), un actor muy popular en Rusia. Protagonizó los filmes Guardianes de la noche (2004) y Guardianes del día (2005), que fueron dos grandes éxitos de taquilla. Antes había interpretado a Alexander Kolchak, almirante de la marina imperial, en la película Almirante (2008), que obtuvo una acogida sin precedente entre los espectadores. El año pasado, Jabenski debutó como director con Sobibor, acerca de un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Fuera de Rusia, también ha participado en producciones internacionales como Wanted, La primavera de Christina y Guerra mundial Z.

Para Pevry Kanal, la serie significó un proyecto audaz y arriesgado dentro de los estándares de la televisión estatal rusa. En ella se da un retrato conflictivo de Trotski, lo cual obviamente ha molestado a algunos. Las principales objeciones que se han hecho a la serie tienen que ver con sus inexactitudes históricas. Por ejemplo, el demonizar excesivamente a Trotski y el hacer caer sobre él toda la culpa del asesinato de la familia real. Los nostálgicos del ancien régime han sido mucho más severos. En la red, han calificado Trotski de grotesca falsificación de la historia y de ser una mezcla de mentiras, pornografía, anticomunismo y antisemitismo. Konstantín Ernst ha recordado que no se trata de un documental, sino de una narración ficticia acerca de hechos de la biografía de Trotski. Y agregó que sus creadores se tomaron ciertas libertades para poder llevar un poderoso mensaje a los espectadores de hoy.

Muestra que las revoluciones son violentas

Y aquí llegamos a un punto importante para comprender mejor la serie. Ya dije que fue realizada por el principal canal público de Rusia. Su director, el varias veces citado Konstantín Ernst, es un hombre muy cercano al Kremlin y goza de un estatus y una influencia cercanos a los de un ministro. Está convencido de la grandeza de Putin, así como de las malvadas intenciones de Occidente. Por eso, en el canal bajo su mando nunca se ha hablado de la injerencia rusa en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Apunto estos datos porque pienso que ayudan a entender por qué en la serie se ha dado ese tratamiento a la figura de Trotski.

Es una serie controversial y muestra que las revoluciones son violentas. A menudo están dirigidas por fanáticos y terminan costando vidas, muchas vidas. Eso coincide con la opinión de Putin, para quien rara vez son el producto de un genuino deseo de la población. En lugar de eso, son el resultado de intrigas geopolíticas, organizadas principalmente desde Occidente. En Trotski, hay una escena que tiene lugar en París, en 1902. Alexander Parvus, un teórico marxista de origen judío, mantiene una conversación con un agente alemán que le pregunta cuánto dinero se necesita para debilitar y destruir Rusia a través de una revolución. “Mil millones de marcos”, le responde Parvus. De acuerdo a los creadores de la serie, es un hecho que está bien documentado: a Occidente le interesaba debilitar y destruir Rusia, pues se estaba convirtiendo en un país capitalista fuerte. La inclusión de esa escena tiene claramente el objetivo de hacer ver que la revolución rusa se financió con dinero extranjero.

Para Putin, la revolución que dirigieron Lenin y Trotski representó una completa traición a los intereses nacionales. Por eso el Kremlin decidió no participar en la celebración de su centenario. En la serie se muestra la trágica sangría que provocó, pero se evitó hacer una crítica directa a Lenin, a quien muchos rusos aún siguen admirando. Por otro lado, algunos especialistas han establecido paralelos entre Trotski y el líder opositor Alexei Navalny, que cuenta con mucha popularidad en las nuevas generaciones. Para el historiador Alexander Reznik, el mensaje enviado a los jóvenes a través de la serie es: al igual que Trotski, vuestro Navalny es carismático y habla bien. Pero como Trotski, es destructivo, cruel y probablemente está al servicio de gobiernos extranjeros. Por su parte, Andréi Zorin, profesor de la Universidad de Oxford, comentó que incluso si en la serie se hubiese humanizado a Trotski, eso no dañaría la narrativa de Putin sobre la santidad del Estado ruso. Y afirma que “recuperarlo tenía un aire de novelería y sensacionalismo”.

El asunto de la probidad ideológica y la fidelidad histórica de la serie es una cuestión personal. Toca a cada uno decidirlo y dependerá, por supuesto, de sus resonancias personales. Lo que sí debe quedar fuera de esas discrepancias son los valores artísticos: se trata de una obra audiovisual estupendamente realizada. El avance que se puede ver en sitios como YouTube es suficiente para dejar una fuerte impresión. El primer capítulo se abre con una secuencia que se repite a lo largo de toda la serie: un tren avanza por las regiones nevadas de Rusia. Al frente de la locomotora lleva una gran estrella roja, símbolo del poder revolucionario. Es una poderosa e impactante imagen que se basa en un hecho real. Trotski se hizo construir un tren blindado en el que vivió hasta 1920. Se desplazaba en él a los distintos sitios del frente donde más falta hacían la ayuda y el aliento. De acuerdo a los cálculos militares, durante el conflicto bélico recorrió de cien mil a doscientos mil kilómetros.

La serie fue cuidada en todos sus aspectos y se beneficia con un notable diseño de producción. A diferencia de otras, la responsabilidad del guion fue encomendada a una sola persona, Oleg Malovichko. Los diálogos están muy bien escritos y en las escenas más importantes derrochan agudeza. El hilo argumental no sigue un orden lineal, sino que constantemente va de 1940 a distintos momentos del pasado. En su vejez, Trotski tiene además alucinaciones, y eso lo lleva a dialogar con personajes ya muertos. Un hallazgo dramatúrgico es la inclusión del falso periodista, quien actúa como una suerte de abogado del diablo. Las preguntas que a menudo le hace a Trotski contribuyen a que este tenga que airear facetas de su personalidad que siempre quiso ocultar y pasajes de su vida que evitó contar en sus memorias.

Otro punto fuerte radica en el trabajo de los actores. Hay un equilibrio coral en la labor del elenco, aunque es de elemental justicia destacar el excelente trabajo de Konstantín Jabenski. Su brillante recital se sustenta en una elaborada interpretación del personaje, y no en una imitación más o menos lograda, como es frecuente en el cine (si quieren un ejemplo reciente, ahí tienen el de Rami Malek en Bohemian Rhapsody). Muy buena es también la puesta en escena, que logra una comunión entre lo que se cuenta y la manera en que es contado. En ocasiones se acerca a la estética del cine, lo cual lleva a pensar en lo mucho que ganaría si se proyectase en una pantalla grande.

Pero Trotski no es Breaking Bad ni Juego de tronos, y de las convicciones ideológicas de cada espectador o espectadora dependerá cómo la reciba. Habrá, pues, quienes han de disfrutar su visionado y otros que, por el contrario, la van a detestar. Este cronista confiesa (Dios me lo perdone) que se incluye entre los primeros.