Actualizado: 22/10/2020 10:32
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Literatura, Literatura cubana, Poesía

Sigfredo Ariel en mis recuerdos de la Isla de Pinos

En homenaje al poeta Sigfredo Ariel, quien falleció a los 58 años en La Habana

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Le llevo cinco años a Sigfredo, lo conocí en Nueva Gerona, Isla de Pinos —siempre he sido reticente a llamarla Isla de la Juventud porque amo la historia—; yo andaba cerca de los treinta, nos reuníamos casi todas las noches en un pequeño salón perteneciente a Radio Caribe. Apenas cabían seis máquinas de escribir sobre mesitas escolares, cada uno tenía su máquina preferida, o simplemente la que le tocara por orden de antigüedad, por herencia o por ocupación súbita al marcharse alguien.

Todos escribíamos para la emisora local, lo mío era “Amanecer caribeño”, música y breves notas sobre el Caribe; Camaraco, pura historia y costumbrismo de la Isla y algo de curiosidades de la ciencia y de la técnica. A Sigfredito le gustó mucho el atrevimiento que tuve al extender lo caribeño hasta el Brasil, desafiando los estrictos cánones de nuestros jefes de redacción, eternos vigilantes de las ordenanzas.

Es que éramos irreverentes, y en eso Ariel iba a la cabeza. Una vez llegó hasta los golpes con otro escritor, poeta y amigo de ambos, quien llegaría a Director de la emisora, Pedro López Cerviño, fallecido hace tres años. Pedro era de esos pocos comunistas que resisten una confrontación seria con los estatutos de su propio partido, y decir esto es mucho decir, porque desde Lenin a Fidel Castro, casi ninguno soportaría enfrentarse a la conducta escrita que juraron cumplir.

Sigfredo de irreverente se pasaba, de caustico también, desbordando una fina ironía en sus continuas sátiras. Todos le queríamos, amén de admirar su talento. Nunca olvido sus ingeniosas alusiones a los pitusas, los blue jeans que, en aquella Cuba aislada del mundo, Isla de Pinos mucho más, eran artículos caros, a la vez semi clandestinos.

Las marcas comerciales se comentaban trastocadas por figuras de la literatura, así aparecían frases como vestir un “Guillén”, y alguien jaraneaba: qué va, si me vendes un “Lezama” te pago el sueldo de este mes. La conversación podía llegar hasta un carísimo “Borges” o la ironía de preguntar: ¿Cuál Guillén? ¿El bueno o el malo? Porque el bueno aludía al español Jorge Guillén y el malo ya saben ustedes quien era.

Aunque yo tuviera un lustro de tiempo vivido mayor al de Ariel, él estaba mejor informado del mundo farandulero, de los avatares del quinquenio gris, y de muchas cosas sobre el complejo ambiente cubano en el terreno de la cultura artística-literaria. Yo había crecido en el cerrado universo de un becado, desde los 8 años en aquella Isla que Fidel Castro había declarado “primer territorio comunista de Cuba”.

Hubo discrepancias porque no era fácil abrir la mentalidad fuera de la estrechez conceptual que el Comandante había decretado en 1961: “¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho.”

Pero la irreverencia, el recurso de la duda, el cuestionamiento, nos unían en aquellas madrugadas de tecleo incesante. Allí nació no solo la primera poesía de Sigfredo, el pequeño grupo contaba con nombres posteriormente notorios por obra y gracia del servicio social obligatorio para los graduados, de los contingentes juveniles enviados a la Isla recién bautizada “Isla de la Juventud” y hasta de las ventajas que ofrecía el quedarse si usted necesitaba un apartamento.

Junto a Cerviño recuerdo la poesía de Ramón Font (Monchi), Francisco Mir (Paco), Soleida Ríos, Manuel Guillén (Guillén de los buenos, aunque no alcanzara la fama) y olvidando otros nombres, cierro con los músicos-poetas Renael González y Alberto Tosca.

He citado una pléyade de premiados dentro y fuera de Cuba, todos cabían en Radio Caribe porque el comunista Cerviño, aunque peleara sus conceptos, no aplicaba represalias institucionales contra los demás y hasta donde le alcanzó la mano, arriesgó su lugar por los derechos de cada cual, nunca bien entendidos, ni siquiera por él mismo.

Excepto Renael, todos viven en el parnaso. El brillante abogado Miguel Palencia, desde la islita de pinos de nuestra niñez escolar, a cada rato saca a relucir en Facebook un papel estrujado con la escritura descolorida de estos nombres, y de otros que vinieron después; piezas museográficas si un buen día se reconociera la valía de aquellos “ochentas” en la Isla de los muchos nombres: Camaraco, Evangelista, Isla del Tesoro, Siberia de Cuba, Isla Presidio, Primera región comunista de Cuba de Fidel Castro…

Soy un sobreviviente, aunque no un poeta. A donde quiera que vaya, me llevo los versos de Sigfredo Ariel porque quiero contagiarme con la inmortalidad de los rapsodas.

Y se borrarán los nombres y las fechas
y nuestros desatinos
y quedará la luz, bróder, la luz
y no otra cosa.


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