Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Woody Allen, Cine, Arte 7

Rutina y cansancio

Esta película de Woody Allen entretiene por lo general, lo mantiene a uno con una sonrisa a flor de labios, pero no hay mucho más

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Lo primero que salta al oído, que no a la vista, en Café Society, es lo agotada y avejentada que suena la voz de Woody Allen como narrador omnipresente. Tanto esta impresión, como el desarrollo del filme, muestran lo alejado que ya está de Radio Days. Esa narración que parece más bien un esfuerzo, distrae más que involucra, al espectador de su contenido. A veces resulta molesta.

Quizá el debilitamiento de Allen se deba a que desde 1977, cuando realizó Annie Hall, ha dirigido y escrito una película cada año. Ya a los ochenta años, es difícil mantener ese ritmo con la energía y el interés necesarios para producir un arte que valga la pena. En los últimos diez años ya parece que lo hace por hábito. Ha pasado a residir en su nada cotidiana artística y se ha convertido en un artesano que se repite.

Ya en la última década ha utilizado varios actores para interpretar su siempre presente alter-ego, entre los que se encuentran Kenneth Branagh, Owen Wilson y ahora Jesse Eisenberg, quien se encarga del rol principal en Café Society.

La acción tiene lugar en la década de los treinta, un periodo ya visitado por Allen en Radio Days, Midnight in Paris y Zelig, entre otras. Son unos treinta visualizados como los roaring twenties en este caso, porque a Allen le gusta mirar al pasado con nostalgia, pero restándole melancolía a la nostalgia, aunque no me parece que aquí lo logra.

Bobby Dorfman es un despistado pero ambicioso joven que está cansado de trabajar en el Bronx en el negocio de su padre y se lanza a explorar Hollywood, donde vive un tío, ya alejado física y emocionalmente de la familia, que es un exitoso agente artístico en Los Angeles. El tío le da una serie de trabajos menores y lo introduce a su joven secretaria para que esta le enseñe la ciudad. Como es de esperar, Bobby se enamora de Vonnie, la joven secretaria y como esta es una comedia de enredos, resulta que ella es la amante secreta del tío de Bobby.

Tras resolverse esa situación, Bobby se aburre de California y regresa a Nueva York, donde se pone a trabajar en la administración de un bar propiedad de su hermano Ben, que es un gánster peligroso, pero fiel a la familia. El bar se convierte en uno de los clubes más populares de Nueva York, donde se tocan los ritmos de moda (en un momento dado una orquesta vestida con trajes de rumberos toca en el fondo “El manisero”), y al cual asisten celebridades, políticos, criminales y faranduleros. Bobby se casa y cree haber enterrado a Vonnie hasta que esta llega al club del brazo de su tío. Pero no voy a seguir contando.

Toda comedia tiene momentos forzados en el argumento y transiciones de poca credibilidad. Café Society no escapa a ello, pero su principal problema es que la narrativa a veces da saltos innecesarios y entra en explicaciones sobre antecedentes de los personajes que no aportan nada. Algunos chistes son buenos, pero la mayoría no lo son tanto. Hay momentos en los cuales la trama parece detenerse, llevada de la cansada mano de Allen.

No se puede culpar a Allen que se repita, pues es su obra, pero toma escenas prestadas de Annie Hall, de Bullets Over Broadway, de Radio Days y de muchas otras, que a la larga resultan demasiado obvias y poco interesantes, solo funcionan como referentes que no conducen a nada. Tiene sus usuales chistes sobre la cultura judía neoyorquina, algunos muy simpáticos, como cuando Ben cae preso y se convierte al cristianismo y la madre al enterarse comenta: “Primero criminal y luego cristiano. ¡No sé qué es peor!”, pero otras disquisiciones no lo son tanto, como la personificación del mensch marxista casado con la hermana de Bobby. Siempre presente también están sus burlas a la élite social a la cual obviamente Allen se muere por pertenecer pero se siente repudiado por ella.

El filme está dirigido con mucho cuidado respecto a la visualidad y la representación del periodo y los ambientes. Allen contó con el extraordinario apoyo de la fotografía de Vittorio Storaro (El conformista, Último tango en Paris, Apocalypse Now, Flamenco), con quien había trabajado en un corto anteriormente. La iluminación y el encuadre de los primeros planos en interiores son extraordinarios y realzan el filme y la narrativa.

Allen es un gran director de actores. Eisenberg, un actor limitado, quien parece nunca trascender su fisonomía, está muy bien como Bobby, el alter-ego de Allen. Steve Carrell se muestra controlado y muy bien ajustado en el papel del tío de Bobby. Kristen Stewart muestra su continuo progreso dramático en una actuación bien exigente, en la cual tiene que mostrar transformaciones en el personaje, algo poco usual en comedias de enredos. En general todos están bien, sobre todo los que interpretan a la familia de Bobby, desplegando una comicidad excelente.

La película es mucho mejor que sus dos desastres anteriores, Irrational Man y Magic in the Moonlight, pero muy por debajo de Blue Jasmine y de Midnight in Paris. Entretiene por lo general, lo mantiene a uno con una sonrisa a flor de labios, pero no hay mucho más. Seguiré yendo a ver los filmes de Allen, con la secreta, pero ya mínima, esperanza de un regreso a su forma de Annie Hall, o The Purple Rose of Cairo, o Broadway Danny Rose o al menos Crimes and Misdemeanors, pero ya me he acostumbrado a lidiar con la frustración que su obra me produce. De todos modos, nunca bajaré el nivel de exigencia que tengo para él. Por el recuerdo.

Café Society (EEUU, 2016). Guion y dirección: Woody Allen. Director de fotografía: Vittorio Storaro. Con: Jesse Eisneberg, Kristen Stewar, Steve Carrell, Corey Stoll y Blake Lively. De estreno limitado en todas las ciudades de Estados Unidos.


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